11 jun. 2009

El saber perdido en la era digital


Lucha por preservar la memoria colectiva en el ciberespacio


En el Centro Nacional Steinbeck se exhibe una selección de artilugios de la vida y obra de John Steinbeck: objetos familiares, un pasaporte de los años sesenta y fotogramas de la película Las uvas de la ira. En el piso de abajo, en una cámara cuyas condiciones ambientales están controladas, se encuentra el manuscrito original de La perla, la novela corta que publicó en 1947. Los seguidores de Steinbeck que deseen examinar el manuscrito de La perla tienen que desplazarse hasta Salinas, previa cita con el archivero, que trabaja a tiempo parcial. El centro preserva cuidadosamente estas reliquias de Steinbeck, galardonado con un Nobel, pero no prevé llevar la colección al siguiente nivel, es decir, adaptarla a la era digital.


Estas piezas de Steinbeck no son los únicos fragmentos históricos que corren el riesgo de desaparecer o de ser ignorados en la era digital. Eruditos y archiveros advierten que, al convertirse cada vez más museos y archivos en dominios digitales, y los recursos electrónicos en la principal herramienta para obtener información, las piezas que quedan sin digitalizar corren el riesgo de desaparecer de la memoria cultural colectiva, haciendo que nuestro tejido histórico quede plagado de agujeros.


"Se está creando la ilusión de que todo el saber humano está en la Red, pero no hemos empezado a vislumbrar siquiera lo que hay en archivos y bibliotecas locales", señala Edward L. Ayers, historiador y decano de la facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Virginia. "Corremos el riesgo de ignorar el material que no haya sido digitalizado, algo que no hubiese ocurrido en el pasado; prácticamente se perdería para la gran mayoría de usuarios potenciales".


No cabe duda de que los esfuerzos de digitalización realizados en el último decenio han sido ambiciosos. Para muchas instituciones, colgar sus colecciones en Internet es prioritario. Pero el dinero, la tecnología y las complicaciones derivadas de los derechos de autor representan enormes obstáculos.


En la Biblioteca del Congreso de EE UU, por ejemplo, a pesar de los ingentes esfuerzos de digitalización, apenas el 10% de los 132 millones de objetos que contiene estarán digitalizados en un futuro próximo, porque los costes son prohibitivos. Del mismo modo, en los Archivos Nacionales hay depositados unos 9.000 millones de documentos, de los cuales sólo una pequeña fracción van a ser digitalizados y colgados en Internet. Y la mayor parte de las miles de colecciones locales de EE UU languidece en anticuados soportes: papel, discos de vinilo, cintas magnéticas y películas.

Los archiveros del país, necesitados de fondos, recurren a socios del sector privado en busca de ayuda. Google ha donado 2,25 millones de euros para contribuir a poner en marcha un esfuerzo liderado por la Biblioteca del Congreso que permitirá digitalizar y compartir documentos de todo el planeta, y también ha aportado recursos técnicos para digitalizar diversos materiales impresos de la biblioteca. Google, por cuenta propia, está digitalizando libros de la Biblioteca del Congreso. Y toda una serie de empresas y fundaciones, como Reuters, IBM y la Fundación Andrew W. Mellon, han financiado proyectos de digitalización en todo el mundo.


Los expertos afirman que incluso con ayuda externa, hay partes enteras de la historia política y cultural que corren el riesgo de quedar olvidadas por las nuevas generaciones de investigadores aficionados y académicos serios. Tomen por ejemplo el caso del archivo de la Biblioteca del Congreso que contiene cinco millones de imágenes de la revista Look. Abarcan el periodo que va de 1937 a 1971, y Jeremy E. Adamson, director de colecciones y servicios de la biblioteca, considera que son "un fascinante retrato de Estados Unidos a través de reportajes fotográficos sobre temas sociales y políticos, personajes públicos, comida, moda y deportes". Sin embargo, sólo han sido digitalizadas 313 de esas fotografías.


"Clama al cielo", se lamenta Adamson. ¿Por qué no se han digitalizado estas colecciones? Sólo una mínima parte de la Biblioteca del Congreso ha sido digitalizada. "No hay suficiente dinero", según Adamson.

La decisión de posponer la digitalización de una colección importante no es fácil de tomar, según los archiveros de la Biblioteca del Congreso. Los planes de digitalizar The National Intelligencer, un periódico publicado en Washington durante gran parte del siglo XIX y repleto de tipografía de la época colonial que no reconocen fácilmente los aparatos utilizados para digitalizar, tuvo que ser retrasada por el alto coste que suponía. "Si los investigadores concluyen que los únicos documentos valiosos que necesitan son los que están en Internet, se van a saltar partes importantes de la Historia", advierte James J. Hastings, director de programas de acceso en los Archivos Nacionales. "Y, en algunos casos, se saltarán la Historia por completo".


La Biblioteca del Congreso y otros archivos están creando índices que hacen referencia a una colección física, con la esperanza de que animará a los investigadores a alejarse de los ordenadores. Pero sigue siendo cierto que hay nueva generación de investigadores que prefiere buscar información en Internet, una tendencia que a Hastings, de los Archivos Nacionales, le quedó clarísima el año pasado, después de que Google, en una especie de experimento, digitalizara 101 de las películas de los Archivos Nacionales -incluidos noticiarios de la II Guerra Mundial e imágenes de la NASA- y las colgara en su web, video.google.google.com/nara.html.


"Antes de eso, teníamos 2000 peticiones al año para usar la sala de investigación", cuenta Hastings. "Durante el primer mes que estuvieron las películas disponibles en Google, fueron vistas 200.000 veces, es decir, se multiplicaron por mil".


Mientras que el copyright no es un problema para aquellos que digitalizan documentos de hace cientos de años, como el proyecto de IBM de crear una versión virtual de la gran Ciudad Prohibida de Pekín, las restricciones del copyright sí pueden ser decisivas cuando se trata de material moderno.

Incluso si el Centro Steinbeck de Salinas encontrase el dinero para digitalizar, por ejemplo, el manuscrito de La perla, su copyright limitaría su distribución. "En este momento, es mejor poner en Internet el material de autores que ya no tienen copyright", explica Susan Shillinglaw, una profesora visitante del Centro Steinbeck.


En lo que se refiere a las grabaciones de audio, el copyright puede causar aún mayores compliaciones. Un estudio publicado en 2005 por la Biblioteca del Congreso y el Consejo de Fuentes de Información y de Bibliotecas, revelaba que el 84% de las grabaciones históricas, que incluyen jazz, blues, gospel, country y música clásica de Estados Unidos, y realizadas entre 1890 y 1964, son virtualmente inaccesibles debido a los derechos de propiedad intelectual.


Otro factor que determina lo que se digitaliza es la facilidad con que se puede copiar el material. Con los libros es fácil trabajar. Los esfuerzos de digitalización de Google se centran en libros y material impreso.

David Eun, vicepresidente de Google responsable de contenido, afirma que en vez de preocuparse por lo que queda atrás, prefiere ser más optimista.


"Estamos hablando de un universo francamente gigantesco de contenidos", afirma. "Si se piensa que el vaso está medio vacío se vuelve sobrecogedor".


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