14 jul. 2008

Aquellos libros, las primeras víctimas


"Allí donde queman libros, acabarán inevitablemente quemando seres humanos". La frase, escrita por el poeta alemán Heinrich Heine en 1821, prefiguró dramáticamente la quema de libros que el flamante canciller Adolf Hitler ordenó en las principales ciudades germanas en 1933, hace en estos días 75 años. Apenas un poco más tarde, alli mismo se consumó la profecía de Heine en los campos de exterminio.

Pero aquel pintor frustrado que terminó convirtiéndose en Fürher no fue nada original en cuanto a los libros se refiere. Algunos de esos "librocidios" -no todos ni tan exhaustivamente- fueron ordenados cronológicamente en la ya clásica "Historia universal de la destrucción de los libros", del venezolano Fernando Báez. En la antigua Summer, en los tiempos de los hititas, en la legendaria Babilonia, en el hermético Egipto, en la racional Grecia de los presocráticos -y posteriormente de los platónicos y aristotélicos-, en China, Roma, Pérgamo, Israel, el mundo árabe, ninguna civilización puede mostrar un pasado limpio en materia de destrucción de libros.

Ray Bradbury, con "Farenheit 451", o George Orwell, con el siniestro Gran Hermano de "1984" que predicaba la abolición de la memoria, le dieron el toque poético y dramático a un escarnio tan antiguo como la humanidad. Baéz sostiene que existen cientos de crónicas sobre el origen del libro y de las bibliotecas. Y no se equivoca. Pero además agrega que no existe una sola historia sobre su destrucción, y en esto si falla. Hay innumerables escritos sobre el tema, incluyendo uno que él menciona y que le fue legado por su abuelo: "Los enemigos de los libros", de William Blades, editado en 1888. E incluso uno de Báez mismo: "Historia de la antigua biblioteca de Alejandría".

Basta recordar el horror de los integrantes de las comisiones que investigaron la situación de las bibliotecas y museos de Irak luego de las invasiones norteamericanas. Ese escandaloso "culturicidio" causó la destrucción del millón de libros de la Biblioteca Nacional, el saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad, el incendio del Archivo Nacional y sus diez millones de registros del período republicano y otomano, por mencionar algunos de los testimonios que se han perdido para siempre. Y lo más triste: inadvertidamente entre tanta muerte y desinformación.

Hace unos días, en Alemania, unos adornos florales se colocaron en el mismo sitio donde se incineraron los libros en 1933. Alli, una losa de cristal cubre unas estanterías vacías y la frase del poeta alemán que preludia estas líneas. Ese vaticinio verdadero y por eso terrible.

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