12 feb. 2014

Rata de biblioteca

Por: María del Pino Fuentes de Armas



Siempre que hablo con alguien sobre mi pasión por la literatura utilizo la misma frase: soy una rata de biblioteca. Y no crean que conozco con nombre y apellidos a algún roedor empecinado en anidar en el interior de mi biblioteca. No. Se trata de algo más simple, es la historia de un amor desmedido por los libros, por sus marcas y cicatrices propias, por las historias que en ellos se contienen y que tallaron las mías, porque en la geografía de sus páginas encuentro parte de lo que soy, de lo que leí, dónde lo leí y cómo. Un libro son recuerdos, olores y momentos, el lugar perfecto para ver pasar la vida, para que una rata atraída por el aroma del papel le encuentre sentido al anidar en sus páginas y roer sus sueños.

Hagan el ejercicio de ordenar la biblioteca, abran los libros al azar y busquen las huellas olvidadas, las dedicatorias de los que fueron y no son, los recuerdos de mo mentos y lugares donde los leyeron, todo aquello que le confiere un carácter particular y una vida propia que, en mi caso, espero sobreviva a la mía. Nadie puede arrebatarnos lo leído. Así que, en cada revisión para ordenarlos o limpiarlos, aprovecho para repasar las huellas que han quedado en ellos. Los libros deben pasar a otras manos cercanas que se enriquezcan con sus historias y que les proporcionen el consuelo de la palabra. Es triste pensar que -como muchas posesiones temporales- puedan acabar sus días en un tenderete de rastro o en una librería de segunda mano. Algo que siempre es preferible a la idea de imaginarlos condenados al fuego o a la destrucción, pero prefiero soñarlos abrazados por alguien que busque entre sus caracteres el roce de mis manos, recordándome.

En su interior y por descuido, dejamos marcadores: tarjetas de embarque de líneas aéreas, algún papel con notas al dorso, acreditaciones de prensa, credenciales de un congreso, facturas del taxi, una volandera con publicidad de un restaurante... casi todo fue utilizado a modo de señal de lectura. También se encuentran otra clase de huellas: subrayados, marcas antiguas deliberadas o involuntarias, notas que a veces nada tienen que ver con la materia del libro, marcas de suciedad, manchas de lluvia o agua salada, restos de arena de una playa. Incluso una huella de sangre de la que nada recuerdas; ni siquiera si es propia o ajena... restos del naufragio de posibles dramas olvidados. Y es que para mí un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, el consuelo que me dio en cada momento, la diversión, la compañía, el mundo que me mostró, los lugares que no visité. Hojeándolos compruebo que muchos de los títulos, autores, contenidos, lugares y momentos los olvidé; pero que otros siguen claros en mi cabeza, y que basta con releer algunas líneas para recordar de golpe el sonido del mar al romper en la playa de la Isla, el lametazo de las olas sobre las que planeaban las gaviotas... y aquella mujer triste que lloraba en el contraluz rojizo del atardecer, emborronando levemente la tinta de la dedicatoria autógrafa del autor; una mujer sola y olvidada de la mano de Dios que pisaba sus propias huellas en la arena, temblando de miedo ante una historia, la suya, que se rompía en mil pedazos y que nada tenía que ver con la de los protagonistas del libro que aferraba entre las manos.

Esta mujer emprendió su último viaje sin dejar atrás su tesoro de papel, cargó con sus libros como equipaje y, cada día, se pierde en las miles de vidas contadas que -por mucho que se esfuercen los autores- jamás caminarán paralelas a la suya. Su realidad supera a la ficción, por eso -convertida en rata de biblioteca-, busca incansablemente el final de su propia historia.

Fuente:http://eldia.es/criterios/2014-02-10/5-Rata-biblioteca.htm

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