8 nov. 2010

Quemar antes y después leer

Por: Francisco Machuca




Yo sostengo que el libro no es destruido como objeto físico sino como vínculo de memoria. Ese vínculo poderoso entre libro y memoria hace que un texto deba ser visto como pieza del patrimonio cultural de una sociedad, y, por supuesto, de la humanidad entera. Hacia el año 213 a. C., el emperador Shi Huandi hizo destruir todo libro que pudiera recordar el pasado. 

En su novela 1984, George Orwell presentó un Estado totalitario donde su departamento oficial se dedica a descubrir y borrar todo pasado. Pero no siempre fue así. Es un error frecuente atribuir las destrucciones de libros a hombres ignorantes. 

Por ejemplo, Platón quemó obras y hay suficientes razones para pensar que llegó hasta el extremo de negar todo discurso que no fuese valorado por la verdad (la verdad de su sistema). Eróstratos comenzó su incendio (El Templo de Ártemir) en el interior del templo, en el área de los registros escritos, donde estaba el libro de Heráclito. Uno de los fragmentos de Heráclito anunció: "Todas las cosas juzgará el fuego al llegar y condenará a todos." Es irónico que su manuscrito haya sido destruído por una irreverente devoción hacia esta máxima apocalíptica. Séneca, quién atribuyó a las tropas de Julio César la quema de cuarenta mil libros, restó importancia a las destrucciones, porque le disgustaba los "demasiados libros". "Sufrimos de exceso de literatura, como el exceso de todas las cosas." 

La caída del Imperio Romano empeoró la paciente labor de conservación.Alarico tomó Roma con sus hordas bárbaras el 410 d. C. Desde el 24 de agosto, día del suceso, hasta una semana después, la ciudad fue saqueada sin piedad. Los papiros sirvieron como lumbre en las orgías.

La quema de libros es un tema que ejerce una tremenda fascinación sobreRay Bradbury. Se ha referido a él en varios de sus cuentos y en su famoso Fahrenheit 451. Lo que Bradbury crea es una distopía bastante ingenua. Su personaje, un bombero que tiene la obligación de quemar libros, cuyos antiguos propietarios son enviados al hospicio o la cárcel. A pesar de sí mismo, Montang tiene aspiraciones intelectuales y poéticas. Es un libro muy directo, una explosión de cólera contra la manipulación de los medios de comunicación masiva del siglo XX. Televisión, música pop, historietas, compendios, el deporte como mero espectáculo: Bradbury está en contra de todo eso, y si hubiera escrito el libro cincuenta años más tarde, habría incluído, sin duda alguna, los videojuegos, el ordenador, internet y Facebook. No puede extrañar que el mensaje de esta novela haya atraído a los maestros de escuela y otros "Guardianes de la Cultura" en todo el mundo.


Bradbury no escribió una novela del futuro sino del pasado. Desde las tablillas de arcilla, pasando por el papiro y acabando en la Segunda Guerra Mundial, se destruyeron muchos libros, pero después de la guerra el proceso de destrucción se encaminó hacia otra vertiente más sutil que Bradbury no supo ver. La mayor ironía es que no hubo un país en el mundo que condenara con tanto ahínco las quemas de los nazis como Estados Unidos, que después de la Segunda Guerra Mundial, también quemó libros. Bradbury no vio que incluso sociedades democráticas pueden ser extremadamente totalitarias y procurar la destrucción fortaleciendo la negación de la propia identidad.


Leemos en Memorias de un turista, de Stendhall: "Salida a Montparnasse en busca de libros. Es extraño: los autores que busco, los que me interesan, no se encuentran por ninguna parte." Y decíaStéphane Mallarmé: "Maldición; mis sentidos, mis sentidos, están tristes, ¡y ya he leído todos los libros!." Es decir, lo que él consideraba buenos libros ante la avalancha de los muchos malos. La realidad viene a ser otra muy diferente al mundo totalitario de Bradbury. 

Hagamos la cuenta de la vieja: si lees un libro a la semana, empezando a los cinco años, y vives ochenta, habrás leído un total de 3.900 libros, un poco más de una décima parte del uno por ciento de los libros actualmente disponible. Quizá resulte un poco prematuro que los críticos sociales anuncien la muerte de la cultura escrita

Estamos inundados de libros. Las mismas editoriales dedicadas a defender la lectura y los libros se ven obligadas a destruir numerosos ejemplares usándolos como pasta de papel o quemándolos. Esta práctica editorial, condena todos los libros invendibles. En determiandos casos, las editoriales procuran mantener en secreto esta información porque hay autores cuyos niveles de ventas no son lo que declaran.


Siempre he creído que la literatura no superará jamás su gratuidad. Por otra parte, la verdadera literatura, los verdaderos lectores, de siempre, han sido minoría. Dijo Lichtenbert: "Los buenos libros hacen más ingenuos a los ingenuos, más inteligentes a los inteligentes, y los otros, varios millones, permanecen inmutables." Nada insustancial ha cambiado desde Homero o Platón hasta hoy, pasando por Goethe o Kafka. Sigue habiendo gente que se sienta a escribir y gente que se sienta a leer. Ninguna forma represiva ha podido impedirlo, ninguna quema de libros ha sido capaz de interrumpir este ciclo.


No quiero, al elogiar el acto de leer, hacer una tarea de postulado, ni siquiera recomendarlo, ya que toda pasión tiene sus peligros. El que valga para leer, leerá. El amor a la lectura, como todos los demás amores, no se puede imponer. Una vez respondió Fernando Savater a la pregunta de cómo se imaginaba a alguien que no lee: "Su cabeza debe ser como un desván vacío." También discrepo de ello.


Fuente:http://fmaesteban.blogspot.com/2010/11/quemar-antes-y-despues-de-leer.html

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