8 oct. 2009

Gutenberg, en la escuela

Por Jorge Calero

La vida de los niños y los adolescentes actuales discurre casi totalmente al margen de la letra impresa. Los medios audiovisuales, cada vez más canalizados a través de Internet, han capturado la atención, el tiempo y la imaginación de los más jóvenes. La comunicación entre pares tiene como medio el teléfono móvil (en buena medida, a través de SMS) y el ordenador (chats, foros, etc.). En la vida privada, en el ámbito familiar y de ocio, el papel está en vías de extinción para las generaciones más jóvenes. Y parece claro que la tendencia no sólo es irreversible, sino que se va a acelerar en los próximos años.

El libro, sin embargo, sigue siendo el instrumento privilegiado en la escuela. El aprendizaje se organiza a menudo en función del libro de texto y los maestros son portadores de una cultura basada en la letra impresa: son asiduos lectores de prensa, por ejemplo. La escuela es, de hecho, prácticamente el único ámbito en el que amplios grupos de estudiantes coinciden con los libros. La situación es más extrema en el caso de los jóvenes que proceden de familias con pocos recursos culturales. Tengamos en cuenta un par de datos extraídos de PISA-2006: el 22% de los estudiantes españoles viven en hogares donde hay menos de 25 libros, el 7% vive en hogares donde hay menos de 10 libros. Para muchos, como vemos, no es que los libros estén desapareciendo, es que no han existido nunca.

La brecha entre la cultura Gutenberg de la escuela y la cultura audiovisual de los jóvenes provoca tensiones muy difíciles de resolver. En comparación con los estímulos audiovisuales y con instrumentos basados en la multifuncionalidad, lo que proporciona la escuela adquiere una tonalidad más bien gris y aburrida, en todo caso, ajena.¿Qué estrategias puede aplicar la escuela ante esta situación? Las posturas extremas no parecen recomendables. Ni enrocarse en la defensa a ultranza del papel impreso ni, por el contrario, intentar competir con el entorno atrayendo a los estudiantes exclusivamente con contenidos audiovisuales e informatizados. Esta segunda estrategia, además de ser poco razonable, difícilmente podría aplicarse, debido a que el núcleo de aprendizaje que proporcionan los maestros no tiene ni la intención ni, a menudo, la preparación adecuada para llevarla a cabo.

Una estrategia gradual, en la que se respete escrupulosamente el valor de la letra impresa y se dé paso de forma equilibrada a otros soportes parece la solución óptima. Conviene recordar, en todo caso, que el equilibrio al que me refiero debe estar apoyado no solamente por inversiones que permitan la compra de material (ordenadores, por ejemplo), sino por un conjunto de acciones que permitan incorporar al proceso a otros miembros de la comunidad educativa como maestros y familia. El programa, desarrollado en Aragón, en el que se utilizan “Tablet-PCs”, es un ejemplo positivo en este sentido. Conocemos ya sobradamente cómo la inversión en recursos físicos, si no va acompañada de intervenciones más globales, difícilmente permite conseguir mejoras en el sistema educativo.

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