27 sept. 2010

Palabras al viento


Los informes dedicados a difundir los resultados y análisis sobre cómo funciona la educación en el mundo coinciden en que Finlandia tiene el mejor sistema educativo. También lo tiene Cuba (todo depende de quién financie esos informes para que se incluya a este país o no en las estadísticas, claro).

Para el caso, las pruebas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) y los exámenes del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (Pisa, por sus siglas en inglés) posicionan en un alto lugar de consideración al país escandinavo.

Lo más interesante surge cuando se indaga en cuáles son los secretos de este éxito: la confianza depositada en los docentes y el alto prestigio social que éstos tienen, escuelas públicas y gratuitas, atención real a la diversidad en las aulas y una fuerte apuesta a la lectura, la escritura, la matemática y las ciencias.

En otras palabras, leer es una variable que hace la diferencia a la hora de buscar resultados educativos.

Por suerte este es un dato que muchas naciones han entendido rápidamente, y la Argentina es una de ellas. La ley de educación nacional -aprobada en 2006- dice en su artículo 91 que la Nación y las provincias “fortalecerán las bibliotecas escolares existentes y asegurarán su creación y adecuado funcionamiento en aquellos establecimientos que carezcan de las mismas. Asimismo, implementarán planes y programas permanentes de promoción del libro y la lectura”.

Para afianzar esa meta, en 2008 se creó el Plan Lectura; en realidad surgió de la fusión del Plan y Campaña nacionales de lectura que funcionaban desde 2003. Eran aquellos que se hicieron muy conocidos porque invitaron a leer hasta en las canchas de fútbol la mejor literatura, en libritos de un formato pequeño, muy accesibles, pero con buenas historias y bellamente ilustrados.

En la provincia esta iniciativa nacional tuvo su réplica con el Programa “Santa Fe lee y crece”, encarado por la entonces ministra de Educación Carola Nin en 2004. Se hicieron un millón de ejemplares, con la particularidad de incluir entre la nómina de autores una porción importante de escritores santafesinos.
Chicos, jóvenes y adultos pudieron conocer y disfrutar de Mateo Booz, José Pedroni, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Gastón Gori, Laura Devetach y Fernando Birri, por citar algunos pocos de los muchos incluidos (locales y no).

El actual Plan Lectura que impulsa la Nación pretende “volver a posicionar a las prácticas concretas de lectura en la escuela, la familia y en la sociedad”. Entre las acciones que prometen desarrollar en el marco de ese plan en las escuelas de todo el país figura “la lectura en voz alta” en los distintos niveles, sugerida como “una práctica diaria en el aula por parte del docente por su carácter modelar e iniciático”.

Leer y que les lean un poquito todos los días. Nada descabellado, aburrido, ni pasado de moda. En particular si se considera que la lectura es la herramienta indispensable para acceder al conocimiento.

En este terreno el escritor Mempo Giardinelli no se anda con vueltas, y dice que hay que recuperar esa práctica de leer en voz alta en forma obligatoria, “porque después de todo las vacunas también lo son, y no están nada mal”.

Y en realidad la propuesta de Mempo nada tiene que ver con una idea que limite la libertad de expresión o vaya en contra de la implementación de las nuevas tecnologías, sino más bien -y como lo expresó cuando visitó Rosario en mayo de 2009- en considerar (entre otras razones) que “es la primera y la mejor de todas las estrategias lectoras. Es la más amorosa, más gratuita, más libre, más delicada y más entusiasmante que hay”.

¿Y qué pasa con este plan y esta propuesta impulsados por la misma ley de educación nacional en Santa Fe?
El Plan Lectura “no se ejecuta en Santa Fe como una instancia independiente, sino integrada” al resto de las instancias formativas del ministerio, respondió en una nota realizada por La Capital (29/05/10) la subsecretaria de Coordinación Pedagógica provincial, Letizia Mengarelli, ante la inquietud de saber qué se hacía en materia de políticas de lectura.

En ese momento también anunció la puesta en marcha de una “propuesta pedagógica” para las primarias relacionada con la lectura y los espacios públicos, y otra similar para el nivel medio. Después se supo que se trataba del proyecto “Palabras al viento”.

Sin quitarle mérito ni cuestionar la legitimidad de cómo las escuelas por estos días se enganchan con esta iniciativa, la verdad es que lo que salen a mostrar públicamente es lo que hacen desde siempre y por propia iniciativa: revistas escolares, dramatizaciones de cuentos, talleres de escrituras, etcétera, etcétera, nada más que ahora reunidas bajo el sello “Palabras al viento”.

Ideas muy parecidas a las que desde hace ocho años se realizan en el marco del Maratón de Lectura que impulsa a nivel nacional la Fundación Leer. Actividades que tienen una fuerte impronta simbólica y que logran volver durante un día la atención hacia la importancia que tienen los libros. Dicho sea de paso, las escuelas se suman a esto sin más intermediación que el deseo de ser parte, y en Santa Fe en un muy buen número: para el próximo 1º de octubre más de 300 mil chicos tomarán lugar de este maratón.

Pero leer libros en la escuela no es sólo algo simbólico, ni de animación o expresión integrada de las artes y a las nuevas tecnologías.

Entonces, otra vez caben preguntas como: ¿qué lineamientos les llegan a las escuelas santafesinas para fortalecer de manera clara y sin rodeos idiomáticos la lectura de libros en el aula? ¿Cómo se concreta el Plan Lectura nacional (incluye rica literatura, talleres, capacitaciones, etcétera) en la provincia? ¿Cómo se estimula en quienes se están formando como maestros el hábito de leer y de leerles a los chicos? ¿Cuáles son los cursos de capacitación docente que promueven la lectura como base de acceso al conocimiento? En definitiva, ¿cuál es la política educativa del gobierno santafesino en materia de lectura de libros?

Nada imprudente pareciera ser profundizar en acciones básicas y claras de lectura, después de todo muchos de los fracasos que padecen cientos de jóvenes que ingresan a estudios superiores o al mundo del trabajo derivan de no saber enfrentar un libro y el tiempo de reflexión necesario que éstos requieren.

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