19 ago. 2011

La biblioteca ideal versus la biblioteca posible

Por: Rodrigo Pinto


Si por un azar abrupto me convirtiera en un hombre rico –con esa riqueza material que parece ilimitada respecto de los patrones habituales de consumo de una persona común y corriente-, convertiría mi biblioteca en un proyecto. Con seguridad, compraría menos libros y me desharía de muchos de los que tengo. Importaría menos la cantidad que el perfil de las estanterías.  Probablemente apostaría por la narrativa latinoamericana. Viajaría para ratonear en librerías de usados y mercados callejeros en busca de títulos desaparecidos. 


La mantendría al día con catálogos contemporáneos. En fin, le dedicaría tiempo y trabajo, porque, a fin de cuentas, si efectivamente fuera un hombre rico, tendría que rellenar los días de una manera creativa e imponer un cierto orden al ejercicio de la lectura y la escritura; en ese sentido, la definición de la biblioteca sería, también, la definición de un horizonte de trabajo. 


Pero, en la realidad, cada buen lector, cada persona para quien el libro es una necesaria compañía, construye la biblioteca posible, la que está al alcance del bolsillo y de las oportunidades, que se arma en viajes, en saldos, en librerías de viejo, en liquidaciones, a punta de encargos y del simple azar que te conduce hacia un libro u otro. Entras, por ejemplo, a la bodega de un distribuidor santiaguino, a un  espacio trasero donde van a dar los libros que no se han vendido en seis o más años. 


Los libros que nadie quiso, lo que acumularon polvo en las librerías e iniciaron el largo camino de regreso hacia aquella bodega o que, peor aún, nunca salieron de ella porque nadie los solicitó. Allí puede haber –de hecho, hay- tesoros, libros que tú habías buscado en vano, títulos que alguna vez perdiste, pero también hay muchos otros que te llevas guiado tanto por la genuina curiosidad como porque están ahí, arrumbados y a precio vil, al diez o al cinco por ciento del valor que tendrían si en lugar de esa bodega estuvieran en la vitrina de una librería de la plaza. ¿Cómo resistirlo? Son el material de la biblioteca posible, y hay que obedecer a las incitaciones del azar. O vas a Buenos Aires y en alguna librería de Corrientes liquidan títulos de una editorial normalmente muy cara y que alguna vez quisiste tener, pero luego te interesaste en otros temas y autores, pero ahí están, a unos cinco dólares, una ganga: te llevas un montón. O das con un autor que te interesa. Buscas sus libros. Y libros sobre aquel autor. Y así das con otros, y sigues la rama del árbol, y de repente estás comprando y leyendo a gente que no sabías que existía. Y le das gracias al azar. 


Esa es la biblioteca posible, que siempre tendrá muchos libros que están por si acaso o porque sí, porque los encontraste baratos, porque alguna vez te interesaron, porque quieres tener completa una colección de ensayos de muy buen gusto, porque estaban entre los saldos, porque hubo un ofertón, porque alguna vez quisiste saberlo todo sobre los ríos africanos o sobre la inquisición en Chile o sobre el nacimiento de las universidades en la vieja Europa, esas bibliotecas dentro de bibliotecas que proliferan también según las posibilidades y según la variación de tus ingresos.  


Todo puede cambiar, es obvio, con los libros electrónicos, que no ocupan espacio y además están al alcance de un click. Cuando se cumpla la promesa de la infinita abundancia, estarás más cerca, entonces, de la posibilidad de la biblioteca ideal, de aquella que tú diseñas y labras como si se tratara de una escultura o mejor dicho de un bonsái, que crece de manera controlada y en la dirección que tú le das; y que, así mirada -una colección de ficheros alojada en un disco duro o en la nube-, tiene que ser muy atractiva para vencer la insipidez de la fórmula. 


Pero sabes que no será lo mismo. Que aquel conjunto de íconos podrá adaptarse a tu designio inicial, pero es tan distinto que te arropen y te abriguen los libros que el azar puso en tu camino y que forman tu biblioteca posible, que tiene, al fin y al cabo, una personalidad única, un carácter propio y distinto que no obedece tanto a un diseño preconcebido, sino a esa combinación de azar, necesidad y gusto que, vaya, tanto se parece a la vida.



1 comentario :

Susana Elena Lujan dijo...

Excelente ... que bueno que alguien este haciendo este trabajo... y poniéndonos al día en linea... los felicito... Gracias soy Cimbaro Canella, Susana Elena Lujan Bibliotecaria de Chaco.

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