11 jun. 2011

La biblioteca digital: velocidad mata precisión

Por: Manuel Lino 



En su último día de sesiones, el foro Focus 2011 El libro del mañana. El futuro del mundo lector evidenció, con un ejemplo contundente, las inmensas contradicciones que rodean al tema y le incertidumbre con la que nos enfrentamos todos al mismo.
Porque somos todos los que nos enfrentamos a él, no sólo los 200 delegados de cerca de 40 países que asistieron a la reunión, ni solo quienes están en la cadena de producción de los libros.
Todos, desde los niños que ahora en las escuelas hacen búsquedas en Internet y no investigaciones en la biblioteca, hasta algún anciano sabio que no sabe a quién dejarle su biblioteca personal porque los herederos no la quieren y a nadie más le interesa ni regalada.
“El libro se enfrenta a los cambios más profundos de su historia. Nuevos proyectos a escala mundial se están gestando, en bibliotecas y compañías privadas, para construir los libros del mañana”, dijo Irina Bokova, directora general de la Unesco, en la ceremonia final.
“No podemos estar seguros sobre la implicaciones de estas transformaciones, pero sabemos que ya son profundas y que van a largo plazo”, dijo Bokova, y agregó:
“Ninguna compañía o librería puede pretender tener las llaves del futuro”.
Sin embargo, pocas horas antes, en el último foro de discusión, La biblioteca digital, se dijo que ya está sucediendo exactamente lo contrario.

Los errores de la prisa
En su ponencia, Geoffrey Nunberg expresó la opinión que, con mayor amplitud, trata en su artículo Google Book Search, a disaster for Scholars, donde dice lo siguiente:

La biblioteca que está haciendo Google “está claramente en camino de convertirse en la biblioteca digital más grande del mundo. Y, muy importante, es casi seguro que será la última.
“Los cinco años de ventaja inicial de Google y sus relaciones con bibliotecas y editoriales le dan un monopolio efectivo: no habrá competidor que pueda alcanzarlos.
Además de las preocupaciones normales sobre precio, accesibilidad y privacía, entre otras, “para los académicos hay otra pregunta igual de fundamental: ¿Qué seguridad tenemos de que Google hará esto bien?”
Bueno, depende, dice Nunberg, de qué entendamos por “esto”, y ahí es donde se pone interesante.
Para Nunberg, Google se refiere a los libros como “sólo una fuente más de información para ser incorporada en el Gran Google”. Y dice que Sergey Brin, cofundador de la empresa, dice: “Sentimos que esto es parte del núcleo de nuestra misión. Hay información fantástica en los libros. Usualmente, cuando hago una búsqueda, lo que hay en un libro está a kilómetros de lo que encuentro en un sitio web”.
“Pero a veces –revira Nunberg-, buscamos un libro por algo más que la ‘información’ que contiene”, y en ese sentido Google es muy poco preciso.
El académico pone varios ejemplos de ese algo más, como, por tomar uno de ellos, rastrear en los libro el reemplazo de la palabra felicity por hapiness en el siglo XVII, cosa que Google permitiría si puede asegurar que los llamados “metadatos” de los libros están digitalizados correctamente.
Pero no es así. Nunberg lo califica de “un batidillo envuelto en un lodazal envuelto en un desorden” y hace una inmensa colección de errores que él ha podido encontrar solo en los metadatos de Google. Algunos ejemplos serían:
La “aparición” en el año 1899 de libros de Raymond Chandler, Stephen King y hasta una muy autorizada biografía de Bob Dylan y “una fascinante aventura” de The Beatles llamada Yellow Submarine.
De hecho, buscando en Google es posible encontrar libros sobre Charles Dickens, Rudyard Kipling, Woody Allen y Barak Obama antes de que nacieran.
Hay errores de clasificación. “Una edición de Moby Dick está en Computadoras y un catálogo de entradas de copyright en la Biblioteca del Congreso de EU en la categoría Dramaturgia […] o la etiqueta Religión que Google asigna a una biografía de Mae West que tiene el subtítulo Un icono en blanco y negro.
Google dice que estos errores no son su culpa, sino de las bibliotecas que hacen el escaneo, pero Nunberg demuestra que algunos sí son culpa de Google, sin embargo no es eso lo que le preocupa, sino el hecho de que haya “tantos errores” que emergieron por la prisa de iniciar el proceso de elaboración de la biblioteca sin implementar un control de calidad y dejando de lado varios detalles.
Aun así, Nunberg dice confiar en el proceso y en que se harán correcciones mucho más que algunos de sus colegas (de hecho, cuenta que cada vez que él da una conferencia, Google corrige cosas), aunque sea solo para no ser la fuente de chistes entre estudiantes.
“Si la historia reciente nos muestra algo es que Google tiene muy buenos reflejos”.

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