30 oct. 2013

Secretos íntimos del cerebro lector

Por: Federíco Kukso

Neurociencias. Lejos de ser una actividad marcada por la pasividad, leer ejercita las neuronas y modifica nuestro cablerío interior. 


En un pasillo de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba, un hombre lee. Devora con la mirada. Sus ojos saltan de una palabra a otra sin arrojar ancla en puntos, comas o paréntesis. Ninguno de los alumnos que corren desesperados esquivando carteles rosas de la agrupación estudiantil “La Freud” para llegar a tiempo a una clase –teórica– sobre libido y sexualidad sospecha que este lector obsesivo no lee como cualquiera. Manuel Carreiras se alimenta de frases, párrafos y capítulos con una ventaja: este psicólogo español conoce de primera mano los secretos científicos de la lectura, aquellos procesos silenciosos que se activan en nuestros cerebros en el preciso momento en que un libro –novela o ensayo– nos hipnotiza y nos secuestra del mundo.
“Al leer, tres áreas de la corteza exterior del cerebro trabajan: el lóbulo frontal, encargado de procesar las imágenes; el lóbulo occipital, que asocia los símbolos que percibimos, o sea, las letras con un significado, y también el lóbulo temporal –cuenta el director científico del Centro Vasco de Cognición, Cerebro y Lenguaje (BCBL) en San Sebastián, sin quitar los ojos del libro El tiempo entre costuras de María Dueñas–. Se ven claras diferencias morfológicas entre los cerebros de aquellos que leen y aquellos que no”.
A diferencia del carácter instintivo del lenguaje –solo basta con estar inmerso en una comunidad para aprender un idioma–, la lectura y la escritura requieren una instrucción formal. Y, pese a que ahora convivamos con estas capacidades tan naturalmente, no existen desde siempre: la lectura es una invención relativamente reciente en la historia de la humanidad. Apareció en diversos sitios del planeta en distintas épocas. En Mesopotamia en el 3000 a.C., en China en el 1200 a.C. y en Mesoamérica en el 500 a.C.
Fue, sin embargo, hace poco que psicólogos y neurocientíficos corrieron la cortina y descubrieron algo ya sabido desde hace siglos por escritores, libreros, profesores de literatura, promotores de editoriales y suplementos literarios: leer nos transforma por dentro. Y mucho.
Carreiras y su equipo de investigadores fueron más allá del sentido común y lo pusieron a prueba. Para ello, compararon las imágenes de resonancia magnética de los cerebros de veinte ex guerrilleros colombianos adultos que habían completado un programa de alfabetización con imágenes cerebrales de otros veintidós ex guerrilleros adultos analfabetos. Y los resultados, publicados en la revista Nature, fueron sorprendentes: las personas alfabetizadas mostraron un incremento importante en la materia gris, es decir la densidad neuronal, y en la materia blanca, aquella encargada de conectar los dos hemisferios del cerebro.
Cada vez que leemos, nuestro cerebro cambia. La lectura provoca alteraciones estructurales como todo aprendizaje –dice Carreriras, fanático de John Le Carré y e invitado por la Asociación Argentina de Ciencias del Comportamiento–. El cerebro es un órgano muy plástico. Y leer es para la mente como ir al gimnasio. Desencadena procesos complejos y automatizados. Por eso nos parecen tan simples”.
La lectura está omnipresente en nuestra sociedad de la (hiper)información. Curiosamente, una vez que aprendemos a leer no podemos hacer otra cosa que leer palabras. Y lo hacemos a una velocidad tremenda: cuatro palabras por segundo. O sea, una palabra cada 250 milisegundos. Ninguna actividad humana moviliza y ejercita tantas variedades de memoria como la lectura: al leer ponemos en acción la memoria verbal y visual, realizamos varias operaciones complicadas de codificación ortográfica, semántica, fonológica. Nuestro cerebro, por ejemplo, es sensible a la ortografía, a la posición de las letras en una palabra. No es lo mismo “sol” que “los”.
Cuando leemos, cuenta Carreiras, no nos detenemos letra por letra. Escaneamos el texto. Si bien no dejamos de reconocer letras, no somos conscientes de eso. Leemos a pantallazos. Extraemos información a través de muchas fuentes de información. De ahí, la importancia de la tipografía, la relevancia del diseño gráfico, del “traje” que viste a un texto. Lo cual explica también por qué no es exactamente lo mismo leer en un libro, en Internet o en un Kindle, aunque se trate del mismo texto, de las mismas palabras escritas por el mismo autor.
“Además, cuando leemos un texto predecimos, rellenamos. Hay procesos de reconocimiento de palabras. La lectura es dinámica y se hace salteando letras y pedazos de palabras. Por eso, para ejercitar la memoria y retrasar los síntomas del Alzheimer la mejor recomendación es leer habitualmente y hablar una segunda lengua”, revela este especialista en psicolingüística y neurocognición conocido también por investigar por qué ciertos chicos tienen problemas de lectura.
Leer, así, no es una actividad marcada por la pasividad. Es el combustible de las neuronas, una actividad que nos enriquece cerebralmente. Y que mueve también nuestro cablerío interno. Según un estudio realizado en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, si una palabra viene acompañada por una serie de estímulos no lingüísticos cuando la leemos –ya sea un sonido, un olor, una sensación–, cada vez que nuestro cerebro vuelva a percibirla se estimularán también las áreas encargadas de procesar el estímulo no lingüístico asociado. O sea: cuando leemos palabras como “chocolate”, “medialunas” o “huevo frito” en nuestro cerebro se activan también aquellas zonas que utilizamos para captar olores y gustos.
Pero esta habilidad y costumbre, además de fortalecer la imaginación y la concentración, trasciende el mero hecho de consumir símbolos. “La lectura nos permite hablar con los muertos”, decía Francisco de Quevedo en el siglo XVI. Conecta personas a través de décadas y kilómetros, rompe las barreras del tiempo y el espacio: la lectura (y su hermana siamesa la escritura) nos permite transmitir pensamientos de generación a generación. Se puede legar toda una cultura porque ha quedado impresa mientras que los rasgos de la oralidad se pierden en el aire (¿cómo hablaban los egipcios?).
Sin la lectura viviríamos en un mundo meramente inmediato, en un presente continuo como lo hace el resto de los animales. O peor: no tendríamos la capacidad de abstracción e imaginación que la escritura y la lectura incentivan.
Leer también nos vuelve más veloces mentalmente y permite que nuestra experiencia sensorial sea más rica. En el caso de los libros gordos, aquellos que superan las 300 páginas, la lectura inmersiva y profunda es el antídoto contra la tiranía de la superficialidad (y brevedad) de las redes sociales que nos bombardean de estímulos dejándonos siempre como adictos o, peor, como los perros de Pavlov que salivaban ante un nuevo sonido. En nuestro caso, la lucecita del celular.
Como explica Emanuele Castano, profesor de psicología en la New School for Social Research de Nueva York, en un paper publicado en la revista Science, leer –y no solo leer cualquier cosa sino libros de ficción de calidad, no obras light de Paulo Coelho u Osho– mejora un conjunto de habilidades que nos dan mayor empatía con el prójimo. Aceita procesos de pensamiento fundamentales en las relaciones sociales complejas como los que intervienen en el acto de entender el pensamiento y las emociones de otros.
Stéphane Mallarmé, el gran crítico y poeta francés del siglo XIX, decía que, al leer, un concierto solitario y silencioso se produce en nuestra mente. Todas nuestras facultades mentales están presentes en esa exaltación sinfónica. Neurocientíficos y psicólogos como Carreiras ahora amplían esta imagen: leer es una actividad tan musical como eléctrica. Todo un festín para el cerebro.

29 oct. 2013

La bibliotecaria de Auschwitz

Por: Bárvara Alvarez Plá


Una novela se basa en cómo Dita Kraus la chica de 14 años que repartía libros en Auschwitz, de forma clandestina, administraba ocho ejemplares entre 500 niños.



Durante la Segunda Guerra Mundial, y dentro del campo de exterminio de Auschwitz, existió lo que dio en llamarse el “barracón familiar” que, por un tiempo, funcionó a modo de escuela para los cerca de 500 chicos que había en el campo en ese momento. Allí, y con solo ocho libros, entre ellos un Atlas UniversalNueve caminos de la terapia psicoanalítica, de Sigmund Freud y Breve Historia del Mundo, de H. G. Wells, se creó una biblioteca clandestina que fue custodiada por una de las pequeñas, Dita Kraus, llegada al campo desde el gueto de Terezin, en lo que hoy es la República Checa. Para ella, su labor de bibliotecaria se convirtió en algo de vital importancia en el empeño de salir viva del que fue el mayor de los genocidios registrados en el Siglo XX.

En la vida en ese barracón se centra el argumento de La bibliotecaria de Auschwitz (Planeta), del escritor y periodista español Anotino G. Iturbe, que se vale de los recursos propios de la ficción para narrar la gesta de Dita, que con solo 14 años, se vio obligada a dejar de ser una niña para ocuparse de una importante labor, sin saber aún, que formaría parte de la Historia.

-¿Cómo llegaste a la historia del barracón y su bibliotecaria?

-Leyendo La Biblioteca de noche, de Alberto Manguel. En un capítulo, comentaba que en un barracón de Auschwitz existió una pequeña biblioteca clandestina formada por tan solo ocho volúmenes. Entonces quise saber cómo había sido posible.


-¿Y por qué novelar la historia en lugar de hacer un reportaje?

-Intenté escribir un libro de no ficción, pero después de un año de recopilar información, solo conseguí tener papeles llenos de fechas, cifras, nombres, lugares… y me faltaba lo fundamental: transmitir la emoción que me embargaba al pensar que en medio de la negrura humana más absoluta, alguien hubiera tenido el coraje de poner en marcha una biblioteca clandestina.


-¿Hasta dónde describes la realidad y hasta dónde entra en juego la ficción?

-Es una novela, no una biografía de Dita Kraus. Los personajes son reales y su trayectoria fue, en líneas generales, la que se relata, pero hay situaciones que son ficción, diálogos que me gusta pensar que pudieron darse o que me sirven para poder ilustrar asuntos importantes.


-¿Qué fue lo que más te impactó al conocer esa vivencia?

-Que alguien considere que vale la pena jugarse la vida para poner en marcha una escuela me resulta extraordinario. Que en medio del horror de un lugar como Auschwitz se abra un libro y se encienda una pequeña luz, me emociona profundamente.


-¿Qué suponen los libros en medio de tanto horror?

-En medio del terror paralizante de unos niños indefensos que sienten cada día el aliento de la muerte en su nuca, de pronto alguien abre un libro y enseguida abre una ventana a otro lugar, a otro momento.


Los libros no pudieron borrar a los nazis, pero pudieron hacer que unos niños fueran felices durante un instante.

-¿Conociste a Dita?

- Sí, en el proceso de documentación me encontré con que la muchacha de catorce años que manejaba los libros en el barracón había sobrevivido y estaba viviendo en Israel.


-¿Leyó el libro? ¿Qué dijo al respecto?

-Se acaba de traducir al checo, así que lo está leyendo. Me reta porque meto la pata con algunos detalles y porque el personaje inspirado en ella la hace parecer una heroína, y no quiere que la vean así. Dice que a ella le dijeron que se ocupara de los libros, pero que si le hubieran dado una escoba se habría puesto a barrer.


-La Historia, ¿se repite siempre?

-Por desgracia, nos cuesta mucho aprender y muy poco olvidar. La historia de la mezquindad humana se repite, por eso no hemos de olvidar lo que pasó durante el Holocausto.


Ninguna grandeza se puede construir sobre la humillación y la matanza.

La biblioteca infantil La Nube es "innecesaria a la gestión"

Por: Juan Pablo Cinelli


La cultura recibe una nueva embestida del gobierno porteño, aunque tal vez sería más exacto decir que es la ciudad misma la que recibe una embestida de su propio gobierno... Curiosamente entre esos bienes se encuentra el predio ubicado en la calle Jorge Newbery 3537, que desde hace diez años ocupa la ONG Asociación La Nube - Infancia y Cultura, que, entre otras actividades y espacios, posee la biblioteca infantil más grande de América Latina.

La Nube Infancia y Cultura cumplió en julio pasado 38 años y es uno de los proyectos colectivos más interesantes en el ámbito de la cultura para chicos. Además de promover espacios dedicados al cine, el teatro y la música pensada para chicos, la biblioteca La Nube alberga más de 60 mil volúmenes. Según afirma Pablo Medina, su presidente, no hay una colección tan completa en ninguna de las bibliotecas más importantes del país, como la Biblioteca Nacional o la del Congreso de la Nación.
El petitorio en defensa de La Nube está en www.facebook.com/lanube.territorio

El proyecto firmado por Mauricio Macri no sólo declara al terreno de la calle Newbery "innecesario a la gestión", sino que va en contra de la Ley 3351 –aprobada hace cuatro años por la Legislatura–, que otorgó el predio por 20 años a esta ONG. Medina, de 76 años, afirmó que el ministro de Cultura y turismo de la ciudad Hernán Lombardi "conoce muy bien nuestro trabajo y la importancia del mismo".
Al final de mi vida esta noticia representa un golpe muy bajo", se lamentó el presidente de La Nube. El gobierno de la Ciudad esperaba que el proyecto de Ley 2511-J fuera aprobado durante el día de mañana, aunque seguramente su tratamiento demorará un poco más.


26 oct. 2013

Qué debes quitar de tu escritorio

Por: Stephanie Vozza


Conoce cuáles son los objetos en tu espacio de trabajo que te distraen y afectan tu productividad.


¿Qué hay sobre tu escritorio? ¿Un diurex? ¿Una engrapadora? ¿Un diccionario? Estos artículos de oficina pueden afectar tu flujo de trabajo, según la organizadora profesional Jennifer Hofman. De acuerdo con la experta, cualquier persona –en especial los emprendedores- puede aumentar su productividad si cambia la disposición de los objetos en su escritorio. 


“Las herramientas que se usan menos de una vez al mes deben estar guardadas en un cajón”, afirma Hofman, quien se encarga de ayudar a empresarios a crear espacios laborales productivos. “Están ocupando espacio valioso que podría usarse para cosas que usas todos los días o para objetos que te inspiran”.

“Tu escritorio dice quién eres, qué te importa, a dónde vas y cuáles son tus sueños”, dice Hofman. “Es una pequeña prueba de tu vida, y si no da una imagen acertada, necesitas cambiarlo”. 

Además de cosas que no usas, Hofman dice que debes retirar estos accesorios de tu escritorio:

1. Cables
Si aún usas un mouse o bocinas con cables, es momento de que actualices tu tecnología. “Los cables dan la impresión de ser un nido de serpientes”, dice. “En un escritorio eso no sólo quita espacio donde se podría trabajar, sino también crea basura visual. Siempre recomiendo usar dispositivos sin cables para ganar espacio y hacer el área más atractiva”. 

2. Montón de pendientes
Tener un montón de archivos apilados o de notas con pendientes podría parecer una maniobra productiva, pero en realidad tiene el efecto contrario. “Mucha gente tiene una pila de cosas esperando a ser realizadas”, afirma. “Lo hacen para recordarse a sí mismos de lo que es importante; pero el montón suele hacerse tan grande y desordenado por lo que genera distracciones y preocupaciones, haciéndote menos productivo”. 

3. Objetos random
Tarjetas de agradecimiento, chucherías de un pariente, documentos de impuestos de años pasados… Hofman dice que estos objetos son como un peso muerto.

“Cualquier cosa que haya estado en tu escritorio por más de un año pero que no ha sido usado o siquiera visto debe quitarse”, dice la experta. Estas cosas afectan tu productividad en un nivel inconsciente. Energéticamente esto puede ser muy pesado”. 

Hofman dice que prestes especial atención a lo que está sobre, atrás y alrededor de tu pantalla. “Ésta es el área más importante para limpiar”, sostiene. “Es lo que ves cuando estás tratando de pensar. Yo motivo a mis clientes a observar las capas en sus escritorios y quitar lo que no funciona. Por ejemplo, las fotos pueden motivarte y mejorar tu productividad, pero otras cosas deben ser removidas”.

Qué sí debe estar en tu escritorio

“Fundamentalmente, tu escritorio debe apoyarte”, dice Hofman. “Reemplaza los objetos con otros que te den lo contrario. En lugar de tener cosas que te hacen sentir pesado, preocupado o culpable, sustitúyelas por algo que te inspire. Por ejemplo, remplaza el lapicero por un florero o una planta. Tu escritorio debe reflejar las mejores cosas de tu vida”.

Los ordenadores pueden motivar al alumno, pero la memoria es fundamental

José Antonio Marina, filósofo y profesor, ha publicado infinidad de ensayos, ha montado una 'universidad de padres' y acaba de lanzar una 'escuela de parejas'; una actividad frenética para clamar por un cambio educativo radical, que implique a toda la sociedad. 
- ¿Debemos integrar las nuevas tecnologías en la educación?
- Las nuevas tecnologías son un medio fantástico, pero no producen conocimiento solo por el hecho de estar conectados. Ni siquiera por la facilidad con la que se puede encontrar información. Son herramientas que, para ser útiles, requieren que delante de la pantalla haya una persona que sepa utilizarlas. Un burro conectado a Internet sigue siendo un burro.
- ¿Cómo pueden aprovecharse?
- Tienen un gran poder de motivación. Empezamos a tener estudios sobre su eficacia en las aulas y hemos comprobado que quienes resultan más beneficiados por el uso de las nuevas tecnologías son los alumnos menos aventajados porque el modo de presentarles la información puede interesarles más, quitarles miedos y facilitarles la comprensión. Pero el aprendizaje tiene un aspecto muy repetitivo: para aprender una cosa, hay que repasarla y ahí se utilizan menos.
- ¿Y podrían usarse más?
- Pueden hacer que la repetición sea más amena, pero la memoria sigue siendo fundamental.
- ¿Acaso debemos reivindicar la memoria?
- ¡La memoria es el órgano del aprendizaje! Se está extendiendo la idea de que para qué voy a aprender una cosa si la puedo encontrar con rapidez en Internet. Eso es un disparate educativo. Siempre comprendemos e inventamos a través de nuestra memoria personal. Por eso la educación es el cuidado de nuestra propia memoria. A mí me gusta decir, un poco para escandalizar, que hay que ser muy tonto para decir que la memoria es la inteligencia de los tontos. Porque es la inteligencia de los tontos y de los listos. La de todos.
-Vayamos a las recomendaciones concretas. ¿Cómo deben actuar los padres?
-Respecto a Internet, que controlen su uso, dependiendo de la edad que tenga el chico. Internet tiene dos cosas malas. En primer lugar, se puede acceder a información o a relaciones poco convenientes. Y luego, como resulta tan divertido, pueden gastar una enorme cantidad de horas. ¡Y decíamos que la televisión era un peligro porque metían tres horas diarias! Internet es mucho más adictivo.
-Usted también plantea que las nuevas tecnologías pueden acarrear efectos perniciosos sobre la sociabilidad de los niños.
-Todos estos juegos encierran mucho al niño y le impiden hacer lo que el niño realmente quiere: jugar con otros niños. Aparatitos como la 'Playstation' son muy divertidos, pero acostumbran al niño a un juego solitario. Y eso encierra un problema social porque el niño adquiere las primeras reglas de convivencia precisamente con los juegos: ahí aprendes que a veces tienes que ceder ante el otro, que no puedes irte cuando te da la gana, que tienes que jugar en equipo... Lo contrario favorece un individualismo que hace que nos convirtamos en seres de muy difícil vinculación.
-Los griegos advertían: 'nada en exceso'. ¿Podemos aplicarlo también para las nuevas tecnologías?
-Sin duda. No hay que caer ni en la tecnofobia ni en la tecnofilia. Hasta ahora solo hablábamos de intuiciones, pero ya tenemos estudios que cuestionan las alegrías informáticas en la escuela. No vale para nada tener a todos los niños con su ordenador; no tenemos seguridad completa de que mejore el aprendizaje, salvo en las etapas de la motivación y de la comprensión.
-¿La figura del profesor sigue siendo importante?
-Es la clave. Tenemos que ir a más profesores. Las nuevas tecnologías, en el aula, sí nos pueden ayudar a acomodarnos a las diferencias de los alumnos porque permiten personalizar mucho los programas. Ahora un profesor puede, con la ayuda del ordenador, adaptar sus explicaciones al ritmo de cada alumno. Pero para eso necesitamos un tipo distinto de profesor, que sea capaz de trabajar en clase a varias velocidades distintas. Necesitamos formar mejor a los profesores.

Ocho trucos para no envejecer (tanto)

Todos envejecemos, pero tampoco hace falta acelerar el proceso. Así puedes estar más joven de lo que eres.

Ahora que parece que nos vamos a quedar sin pensión y quizá tengamos que trabajar hasta los 80, lo mejor que podemos hacer es llegar lo más sanos posible. En todo el mundo los científicos investigan la forma de prolongar la vida, y hasta ahora hay tres posibles soluciones:

·         Antioxidación: los famosos radicales libres atacan a las células y las hacen morir antes de tiempo. Menos oxidación, más años de vida, aunque solo sean un 15% más.
·         Ingeniería genética: nuestras células están programadas para morir. Si conseguimos desactivar esas instrucciones en el ADN, podriamos vivir para siempre. No es una quimera, existe en la naturaleza. Las células cancerosas no tienen esas instrucciones y son inmortales.
·         Transhumanismo: en lugar de arreglar el cuerpo, olvidémonos de él. Se está estudiando cómo traspasar nuestra conciencia a un ordenador donde podríamos vivir para siempre en una perfecta simulación de la existencia. Calculan que quedan unos 100 años para conseguirlo.
A no ser que tengamos el dinero y recursos del malo de James Bond, la única de esas vías que está en nuestras manos es la primera: no oxidarnos. La principal forma de oxidación es el estrés oxidativo. De nuevo el estrés.
De momento no podemos detener el envejecimiento, pero sí retrasarloLa mitad de la receta es el ejercicio. La otra mitad, la dieta. No hace falta tomar suplementos si sigues estas recomendaciones:
1.      No engordes: el sobrepeso es la causa directa de muchas de las enfermedades en la edad avanzada, y por supuesto, de la muerte prematura. No se trata de hacer horribles dietas yo-yo, sino de mantener el mismo peso y composición.
2.      Adiós al azúcar: comer azúcar es como echar gasolina a un fuego. El azúcar se convierte directamente en michelines, y está por todas partes. Lo mismo ocurre con las harinas y la mayor parte de la comida blanca.
3.      Come más plantas verdes: cuando eliminas el azúcar de tu dieta necesitas obtener tus calorías de otros lados. Aficiónate a todo lo que sea verde, y también a las legumbres.
4.      Más grasa saludable: hace tiempo que el mito de que la grasa es dañina se tambalea. Se ha podido observar que quienes eliminan totalmente los azúcares y almidones de su dieta, y sustituyen esas calorías por grasa saludable, especialmente de frutos secos, pescado, aguacates, aceite de oliva y carne roja criada con pasto, ven mejorar su salud. Así de fácil.
5.      Muévete todos los días: solo 30 minutos de caminata pueden hacer milagros. Si no te animas a ir al gimnasio, haz ejercicio en casa o en el parque. Corre, juega al tenis, pega patadas a un balón, sube escaleras o baila tango. Tu cuerpo no está hecho para estar sentado.
6.      Duerme: en un experimento con estudiantes de 20 años, después de dos semanas sin dormir, sus niveles hormonales eran los mismo que los de ancianos de 60. Tu cuerpo se desgasta cada día, y se reconstruye durante la noche. El estrés lo desgasta más de lo normal, y encima no te deja dormir, impidiendo la regeneración. Es una combinación perfecta para llevarte antes a la tumba.
7.      Casi sin alcohol: hay estudios que relacionan el consumo moderado de vino con una vida más larga. No quiere decir que una cosa cause la otra, pero tampoco parece interferir. Por el contrario el consumo elevado es un billete para un viaje express en una caja de madera.
8.      Tabaco: ¿hace falta decirlo? Nada. Cero. Nunca.

23 oct. 2013

10 Tips para ser un perfecto infeliz!



Navegando en Internet uno puede encontrar hasta el hartazgo textos de autoayuda para supuestamente llegar a ser feliz. Al parecer uno siempre se encuentra a medio camino de la felicidad sin encontrar el tramo final para una vida plena.

Tampoco es muy pleno ser un infeliz a medias cuando uno puede perfeccionarse y llegar ser realmente un absoluto infeliz. Por ese motivo traigo este post con los mejores 10 Tips para lograr ser un profesional de la infelicidad.

1) Crea fanáticamente que Usted ha venido a este mundo con el único fin de ser un títere de un sádico y psicópata Ser Supremo que lo dota corporal y mentalmente de una multitud de herramientas para que precisamente Él le prohiba utilizarlas, no las use y sufra por ello.

2) Desée con fervor cuanta inutilidad se le presente ante sus ojos. Alimente la fantasía que el fin último de la vida es todo aquel aparato que está fuera de su alcance socio económico. Repítase una y otra vez que su felicidad depende de tener ese aparato que todos sus antepasados JAMAS necesitaron en millones de años para crearlo a Usted.

3) Alimente la hipocresía y esa baja tolerancia a la frustración suya; si tiene hijos, también la de ellos. Sumérjase en esta sociedad consumista y desee todo lo que nunca en su vida podrá conseguir mientras se gasta todo su dinero en otra nimiedades que puede tener cualquier otro infeliz como Usted. De esta manera le dejará a sus hijos como herencia su propia frustración.

4) Rechace cualquier pensamiento en el cual se formule la pregunta "¿Dónde está la felicidad?". Todos sabemos que la felicidad está en todo material o ser deseado por nosotros que siempre está fuera de nuestro alcance.

5) Busque nuevos objetos de deseo todo el bendito tiempo, no sea conformista creyendo que tiene algo con lo cual ha conseguido algo de felicidad.

6) "Patée siempre la pelota fuera de la cancha" potenciando esa mirada en donde su felicidad siempre depende de objetos o personas externas. Repita conmigo: "Seré feliz cuando todos seamos comunistas" o "Seré feliz cuando tenga un Rolls Royce" o "Seré feliz cuando tenga la cara de Meg Ryan" .....
Si por una casualidad a conseguido algo casi imposible, vuelva al punto 5 y siéntase mas infeliz.

7) Utilice todo su tiempo para trabajar y conseguir dinero que jamás le alcanzara para cumplir la obtención del objeto de deseo que lo hará feliz. Que esté todo el tiempo ocupado y que no exista un minuto que pueda brindarle a sus seres queridos, hará de ellos que sean exactamente tan infelices como Usted.

8) Llore, violéntese, patée la pelota fuera de la cancha nuevamente y culpe a destajo a todos sus seres queridos por su fracaso. Ellos tienen la culpa de toda su frustración, maltrátelos, insúltelos .... compórtese como el objetivo al cual queremos llegar con estos tips.

9) Destruya en su interior cualquier atisbo de autocrítica. A Usted no le preguntaron si quería nacer, entonces como está en este mundo por obligación no tiene culpa alguna de nada. QUE SE LA AGUANTEN!

10) Repita hasta el cansancio frente al espejo: "Soy un perfecto infelíz". Porque en esta vida uno es lo que cree ser.

“El Principito”, un libro que invade la razón y el corazón

La frase de Saint-Exupéry “Lo esencial es invisible a los ojos”, cobra vigencia a través de uno de los libros más vendidos en el mundo.




Libro de cabecera de muchos y de la categoría de aquellos que se leen más de una vez, “El Principito” encierra desde la primera a la última palabra, un aprendizaje que se renueva en cada lectura.

Este año, la obra del francés Antoine de Saint-Exupéry cum­plió 70 años de existencia ple­na desde que se editó en abril de 1943, en inglés y francés (Le petit prince), en los Estados Unidos, apenas quince meses antes de que su autor muriera en un accidente de aviación. Eran los últimos años de la Se­gunda Guerra Mundial y la edi­ torial francesa Éditions Galli­mard no pudo imprimir la obra hasta 1946, tras la liberación de Francia.

Recorrer las páginas de esta corta novela, con sus caracte­rísticas ilustraciones de estilo naif realizadas por su propio autor, es reflexionar sobre si­tuaciones de la vida: la grande­za de la amistad, la solidaridad, la fortaleza, y hasta hay quie­nes sienten que es curadora de las heridas de la desesperanza.

“El Principito es un clásico, que entraña el compromiso de vi­vir, el lujo verdadero de las re­ laciones humanas. Y aunque haga correr lágrimas, provoca alegría en ellas”, expresa la profesora en Letras Ana María Peña, especialista en esta obra.

La docente considera que, pro­bablemente, Saint-Exupéry no pensó en el impacto mundial de su obra, que fue traducida a tantos idiomas y dialectos co­mo La Biblia y nunca pierde su puesto en el ránking de lectu­ra. “Tiene la característica de no poderlo catalogar, porque reune en sí mismo tintes filosó­ficos, de alegoría fantástica, de parábola, de cuento maravillo­so...”. 

Es que este libro trae aparejada la nostalgia de la transparencia de inocencia que llevamos aden­tro desde niños y vamos perdiendo en el camino a la adul­tez. El Principito encierra mu­cho de moral, de esa que todos en el mundo y en todos los tiempos compartimos. “En este tercer milenio, en el que estamos muy necesitados no solo de valores sino de tole­rancia, de paciencia, de espera y de silencio en un planeta de aceleración incomprensible, en el que llegar a la cumbre es la única meta sin importar a qué precio, este libro es un bálsa­ mo verdadero”, afirma Peña.

Aviación y muerte
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry nació en la ciudad francesa de Lyonel 29 de junio de 1900, como parte de una familia noble. 

Escritor y aviador, multifacéti­co, en diciembre de 1935 y tras un viaje de casi 20 horas cami­no a Saigón, junto con su navegador André Prevot tuvieron un aterrizaje forzoso en el de­sierto del Sahara en territorio libio. Ambos sobrevivieron al aterrizaje, pero sufrieron los estragos de la rápida deshidra­tación y quebraduras. Ambos experimentaron alucinaciones visuales y auditivas hasta que al cuarto día, un beduino en camello les salvó la vida. Lo relata en su libro “Tierra de hom­bres”(1939).

En 1943, y después de 27 meses en América del Norte, regresó a Europa para volar con las Fuerzas francesas libres y luchar con los Aliados en un es­cuadrón basado en el Medite­rráneo. Tras algunos inconve­nientes en su tarea de piloto, fue reinstalado en misiones de vuelo por la intervención personal del General Eisenhower. Charles de Gaulle, por su parte, públicamente afirmó que Saint-Exupéry apoyaba a Ale­mania, lo que lo deprimió y lle­vó al alcoholismo. 

La última misión de reconocimiento que hizo fue recoger información de inteligencia sobre los movi­mientos de las tropas alemanas en el valle del Ródano y sus al­ rededores antes de la invasión aliada del sur de Francia (Ope­ración Dragoon). En la noche del 31 de julio de 1944 despe­gó a bordo de un P-38 sin ar­
mamento de una base aérea en Córcega, y no regresó. Una mujer informó haber visto en­tonces un accidente aéreo alrededor cerca de la Bahía de Car­queiranne junto a Tolón. 

Un cadáver sin identificar usando insignias franceses fue encontrado varios días después al sur de Marsella y enterrado en Carqueiranne en septiembre.

Estuvo muy relacionado a América del Sur y fue en Bue­nos Aires donde vivió y conoció a su esposa, la salvadoreña Consuelo Suncín. Fue nombra­do director de la Aeroposta Ar­gentina, filial de la Aéroposta­le, que enviaba el correo entre la Capital Federal y la Patago­nia y tuvo la misión de organi­ zar la red de América Latina. Ese periodo le dio el marco pa­ra su segunda novela, “Vuelo nocturno”.

Exquisita sensibilidad
“Esta novela no podría haber salido de otro escritor. Era tan complejo como el mismo prin­cipito, a veces caprichoso y contradictorio, pero también sólido y profundo. A veces ni­ño y al mismo tiempo viejo y desencantado, multifacético y hombre de acción, pero sobre todo con una ética profunda. 

Considero que lanzó un men­saje de socorro a los hombres para asumir el compromiso de vivir como se debe”, expresa Ana María Peña.

Es para todas las edades, por­que enseña sobre la vida y la muerte. “Lo que da sentido a la vida es lo que después le da sentido a la muerte. En el aprendizaje de este principito hay tres personajes fundamen­tales: el piloto, el zorro y la ser­piente, cada uno de los cuales le dejan un regalo. El hombre, que lanza la frase más recono­cida de esta obra cuando dice ‘Lo esencial es invisible a los ojos’ y le regala una caja con un cordero adentro que no se ve. El zorro le enseña cómo do­mesticar a alguien refiriéndose a una rosa que, aunque com­plicada y contradictoria, es su amiga y la tiene que aceptar y cuidar como es; es profundizar el concepto de amistad. Y el último regalo, de la serpiente, desacraliza el sentido de la muerte, porque le enseña que vale la pena morir si se va a re­encontrar con su amiga, única en el universo”.

Lectura compartida y charla
Para la docente, llama la aten­ción que El Principito no sea un texto de lectura en todas las escuelas, salvo excepciones. “Probablemente haya quienes lo desvalorizan o quizás necesi­ta del debate para encontrar la profundidad que encierra en sus palabras. Conceptos como el silencio, la soledad para el pensamiento, tomarse el tiem­po para profundizar es lo que nos lleva a la plenitud en la vi­da y ese es el enorme valor que transmite. Es necesario reubi­carse en el planeta interior, no en el exterior, y ese concepto es enriquecedor para los chicos”. Explica que este trabajo tiene otra peculiaridad, porque no es solo un texto literario, una prosa poética, sino un ícono texto, en el que escritura e imagen forman un todo indivi­sible. 

"El dueño de un libro es quien lo lee

"El escritor colombiano sorprendió con su ponencia: "A menudo son los lectores quienes les revelan a los autores qué fue lo que escribieron".


El escritor colombiano William Ospina consideró ayer que el verdadero dueño de un libro no es quien lo compra, sino quien lo lee.
Y "el verdadero poseedor de los libros no es el que más libros lee, sino el que los lee mejor", aseguró durante su participación en el VI Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebra hasta hoy en la ciudad de Panamá bajo el lema "El español en el libro: del Atlántico al Mar del Sur".
Actualmente se piensa que los libros son mercancías, lamentó. Pero en realidad se trata de "lámparas en las que pueden estar guardados unos genios imprevisibles. Y aunque no toda lámpara tiene su genio, lo que brota de ellos también depende de lo que hay en el alma del hombre que frota la lámpara", manifestó.
El que compra un libro todavía no es su dueño, advirtió. "Que un libro sea el más vendido es buena noticia para el autor y los editores, pero todavía no es un triunfo para la humanidad. Podría ser mejor noticia cuál es el libro más prestado", indicó.
Leer de verdad, dijo, no es consumir, sino crear. "Y a menudo son los lectores quienes les revelan a los autores qué fue lo que en realidad escribieron. El autor no es dueño del sentido de lo que ha escrito. Un creador escribe no para comunicar algo que ya sabía sino para descubrir algo que ignoraba".
"Al acto de escribir lo llamamos creación porque se espera que en ese proceso surjan cosas nuevas, que el autor sea el primer sorprendido con ellas", afirmó en su ponencia titulada "La utilidad de la luna".
"Los editores saben que los que imprimen un libro imprimen un enigma", indicó.
Esta época juega además a disolver las fronteras entre los géneros. "Hay libros que ayudan a ver hechos, libros que ayudan a entenderlos y libros que ayudan a vivirlos, crónicas periodísticas, relatos históricos, novelas".
Respecto de la piratería de libros, Ospina expresó que, como todos los escritores, tiene "el deber de rechazarla", aunque en el fondo no ve a la industria editorial tan alarmada con ese fenómeno. "Acaso sabe que los que compran libros piratas no son los mismos que compran libros legales y que no hay en realidad competencia".
La piratería solo se acabará cuando los libros se hagan pensando en la capacidad adquisitiva de todos, analizó Ospina, quien se calificó dentro del género de lectores que "a veces no termina los libros", porque no considera a la lectura como una obligación.
"Se lee poco, pero no menos que antes", destacó por su parte el español Alvaro Marchesi, moderador de la mesa, citando una reciente encuesta de lectura en los países latinoamericanos de Latinobarómetro.
El secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) destacó que "las nuevas tecnologías amplían los grados de libertad del lector".
El congreso convoca hasta hoy a más de 200 académicos, escritores, directores de bibliotecas nacionales, editores y otros profesionales vinculados con la lengua de Cervantes.
La sexta edición de la cita se celebra en el Centro de Convenciones Atlapa, junto al Pacífico.
Un Atlas sonoro de los países
El término “boludo” fue incluido como uno de los términos más autóctonos de la Argentina, para conformar el “Atlas sonoro” que elabora el diario madrileño El País en el marco del Congreso de la Lengua. La proposición vino de parte del poeta Juan Gelman, quien definió a esa palabra como “un término muy popular y dueño de una gran ambivalencia” que ha venido perdiendo el sentido insultante “pues referencia a una persona tonta, estúpida o idiota” a la vez que se emplea “entre amigos, casi como un comodín de complicidad”.

21 oct. 2013

Estado actual ¡ausente!

Por: Mariano Petrucci

El ejercicio es simple, no presenta ninguna complejidad. Solo le pedimos un requisito: abra muy bien los ojos. La escenografía la elige usted: puede ser la parada de colectivo, el bar de la universidad o el restaurante al que suele ir. Escenario: reunión de amigos, conocidos, lo mismo da. Silencio absoluto. ¿Alguien deslizó algún comentario incómodo? No. Es que cada uno de los integrantes del meeting están con la cabeza gacha, chequeando incesantemente su dispositivo electrónico: que el mensaje de texto, que el WhatsApp, que el Twitter, que el Facebook, que la foto que se sube para que lo seguidores hagan clic en “Me gusta”, que la aplicación que acabamos de descargar. En síntesis, cada uno en la suya. 




Por supuesto, hay otras frases de ocasión: “Los encuentros ya no son lo que eran” o “¿A dónde fue a parar la sociabilización?”. Lo paradójico de este siglo XXI y sus novedades a cuestas es que lo que parece una broma se puede terminar transformando en un problema. No gravísimo, claro, pero inconveniente al fin. Esta situación que planteamos y que, seguramente, le es tan familiar tiene un nombre: phubbing, que proviene de la unión de dos vocablos en inglés (phone = “teléfono” y snubbing = “desaire”, “desprecio”, “rechazo”). “Se trata del acto de ignorar al otro en un contexto social mientras se presta atención al teléfono. Es una práctica muy descortés: preferimos contestar los mensajes y los avisos del celular o la tableta en vez de dialogar con quien nos acompaña. La masividad en cuanto al uso de los smartphones empezó en 2007 y, hasta nuestros días, su marcha prosigue sin prisa ni pausa. 

Hay que darse cuenta de que es mucho mejor mantener una conversación en el mundo real que disfrutar de la fría compañía de un objeto inanimado”, declaró Haigh. La fascinación por estar on-line todo el tiempo se produce por el hecho de que este tipo de experiencias son sumamente accesibles, cada vez más atractivas y, como si fuera poco, proponen actualizaciones de manera incesante. Pero tiene su costado psíquico también. “Al tratarse de una conducta casi obsesiva, el sujeto no puede dejar de verificar los mensajes: siente una atracción por el celular que supera hasta su propia voluntad”, diagnostica el psicólogo Santiago Gómez, director de “Decidir Vivir Mejor” y del Centro de Psicología Cognitiva.  

En la misma línea, Isacovich agrega: “Tenemos la ilusión de estar conectados con todos aquí y ahora, en tiempo real. Lo insólito es que eso cumple la fantasía de entrar en el universo del otro y ser parte de él, de traspasar el límite de la intimidad y de la privacidad, algo tan difundido en este presente. Tenemos la imperiosa necesidad de no perdernos absolutamente de nada, de controlar –una y otra vez– cuánto nos reconocen, cuánto nos aprecian, cuán relevantes somos para los demás, cuánto nos consideran, si nos incluyen, si nos descartan…”.

Vida on-line vs off-line

La comunicación es más directa y se amplió el repertorio de intercambio social. Nos volvemos a ver hasta con aquellos que habíamos dejado de frecuentar por años. No obstante, manías como el phubbing vuelven a poner la polémica en boga: ¿los adelantos tecnológicos llegaron para enriquecernos o para complicarnos? “La tecnología no es ni buena ni mala: como todo, depende de cada uno. Cuando uno se aboca a ella de forma desmedida y reemplaza con eso los vínculos interpersonales, pasa a ser una piedra que sortear”, explica Gómez. Isacovich coincide y profundiza sobre esto: “La tecnología tiene la facultad tanto de contribuir a la comunicación como de bloquearla. Hay barreras e inhibiciones que son más sencillas de vencer en el mundo virtual. 

Charlar personalmente exige un gesto mucho más ‘jugado’ que entablar un chat por Facebook. Pero, aunque parezca irónico, si nos quedamos con este nivel de comunicación, se torna limitante, ya que, en rigor, el obstáculo para aproximarse al otro sigue latente y no se echa mano a la conectividad para solucionar ello. Todo lo contrario”. Si bien los especialistas concuerdan en que una no tiene que ser excluyente respecto de la otra, la vida on-line pareciera haber puesto en jaque a la off-line. “Es evidente que las generaciones modernas hacen abuso de este soporte virtual, mucho más que los mayores, que conservan sus espacios y lugares públicos –subraya Isacovich–. Estos aparatitos sacan a relucir temores ancestrales, ahora renovados por la posibilidad de portar conexión permanente. Es decir que al tener la opción, antes inexistente, de estar todo el tiempo en contacto con los otros, la necesidad se instala las veinticuatro horas. 

Eso trae aparejadas fobias de portabilidad del dispositivo: pavor a ser olvidado, a desencontrarse con los otros, y a todo lo que implica estar aislado, incluso la presunción de riesgo de muerte”. Es que en consonancia con el phubbing, aparecen otros fenómenos, como el de la nomofobia (abreviatura de la expresión inglesa no-mobile-phone phobia), que es el miedo irracional que invade a un individuo cuando sale a la calle sin su teléfono. Para la OM Latam Academy, más del 70% de los hombres y mujeres de Latinoamérica no tolera irse de su hogar sin él. Según un estudio realizado por la Oficina de Correos del Reino Unido, más del 50% de los encuestados aceptó que sintió ansiedad excesiva, compulsión, estrés y malestar físico cuando notó que no llevaba consigo su celular, cuando no tenía cobertura de red, y cuando se le había agotado la batería o el crédito. 

Creer o reventar 

“Uno podría afirmar que los avances de las nuevas tecnologías, por sí mismos, no tendrían que representar una amenaza para la población. Tal vez, lo que esté sucediendo, hoy por hoy, es una reactivación de los mismos ‘viejos debates’ que se suscitaron hace cincuenta años con el advenimiento de los medios masivos de comunicación”, sostiene, como trazando una comparación, el licenciado Guillermo Ribon, profesor de Psicología en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Por su lado, Isacovich es contundente: “Deberíamos preguntarnos de qué nos preserva el teléfono, qué garantías nos da, qué nos falta si no lo tenemos encima. ¿Extraviamos las coordenadas? ¿Tenemos pánico de no poder recurrir a nadie, de no enterarnos de algo que acaba de ocurrir? 

¿O será que nos cuesta sostener la presencia cuando estamos con otros, y nos escondemos en el celular? No sabemos qué decir o qué hacer en tal o cual reunión, nos aburre, queremos irnos… Estos son todos interrogantes que nos orientan hacia nuestro mundo de referencias”. Y concluye: “Si conseguimos respondernos algunos al menos, tal vez podamos minimizar la importancia de estar pendiente del móvil, y pasemos de la inmediatez a un tiempo más mediato, donde logremos estar en paz con nosotros mismos, concentrados en lo que estamos haciendo, y con una perspectiva de mayor alcance en cuanto a nuestra proyección. Quizá descubramos la chance de reflexionar, de tomarnos los minutos necesarios para la elaboración de nuestras ideas y, así, sorprendernos de lo distendido y armonioso que puede convertirse ese rato que nos brindamos a nosotros mismos o con quien compartimos ese momento”. A apretar el off y a probar.

Cómo evitar ser víctima y/o victimario del phubbing* 

•Aceptar que la vida social es tanto on-line como off-line.
•Regular de manera consciente el tiempo que uno dedica al uso de los dispositivos para que nuestras interacciones sean más satisfactorias.
•Cuando estemos con otros, hacer acuerdos respecto de los momentos en los que vamos a actualizar nuestro estado en las redes sociales, enviar mensajes o chequear nuestra casilla de correo.
•Frente a la ruptura de esos acuerdos, y a modo de amortiguar el impacto de su incumplimiento, aprovechar la interrupción para volver a pactar las condiciones. Podría ser: “¿Querés que nos tomemos unos minutos para revisar nuestros teléfonos y después seguimos con lo nuestro?”.
*Por el licenciado Guillermo Ribon, profesor de Psicología en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).  

Consejos

•Medir la cantidad de veces que chequeamos el celular cuando estamos acompañados.
•No tener vergüenza de pedirle a nuestro interlocutor si es tan amable de desactivar su teléfono mientras mantiene una charla con uno.
•Identificar las situaciones en las que es atinado desconectarse de Internet para no recibir, constantemente,  actualizaciones, mensajes de las distintas redes sociales, etcétera.
•En lo posible, mantener el teléfono en vibrador o con el sonido bajo.


Tendencia contra tendencia 

Así como se impuso el phubbing, también hacen lo propio las estra-tegias para combatirlo. En bares y restaurantes, por ejemplo, ya ofrecen la posibilidad de dejar los celulares en un apartado para retirarlos al finalizar el meeting. Son lugares Digital Free. El licenciado Guillermo Ribon propone ideas: “En una reunión de trabajo, uno podría invitar a los participantes de la siguiente manera: ‘¿Les parece bien que nos tomemos unos minutos antes de comenzar para chequear nuestros móviles y a la hora hagamos un break para volver a hacerlo, así aprovechamos el tiempo sin interrupciones? En una cena con amigos, no hace falta ser tan formales: ‘Preparé un lugar para que todos dejemos nuestros teléfonos, así nos relajamos y conversamos sin distracciones’”.En un artículo de The New York Times se narra la anécdota de Michael Carl, de la revista Vanity Fair, quien, cuando sale a comer con sus amigos, arma una montaña de celulares en el centro de la mesa: el primero que lo pispea antes de terminar el cónclave, paga la cuenta. ¿Por qué no ponerlo en práctica?


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