26 abr. 2009

La biblioteca como refugio


Por Sergi Doria
UNA de las apreciaciones recurrentes al abordar las necesidades humanas es distinguir «lo social» de «lo cultural». Lo social se identifica con la dependencia, el sustento, la lucha contra la exclusión o la sanidad, objetivos fundamentales para la supervivencia en la jungla de asfalto, mientras que «lo cultural», demasiado a menudo, se queda con la arbitraria imagen de las frivolidades del arte contemporáneo, las ediciones institucionales e inútiles y debates estériles sobre casuística literaria...
Pero la cultura es mucho más. La cultura da dinero y cumple también una función social. ¿O no es social que unos jóvenes cambien el botellón con olor a porro por el olor a papel de una biblioteca? ¿O que nuestros mayores sigan un curso de idiomas o se comuniquen por internet? ¿O que los más pequeños disfruten de un espectáculo matinal sabatino mientras sus progenitores gestionan la intendencia del hogar?
¿No es social formarse musicalmente con conciertos vespertinos comentados? ¿No es social admirar un cuadro de Mir o Sorolla que colorea una deprimente tarde dominical? ¿No es social integrar culturalmente la inmigración?
De las tres décadas de gobierno municipal quedará para la posteridad la excelente red de bibliotecas que visitaron 22 millones de personas en 2008. Son 333 centros y más de once millones de documentos -entre libros, revistas, periódicos y material audiovisual- que si los situáramos en una estantería lineal recorrerían los 320 kilómetros que van de Amposta a Roses.
Estadísticas aparte, la biblioteca se ha convertido, en tiempos de crisis, en un refugio para la ciudadanía y una isla de tranquilidad frente al desasosiego cotidiano.
En esa crisálida del saber, no sólo se acude para leer -aunque la mitad de los préstamos siguen siendo libros-; se consigue la necesaria concentración para el estudio y es también lugar de encuentro para compartir aficiones lectoras o hacer amistades y huir de la televisión basura.
Resulta sintomático que, según cifras de la conselleria de Cultura, en 2008 las bibliotecas hayan conocido un 11 por ciento más de asistencia que el año anterior. A medida que la crisis rebaja los presupuestos para el ocio individual, más eran las personas que buscaban el cálido refugio de los libros.
Digan lo que digan los profetas del utilitarismo, nunca la poesía y la ficción resultan tan lenitivas como en tiempos de miseria. Josep Pla evocaba en el «Quadern gris», sus primeros años barceloneses, poco después de la Guerra que ensangrentó Europa y poco antes del pistolerismo que ensangrentó la ciudad: en la Biblioteca del Ateneu el escritor en ciernes se cobijaba del frío y pasaba horas leyendo diarios franceses y esos clásicos, como Montaigne, que acompañan de por vida.
Ahí permanecen, ocupando su hueco en la estantería. La Biblioteca es hoy el último refugio contra la desesperanza.

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