23 jul. 2011

La mitad de tu vida pasa por el rabillo del ojo


Son tiempos extraños. No hablo de grandes cambios históricos. Hablo del rabillo del ojo. De la enorme cantidad de estímulos que hoy recibimos en la periferia de la visión. ¿Nunca lo notó? Se decía estos días que Internet está cambiando la forma en que funciona nuestro cerebro, reemplazando la memoria por la Web. Qué novedad. Hace más de diez años un amigo mío me decía: "Mi memoria hoy está en Google". En mi adolescencia reemplazamos las tablas por la calculadora, y acá estamos.
No, no me refiero a eso, sino a la forma en que la información importante es percibida. Creo, además, que es uno de los costados de la tecnología que, paradójicamente, nos vuelve a nuestros orígenes más salvajes. Espere, no recibí ningún golpe en la cabeza esta semana.
Foco versus entorno
No hace falta tener una mascota. Con poner Animal Planet o NatGeo alcanza para observar que los otros vertebrados no tienen esta cosa de fijarse en lo que está delante de una forma obsesiva (excepto, claro, cuando cazan). Siempre me admiró esa capacidad que tiene el gato doméstico de estar mirando en una dirección y apuntar los radares de alta definición de sus orejas en la opuesta. ¿Cómo puede un caballo estar comiendo, y para ellos el almuerzo es bastante más trabajoso que para nosotros, y a la vez espantar con la cola las moscas que se paran en su cuerpo? Bichos desagradables que percibe, aclaremos, con la piel, no con la vista. Deje que el más leve aroma comestible llegue al infalible hocico de un can y pasará del sueño más profundo a la característica vigilia expectante del perro que aguarda un convite.
Nosotros, siendo más complejos y -en la mayoría de los casos- más intelectuales, tendemos a sacrificar la periferia en beneficio del foco. No escuchamos la música si estamos concentrados en alguna tarea que requiere, por ejemplo, leer. La oímos y es placentero, pero no estamos prestando atención. Hablar por celular en el auto, lejos de lo que el rebelde de cotillón pretende, no es lo mismo que hacerlo con alguien que va sentado a nuestra derecha. Nuestra mente tiene que desconectarse del entorno hasta para mantener una simple conversación, y ahí es donde se producen los accidentes. (Por si esto no fuera bastante para que dejemos de una vez de usar el celular al conducir, la persona que viaja con nosotros no tiene ningún interés en chocar, así que, en general, dejará de hablarnos si nota que las cosas se están poniendo complicadas; el que está al otro lado del teléfono no tiene ni idea de lo que pasa en el tránsito en ese momento.)
Veníamos, pues, de una tradición que privilegia el foco, el estímulo directo, el spot en el escenario de la conciencia. Y entonces apareció el Messenger .
Claro que sí, es una experiencia común a prácticamente todos los adultos de las sociedades modernas. Uno no se pone a mirar fijamente el ícono en la barra de tareas hasta que empieza a titilar, indicando que alguien nos mandó un mensaje. Lo percibimos, mientras hacemos otra cosa, por el rabillo del ojo, esa visión periférica que casi habíamos dejado de usar.
Normalmente, en casa, dejamos que, además, suene una alerta. Pero en lugares concurridos, para no volver y volvernos locos, sacamos el audio.
¿Por qué el chat de Gmail no es ni por asomo tan útil como los mensajeros convencionales? Porque no titila. Hasta que el rabillo del ojo detecta que hay un texto parpadeando en la barra de tareas la otra persona se desconectó, tomó un taxi al aeropuerto, voló a Singapur, llegó a Singapur y nos mandó una postal diciendo: "Te hablé en el chat el otro día pero no me respondiste, ¿querés algo de Singapur?"
Acaso más importantes son las alertas que se despliegan en los mensajeros sobre la bandeja de sistema (donde está el reloj de Windows).
Descubrimos en la periferia de nuestra visión que la persona que ansiábamos que se conectara está por fin en línea. Un segundo después, estirando la mano hasta el mouse para hablarle, vemos por el rabillo del ojo que adiós, ya se desconectó.
Pero los mensajeros no son los únicos ejemplos, hay docenas, que he venido descubriendo en estos días. Por ejemplo, el celular. Una cosa es oír ese timbre (o, peor, el festivo ringtone de turno) que acapara toda la conciencia hasta que atendemos y otra muy diferente que la vibración se destile a nuestro codo por medio de la mesa o desde el bolsillo del pantalón. Esto de percibir que alguien nos llama en la piel es muy nuevo, dígame si no. La primera vez que uno experimenta esto siente que se le ha metido una avispa en la ropa.
Por supuesto, podemos querer silenciarlo del todo, incluida la vibración, pero en tal caso lo pondremos a la vista, de modo que el rabillo del ojo detecte cuando la pantalla se encienda. Entonces miraremos y, con el foco de la conciencia, decidiremos si atender o no.
Raro como suena, los que amamos la astronomía sabemos mucho de visión periférica. Resulta que -grosso modo- la parte del ojo que ve los detalles, llamada mácula, es menos sensible a la luz que el resto de la retina. Así que es común el buscar objetos celestes muy tenues no mirando fijo, sino de reojo. Así es la vida, en general, me temo: cuanto más nos aferramos menos obtenemos.
Volviendo al mundo real y los celulares. Mis auriculares Bluetooth me dicen si están encendidos, si necesitan recargarse, si el teléfono está sonando o haciendo cualquier otra cosa que no sea esperar, por medio de una luz. Luz que nunca miro directamente, claro.
TweetDeck y otros clientes de Twitter abrevan en el mensajero para sus notificaciones, que aparecen lejos del centro de nuestra atención. Es más, lo podemos configurar para que el rabillo del ojo sepa instantáneamente si nos mencionaron, nos mandaron DM o es un mensaje en la Timeline general. Lo mismo ocurre desde hace mucho con las descargas de Firefox .
Es increíble la productividad que le damos hoy a algo que antes no nos servía casi para nada. No sólo sé cuando llega un correo, gracias a los notificadores, sino que al mirar el alerta de frente también sé quién me lo manda y parte de su contenido. En momentos de mucha actividad esto me evita abrir y leer el 99% de los mensajes. Pero hay más.
Oídos abiertos
Durante los cierres, los mensajes con material periodístico para la edición tienen asociada una regla de correo que hace sonar una trompetita que se oye a 35 metros. Bueno, quizás exagero un poquito, pero llega a mis oídos aunque esté en la sección de Corrección o en Diseño (cinco metros, más o menos). ¿No es genial?
Además, como en el suplemento tenemos dos pantallas cada uno, el sonido que indica la importancia de cada correo que llega (y, créame, llegan muchos) es práctico por partida doble.
En rigor, esta clase de notificaciones fueron usadas durante mucho tiempo y más o menos de la misma forma. Son el clásico timbre de los hoteles y la campanita que suena cuando abrimos la puerta de un local. Es que el oído es el sentido que nos queda siempre alerta a los humanos y, en no pocas ocasiones para nuestro pesar, no lo podemos cerrar.
Bueno, en armonía (¿dije armonía?) con los tiempos, estos notificadores, otrora mecánicos, son electrónicos y programables.
Juegos. Fíjese en el Tetris . Nunca pasará a las grandes ligas si no aprende a usar la ventanita donde aparece la pieza que caerá a continuación. La estrategia del juego depende de ese dato, que no miramos directamente, porque para jugar hace falta concentrarse en el tablero. Pero el rabillo del ojo, que casi no distingue formas, puede discernir colores. Asunto resuelto. Honestamente, ignoro (o más bien no recuerdo) si esta función estaba en el Tetris original de Alekséi Pázhitnov, pero hoy es clave para sumar puntos.
¿Por qué anda lenta la computadora? Mis máquinas tienen siempre funcionando el Administrador de Tareas de Windows ( Ctrl+Mayúsculas+Esc ) minimizado en la bandeja de sistema. Si se pone completamente verde y no estoy haciendo nada, algo raro pasa. De nuevo, no tengo que estar mirándolo; la lucecita resalta enseguida allá abajo y llama mi atención cuando el color queda en un verde constante. (A propósito, para configurar el Administrador de tareas de esta suerte hay que ir al menú Opciones y colocar un tilde en Ocultar al estar minimizado ; sí, la etiqueta es cero intuitiva y la mayoría cree que se ocultará el indicador. No. Lo que hace es ocultarlo de la barra de tareas, dejando un notificador en la bandeja de sistema.)
Es más, esta columna nació en la periferia. Hace varios meses había dejado en mi Escritoro un documento de texto llamado El rabillo del ojo.txt , donde iba anotando estos pequeños descubrimientos. Durante la semana, cuando me senté a evaluar los posibles contenidos para La compu mi vista pasó por encima de ese ícono, sin mirarlo de forma directa, pero alcancé a recordar de qué se trataba, más por su posición en la pantalla que por otra cosa, leí la etiqueta, abrí el documento y entonces decidí que era el momento de darlo a conocer.
Twitter: @arieltorres

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