1 jul. 2014

Bibliotecarios malvados/ 6 (2.0)

Por: Carlos García Santa Cecilia


 

Un momento del juicio de Mudhar Hussein Almalki, el "bibliotecario de Al Qaed

El anuncio de que la New York Public Library abandona su ambicioso plan de remodelación ha sido acogido con satisfacción, informa The New Yorker en su número del 2 junio. El plan preveía vender parte de sus instalaciones –en la avenida Madison con la calle 34, la llamada SIBL– para contribuir a la financiación, y recolocar los fondos en otros emplazamientos: un movimiento de más de un millón de libros. La centenaria sede de la Quinta Avenida, uno de los edificios más característicos de la ciudad, iba a ser completamente remozada según un proyecto de Norman Foster cuyo coste ascendía a 300 millones de dólares (220 millones de euros). Parte de la NYPL, que cuenta con financiación pública y privada, se convertiría en una biblioteca de préstamo con otras muchas funciones, dejando un reducido espacio para los investigadores.

Es como si, en busca de dinero, la familia vendiera el apartamento de los hijos, que volverían a vivir con los padres, señala The New Yorker, aunque parte de las pertenencias acabaran en un almacén de Nueva Yersey. Las protestas no se hicieron esperar y finalmente el plan no se llevará a cabo, al menos por el momento. “Existe hoy una gran incertidumbre sobre lo que serán las bibliotecas del futuro. ¿Seguirán siendo bibliotecas? ¿Existirán sólo en el ciberespacio? ¿Serán necesarios los libros físicos? Es difícil recaudar dinero para algo que no está claro”, añade la revista.

La otra gran iniciativa bibliotecaria del siglo XXI –al menos en cuanto a repercusión mediática se refiere– está también embarrancada. La Ciudad de los Libros, un megalómano y atractivo proyecto puesto en marcha en México D.F. por Consuelo Sáizar en la época del Gobierno del PAN de Felipe Calderón y bendecido por Mario Vargas Llosa, no tiene fecha de conclusión y está a la espera de una redefinición general en la que incluso ha perdido el nombre: ahora recupera la denominación de Biblioteca Nacional de México José Vasconcelos. El Gobierno del PRI de Enrique Peña Nieto, que llegó al poder hace año y medio, denunció que las obras habían quedado a medio terminar.

La Ciudad de los Libros pretendía crear un ámbito cercano y cálido con la reconstrucción de las bibliotecas particulares de grandes intelectuales mexicanos en la Ciudadela de la capital. Cuenta en la actualidad con cinco bibliotecas y el proyecto contemplaba que se llegara a quince, pero una de las últimas adquiridas por el Estado, la del escritor y renovador de la novela mexicana Agustín Yáñez, finalmente se quedó en su Guadalajara natal. La “iluminada” –según Vargas Llosa– Consuelo Sáizar ha sido cuestionada por sus arriesgadas decisiones, como invertir, pocos días antes de su salida del Gobierno, 1.500.000 euros en la restauración de la antigua iglesia de San Lorenzo de Venecia a cambio de garantizar la participación de México en la Bienal de dicha ciudad. Rafael Tovar y de Teresa, que sucedió a Sáizar al frente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) –un macroministerio que maneja un presupuesto anual de casi 1.000 millones de euros, el doble que el de España–, declaró en una reciente visita a nuestro país que en vez de bibliotecas personales prefiere la utilización de las nuevas herramientas digitales. La prioridad de su programa es la “reconversión digital”.

Mientras la incertidumbre caracteriza el futuro de las grandes infraestructuras, los profesionales parecen errantes hacia la nueva –en terminología de Ortega– “misión del bibliotecario” y los más inquietos remiten siempre a lo que denominan Biblioteca 2.0. “Significa, simplemente, convertir el espacio bibliotecario en un lugar más interactivo, colaborativo y guiado por las necesidades de la comunidad”, según la definición de Sarah Houghton en su sugestivo blog Librarian in Black. Hay que adelantarse a las necesidades de los usuarios y poner a su disposición aquellas herramientas que ofrece la red ­–blogs, chats, foros y enlaces– haciendo de la biblioteca un destino en sí mismo y no un mero instrumento para acceder al libro tradicional.

Todo este panorama general confluye en una noticia de gran relevancia dada a conocer hace unas semanas e insuficientemente glosada. La Audiencia Nacional ha condenado a ocho años de cárcel a Mudhar Hussein Almalki, conocido como el “bibliotecario de Al Qaeda”, por  practicar la yihad “mediante la palabra”. De nacionalidad saudí aunque jordano de nacimiento, vivía en un modesto piso de Valencia con su mujer, una limpiadora española de 50 años, y su hija adolescente. En paro desde 2001 –había trabajado de camarero–, el “bibliotecario” dedicaba entre ocho y quince horas diarias a navegar por la red. Tras una intensa investigación que duró un año y en la que participaron más de un centenar de agentes especializados, Almalki fue detenido en marzo de 2012 y puesto a disposición de la justicia. El fiscal solicitó para él los ocho años de cárcel a los que finalmente ha sido condenado por una conducta que, según el magistrado ponente, lo sitúa “al mismo nivel de intensidad e implicación que la que ejercen los militantes también yihadistas que pasan a la acción”.

Durante el juicio, Almalki declaró que no recibía instrucciones de nadie ni tuvo comunicación alguna con Al Qaeda. Su actividad consistía en participar en chats,intercambiar documentos y, sobre todo, moderar un foro, Ansar Al Mujahideen, que para el tribunal tiene una naturaleza terrorista, aunque no haya sido declarado así formalmente ni por la ONU ni por el Departamento de Estado de Estados Unidos ni por la Unión Europea. Almalki insistió en que su única intervención era ordenar y poner a disposición de los usuarios materiales dispersos que obtenía en Google. “Un libro no hace daño, es información, en sí mismo no es un arma. También hay personas que venden cuchillos que pueden emplearse para matar”, dijo, según informa Europa Press.

La sentencia es rotunda (puede leerse íntegra en este link) y considera probado que era “responsable de una biblioteca con una profusa colección de productos mediáticosyihadistas”. El acusado subió y gestionó alrededor de 1.300 archivos sobre manuales de lucha armada, propaganda y aprendizajes en los diferentes tipos de yihad al repositorio de acceso público, gratuito y alojado en Estados Unidos www.archive.orgcon un volumen de más de diez gigabytes, computándose un total de 186.400 descargas. No basta “demostrar que el acusado piensa de una determinada manera, o que contacta o se relaciona con otros de la misma o similar ideología”, reflexiona la Audiencia Nacional: “Es necesario, mediante la constatación de hechos significativos, probar, al menos, que ha decidido pasar a la acción”. El peso de la sentencia, a nuestros efectos, viene a demostrar que ha llegado el bibliotecario 2.0.
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