13 oct. 2009

Destruir la educación nacional

Ya es casi un lugar común decir que la educación argentina está en crisis. Tampoco es novedad decir que, en particular, la enseñanza media es una de las que comparativamente más se ha degradado. La proliferación de colegios secundarios, los esfuerzos a veces denodados de algunos docentes para estar a la altura de las circunstancias, se estrellan contra una realidad que marcha a pasos acelerados hacia la decadencia.


Tal vez el hecho de que en el secundario el educando sea el adolescente, explique en parte este cuadro de situación. A los anacrónicos planes de estudios y a las versiones más crudas y vulgares del utilitarismo, se suman en este caso los crecientes focos de indisciplina en un contexto donde la autoridad del educador se reduce a su mínima expresión, proceso que es favorecido por el deterioro de los lazos sociales. La marginalidad de amplios sectores juveniles y la pérdida de valores tradicionales -sin reemplazo en el horizonte- acelera y profundiza el desastre.


En este escenario devastado sobreviven algunos colegios públicos que han logrado con grandes esfuerzos mantener su nivel académico y brindar el servicio eficiente que la educación pública debe prestar. Uno de ellos es el célebre Colegio Nacional de Buenos Aires, dependiente de la UBA. Hoy, este colegio es noticia en los diarios no por su excelencia académica sino por la toma del establecimiento por parte de un grupo de adolescentes molestos porque la directora del colegio sancionó a algunos de ellos con amonestaciones por no haber respetado el compromiso de asistir a “la marcha de los lápices” y no regresar en el horario previsto.


La escena de la directora del colegio “negociando “ con los adolescentes en un bar de las inmediaciones es patética y revela por sí misma esta decadencia. En este caso, lo que preocupa no es tanto la responsabilidad de los adolescentes como la de las autoridades y docentes que, por distintas razones, se han doblegado ante un fenómeno que avergonzaría a Amadeo Jacques o a Lorenzo Sanguinetti, dos exponentes históricos de una institución educativa que durante décadas fue orgullo de la Argentina.


Lo sucedido en el Nacional Buenos Aires no es muy diferente a lo ocurrido en el “Pellegrini”, otro de los grandes puntales de la educación pública. En todos los casos, por una lógica perversa, pareciera que las movilizaciones y actos de indisciplina se ensañan contra aquellas instituciones que con mucho esfuerzo han sobrevivido a un cuadro de generalizado deterioro educativo.


Para concluir, habría que decir que los perjudicados por esta situación son las clases populares, ya que los sectores de mayores ingresos han decidido hace rato enviar a sus hijos a colegios privados, de mejor calidad académica. Ajenos e indiferentes a esta realidad injusta, el populismo y la izquierda continúan con su tarea de destruir la educación nacional.


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