30 oct. 2008

Googleando hasta lo imposible


Por: Redacción Vivir
Detrás del sencillo diseño de su página, seis letras sobre un fondo blanco, se esconde un proyecto que parece descabellado: contener toda la información del mundo. Sergey Brin y Larry Page creen que es factible.



Larry Page, cofundador de Google
En 1941, el escritor argentino Jorge Luis Borges escribió un cuento que al leerlo hoy, luego de repasar la noticia sobre el Premio Príncipe de Asturias en la categoría de Comunicación y Humanidades otorgado al buscador Google, resulta visionario.

En La biblioteca de Babel, el narrador recuerda a los hombres que razonaron sobre la existencia de un libro que era la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: “No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor, la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros”.

¿Será Google el libro total que soñó el bibliotecario argentino y nosotros los felices lectores? El 7 de junio de 1999, cuando apenas se cumplía un año desde que Sergey Brin y Larry Page se retiraron de la Universidad de Stanford para convertir en empresa un proyecto de doctorado titulado “Anatomía de un buscador de hipertextos a gran escala”, emitieron un comunicado anunciando que dos de las más prestigiosas inversoras de riesgo les habían concedido 25 millones de dólares.

Más tarde, en tono informal, Brin, de origen ruso y el más espontáneo de los dos, dijo con grandilocuencia “un motor de búsqueda perfecto procesará y comprenderá toda la información del mundo. Ahí es donde se dirige Google”.
Los que consideraron exageradas las palabras de Brin entonces, hoy se asombran con los proyectos de una empresa cuyo valor bursátil supera al de Disney, Ford y General Motors juntos.

Las tareas imposibles parecen ser las que más entusiasman a los dos genios fundadores de Google. Dos proyectos monumentales dan muestra de su ambición. Por un lado, pretenden digitalizar millones de libros de las bibliotecas de las universidades de Oxford, Stanford, Harvard, Michigan, de la Biblioteca Pública de Nueva York y del Congreso de Estados Unidos.

De otra parte, y de la mano de otro extravagante soñador, el biólogo Craig Venter, primero en descifrar el genoma humano, buscan poner al servicio de la genética toda la potencia informática de sus ordenadores. Venter estima que en la próxima década la gente pueda llegar a “googlear” sus genes.

Esta semana uno de los directivos de la empresa lanzó uno de esos provocadores presagios tecnológicos: toda la música de la historia cabrá en unos años en un dispositivo del tamaño de la palma de la mano y, después, se logrará almacenar la totalidad del contenido audiovisual.

El número de ordenadores apilados en columnas del tamaño de una nevera y conectados entre sí a través de un software y un cableado especiales, esa es la máquina que llamamos Google, supera los 200.000 y crece y crece para albergar las millonarias exigencias de una red que también crece y crece a un ritmo desproporcionado.

Para entender el poder de Google vale la pena asomarse a las dimensiones del mundo digital que nos envuelve. Un mundo donde todo parece ir más rápido que nuestra imaginación y comprensión.


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