21 abr. 2009

Impreso versus electrónico


Por: Armando Montenegro


LA APARICIÓN DE LA IMPRENTA SE recibió con desprecio en Florencia. Se la consideró vulgar, producto de los “bárbaros de alguna ciudad alemana”. Los libros de estilo, el orgullo de los Medici, se hacían a mano, se iluminaban e ilustraban por artistas; se coleccionaban y exhibían en suntuosas bibliotecas.


La reacción ante los primeros libros electrónicos fue semejante a la de los nobles italianos frente al invento de Gutenberg. Se dijo que no se podía comparar la sobriedad del impreso, sus lomos, costuras, papeles y tintas, con el ordinario y fugaz pantallazo, luminoso, irritante incluso para la vista. No se podía comparar la nobleza de los oficios del librero y el encuadernador con la fría eficacia del ingeniero de sistemas. El libro electrónico, se concluyó, no podía tener futuro.

Uno de los portavoces de esta visión optimista fue Umberto Eco, quien, en su célebre conferencia en Alejandría en 2003, no manifestó temor alguno sobre la supervivencia del libro escrito. Dio tres razones: (i) los libros son el “medio más económico, flexible y fácil … para el transporte de información a bajo costo; (ii) leer en computadora es aparatoso, incómodo e incluso doloroso para los ojos; y (iii) los libros impresos son portátiles; se pueden leer en la hamaca, hasta en una isla desierta”. Eco concluyó que los libros impresos son productos definitivos que, como el martillo, la cuchara o la tijera, “no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos”.

La experiencia no le ha dado la razón al profesor italiano. El libro impreso ya comienza a ser desplazado por el electrónico. La irrupción de instrumentos como el Kindle de Amazon prueba que el nuevo libro electrónico es cómodo; no daña los ojos, es liviano y más barato que el impreso; sí se puede leer en la hamaca y en los sitios más recónditos; sus frases y párrafos se pueden almacenar, subrayar y comparar con comodidad y rapidez. Los millones de personas que leen paperbacks, best-sellers, muchos desechables, en las playas, trenes y aeropuertos de Europa, Estados Unidos y Japón —los mismos que usualmente los botan, regalan o los dejan en los hoteles; los que no quieren que se arrumen en sus estrechos apartamentos—, se están pasando al libro electrónico. Y no pocos dicen, además, que así les están salvando la vida a millones de árboles. Después de conquistar el paperback, las nuevas batallas de los libros electrónicos, más difíciles e impredecibles, se darán en los demás dominios de los impresos. (Sin embargo, Eco y otros observadores sí acertaron en su predicción de que muchas revistas, periódicos, manuales, directorios, enciclopedias y otras publicaciones impresas iban a morir a manos de la red).

Esta revolución del libro no ha llegado todavía a Colombia. Acá, por mucho tiempo, el impreso seguirá siendo otro privilegio de la minoría que lee. Pero así como el primer teléfono que llegó a las grandes masas fue un celular —a ellas no llegaron gradualmente los teléfonos fijos negros, la marcación digital y los inalámbricos—, es posible que cuando bajen los precios de los equipos de lectura y miles de textos sean casi gratis, los primeros libros de las mayorías sean los electrónicos. En el largo plazo, el libro impreso sobrevivirá, como en el resto del mundo, como un producto de los amantes de la calidad, lo pretérito, el estilo y, claro, las bibliotecas.


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