20 may. 2013

Hace 80 años el nazismo perpetraba su mayor quema de libros


Pero no sólo se quemaron libros en la antigua Opernplatz (la plaza de la ópera) de Berlín: en más de 20 ciudades de Alemania los nazis se lanzaron a la caza de la cultura, de muchos de los escritores más conocidos de esos años y de sus obras.


La censura a la lectura a través de la quema de libros es una práctica propia de regímenes totalitarios

EL UNIVERSAL
Berlín.- Un espacio blanco y vacío, un hueco en el suelo en medio de la céntrica plaza Bebel de Berlín. A través de un vidrio, quienes se asomen verán los estantes de una biblioteca, en la que sin embargo no hay libros. Con esta angustiante instalación, el israelí Micha Ullman recuerda la quema de la cultura perpetrada hace 80 años por los nazis.

Pero no sólo se quemaron libros en la antigua Opernplatz (la plaza de la ópera) de Berlín: en más de 20 ciudades de Alemania los nazis se lanzaron a la caza de la cultura, de muchos de los escritores más conocidos de esos años y de sus obras.

Los modos de la persecución recuerdan el Medioevo. Apenas habían transcurrido tres meses desde que Adolf Hitler tomara el poder, y ya podían verse las hogueras: la "Revolución nacionalsocialista no iba a detenerse ante los escritorios en los que se escribe y crea poesía", según las palabras con que el autor nazi Hanns Johst hablaría de los sucesos poco después.

La quema de libros fue el punto más álgido al que llegó la planeada "Acción contra el espíritu antialemán", pero ese 10 de mayo no fue la primera vez que ocurrió en la historia alemana: en 1817, estudiantes nacionalistas alemanes habían conmemorado la Batalla de las Naciones contra las tropas de Napoleón echando al fuego el "Código napoleónico" y obras de autores judíos.

"Fue sólo un preludio: donde se queman libros, se acabará por quemar personas", escribió al respecto el poeta Heinrich Heine (1797-1856). La historia le dio la razón: la quema de libros por parte de los nacionalsocialistas fue sólo un preludio del asesinato de los judíos de Europa.

Mucho antes de la persecución abierta, los nazis habían comenzado ya a hostigar a los autores y obras que les resultaban desagradables. Lo hicieron con la novela antibélica "Sin novedad en el Frente" y con su autor, Erich Maria Remarque, a quien sepultaron mediante una campaña de desprestigio sin precedentes.

En Hamburgo, los estudiantes quemaron en 1929 públicamente el Tratado de Versalles y la Constitución de Weimar. En 1931 se llevó adelante un proceso contra Carl von Ossietzky, editor de la revista política "Die Weltbühne". Más tarde, el periodista y pacifista sería encarcelado en un campo de concentración en condiciones a las que no sobrevivió.

Con la quema de libros, el régimen nazi quería ganar las universidades para su ideología de "sangre y suelo", a la que también estudiantes y profesores debían dar muestras de lealtad. A partir del mes de abril de 1933, el estudiantado alemán hizo un llamamiento a las universidades a movilizarse contra la "espíritu de descomposición judío".

Los estudiantes, como "fuerza de asalto espiritual" y las bibliotecas públicas de la ciudad debieron participar en la "limpieza": en todas las universidades se habían formado "comités de lucha". Todo el mundo debía revisar la propia biblioteca en busca de la literatura de la descomposición.

El llamamiento encontró oídos dispuestos. Los jóvenes que hacia 1930 habían alcanzado la edad adulta se habían habituado a ver el mundo en términos de enemigos y aliados. "El antisemitismo se transformó en uno de los bienes comunes de los alemanes", escribió el historiador Götz Aly en su libro "¿Por qué los alemanes? ¿por qué los judíos?".

El comercio de libros apoyó activamente a los nazis cuando hicieron su selección: en el boletín de los libreros alemanes se publicó la lista de autores prohibidos. Libros de Heinrich Mann, Erich Kästner, Arthur Schnitzler, Lion Feuchtwanger, Kurt Tucholsky o Sigmund Freud se catalogaban de "inmorales" y "decadentes".

La presión sobre las bibliotecas era enorme, y su creciente intensidad el resultado de un cuidadoso plan. El 6 mayo los nazis organizaron saqueos de bibliotecas y librerías, y secuestraron miles de libros. Solamente en Berlín se hicieron con más de diez mil obras en el ataque al instituto del sexólogo Magnus Hirschfeld.

Desde la antigua Königsberg (Kaliningrado) a Karlsruhe, las acciones se llevaron a cabo según un mismo patrón: el 10 de Mayo los estudiantes se reunieron en el centro de la ciudad a la luz de antorchas. La destrucción estaba dirigida a los fundamentos intelectuales de la República de Weimar, odiada por los nazis. La nación debe demostrar que se "ha limpiado internamente y externamente", dijo el jefe de propaganda nazi, Joseph Goebbels.

Como preparación se escribieron y distribuyeron 12 consignas que se recitaron durante la quema, referidas al tipo de libros que se incineraban. "Contra de la lucha de clases y el materialismo, por la comunidad nacional y de vida idealista" fueron, por ejemplo, las palabras con que los escritos de los teóricos del comunismo Karl Marx y Karl Kautsky se echaron a las llamas.

En Berlín, los estudiantes se trasladaron con antorchas hasta la Universidad, en la Oranienburger Strasse. Ahí los esperaban camiones cargados con cerca de 25.000 libros. Desde ahí la caravana se trasladó a la Plaza de la Opera.

La atmósfera era de carnaval: una orquesta tocaba música, miles de espectadores se alineaban en la ruta para ver el fantasmal ritual. Entre las aproximadamente 70.000 personas había profesores vestidos con sus togas, miembros de organizaciones estudiantiles, asociaciones de las SA, las SS y las Juventudes Hitlerianas.

Como llovía, los nazis tuvieron que usar gasolina para prender el fuego. Cuando a la mañana siguiente entró en acción el servicio de limpieza, de los 20.000 libros sólo quedaban cenizas. Un año más tarde, más de 3.000 títulos habían pasado a integrar las "listas negras".

"Es una sensación de lo más extraña ser un escritor prohibido y no volver a ver los libros que uno escribió en las estanterías y las librerías", escribió Erich Kästner tiempo después. "En ninguna ciudad del país. Ni siquiera en la propia ciudad donde uno nació. Ni siquiera para Navidad, cuando los alemanes recorren las calles nevadas en busca de regalos".

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