10 may. 2009

Crisis y oportunidad de cambio


Por  ARACELI MEDRANO, DOCTORA EN PSICOLOGÍA. PROFESORA DE LA UNED

Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, estima que nos enfrentamos a una «crisis extraordinaria» de la que «nadie se salva» y que ha sido el resultado de «un gran optimismo económico». Esta crisis es la «más seria y más rápida» que ha sufrido el mundo desde la Gran Depresión de 1929. ¿Qué tipo de reacciones puede desencadenar este enunciado que se caracteriza por su veracidad y contundencia?

En primer lugar, se puede formular con prudencia, pero con asertividad, que las crisis económicas, sociales o personales, se convierten a medio o a largo plazo en causa operativa del cambio, y pueden servir para reestructurar las coordenadas de un nuevo modelo económico (una economía basada en el conocimiento y la innovación), que conlleve una modificación de los valores culturales o sociales de referencia.

Las crisis propician el cambio, porque estructuralmente en estas situaciones se construyen conceptos e ideas nuevas para desbloquear una situación de 'impasse' (se han agotado las herramientas convencionales para salir de la crisis), o para reaccionar ante aquello que de manera imprevista desmorona el equilibrio homeostático establecido entre los individuos y el sistema económico-social.

En la última década hemos vivido en un escenario maníaco de bonanza económica, que, amparado en las condiciones establecidas por el préstamo bancario, ha provocado un estilo de vida en el que ha predominado la necesidad de apropiarse compulsivamente de los objetos de consumo (más allá de la necesidad y del uso que se pueda hacer de ellos), en la creencia engañosa de que el objeto de la necesidad de consumo es capaz no sólo de recubrir la carencia del sujeto, sino también de dar consistencia a su identidad.

Una economía basada en parte en una ontología decimonónica (ver el mundo como una suma aleatoria de objetos cuantificables) sugiere a los consumidores la posibilidad de alcanzar un goce placentero inmediato a través de la apropiación de objetos en serie, que aunque proporcionen una satisfacción limitada, generan siempre un efecto de rebote ante la aparición deslumbrante del nuevo objeto, que se supone que colmará nuestra satisfacción y deseo.

Por lo tanto, en segundo lugar, la crisis económica puede acarrear una crisis psicológica que repercute directamente en el autoconcepto del individuo, en su escala de prioridades y valores, en su estilo de vida en su manera de sufrir y gozar de la vida.

Las reacciones psicológicas a la crisis económica (excepto casos límite) dependen entre otras cosas de la estructura de personalidad del sujeto, del lugar simbólico que ha representado el dinero en su seguridad personal y en su particular sistema de identificaciones, y de una actitud constructiva o destructiva que se manifiesta en el grado de confianza que se deposita en uno mismo, y en el futuro próximo.

Precisamente por esta razón, el entorno de inestabilidad laboral y desempleo no conduce siempre a trastornos de orden psicológico. Si la estructura de la personalidad juega un papel fundamental en el diagnóstico y comprensión de las reacciones psicológicas de cada sujeto, también hay que considerar en cada caso el grado de tolerancia a la frustración, la escala particular de prioridades y valores, el grado de dependencia establecido con la apropiación de bienes de consumo y la creencia en la posibilidad de lograr objetivos reales desde el esfuerzo personal y colectivo.

A veces, en situaciones difíciles, las personas son capaces de sostener determinados conflictos desde una posición equilibrada, y desarrollan habilidades emocionales y sociales para encajar los golpes de la adversidad y mirar con realismo optimista el futuro incierto, que en ningún caso -aunque el ser humano se empeñe en ello- se construye a base de certezas. En otros casos, sin embargo, la incertidumbre ante el futuro que se avecina, y la inestabilidad o el desempleo en el sector laboral, se convierten en una situación traumática que desencadena en algunas personas ansiedad generalizada, angustia, insomnio, ataques de pánico, sentimientos de desesperación, tristeza, frustración, rabia y hostilidad hacia los demás. Aunque para algunos sujetos esta situación resulte traumática, conviene no dejarse llevar por el pánico ni por expectativas catastróficas, ya que esto impide desarrollar actitudes constructivas individual o colectivamente, y plantear el problema cn la objetividad necesaria para considerar las posibilidades reales que pueden favorecer una recuperación progresiva de la situación.

En este momento conviene potenciar urgentemente las políticas de seguridad laboral y protección social al desempleo, ya que el rápido crecimiento del paro está aumentando el riesgo de ruptura de la cohesión social. Esta crisis económica que se ha manifestado con multiplicidad de síntomas plantea la necesidad de realizar reformas estructurales para cambiar el sistema productivo, y favorecer una economía más innovadora, competitiva y creativa, que conlleve la necesaria modificación de valores culturales y sociales.

Pero, de momento, la mejor manera de recuperarnos de esta situación de dificultad quizás no sea la de instalarse en la pregunta angustiosa que gira en torno a cuándo vamos a salir de la crisis (o cuándo va a comenzar la recuperación), sino la de situarse en el proceso de aprendizaje que conlleva en parte la respuesta a la crisis.


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