30 sept. 2011

¡No más mutilación de libros!

Por:Danni Solano

¿Sabe usted quienes son asesinos del conocimiento? Son aquellos que con navajas, tinta y descuido, cortan, mutilan, rayan y destrozan el instrumento del saber, los libros.

Mediante murales e información
planean concientizar a los estudiantes, sobre el trato y el
cuidado de los libros que se restan
en la biblioteca.


“Había libros a los cuales se les
cortaban las páginas e incluso
capítulos enteros”, afirma Lidia
Gómez de la Unidad de Circulación de la Biblioteca, José Figueres Ferrer.



Una campaña de la Unidad de Circulación de la Biblioteca José Figueres Ferrer del Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC), llamada “Un alto contra la mutilación de libros”, bajo el lema “al mutilar un libro se comete un crimen contra el conocimiento”, pretende concientizar a los estudiantes sobre el cuidado de los textos que les son prestados.

La idea nació poco a poco, en conjunto con directores de las Escuelas, debido a la creciente problemática. Lidia Gómez de la Unidad de Circulación de la Biblioteca expuso que “había libros a los cuales se les cortaban las páginas e incluso capítulos enteros, les rayaban las hojas… que podrían poseer información sumamente útil”.

Al ser material sumamente costoso, algunos imposibles de conseguir en el país o que habían dejado de ser publicados, hacía mucho más difícil poder recuperar nuevamente esos textos y el valioso conocimiento que tenían.

Otro problema, era que cuando los estudiantes sacaban copias o clonaban las publicaciones en las fotocopiadoras, se abrían mucho los libros y las hojas se despegaban, o su empaste sufría desgaste por el maltrato.

Así nació la idea de crear diferentes murales para que los alumnos, mediante muestras de libros despedazados y otros, hagan conciencia sobre el uso y el cuidado que deben tener cada vez que se les presta un ejemplar.

Hay dos murales que pretender realizar ese proceso de concientización, uno que da a la pared de la segunda planta de la biblioteca, subiendo las escaleras. El otro, se encuentra en la sección de generales, donde además se halla la escena del crimen (se trata de una exposición sobre un libro asesinado).

“Al dañar el material el más perjudicado es el estudiante” sentencia Gómez, preocupada por la situación, para apoyar esas palabras los estudiantes del TEC muestran su descontento cuando solicitan libros y al recibirlos tienen algún daño.
Tal es el caso de Melissa Matamoros, estudiante de Mantenimiento Industrial, para ella “la idea es muy creativa, ya era hora que hicieran algo así, hay libros que definitivamente dan pena… me gustaría que la exposición se hiciera en otros puntos del TEC”.

Karen Brenes y Daniel Gamboa, quienes pertenecen a la carrera de Producción Industrial, también mostraron su descontento con el tratamiento que algunos hacen al material y a la vez mostraron su apoyo a la campaña, “ha pasado que uno encuentra hojas pegadas y rayadas, ojala la campaña ayude a cambiar”, estuvieron de acuerdo los dos.

También, se toman medidas como proteger los libros en buen estado con un sello, así cuando se realiza el préstamo el alumno debe hacer la devolución tal como cuando la recibió, si existe algún daño la persona tiene que pagar el precio del libro y los costos de los diferentes trámites.

Libros subrayados



Por: Ignacio Echevarría 


Hubo un tiempo en que resultaba difícil, a la vista de cualquier libro de mi biblioteca, saber si lo había leído o no; tanto era el cuidado que, al hacerlo, ponía yo en no estropear las cubiertas, en no agrietar los lomos, en evitar que los pliegos se despegaran, en no marcar las páginas. Confieso, abochornado, que en ocasiones llegaba a forrar el libro en cuestión. Conste en mi descargo que hablo de un tiempo en el que preservar según qué libros de la ruina a que los condenaba una lectura corriente era tarea de expertos como yo mismo, capaces de completar dicha lectura sin nunca abrir el libro más de cuarenta y cinco grados. Recuerdo en especial -por haberlos atesorado- los libros de bolsillo de Alianza, que era toda una hazaña terminar sin verlos transformados en un puñado de fascículos. 


Todo eso quedó atrás cuando me aficioné a subrayar los libros; un hábito que en mi caso vino dado por la práctica de la crítica. Siempre he pensado que el buen crítico es un lector que sabe subrayar adecuadamente, y que, por virtud de ello, sabe construir una lectura representativa del texto, basada en citas oportunas. Me viene ahora al recuerdo lo que escribía Walter Benjamin en una de sus trece tesis sobre la técnica del crítico: “Polémica significa destruir un libro citando unas cuantas de sus frases”. Aunque no siempre se trata de eso, por supuesto. 


El caso es que comencé a subrayar los libros y ya no he dejado de hacerlo. Al principio me conformaba con tímidas, casi imperceptibles señales en los márgenes, y con discretos corchetes; pero enseguida empecé a subrayar -literalmente- líneas, primero, y luego párrafos enteros, con el añadido ocasional de signos de todo tipo y, a menudo, anotaciones que por lo común ni yo mismo soy capaz de descifrar pasado un tiempo. Siempre hechas a lápiz, eso sí, nada de tintas ni de fosforitos. Una vez perdido el respeto a la integridad de la página, pronto se lo perdí a la del volumen en su conjunto, y ya no me anduve con aquellos cuidados de antaño. Pero si antes sufría al prestar un libro por temor al estado calamitoso en que muy probablemente iba a serme devuelto (en el caso de que me fuera devuelto, pues ya se sabe), me ocurre ahora que no puedo prestar mis libros por el pudor que me produce que vean qué es lo que subrayo de ellos. 


Y es que subrayar un libro viene a ser, según cómo, un acto íntimo, que puede llegar a delatar bastante cosas, algunas muy pintorescas, de quien lo ha cometido. Y que, más frecuentemente, da lugar a toda suerte de extrañezas. 


Todos hemos leído en alguna ocasión un libro con los subrayados de otro, ya se trate de un conocido, ya de un lector anónimo que lo tuvo antes que nosotros (en el caso de un libro de segunda mano, o cedido en préstamo por una biblioteca). Y a muchos nos ha intrigado el criterio a veces tan extravagante con que aparecían destacados determinados pasajes a los que no terminábamos de encontrar ningún mérito o atractivo particular


Una extrañeza de naturaleza semejante ha podido invadirnos al releer un libro subrayado tiempo atrás por nosotros mismos, con énfasis e intenciones que en el presente se nos escapan. ¿Cómo entonces exponer a los ojos de quien sea un libro subrayado bajo vaya uno a saber qué influjos o intenciones? 


Y sin embargo, la lectura verdaderamente compartida sería aquella en la que uno subraya en sintonía con el otro, en un grado de complicidad semejante al que supone compartir el sabor de una manzana. No una manzana cualquiera -tú la tuya, yo la mía-, sino esa misma manzana. “Si es cierto que no puedes contarle a alguien algo que no has experimentado, el acto de leer es aquel en el que uno lee con alguien.” 


Es el poeta Robert Creeley quien dice esto en la entrevista que concedió a The Paris Review en los años sesenta, recogida hace poco, junto a su esencialAutobiografía y un puñado de poemas memorables, en un precioso volumen editado por la Universidad Diego Portales de Chile (Robert Creeley, Autobiografía y otros textos, 2010). 


Apuro me daría prestar a quien fuese este libro, que tengo subrayado de un modo indecoroso, pues casi no queda renglón sin marcar. Pero es que hay libros de los que bastaría subrayar la portada. Son aquellos que estamos obligados a releer. 


Fuente: http://www.elcultural.es/version_papel/OPINION/29214/Libros_subrayados

29 sept. 2011

Cómo me deshice de quinientos libros


Por: Augusto Monterros



Hace varios años leí un ensayo de no recuerdo qué autor inglés en el que éste contaba las dificultades que se le presentaron para deshacerse de un paquete de libros que por ningún motivo quería conservar en su biblioteca. Ahora bien, en el curso de mi existencia he podido observar que entre los intelectuales es corriente oír la queja de que los libros terminan de sacarlos de sus casas. Algunos hasta justifican el tamaño de sus mansiones señoriales con la excusa de que los libros ya no los dejaban dar un paso en sus antiguos departamentos. Yo no he estado, y probablemente no lo estaré jamás, en este último extremo; pero nunca hubiera podido imaginar que algún día me encontraría en el del ensayista inglés, y que tendría que luchar por desprenderme de quinientos volúmenes. 


Trataré de contar mi experiencia. De pasada diré que es probable que esta historia irrite a muchos. No importa. La verdad es que en determinado momento de su vida o uno conoce demasiada gente (escritores), o a uno lo conoce demasiada gente (escritores), o uno se da cuenta de que le ha tocado vivir en una época en que se editan demasiados libros. Llega el momento en que tus amigos escritores te regalan tantos libros (aparte de los que generosamente te pasan para leer aún inéditos) que necesitarías dedicar todos los días del año para enterarte de sus interpretaciones del mundo y de la vida. Como si esto fuera poco, el hecho es que desde veinte años mi afición por la lectura se vino contaminando con el hábito de comprar libros, hábito que en muchos casos termina por confundirse tristemente con la primera.

Por ese tiempo di en la torpeza de visitar las librerías de viejo. En la primera página de Moby Dick Ismael observa que cuando Catón se hastió de vivir se suicidó arrojándose sobre su espada, y que cuando a él le sucedía hastiarse, sencillamente tomaba un barco. Yo, en cambio, durante años tomé el camino de las librerías de viejo. Cuando uno empieza a sentir la atracción de estos establecimientos llenos de polvo y penuria espiritual, el placer que proporcionan los libros ha empezado a degenerar en la manía de comprarlos, y ésta a su vez en la vanidad de adquirir algunos raros para asombrar a los amigos o a los simples conocidos. 

¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día está uno tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: ¡Cuántos libros tienes! Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: ¡Qué inteligente eres!, y el mal está hecho. Lo demás ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad ésta de poseer muchos libros. 

En tal situación, el otro día me armé de valor y decidí quedarme únicamente con aquellos libros que de veras me interesaran, hubiera leído, o fuera realmente a leer. Mientras consume su cuota de vida, ¿cuántas verdades elude el ser humano? Entre éstas, ¿no es la de su cobardía una de las más constantes? ¿A cuántos sofismas aludes diariamente para ocultarte que eres un cobarde? Yo soy un cobarde. 

De los varios miles de libros que poseo por inercia, apenas me atreví a eliminar unos quinientos, y eso con dolor, no por lo que representaran espiritualmente para mí, sino por el coeficiente de menor prestigio que los diez metros menos de estanterías llenas irían a significar. 

Día y noche mis ojos recorrieron una y otra vez (como decían los clásicos) las vastas hileras, discriminando hasta el cansancio (como decimos los modernos). ¡Qué increíble cantidad de poesía, qué cantidad de novelas, cuántas soluciones sociológicas para los males del mundo! Se supone que la poesía se escribe para enriquecer el espíritu; que las novelas han sido concebidas, cuando menos, para la distracción; y aún, con optimismo, que las soluciones sociológicas se encaminan a solucionr algo. Viéndolo con calma, me di cuenta de que en su mayor parte la primera, o sea la poesía, era capaz de empobrecer el espíritu más rico, las segundas de aburrir al más alegre y las terceras de embrollar al más lúcido. Y no obstante, qué consideraciones hice para descartar cualquier volumen, por insignificante que pareciera. Si un cura y un barbero me hubieran ayudado sin yo saberlo, ¿habrían dejado en mis estantes más de cien? 

Cuando en 1955 visité a Pablo Neruda en su casa de Santiago me sorprendió ver que escasamente poseía treinta o cuarenta libros, entre novelas policiales y traducciones de sus propias obras a diversos idiomas. Acababa de donar a la Universidad una cantidad enorme de verdaderos tesoros bibliográficos. El poeta se dio ese gusto en vida; único estado, viéndolo bien, en el que uno se lo puede dar. 

No haré aquí el censo de los libros que estaba dispuesto a desprenderme; pero entre ellos había de todo, más  o menos así: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro), unos 50; sociología y economía, alrededor de 49; geografía general e historia general, 3; geografía e historias patrias, 48; literatura mundial, 14; literatura hispanoamericana, 86; estudios norteamericanos sobre literatura latinoamericana, 37;  astronomía, 1; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace), 6;  métodos para descubrir manantiales, 1; biografías de cantants e ópera, 1; géneros indefinidos (tipo Yo escogí la libertad , 14; erotismo, ½ (conservé las ilustraciones del único que tenía); métodos para adelgazar, 1; métodos para dejar de beber, 19; psicología y psicoanálisis, 27; gramáticas, 5; métodos para hablar inglés en diez días, 1; métodos para hablar francés en diez días, 1; métodos para hablar italiano en diez días, 1; estudios sobre cine, 8; etcétera. 

Pero esto constituía nada más el principio. Pronto descubrí que eran pocas las personas que querían aceptar la mayor parte de los libros que yo había  comprado cuidadosamente a través de los años perdiendo tiempo y dinero. Si bien esto me reconcilió algo con el género humano al descubrir que el mero afán de acumular no era una aberración tan generalizada, me causó las molestias consiguientes,  por cuanto una vez decidido a ello, deshacerme de esos libros se convirtió en una necesidad espiritual apremiante. Un incendio como el de la Biblioteca de Alejandría, al que están dedicados estos recuerdos, es el camino más llano, pero resulta ridículo y hasta mal visto quemar quinientos libros en el patio de la casa (suponiendo que la casa lo tuviera). Y se acepta que la Inquisición quemara gente, pero la mayoría se indigna de que quemara libros.  

Ciertas personas aficionadas a estas cosas me sugirieron donar todos esos volúmenes a tales o cuales bibliotecas públicas; pero una solución tan fácil le restaba espíritu aventurero al asunto y la idea me aburría un poco, además de que estaba convencido de que en las bibliotecas públicas serían tan inútiles como en mi casa o en cualquier otro sitio. Tirarlos uno por uno a la basura no era digno de mí, de los libros, ni del basurero. La única solución eran mis amigos. Pero mis amigos políticos o sociñólogos poseían ya los libros correspondientes a sus especialidades, o eran enemigos de ellos en gran cantidad de casos; los poetas no querían contaminarse con nada de contemporáneos suyos a quienes conocieran personalmente; y el libro sobre erotismo era una carga para cualquiera, aun despojado de sus ilustraciones francesas.  

Sin embargo, no quiero hacer de estos recuerdos una historia de falsas aventuras supuestamente divertidas. Lo cierto es que de alguna manera he ido encontrando espíritus afines al mío que han aceptado llevarse a sus casas esos fetiches, a ocupar un lugar que restará espacio y oxígeno a los niños, pero que darán a los padres la sensación de ser más sabios e incluso la más falaz e inútil de ser los depositarios  de un saber que en todo caso no es sino un repetido testimonio de la ignorancia o la ingenuidad humanas. 

Mi optimismo me llevó a suponer que al terminar estas líneas, comenzadas hace quince días, en alguna forma justificaría cabalmente su título; si el número de quinientos que aparece en él es sustituido por el de veinte (que empieza a acortarse debido a una que otra devolución por correo), ese título estaría más apegado a la verdad.






28 sept. 2011

Cuando Internet nos robó la privacidad

 Por: 



Peter Fleischer admitía recientemente en las páginas de El País que Google había cometido algunos errores en lo referente a la privacidad de sus usuarios. La entrevista resulta muy interesante puesto que Fleischer desgrana uno a uno algunos de las polémicas en las que se ha visto envuelta el gigante californiano desde Google Earth,Google Street e incluso su polémica con las sentencias judiciales que se publican en el Boletín Oficial del Estado. De repente, se acuña un nuevo término para tratar de acomodar la nueva realidad que sufren los ciudadanos y que trata de ser extendido al archivo eterno que promete ser Internet: el derecho al olvido. Este nuevo derecho salpica a los medios de comunicación que se ven asaltados por personas que desean que los errores del pasado no les encuentren a través de Google.

No debemos olvidar que la privacidad es un derecho humano, reflejado así en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su Artículo 12: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su correspondencia, ni de ataques a su honra o su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.” Sin embargo, actualmente, somos cada vez más conscientes que una vida interconectada a través de la web nos resta precisamente este derecho de distintas formas.

Una de las primeras polémicas surgidas a través de la recopilación de datos de los usuarios se desató precisamente ante la activación del sistema operativo Windows XP. Este movimiento de Microsoft para tratar de reducir la piratería durante el lanzamiento de nuevo sistema operativo fue ampliamente contestado puesto que suponía una violación de la privacidad ya que recopilaba información de los equipos informáticos para ser usadoy enviados a Redmond a través de Internet.

Los usuarios de Windows parecían olvidar que, ya desde los comienzos de la popularización de la Red, se vigilaba a los internautas a través de las Cookies. Estos pequeños ficheros de texto disponen de dos fines principalmente:
  • Llevar el control de usuarios: cuando un usuario introduce su nombre de usuario y contraseña, se almacena una cookie para que no tenga que estar introduciéndolas para cada página del servidor. Sin embargo una cookie no identifica a una persona, sino a una combinación de computador-navegador-usuario.
  • Conseguir información sobre los hábitos de navegación del usuario, e intentos de spyware, por parte de agencias de publicidad y otros. Esto puede causar problemas de privacidad y es una de las razones por la que las cookies tienen sus detractores.
El uso de las Cookies está siendo regulado por las administraciones públicas y ante ciertas deficiencias que poseen como la identificación inexacta cuando un usuario utiliza distintos navegadores en su ordenador, las compañías tecnológicas han desarrollado las supercookies que van un paso más allá y que han desatado una nueva tormenta en la Web sobre su uso “oculto” por ciertas empresas como Microsoft.

Parece que las nuevas empresas surgidas al calor de Internet parecen ansiosas porque sus usuarios desechen ese derecho a la privacidad. Nunca la sociedad fue tan eficientemente destripada para la generación de dinero a través del marketing. La polémica de la publicidad contextual en el Gmail es ya sempiterna, así como el lanzamiento de nuevos servicios como Google Buzz son observados con lupa. Por otro lado, y dejando de lado a GoogleFacebook es predominantemente una de las empresas más criticadas por su laxitud a la hora de controlar la información que sus usuarios comparten. Mark Zuckerberg ha proclamado que la “era de la privacidad se ha terminado”, sin embargo sus usuarios critican cada movimiento que hace encaminado hacia ello como, por ejemplo, la identificación automática de personas que aparecen en las fotos que se suben a ella.

En cualquier caso, la utilización de cierta plataforma web o de cierto software siempre constituye una opción, la publicación de ciertos contenidos por nosotros mismos es otra. Pero, ¿y si nuestra privacidad se violenta mediante nuevas vías como la utilización de cierto software o teléfono móvil? El iPhone y el iPad registraba los movimientos de sus usuarios, algo que también ha sucedido con los teléfonos que utilizan Android el sistema operativo para teléfonos móviles de Google, mientras que Electronic Arts (EA) lo hacía casi por contrato con Origin.

La privacidad se encuentra en retroceso por la trazabilidad que ofrecen las nuevas tecnologías cuyas posibilidades son infinitas. Los poderes públicos se muestran poco ágiles y lentos a la hora de regular ese derecho y son los usuarios los que deben solicitar ese derecho. No todo vale para hacer dinero, hay información que no debería ser recopilable.

Decálogo de un educador 2.0


He encontrado en el blog Eduformosis este decálogo que me ha parecido muy interesante y con el que estoy totalmente de acuerdo. Resalta el espíritu colaborativo y altruista de las aportaciones que se realizan por parte de cientos y miles de profesores que trabajan con las herramientas que proporciona la web.



Algunas razones para utilizar Facebook en el aula




En Totemguard encuentro esta entrada que propone un buen número de propuestas para trabajar con Facebook en el aula. La idea es que si los chavales ya la utilizan en su vida diara fuera de la escuela ¿por qué no aprovechar su conocimiento de la herramienta para sacarle partido educativo?. La verdad es que las posibilidades educativas y comunicativas son muy grandes.

"1. Tus alumnos están ya en Facebook.Todos tus alumnos usan a diario Facebook para conectar con sus amigos y familiares. Aprovecha el conocimiento que ya tienen de la aplicación y su gran interés por ella para realizar actividades de grupo y colaboración.
Si tus alumnos son menores de 14 años y no tienen abierto un perfil en Facebook, pueden abrir una cuenta con el consentimiento escrito de sus padres. Facebook, por defecto, establece medidas de seguridad y privacidad más estrictas para cuentas de personas con edades inferiores a 18 años.
2. Facebook te permite crear una página para tu clase, siendo completamente independiente de tu perfil de profesor, para que puedas separar lo personal de lo profesional. Puedes añadir una foto de perfil que entre todos podéis escoger y un nombre que identifique el centro, el curso y tu nombre como responsable. Por ejemplo: 4º ESO IES XXXX Tutor XXXX.
3. Tus alumnos se conectan a Facebook varias veces al día, incluso desde sus teléfonos móviles, con lo que recibirán tus comentarios o actualizaciones inmediatamente cuando entren en su cuenta. Puedes aprovechar esta funcionalidad para recordarles la fecha límite en la entrega de un trabajo o explicar las directrices de un proyecto e incluso proponerles un libro de lectura durante el verano.
4. Tus alumnos pueden hacerte preguntas sobre sus deberes o cualquier duda fuera del horario escolar y de manera personal a través de la función de email, lo que facilita la comunicación con aquellos estudiantes que se sienten cohibidos en clase.
5. Facebook te permite organizar el material que se vaya publicando a través de las etiquetas, con lo que tus alumnos y tú podéis encontrar fácilmente fotos, enlaces, notas y documentos y revisarlos antes de un exámen.
6. Tus alumnos pueden aprender junto a ti netiqueta y un uso responsable de las redes sociales. En vez de prohibir el uso de Facebook en el centro, que se convierte en una batalla difícil, puedes educar en un uso seguro a través de la práctica diaria.
7. Los padres pueden ver qué se está haciendo en clase (eventos, actividades, debates…) y comprender que los foros sociales pueden beneficiar a los estudiantes si les explicamos cómo usarlos y establecemos límites para que se mantenga una relación profesional entre profesor y alumno.
8. Facebook es gratuito con lo que no requiere de una inversión inicial por parte del centro escolar en una nueva plataforma educativa con almacenaje digital. Y lo más interesante, el tiempo de adopción por la clase es muy rápido por la familiaridad de todos con las funcionalidades de este foro social.
9. Facebook facilita que el debate continúe más allá del aula. Facebook hace que sea muy fácil publicar un enlace en el muro, con lo que los estudiantes pueden compartir artículos o sitios web interesantes que hayan encontrado durante el estudio de un tema concreto. Igualmente se pueden dejar comentarios al respecto o aportar nuevos hallazgos,  alimentando así un trabajo de investigación en grupo.
10. Tus alumnos adquieren habilidades esenciales en el uso de esta tecnología para el día de mañana. Facebook va añadiendo cada vez más funcionalidades profesionales para la educación y las empresas y por tanto experiencia en su funcionamiento puede ser muy ventajoso sino imprescindible para el futuro.
11. Tu clase puede compartir, a través de la página, recursos con otros centros, ahorrando tiempo en la preparación de material.
12. Tu clase puede solicitar la participación de expertos en una materia como un escritor, un músico o un padre. Las posibilidades de colaboración a través de Facebook se multiplican ya que millones de personas utilizan esta red social a diario.
13. Facebook te permite utilizar muchas aplicaciones educativas que puedes añadir en las pestañas laterales de tu página creando una experiencia multimedia. Así puedes añadir, por ejemplo, slideshare para tus presentaciones de powerpoint, scribd para colgar documentos Word o pdfs, el blog del aula, videos colgados en youtube, flickr para fotos, fórmulas matemáticas, encuestas, etc.
14. Puedes crear eventos y compartirlos con padres y alumnos de forma rápida: reuniones trimestrales, fechas de exámenes, excursiones, celebraciones, etc. y cuando llegue el momento enviar recordatorios y ver quién va asistir o quién no ha confirmado todavía.
15. Tus alumnos pueden practicar idiomas extranjeros creando un grupo dentro de Facebook e invitando a estudiantes de otros países. También existen páginas con las que puedes practicar como French language.

20 sept. 2011

Perón y Borges tenían antepasado en común

Un nuevo libro asegura que el autor y el presidente argentino, quienes no tuvieron una buena relación, descendían de una persona que vivió en el siglo XVIII en Rosario.

El tres veces presidente y general argentinoJuan Perón y el escritor Jorge Luis Borgestuvieron un antepasado en común que vivió en el siglo XVIII en la ciudad de Rosario, dijo hoy el historiador Ignacio Cloppet.
Borges, que consideraba a los peronistas "incorregibles" y fue degradado de bibliotecario a inspector de aves con la llegada del peronismo, era "un tío lejano" de Perón y sospechaba de tal parentesco, asegura Cloppet, autor de "Eva Duarte y Juan Perón: la cuna materna" , recién llegado a las librerías de Argentina.
La obra, centrada en los árboles genealógicos de Perón y Evita, toca la historia del terrateniente Pedro Pascual de Acevedo, de cuyo primer matrimonio con Estefanía de Obelar desciende Perón (1895-1974) , mientras que del segundo, con Tomasa Benítez, lo hace Borges (1899-1986) , apuntó Cloppet.
De Acevedo, que se casó tres veces, fue uno de los primeros habitantes de la ciudad de Rosario, a 380 kilómetros al noreste de Buenos Aires, donde tuvo una vasta descendencia.
Entre los descendientes del terrateniente figuran también los presidentes Luis y Roque Sáenz Peña, quienes gobernaron el país de 1892 a 1895 y de 1910 a 1914, respectivamente, explicó el escritor e historiador.
"Perón y Borges se conectaban con De Acevedo a través de sus respectivas madres. Borges tenía una diferencia de cinco generaciones con aquel terrateniente, mientras que Perón tenía ocho, de modo que el escritor era un tío lejano del presidente y general" , indicó.
"Yo no intento conciliarlos (a Borges y Perón). Lo que digo es que tenían un tronco en común, una misma sangre" , aclaró.
Según Cloppet, el autor de "El Aleph" tenía "sospechas" de su parentesco con Perón, que presidió Argentina de 1946 a 1955 y fue derrocado por un golpe de Estado que le forzó a un exilio en España hasta 1973, cuando regresó al país para ocupar la Presidencia en un nuevo mandato truncado por su muerte, en julio de 1974.
"No siga moviendo el árbol genealógico, no vaya a ser cosa que seamos parientes de Perón" , dijo en una ocasión Borges a su sobrino Miguel de Torre Borges, quien estudiaba los orígenes de la familia, relata el historiador en su libro.
"Lo sospechaba porque era un filólogo que conocía perfectamente cuales eran sus ancestros" , insistió Cloppet, quien también escribió el libro "Los orígenes de Juan Perón y Eva Duarte" , la popular segunda esposa del general.
El historiador, que ha indagado también en la ascendencia vasca de Perón y Duarte, dijo que se entrevistó recientemente con la viuda de Borges, María Kodama, a quien "le sorprendió pero le pareció razonable" el relato sobre el parentesco del escritor con Perón.
El libro de Cloppet desmiente además que Juan Domingo Perón haya tenido una madre indígena, como defienden otros investigadores.
El historiador accedió a documentación de la familia Perón gracias a su vinculo familiar con Eva Duarte ya que su abuela y la esposa del tres veces presidente argentino eran primas hermanas.
"También tengo una vinculación familiar por el lado de mi abuelo, quien fue abogado de la sucesión del padre de Perón y tuvo una amistad con el expresidente" , detalló.

Conviven tecnologías y el libro para transmitir conocimiento: Alberto Manguel

Publicado por @Shinji_Harper el Martes, 20 septiembre 2011

A nosotros, los lectores de hoy, supuestamente amenazados por la extinción, todavía nos queda por comprender qué es la lectura, es la frase con la que Alberto Manguel enmarca su libro Una historia de la lectura, y que sirvió de presentación para su intervención en el segundo día de actividades del Simposio Internacional del Libro Electrónico organizado por el Conaculta.
El editor, ensayista, escritor e historiador, ofreció la conferencia magistral “El futuro de los lectores”, en el Auditorio Jaime Torres Bodet, del Museo Nacional de Antropología.
Manguel recordó cuando la nueva tecnología de la imprenta trajo en el pasado numerosos comentarios sobre la extinción del libro, aspecto que se vio desmentido al paso del tiempo.
“Quienes quieren hacernos creer que las nuevas tecnologías representarán la muerte del libro, caen en esas mismas leyendas del pasado, pues este instrumento es algo que está más allá de los soportes. Es necesario, sin embargo, recalcar el adjetivo: lectura profunda, que permite resumir y digerir lo que se está leyendo tanto a nuestro consciente como a nuestras intuiciones”.
Comentó que el lenguaje posee la característica de transmitir información sin ambigüedades, pero al mismo tiempo, en el caso de la literatura, es precisamente esa ambigüedad la que permite crear grandes obras como el Fausto de Goethe.

Calificó de “nostalgiosos” a quienes consideran que el libro impreso en papel es el único medio eficaz para transmitir el conocimiento, siendo en realidad la página escrita la que continuará siendo en cualquier soporte, electrónico o impreso,  el espacio y tiempo del lector.
“En el libro impreso podemos hacer lenta o rápida la lectura, y en el libro electrónico podemos subir o bajar la pantalla a nuestra propia velocidad, en realidad el acto de leer es una lucha de poder entre el lector y la página por el dominio del texto”.
Mencionó cuando Borges sugirió que  la infinita biblioteca de Babel es inútil, pues bastaría un único volumen muy grueso con hojas muy delgadas.
“Nos encontramos actualmente en un momento de pesadilla, con la página imponiendo eternamente un marco para que los lectores podamos abstraer su significado, y en el caso del libro electrónico, con una pantalla que corta el texto a nuestras necesidades”.
Dijo que las diferencias entre la página electrónica y la impresa son muchas, pero en ambos libros el uso es distinto, el libro impreso permite un dialogo interactivo con el texto,  en el que se pueden crear notas, subrayar, etcétera, mientras que el libro electrónico aún no tiene desarrolladas esas virtudes, tendiendo a la uniformidad, convirtiendo a todos los libros en un mismo formato, donde nada distingue al Fausto de un manual de reglas de tránsito.
“La página electrónica es un marco imaginario que el lector aplica a lo que cree que es un texto sin fronteras, no obstante la reducción de importancia de las jerarquías entre un elegante libro de pasta dura y otro publicado con materiales de bolsillo, son algo que no sucede dentro de las características del libro electrónico”.
Aseguró que entre el libro electrónico e impreso, no se puede hablar de una espada sanguinaria y una pluma pacífica, pues en realidad leer es un proceso íntimo de cada lector, quien recorre un camino para acceder a ideas y conocimientos.
También recordó a Saramago cuando se refirió al arte de leer como el dominio de la anticipación que permite abstraer sólo parte del significado de un texto para depositarlo en la memoria.
“La acción de leer es doble, conocemos el mundo a través del mundo y conocemos el libro a través de lo que vivimos en el mundo, para esa experiencia es necesario reconocer en la palabra los poderes creadores de la imaginación y el razonamiento”, consideró Manguel.
Evocó al erudito inglés y científico, Thomas Brown, cuando afirmó que todo aquello que existe es porque podemos nombrarlo, y esa, dijo,  es precisamente la función de la lectura, el ampliar nuestro conocimiento para nombrar cada vez más cosas en nuestro mundo.
“Brown sabía que era necesaria la traducción de sus observaciones científicas en palabras, más allá del informe clínico, por ello se propuso transcribir su trabajo a través del entrelazamiento de la imaginación y la realidad, algo que era un modelo soñado pero legible, es decir, sin la ambigüedad de las palabras no hay verdad”.
Señaló que la lectura profunda es precisamente la que recrea para el lector el universo en toda su inconcebible y bella ambigüedad.
“La tecnología electrónica es eficaz para ciertas formas de correspondencia, pero no para realizar una lectura literaria que requiere su propio tiempo y espacio, además entre la lectura tradicional y electrónica hay una diferencia fisiológica, la primera exige del cerebro diversas pulsiones neuroeléctricas, cuando leemos electrónicamente las neuronas realizan senderos de comunicación distintos que tienen que ver con lo visual”.
Comentó que el hombre es la única especie que sobrevive a través de su imaginación, siendo sujetos que podemos tener la experiencia del mundo antes de vivirla en el mundo.
“Estos procesos de imaginación siguen los mismos procesos de la lectura, creando diversos senderos de comunicación neuronal”.
Calificó de personas peligrosas a quienes comercian con las nuevas tabletas y dispositivos electrónicos sin otro interés que el comercial, sin importarles que niños pequeños no tengan la experiencia de acceder al conocimiento a través del libro impreso.
“Cuando falsos profetas nos dicen que los niños necesitan computadoras más que libros para su aprendizaje, corremos el riesgo de convertirnos en el instrumento de la electrónica, ser usados por ella y no ser sus usuarios”.
Y agregó: “El milagro del lector que puede, a partir de un texto, redefinir el universo y revelarse contra sus injusticias, podrá quizá salvarnos, siempre y cuando tengamos libros y no meros artefactos. Sin duda habrá lectores profundos de libros electrónicos como los hay de impresos, y ambos compartirán las posibilidades que estos contenedores ofrecen”, concluyó Alberto Manguel.

19 sept. 2011

Estrés digital, un mal del siglo XXI

Por: Luciana Vázquez 


Conectados a toda hora, siempre disponibles y dominados por una compulsión a chequear continuamente el mail y las redes sociales, vivimos una época en que las demandas crecientes de la vida virtual comienzan a tener impacto en la salud: problemas de sueño, dolores de cabeza, ansiedad y angustia son trastornos frecuentes a los que los argentinos, con un récord.regional de 27 horas mensuales de conexión promedio, no son ajenos.

Quién pudiera. Defaultear. Irse a la quiebra. Declararse en bancarrota. Pero no por falta de dinero sino por el exceso de emails acumulados sin contestar en la bandeja de entrada. Email bankruptcy es el concepto. No es nuevo: lo acuñó en 1999 la profesora Sherry Turkle del Massachusetts Institute of Technology (MIT), que se puso a estudiar la relación entre las nuevas tecnologías y los usuarios de aquellos días, cuando la Red hacía poco que se había instalado.
La idea es simple pero audaz. Totalmente vigente para valientes al borde del estrés digital, la nueva enfermedad que afecta a millones, no importa la edad, desde que Internet es cada vez más ubicua.
Cuando la cantidad de emails se hace inmanejable y el estrés empieza a crecer ante la tarea imposible de leer y contestar todo lo que llega, la opción que se plantea es drástica: borrar todos los mensajes o, directamente, cerrar la cuenta. Utopía perfecta.
"Obvio", responde el country manager de ComScore, una de las compañías globales líderes en mediciones de audiencia en Internet, el argentino Sebastián Yoffe, cuando se le pregunta si lo estresa la acumulación de emails en su bandeja de entrada. Son las 11.40 y ya recibió unos cuarenta emails nuevos. Llegarán a cien a lo largo del día. "Pero no me puedo declarar en bancarrota de emails. Tengo responsabilidades", aclara.
Entre los que sí se animaron está el abogado y profesor en leyes de Harvard Lawrence Lessig, un superespecialista en el tema del copyright libre en Internet. Lessig llevó la idea del default de emails a su máxima expresión. "Queridos todos -empezaba el email que envío en 2004 a aquellos que le habían enviado un mensaje pero que todavía no habían recibidos respuesta-, me disculpo pero me estoy declarando en bancarrota de emails". Después, hizo delete al 90 por ciento de su bandeja de entrada.
Lessig tuvo que ser contundente: las 80 horas semanales dedicadas a contestar emails no le alcanzaban para responder los doscientos mensajes diarios, sin contar el spam.
El problema, está visto, viene de lejos. Pero está claro que hoy, a siete años de la hazaña de Lessig, es muchísimo más grande porque Internet está cada vez más presente, las 24 horas, en los dispositivos más impensados, con los usos más insospechados.
En la Argentina, de hecho, hoy hay 12,8 millones de personas conectadas a Internet desde su casa o la oficina. Además, con 27,4 horas de conexión mensual, los argentinos son los que más tiempo pasan conectados en toda América latina. Le ganan a los brasileños, con un promedio mensual de 25,7, y a los mexicanos, que llegan a 25,1 horas.
¿Qué hacen en Internet todo ese tiempo esos millones de argentinos? El 30% del tiempo de conexión lo pasan en las redes sociales. De hecho, la conexión a redes sociales en la Argentina aumentó un 12% en el último año, un crecimiento que supera el crecimiento regional y mundial.
A los mensajes de texto le dedican el 18% del tiempo, y al email, el 7%. Y el apetito por noticias e información online es el más alto de la región y viene creciendo al 10%, superando el crecimiento mundial en este aspecto. Las cifras llegan desde ComScore en su informe Estado de Internet en Argentina de 2011.
¿Cuántos de estos argentinos hiperconectados padecen de estrés digital? ¿Todos los que navegan miles de horas por la Web o twittean a diestra y siniestra están necesariamente a punto de colapsar por el estresazo digital?
Tecnoestrés
La ansiedad ante la bandeja de entrada llena es apenas una de las evidencias del tecnoestrés. Allí también están la compulsión por chequear el mail o el Twitter decenas de veces por hora. "En el supermercado, no veo la hora de llegar a la cola para poder chequear mi Blackberry". Se confiesa así el especialista en nuevas tecnologías Julián Gallo.
"Ecosistema de la distracción", lo llama Gallo, retomando conceptos de Nicholas Carr, el gurú norteamericano crítico de los efectos de Internet. En su último libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? , Carr mostró evidencia de cómo la hiperconexión y las distracciones permanentes que ofrece impacta directamente en nuestra biología cerebral. Cada vez somos menos capaces de concentrarnos en tareas que lleven tiempo y demanden atención total.
Gallo conoce el tema: "Intentar atraer la atención de los usuarios de Internet es como hablarle a un jefe apurado: siempre se están yendo a otro sitio". Ante la conexión continua, el cerebro siempre en red, superponiendo tareas de todo tipo, el estrés resulta una consecuencia casi obvia.
Pero no estamos solos. Ni nuevo ni sólo argentino: el problema del estrés digital es global. En España, se lanzó hace poco el libro Tecno estrés , del especialista en psicobiología José María Martínez Selva. "La siesta digital", titulaba algún tiempo atrás El País de Madrid un artículo centrado en el estrés digital en el mundo profesional, en el que mencionaba una estadística de Cisco System, donde el 45% trabaja en promedio entre dos y tres horas más por día, condenados por la conexión siempre disponible.
En la Argentina, especialistas de la salud, en diversas áreas, reconocen que el problema está instalado en el consultorio. Le pasa a los adolescentes que nacieron con un mouse bajo el brazo. "Entre ellos, se ve una sobreestimulación permanente y una incapacidad de procesar tanta información. Vienen por trastornos en el sueño, por ejemplo", dice la psicóloga especialista en estrés Elena Weintraub.
Las estadísticas de ComScore confirman este escenario: los chicos de entre 15 y 24 años son losheavy users de Internet en el país, con 33,1 horas mensuales promedio de conexión. Superan en tiempo de conexión a todas las edades de América latina y, en el mundo, están por encima del promedio de horas de conexión de sus pares adolescentes.
En los mayores de cuarenta, estresa el cambio tecnológico continuo. Entre los adultos más jóvenes, el estrés digital es una subespecie del estrés laboral. "Viven en conflicto permanente. Si abrir el mail o no, si desconectarse o no, si preservar su intimidad o no", según Weintrub.
Ya casi no hay un afuera por fuera del mundo virtual. ¿Qué nos pasa cuando la demanda de conexión es continua?
En definitiva se trata de lo que cada uno es capaz de soportar. La palabra clave es la "adaptación", señala el presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés, Daniel López Rosetti, que define: "Cuando la persona tiene capacidad de resistencia adecuada, ese estrés no es dañino. Cuando hay incapacidad de adaptación, aparece la sintomatología del estrés".
Llegado ese punto, el estrés digital activa un circuito similar al del trastorno obsesivo compulsivo. La explicación llega de boca del neurólogo y psiquiatra Enrique De Rosa, presidente del Centro de Estudios y Terapias Cognitivas. "Se da una sucesión de ansiedad, estrés, que luego descarga en una compulsión. El sujeto sólo puede descargar su ansiedad conectándose". El resultado final es un círculo vicioso donde lo que genera ansiedad -la conexión continua- es la vía de escape para esa misma ansiedad. El hábito estresante queda así consagrado. Por detrás del nuevo estrés cotidiano, se atisba un problema casi filosófico. La velocidad, el nuevo dios al que nos entregamos en cuerpo y alma, ocupa el centro de la escena. "El estrés es la enfermedad del apuro", define López Rosetti.
Velocidad en la renovación tecnológica. Velocidad de respuesta, la que esperamos recibir y la que esperan de nosotros. Incluso el curso del pensamiento se acelera con el estrés digital. El problema se llama "taquipsiquia", explica López Rosetti.
Si no es la ubicuidad de Internet y su velocidad, la angustia y el estrés surgen, paradójicamente, cuando esa misma velocidad y ubicuidad fallan. El programa que se cuelga y no arranca. La aplicación que se demora segundos que parecen siglos. La búsqueda desesperada de una red donde conectarse.
Ahí está también, por ejemplo, el síndrome del reloj de arena, el relojito en que se transforma el cursor del mouse para indicarnos que hay una proceso en marcha en la computadora. Cuando el relojito demora segundos, el estrés se dispara. El tiempo, en Internet, debe ser veloz.
No alcanza con reemplazar el relojito por algún otro símbolo. "Me ponía nervioso el reloj de arena y mi hijo lo cambió por un dinosaurio azul que no para de caminar hasta que la aplicación funciona? Después de un rato quería asesinar al bicho con una uzi", reconoce un periodista que gasta doce horas diarias conectado y prefiere mantener su ira en el anonimato.
Cuerpo. Mente. Alma. Todo queda afectado por el estrés digital. Las consultas por tendinitis por mal uso de los aparatos electrónicos venían en aumento aunque hoy bajaron entre un 15 y un 20%, según informa la ex presidenta de la Asociación Argentina de Cirugía de la Mano (Asacim), la traumatóloga Adriana Pemoff. "Las mejoras en las tecnologías del touch tuvieron resultados positivos".
Las que sí van en aumento son las consultas por dolores de cabeza vinculados con hábitos digitales. Así viene sucediendo en el servicio de Neurología del Hospital Argerich, según la jefa del servicio, la doctora Fabiana Rodríguez: "Desde el furor de las redes sociales, empezaron a aumentar las consultas".
Se repiten los casos de adolescentes con dolores de cabeza. "Por estar conectados, se olvidan de comer, no descansan adecuadamente, se tensionan por las respuestas que tienen que dar en sus Facebooks, tienden al aislamiento y abandonan los deportes", diagnostica Rodríguez. Las cefaleas vinculadas a problemas de la columna cervical también son parte del estrés digital.
Entre los adultos, los dolores de cabeza se relacionan con "la conexión permanente y la atención continua", explica Rodríguez.
El periodista asesino potencial de dinosaurios azules sabe de qué habla cuando habla de estrés digital. Lo padece. La recomendación de su médico fue llana: "Tenés que parar".
No es fácil. Pero por ahí se empieza. Por detenerse. Cortar el contacto con Internet. Respirar hondo. Relax.
Nota completa en:   http://www.lanacion.com.ar/1406745-estres-digital-un-mal-del-siglo-xxi

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