2 nov. 2010

Realidades y mitos sobre la violencia escolar


Por: Yoanka Rodney Rodríguez*

La violencia escolar constituye un hecho que pareciera incrementarse de manera progresiva y alarmante en la sociedad actual. Sin embargo, la historia de la humanidad y de la escuela recoge cómo, en las diferentes sociedades, las culturas han “tenido estructuras sociales jerárquicas en las que los de más arriba han controlado a los de más abajo por medio de la violencia y la amenaza del uso de la violencia. Estas estructuras y prácticas (…) también se han extendido a la escuela y las relaciones entre el personal de la escuela y a los niños y niñas”1. Así, por ejemplo, los tirones de manos, de las yemas de los dedos, de los dedos y los pelos, los golpes en la cabeza y en la cara, los pellizcos, levantar al niño por los cabellos estando en actitud genuflexa y los azotes en el cuerpo con el látigo constituyeron, durante siglos, tan solo unas de las tantas formas de maltrato que “se emplearon de manera rutinaria como métodos de enseñanza y disciplina” 2
El empleo de los castigos corporales ha sido, históricamente, una de las prácticas más aceptadas para educar a la infancia. En tal sentido se plantea que los indios flagelaban el cuerpo de los niños y le echaban agua fría; los hebreos azotaban a los niños y les negaban el pan; en el Antiguo Testamento, se incita a los padres a azotar a los hijos.
Por su parte, en Roma, el orbilianismo se popularizó a través del poeta Horacio, quien en una de sus novela hizo referencia al maestro Orbilius Pupillos, de quien fue alumno, y lo llamó una vez “Orbillo el palmeteador” por emplear siempre los azotes como forma de educación.
La frase “la letra con sangre entra”, surgida en la Edad Media, venció los avatares del tiempo, y los jesuitas tenían una persona que llamaban corrector, encargada de suministrar golpes a estudiantes con conductas inadecuadas. También recomendaban la vara y la palmeta. En tanto, el propagador del sistema monitorial, Lancaster, ató a los niños a las columnas.
Este modo de proceder se transmitió siglo tras siglo, de una generación a otra. Los niños zurrados fueron creciendo y a su vez, zurraban a los menores que tenían bajo su cuidado. A medida que empezaron a disminuir los azotes fue preciso buscar sustitos que domeñaran al estudiantado y posibilitaran al profesorado ejercer su función educativa.
Lo planteado con anterioridad contribuye a romper uno de los mitos que se relacionan con la violencia escolar, el cual sostiene que la presencia de dicho fenómeno constituye una novedad, propia de los tiempos que corren o de las características particulares de algunas escuelas; de la despreocupación sistemática de algunos familiares del estudiantado, o del profesorado.
Obviamente, la violencia que se produce en las escuelas es un fenómeno longevo y no se trata de ninguna novedad. Se ha producido siempre y quizás con similar o mayor intensidad. La diferencia estriba en que, en el presente, es más visible porque afecta a más personas y porque los medios de comunicación, los progenitores y familiares del estudiantado, más la sociedad en general, se han hecho mucho más sensibles a todo lo relacionado con la problemática.
Según algunos investigadores, no corren buenos tiempos para la convivencia tranquila y pacífica, o no violenta, en las escuelas. Así, consideran que la violencia y la cultura derivada de esta, ambas características de la sociedad actual, se manifiestan y reproducen en la escuela.
“Cuando se realiza un análisis reflexivo sobre la problemática de lo que ocurre en las escuelas respecto a la violencia, se detecta que las personas adultas son violentas entre sí y con algunos miembros del estudiantado, de igual modo algunos miembros del estudiantado son violentos con sus coetáneos y con las personas adultas. Al parecer determinadas personas adultas en la escuela hacen uso de la violencia porque consideran que esta es la forma adecuada de ejercer sus funciones educativas, o porque en muchos casos han visto que a otras personas estas prácticas les han dado algún resultado, o porque, simplemente, no conocen otras formas de educar. A su vez, algunos miembros del estudiantado son violentos con sus coetáneos y con sus maestros/as porque aprenden tanto en la familia como en la escuela y en algunos espacios de la sociedad modelos de relaciones sociales violentos que posteriormente ponen en práctica en su entorno más inmediato.”3
Los adultos que supervisan, administran y trabajan en las escuelas tienen el deber y la responsabilidad de proporcionar a las nuevas generaciones entornos seguros y acogedores, que apoyen y promuevan su educación y desarrollo, así como garantizar que dicho desarrollo las prepare para la vida como adultos responsables, orientados por valores como la solidaridad, la igualdad de género, la no discriminación y el respeto mutuo. Igualmente, deben asumir la obligación de proteger y educar contra toda forma de violencia, sobre la base del marco jurídico que tanto en el ámbito nacional como en el internacional, prohíbe el empleo de la violencia en las escuelas.
Otro mito relacionado con la violencia en las escuelas es el que plantea que esta “forma parte de casos aislados que vendrían a ocurrir ‘accidentalmente’, y que tan sólo una minoría de alumnos y profesores están de verdad sufriendo este tipo de situaciones”4; una creencia que pretende no causar lo que ha dado en llamarse “alarma social” en algunos países.
En la actualidad ningún país del mundo escapa de la violencia escolar, aunque se reconoce que el fenómeno se comporta de manera diversa a partir de los diferentes factores que la potencian.
No es adecuado aceptar que, cuando se habla de violencia escolar, se trata de hechos aislados y, menos aún, que sean sólo unas pocas las personas las perjudicadas. Las diversas situaciones de violencia que se producen en las escuelas están profundamente interrelacionadas entre sí y, por supuesto, con otras variables propias del entorno de la escuela y del contexto familiar y social de donde provienen los miembros de la comunidad educativa (estudiantado, profesorado, familiares, personal no docente, entre otros).
Muchos son los factores que inciden en la aparición y proliferación de la violencia en las escuelas, entre los que se encuentran los factores relacionados con aspectos de la personalidad de los sujetos implicados, como tipos de temperamento, la jerarquía de valores que tengan, la empatía, sus concepciones de género, las vivencias afectivas; así como características físicas como la obesidad, el color del pelo, la piel o algún tipo de discapacidad. También inciden los contenidos que aprende el estudiantado en su experiencia escolar diaria, y fuera de la institución.
En Cuba, el fenómeno de la violencia no ocurre como en otros países, dadas las características propias del sistema social. Desde la década del setenta del siglo pasado, la Constitución de la República “postula los fundamentos políticos, sociales y económicos del pueblo(…) y ordena el principio de igualdad como aspecto consustancial del Estado”5. En ella se refleja el respeto a los derechos humanos de su ciudadanía y reconoce los derechos y deberes recíprocos de la infancia, el Estado y la familia.
Sin embargo, después del derrumbe del campo socialista, el recrudecimiento del bloqueo y la intensificación de la crisis económica sobre el país, comenzaron a incrementarse conductas violentas que preocuparon a una gran parte de la población porque apuntaban al desarrollo de una cultura violenta que amenazaba a diversos contextos, entre ellos la escuela, a pesar del esfuerzo del Estado y de su sistema educativo para su prevención.
Por último, otro mito que hay que romper en relación con la violencia escolar es aquel, muy pesimista, que defiende la necesidad de mano dura, castigos ejemplarizantes, expulsiones de aula y cambios de centros para prevenir la violencia que afecta a las escuelas. Ante tales posiciones es importante señalar que los problemas de violencia escolar no pueden abordarse sólo por vía represiva, a riesgo de verse multiplicados y hacerse aún más graves. Es responsabilidad de todos los miembros de la comunidad educativa, las agencias de socialización y la sociedad en general, el dar una respuesta esencialmente educativa a estos sucesos.
En la escuela, no cabe la menor duda, un número elevado de profesores y profesoras aman y aprecian a sus estudiantes, pero algunos/as adolecen de la preparación necesaria para establecer normas, resolver adecuadamente los conflictos, desarrollar la disciplina escolar, comunicarse adecuadamente o estimular el desarrollo de valores, elementos importantes para no educar de manera violenta.
Partiendo de estos aspectos, es necesario sensibilizar con esta problemática, fundamentalmente, al personal docente. Le corresponde a la escuela llevar a cabo esa tarea para erradicar aquellas conductas violentas que, durante siglos, han estado enraizadas y enmascaradas por un complejo proceso socio histórico. En la medida en que esto ocurra, el profesorado será capaz de reconocer de qué manera sus propias acciones favorecen o no las conductas violentas.
Reconocer la violencia escolar y ubicarla en su justo espacio es el principal paso para provocar una transformación favorable. Como fenómeno, tiene una repercusión negativa en el desarrollo del ser humano, por las grandes secuelas que deja. Su complejidad, multicausalidad y consecuencias hacen que cada vez aparezcan nuevas formas de expresión del fenómeno (2010).
El profesorado debe estar preparado para enfrentar dicha problemática y poder contribuir a la formación de un ser humano que responda a los intereses que la sociedad demanda.
Yoanka Rodney Rodríguez*
Tomado del Servicio Especial No a la Violencia del Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe (SEMlac)
1 Sérgio P, P.: “Informe mundial sobre la violencia contra niños y niñas”, Navegantes de la Comunicación Gráfica S.A, 2006, p. 115.
2 Idem
3 Rodney R, Y.: “Programa de preparación del profesorado en la prevención de la violencia escolar”, tesis presentada en opción al grado académico de Master en Educación, UCPEJV. La Habana, Cuba, 2005, p.4.
4 Moreno O, J. M.: “Comportamiento antisocial en los centros escolares: una visión desde Europa”, 2004, Consultado en http://roble.pntic.mec.es .
5 Audivert C, A. F. (2007).Aproximación al derecho de la infancia y su autonomía. El proyecto de divulgación de los derechos de la niñez y la adolescencia. Pág 180. Ciudad Habana: Sociedad económica de amigos del país.

*Doctora en Ciencias y profesora asistente de la Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona”. Integrante de la Cátedra de género, sexología y educación sexual.

2 comentarios :

claudia dijo...

hola
sabes q yo mando a mi hijo con miedo a la escuela?
tiene casi doce años, y desde los nueve (coincide con una racha de maestras bastante flojas) sufrio la agresividad de otros compañeros, y aun sigue asi, porque a pesar de que lo agreden, a el no le va la "violencia por la violencia", ya que la única vez que se defendió, terminó siendo el victimario, y eso, la injusticia, le dolió más que los golpes o agresiones q recibía de su compañero
Tuve que ir a hablar varias veces con las maestras y directora, me dan la razón, pero todo sigue igual
Es una escuela en capital, y la violencia es terrible

muy bueno el post, estuve recorriendo un poco tu blog, y veo q tiene cosas muy interesantes, y como siempre, me llama la atención, que los mejores blogs q veo, casi no tienen comentarios

te mando un saludo cordial, hasta pronto

Ernesto dijo...

Claudia so muy amable con tus cometario… gracias!!!
Ernesto

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