12 jul. 2009

El futuro del libro

El formato digital abarata costes

editoriales y evita mediadores


Por:MARIO CRESPO

Hemos asistido, en las dos últimas décadas, a un cambio radical en nuestra manera de interpretar el mundo; la ecuación globalización + tecnología ha dado como resultado un replanteamiento de las nociones de espacio y tiempo. Hoy día, gracias a la sociedad de la información, podemos tener todo nuestro mundo al alcance de la mano, de un simple clic de ratón.

Primero llegaron los ordenadores, luego Internet, los móviles. El CD sustituyó al vinilo. Los archivos digitales, los mp3, han hecho lo mismo con el CD. La TDT, el correo electrónico, los DVD… El mundo digital ha desplazado al analógico en la mayor parte de sus aplicaciones. Y ahora le ha llegado el turno al libro, uno de los últimos en llegar, uno de esos formatos clásicos que parecía que nunca cambiarían. Aunque el invento se descubrió hace mucho tiempo, su comercialización está apenas empezando. El libro electrónico, el «e-book», es una publicación cuyo soporte no es el papel, sino un archivo electrónico. Los textos se almacenan en un disco duro o un servidor de Internet, para que sea el usuario quien descargue aquello que le apetece leer, dentro del catálogo que cada distribuidor ofrece. El aparato lector es un dispositivo portátil articulado en torno a una pantalla que, a diferencia de la de los ordenadores, no cansa la vista. Permite incorporar también otros elementos multimedia, como audio y vídeo.
La duda que plantea no es sólo respecto al formato en sí, sino a las consecuencias que pueda tener en el mundo editorial.

El hecho de que el aparato esté conectado en línea aumenta sus utilidades potenciales hasta casi infinito. Con el libro electrónico se podría conseguir (cuando todas las obras estén digitalizadas) almacenar en un dispositivo individual una biblioteca entera. Pero logros como éste dependen, en gran medida, de la capacidad de diálogo de las empresas que manejan la distribución. Los pioneros han sido Amazon y Sony, que comercializan dispositivos desde los que descargar todo el catálogo de sus tiendas virtuales.

En España, donde aún estamos dando los primeros pasos en este terreno, Planeta, Santilla y Mondadori han sido los primeros en mover ficha, en comenzar las negociaciones por los derechos de las obras.
El libro digital abarata los costes editoriales, evita mediadores y puede solucionar, de una vez por todas, los problemas de espacio en nuestros anaqueles. Las ventajas que ofrece, como todo avance digital, parecen beneficiosas. Pero también presenta inconvenientes, algunos de forma (requiere energía, si te lo roban pierdes toda tu biblioteca, existen vacíos legales, etc) y otros de fondo. A principios del nuevo milenio, cuando el CD desplazaba definitivamente al vinilo, muchos de los profesionales de la música, especialmente aquellos que trabajan con los soportes, los pinchadiscos, renunciaron a la tecnología óptica, argumentando que para realizar su trabajo preferían manejar vinilos, puesto que en ellos la música está viva dentro de los surcos, es algo tangible y, por tanto, más controlable.

En mi opinión, el impacto que el libro digital tendrá en el tradicional será similar al que el CD tuvo sobre el vinilo: ambos convivirán a elección del consumidor, al menos durante unas cuantas décadas. Porque las personas que leemos a menudo necesitamos tocar las letras, sentir el paso de las páginas, tener la narración entre las manos, manipular el libro como lo que es: una entidad única respecto a otras copias seriadas del mismo título, una obra autónoma que gana peso con el polvo y acumula manchas que evocan recuerdos, como la firma de aquel autor que te dedicó un ejemplar el día que fuiste a la librería, y lo compraste.



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