30 ene 2012

¿Por qué las bibliotecas huelen como huelen?

Por: Sergio Parra



Un olor es capaz de provocar sensaciones o recuerdos con enorme eficacia. Esto es debido a que las señales nerviosas procedentes del olfato son procesadas muy cerca de regiones cerebrales relacionadas con las emociones y la memoria a largo plazo. Hasta el punto de que, a veces, uno se siente como Jean-Baptiste Grenouille en El Perfume, de Patrick Suskind(aunque Stephen es un caso más increíble, y, además, real).

Y es que el olfato es el más fino de los sentidos que poseemos. Es 10.000 veces más intenso que el sentido del gusto. De hecho, hasta un 90 % de lo que percibimos como un sabor es en realidad un olor. En general, las mujeres tienen un sentido del olfato más fino que los hombres, y cerca del momento de la ovulación, se agudiza aún más.

En ocasiones asociamos olores con lugares o momentos especiales. Y creemos que esos lugares o momentos especiales no son pura química, también, sino otra cosa. Pero no es cierto. Algo tan abstracto como el olor a lluvia es algo tan prosaico como el tufo a ozono que desprende el aire debido a las descargas eléctricas de la tormenta: el fuerte aumento de temperatura que produce un rayo afecta a la propia estructura química del aire, produciéndose reacciones químicas que crean nuevos compuestos.

O bajemos a algo más terrenal, el sexo. Si acercamos nuestra nariz a una vagina, hallaremos fragancias siempre distintas, según la mujer con la que estemos. Y esos olores no siempre estarán asociados a su falta de higiene (de hecho, el exceso de higiene es peor que la falta de higiene, pues se destruye la imprescindible flora vaginal). 

Un mal olor vaginal, por ejemplo, puede ser producido por lo que se llama vaginitis bacteriana, una infección que produce compuestos como la trimetilamina, que curiosamente es la misma sustancia que otorga su olor al pescado poco fresco. También encontraremos putrescina, que es lo que hallaremos en la carne putefracta, y cadaverina, que ya os imagináis de dónde procede el nombre.

En lo tocante a la literatura, uno de los mayores argumentos románticos para preferir el libro físico al libro digital es el olor que desprenden los libros, una marca que los hace únicos, una especie de influjo que nos permite mejor viajar al mundo de sus páginas, como una suerte de droga. Pero si lo analizamos bajo la lente de un microscopio científico, ¿por qué los libros huelen como huelen?

El olor de los libros antiguos es el resultado de cientos de compuestos orgánicos volátiles (VOCs, por sus siglas en inglés) liberados desde el papel al aire. El principal responsable de que una biblioteca huela como huela es la desintegración de celulosa del papel de la que están confeccionados los libros. Desde mediados del siglo XIX, cuando los fabricantes de papel empezaron a usar pasta en lugar de algodón o lino, la mayoría del papel contiene un compuesto inestable que se llama lignina (el polímero orgánico más abundante en el mundo vegetal, que desprende olor a vainilla).

El problema es que este olor tan romántico también es el síntoma de que el libro se está destruyendo.

Lorena Gibson, una químico de la Universidad de Strathclyde, en Escocia, es la responsable de un proyecto denominado Patrimonio de olores, en el que se identifican los problemas de salud de los libros en sus etapas iniciales gracias al matiz en el olor que desprenden. Incluso están trabajando en un espectrómetro de masas portátil, una especie de nariz artificial que localiza las moléculas que causan el olor a humedad.

Las moléculas se mueven por un tubo de vuelo, y el movimiento a través del tubo ayuda a identificar la masa de la molécula. Una vez que los investigadores han identificado las moléculas que la decadencia de velocidad, pueden trabajar para detenerlo. “Oliendo” los gases emitidos por 72 documentos antiguos de los siglos XIX y XX con una nueva técnica llamada degradómica material, un equipo de científicos británicos y eslovenos ha conseguido identificar 15 moléculas volátiles que podrían ser buenos marcadores para cuantificar a ciencia cierta el riesgo de que se degraden la celulosa, la lignina, la fibra de madera y otros componentes de los libros.

De algún modo, pues, ese olor que tanto nos gusta de los libros es olor a muerto, a muerte de libro, un síntoma que debería ponernos en guardia si queremos conservar el libro en cuestión.


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