24 sept. 2009

Del arte de comprar libros

VOZ Y VOTO
¿ACASO la compra de un libro tiene algo que ver con lo artístico? No mucho, o nada con lo que comúnmente entendemos por «arte». Con lo que responde a las definiciones primera y segunda del diccionario académico. Pero el DRAE tiene más de una acepción, y todas ellas válidas. La tercera se refiere a lo necesario «para hacer bien algo». La cuarta, aunque sorprenda, reza sencillamente: «Maña, astucia». Estas sí tienen que ver algo con la buena adquisición de un libro. Práctica que incluso muy expertos lectores, muy conspicuos letraheridos no suelen practicar, y no por falta de facilidades.
Quién compraría unos zapatos sólo por su aspecto y sin antes probarlos. Pues algo semejante -la prueba- debe practicar quien adquiera un libro, el que sea, pero sobre todo cuando se trata de una traducción. Una vez pagados, los zapatos no se devuelven. A veces, sí se devuelve un libro: cuando, por ejemplo, llega mal encuadernado, con pliegos repetidos o en blanco. El librero inmediatamente nos lo cambia, aunque el fallo se registre al final de un volumen ya casi leido. Pero -y aquí viene esas dos definiciones académicas de «arte»-, ¿qué decir o qué hacer cuando la impresión viene cargada con inadmisible cantidad de errores tipográficos u ortográficos, algo que alguna que otra vez sucede? Y más todavía, cuando, tratándose de una traducción, esta resulta inadmisible, por no decir infame, cosa perceptible por poco que el lector conozca la lengua de la cual se ha traducido.
El arte de comprar libros sin duda consiste en hojearlos y ojearlos lo suficiente como para percibir algo de lo impresentable. Modo de compra nada imposible. No hay librería en la que no se puedan llevar a cabo tal hojeo y tal ojeo. Más que muchas mercaderías, los libros están a la vista o a mano del comprador. Nadie le impedirá abrirlos prudentemente, e incluso en no pocas ocasiones se los entregarán, sin pagar, a guisa de consulta. O sea que no resulta nada difícil ser un artista en lo de la compra de libros.
Si una vez adquirido el libro resulta inadmisible, incluso por la mala calidad del texto, pues no llevárselo. Si usted, oh lector, es de los buenos que lee teniendo en la mano el lápiz de subrayar, debe ser el más experto y el menos compulsivo cuando la compra, por más que en principio la obra le interese, por buena que vea que es. Se lo digo con un «mea culpa», yo que me las doy de artista en adquirir libros. «Navegando por el mar del vino», subtítulo «Por qué los griegos son importantes». Autor, el norteamericano Thomas Cahill. Editorial: «Verticales de bolsillo». Pésima traducción de..., quien entre otros defectos ostenta el de no conocer muy bien la materia de la que Cahill es sin duda un buen sabedor y buen expositor. Reconozco que mi interés por el tema de la obra prevaleció sobre mi arte de comprar y sigue prevaleciendo al decir que,a pesar del traductor, tal obra merece ser leída por todo interesado en la Grecia antigua.

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