30 oct. 2011

Tintín y otros libros que pueden ser enviados a la hoguera


  • Por: José Antonio Fúster


    Hay muchos dispuestos a clamar que Tintín es un xenófobo colonial mientras aseguran que el retrato de la sociedad sureña en Matar a un ruiseñor es ofensivo.
  • Por esa regla, cientos de miles de libros (¿millones?) esperan en las estanterías a que alguien les ponga una etiqueta encima advirtiendo de lo peligroso de su contenido. Un ejemplo: las aventuras de ese maltratador llamado Peter Pan.
    En algún momento de su vida, Bienvenido Mbutu Mondondo (el congoleño que hace unos meses exigió a un tribunal belga que prohibiera la venta del libro de 1930 Tintín en el Congo), debió de leer Fahrenheit 451 y aplaudió lo que el jefe de bomberos Beatty le decía a Montag, el deprimido protagonista: “Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México […] Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten […] A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador.”.
    Mondondo (un negro inmigrante en Bélgica al que no puede gustarle El pequeño Sambo, de Helen Bannerman)- no fue el único que leyó -con poco acierto- a Bradbury. Antes, la Comisión Británica para la Igualdad Racial había atendido la denuncia de un abogado especialista en derechos Humanos, David Enright, y había instado a las librerías a que sacaran de los anaqueles de la sección infantil el libro de Hergè. Un par de años después, la biblioteca pública de Brooklyn decidió retirar el libro de su catálogo al mismo tiempo que el Consejo Representativo de las Asociaciones Negras de Francia presentaba una querella en un tribunal con el fin de librarse de sus tensiones internas y lanzar al incinerador a Tintín y sus aventuras congoleñas, racistas, colonialistas, xenófobas y antiecologistas (hasta Milú reconoce en una viñeta que las cacerías de Tintín son carnicerías).
    De quijotes y vizcaínos
    Hay otros lectores de Bradbury que no entendieron el asunto de Fahrenheit 451 (la temperatura a la que arde el papel) y que pensaron lo mismo que el capitán Beatty. Por ejemplo, Calista Phair, una joven negra de Washington que quiso que a los colegiales se les prohibiera leer la novela Las aventuras de Huckleberry Finn porque en sus páginas (escritas en 1884 y en un contexto histórico de comienzos del siglo XIX), se usa la palabra “negro” (nigger) para referirse con cierto desprecio (vendría a ser “negrata”) a lo que hoy se conoce como la gente de color. También la palabra nigger fue la que llevó a un estudiante de Texas -Ibrahim Mohamed- a exigir que se cambiara ese término en el texto por la expresión “la palabra con ene” (n-word).
    Así, todos los días, en algún lugar del mundo -occidental-, un habitante del mundo libre -un guardián de la felicidad- se ofende ante la lectura de un clásico escrito por un hombre libre en un contexto histórico determinado. La relación de libros que los sosias del capitán Beatty -los Phair, Enright o Mondondo de la tierra-, podrían pedir que se retirasen porque les incomoda una palabra o una visión determinada es infinita: apología de la violencia, machismo, racismo, xenofobia, delitos de odio, homofobia, supremacía, antisemitismo, estereotipos étnicos... Para ser felices, como dice Beatty, hay que evitar la incomodidad.
    Beatty quemaría el Quijote. En realidad, el capitán Beatty quemaría todos los libros, pero el Quijotepor el gusto de ver consumirse un texto que en el capítulo VIII de la primera parte hace mofa del habla vizcaína, de la torpeza gramatical que se deriva de su -segura- condición de vascoparlante: “¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa”.
    El fuego de la censura ha lamido las tapas de Las minas del rey Salomón, de Henry Rider Haggard. Su protagonista, el cazador Allan Quatermain, todavía resiste, pero un día de estos, a la vuelta de una librería, algún Mondondo le espera para quitarle el vicio colonial de fumar de noche y comer corazón de jirafa mientras coloniza África, aprieta a los cafres y rebautiza cordilleras como “Los senos de Saba”. En la mejor tradición racista de la literatura victoriana, el sirviente Umbopa -y luego rey Ignosi- y la bella Fulata son dos excepciones en un mundo de negros feos, perezosos y malos -Twuala, Cagula- y tan refractarios al progreso que a los fusiles todavía los llaman “tubos que matan”.
    Las palizas de Pan
    Hay un Mondondo, y un Mohamed, que esperan a la vuelta de la esquina a Peter y Wendy, el libro etermo de J. M. Barrie, adaptación a la novela de su obra de teatro que en 1911 presentó al mundo a un niño -Pan- que no quería crecer y que pegaba palizas a las hadas. Sí. Palizas auténticas propinadas por un adolescente de orejas puntiagudas de 14 años. Violencia fantástica de género, que se dice. Es posible que la mayoría de los mondondos del mundo se hayan conformado con ver la película de Disney -nada que ver con el original-, pero una lectura reposada de la novela de Barrie podría hacer estallar la cabeza (y no por el esfuerzo intelectual) de Leire Pajín.
    Otros estallidos cerebrales han tenido lugar con la lectura de Matar a un ruiseñor. Es posible que todavía haya quien crea que la escritora Harper Lee fue maná (un solo maná porque solo escribió un libro) del Cielo caído en el preciso instante (1960) en el que se quería rebajar la tensión racial y apuntalar el movimiento de los derechos civiles. Pero esa creencia solo ha aguantado 50 años. Hoy, miles de Phair y de Mondondo exigen cada año que se revise la vida de Atticus Finch, no por ser un abogado íntegro, sino por los epítetos raciales que contiene la obra y por los personajes como Calpurnia, la devota cocinera -negra- de los Finch: una tía Tom servicial con los blancos y sumisa con el rol que se le supone en la vida a causa del color de su piel.
    Calpurnia es tan desmoralizante para un negro como Shylock, el prestamista de la obra de Shakespeare El Mercader de Venecia, debe serlo para un judío... Para un guardián de la felicidad judío que crea que lo publicado en 1597 debería ser corregido en el siglo XXI. O si no puede ser corregido, por lo menos que se retire de los colegios, de las bibliotecas públicas, que se limite su impresión y que en la portada se ponga una pegatina con una advertencia de las autoridades sobre el contenido antisemita del libro. O antifrancés, en el caso de que algún galo decidiera denunciar la ofensiva forma de reírse de los franceses que tuvo Charles Dickens al hacerles hablar en una especie de criollo en Historia de dos ciudades. O la caricatura que hizo Chejov de la aristocracia reaccionaria rusa en El jardín de los cerezos y que podría llevar a cualquier Mondondo o a cualquier Comisión Británica para la Igualdad a retirar el libro de los estantes por la crítica bolchevique a esa forma de esclavitud que sucede cuando alguien -libremente- no quiere ser liberado.
    Bandidos ofendidos del Rif
    Algún día, algún francés leerá a Emilio Salgari, posiblemente también lo haga algún holandés, y pedirá la cabeza del escritor italiano y la censura de sus libros por llamar cobardes a sus tripulaciones -no como los italianos y los españoles que se enfrentaban hasta la muerte al Corsario Negro y a Sandokán-. Quizá algún día, algún marroquí de Nador lea las obras de Salgari y considere que en Los bandidos del Rif el estereotipo rifeño es desafortunado y llame a una guerra santa contra el libro. Como podrían hacerlo contra la Biblia, la mismísima Odisea, Robinson Crusoe (estereotipos caníbales; un negro sin civilizar por falta de tiempollamado Viernes), Tom Sawyer, El otro árbol de Guernica (por la xenófoba reflexión de Luis de Castresana estereotipando a los belgas antiespañoles en tiempos de la Guerra Civil) o El Señor de los anillos (por no respetar la paridad debida y ensalzar la masculinidad de los integrantes de la Comunidad del Anillo).
    Pero nada como lo que ocurrió en 2006 en un pequeño pueblecito del condado de Montgomery, en Texas, cuando Diana Verm, una joven estudiante del instituto Cane Creek, se sintió ofendida por el contenido de las primeras páginas de Fahrenheit 451 y exigió que se prohibiera la lectura del libro... que denuncia la prohibición de leer libros.
    Diana Verm no pasó de las primeras páginas. Lástima. Si lo hubiera hecho, habría leído al capitán Beatty despidiéndonse de Montag: “He de marcharme. El sermón ha terminado. Espero haber aclarado conceptos. Lo que importa que recuerdes, Montag, es que tú, yo y los demás somos los Guardianes de la Felicidad”.
     


Fuente: http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/tintin-pais-los-ofendidos-otros-libros-que-pueden-ser-enviados-hoguera-20111

1 comentario :

Biblioteca dijo...

Si bien no estoy de acuerdo con la quema de libros tampoco estoy de acuerdo con la posición del señor Fúster. Si él fuese miembro de una minoría y hubiesen aniquilado a su pueblo por generaciones, no sé si pensaría de ese modo.
Yo creo que el primer impulso, al encontrarse con una obra que responde a otro contexto histórico-social y que ya se encuentra desactualizada con respecto al pensamiento del siglo XXI es la destrucción. Y lo cierto es que estamos destruyendo la historia e incluso las pruebas de porqué una sociedad permitió que se vejaran la libertad física y mental de las personas. Por otro lado, esto no quita de me pueda sentir ofendida y molesta ante una obra literaria y artística, que alaba a la civilización responsable de grandes crímenes contra la humanidad y menoscaba a otros por no oponer resistencia o por ser los vencidos.
Creo que es saludable que las obras se encuentren en las bibliotecas para que todo el mundo pueda repudiarlas o no, pero también ofrecería literaturas superadoras a ese pensamiento imperial.
La visión cristiana, conservadora y de derecha del señor Fúster le ha tapado el gran bosque de las diversidades y del respeto por ellas.

Un saludo. Muy buen blog
Sonia Corvalán. Bibliotecaria escolar. Bs. As. Argentina

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