14 jul. 2011

Las listas


Por: David Huerta

La frase titular de estos renglones, “las listas”, no se refiere a un grupo de mujeres especialmente brillantes ni a una sociedad de científicas o de filósofas. Se refiere, llanamente, a las enumeraciones, en general hechas por escrito, de asuntos, casi siempre pendientes de solución o de ejecución: desde la lista del mandado hasta las enumeraciones —curiosamente llamadas caóticas por Leo Spitzer— en la poesía de Wal Whiitman o en el “Canto a la Argentina” de Rubén Darío.
Hay gente tan ilusa que hace listas de los libros leídos, no sin antes apilarlos en pirámides truncas o zigurats babilónicos cuya finalidad en este mundo consiste en ser mostrados a las visitas o a los parientes que se dejen, con este discursillo a modo: “Es lo que he leído en el último mes y medio”, aunque en realidad se trate de las lecturas del último año y medio; “los tengo en esa pila antes de colocarlos en los estantes, en el lugar que le corresponde a cada uno”, cosa absolutamente falsa, porque la bibliotequita doméstica del presumido no tiene el menor orden y carece ostentosamente de la menor semblanza de clasificación. Todo esto es conmovedor o deprimente, según se vea.
Lo verdaderamente complejo es el listado de pendientes de diversas clases, escrito a vuelapluma con un sentimiento parecido al ansia. También hay gente que enlista sus conquistas amorosas o, de plano, sus acostones; pero son espíritus sencillos cuyas actividades no presentan el menor interés.
Veamos. El enlistado, si así puede decirse, mira antes el techo en toda su profundidad y se lleva el lápiz o el bolígrafo a la boca en el gesto de quien se prepara a reflexionar. No sabe siquiera por dónde comenzar; se enfrenta a problemas taxonómicos similares a los estudiados por Michel Foucault en páginas memorables de Las palabras y las cosas. ¿Pongo en primer lugar lo indispensable para la casa (fócos, diúrex, alfombritas para el baño, comida para el gato) o lo que le hace falta a la elevación de mi espíritu (la edición reciente del Pequeño Larousse, el último libro de R. Calasso, las obras del poeta Perenganetas de la Cabada y Velarde)? Están los temas crudamente económicos: los impuestos debidos, más los honorarios del pacientísimo contador; lo que Megano nos prestó para sacarnos de un apuro angustiante; los gastos corrientes de la casa. Luego hay apremios de diferente índole: hay que mover cierto mueble del cuarto de dormir a la sala; llamar a la tía Chencha por su cumpleaños y ay de nosotros si se nos olvida; hacer la verificación del coche. La lista crece y las abreviaturas menudean; luego no será posible entender qué quisimos decir con RFTO, acrónimo impenetrable cuyo imposible desciframiento nos costará, en un futuro no lejano, lágrimas de sangre.
La lista es al desorden de la vida común lo que el jardín a la selva hirsuta, pródiga y abundante —pero incontrolable. Nos da el consuelo de un remedo de orden: pura ilusión.

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