8 sept. 2014

¿Cuál es la huella que deja el paso del lector por un libro?

Por: Constanza Bertolini

Pliegues, subrayados, pegatinas y hasta formas impensadas de intervención integran una muestra de fotografías que explica la relación física de 99 escritores y sus fetiches de papel


La tasa de lectura en nuestro país es de las más altas de América latina. Hay muchos lectores, en casi todos los formatos. Si el lector de esta página es -como más de la mitad de los argentinos declara- lector de libros, entonces le propongo un ejercicio: tome tres ejemplares de su biblioteca; en lo posible, de diferentes estantes. Estírese un poco más por el tercero, vamos. Y (h)ojéelos como buscando alguna huella suya en esas páginas. Si le ocurre como a mí, se sorprenderá: en el Muchacha Punk de Fogwill encontré una tira de papel con la lista de electrodomésticos que imaginaba necesarios para mi primera casa, pegada por el simple efecto del paso del tiempo sobre la dedicatoria en tinta azul que me escribió un amigo muy especial. En Sobre el dibujo, de John Berger, me esforcé en vano por reconocer unos trazos en lápiz negro que pronto me hicieron recordar que debo devolver ya este ejemplar a una colega: su verdadera dueña. Y finalmente, de todas las líneas subrayadas en Nadie acabará con los libros (una apasionante conversación entre Umberto Eco y Jean-Claude Carrière) me quedo con ésta, que me resulta tan oportuna: La tecnología no es en absoluto una ventaja. Es una exigencia.
¿Cuál es la relación física que tenemos con los libros? ¿Qué marcas concretas dejamos en ellos? ¿Por qué, para qué, les plegamos orejas, ponemos ganchitos o papeles adhesivos, anotamos en los márgenes, dibujamos círculos, ajustamos con gomitas, tachamos y volvemos a tachar? ¿En qué se convierte esa obra (primero literaria) intervenida? ¿En una nueva obra (ahora visual)? ConLeídos, una investigación que devendrá en muestra de fotografías durante julio y agosto en la Biblioteca Nacional, se responden varias de estas preguntas sobre las consecuencias físicas que puede dejar en el libro el acto íntimo de la lectura. Tras este proyecto, durante un año completo, el poeta, actor y periodista Esteban Feune de Colombi contactó, visitó y conversó apasionadamente con 99 escritores que estuvieron dispuestos a exhibir novelas, cuentos, ensayos, títulos de todo tipo intervenidos y atesorados en sus bibliotecas. Ejemplos que ilustran el vínculo con el ejemplar de papel.
Así, en una galería que rápidamente se vuelve colorida, graciosa, emotiva, se advierte el afán por los dobleces de Selva Almada y Silvio Mattoni, el dibujo incontenido de Miguel Brascó y Luis Chitarroni, las anotaciones que parecen campos de batalla llevados hasta los márgenes por Jorge Dubatti, una madeja de colores tejida metódicamente sobre los párrafos en el caso de Hugo Mujica o de Teresa Arijón. Por nombrar sólo tres, Beatriz Sarlo, Mariano Dupont y Mercedes Halfon militan entre los fans de los Post-it. Y llaman la atención muy curiosas formas de engordar los tomos: con papeles diversos guardados entre las páginas (Federico Andahazi), con semillas, hojas de eucaliptos, espigas de trigo y hasta plumas blancas (Inés Acevedo).

AL PRINCIPIO, FUE GIRONDO

"Hace unos años heredé las Obras completas de Oliverio Girondo con anotaciones hechas en lápiz por mi abuelo materno, a quien no conocí. La débil, mística, titilante grafía de Karol, moribundo en su cama, daba la impresión de que desaparecería a cada vuelta de página. Él, amigo del poeta, había escrito en los márgenes de algunas páginas cosas como «en cualquier momento nos encontramos allá arriba». Ante la posibilidad de que esas apostillas se perdieran, las fotografié por instinto." En este primer párrafo de la nota que Feune de Colombi escribe para el catálogo de la exposición está descripta la génesis de Leídos. Un proyecto inicialmente de formato incierto que salió a cotejar con hechos aquella presunción sobre que "después del paso de un lector activo el libro ya no es el mismo".
Entonces, pensó una lista de nombres de escritores. En la mayoría de los casos, no había tenido contacto previo con ellos. Pero los llamó, les contó su interés, los invitó a reunirse para charlar y les pidió que le prepararan algún libro que tuviera "representaciones corpóreas de su lectura" para fotografiarlos, como objetos. Casi sin preguntar más, le fueron abriendo la puerta de sus casas -los menos, los más celosos, sugirieron la cita en el bar de la esquina-, y lo esperaban con uno, diez, hasta cincuenta ejemplares sobre la mesa. Hasta se atrevían a sugerir la participación de un colega, pasando el dato de un fetiche conocido en el ambiente, o entregaban inesperadas colaboraciones que tomaron forma de "ofrendas": piezas intervenidas por autores que ya no están y que algunos entrevistados eligieron sacar de sus bibliotecas para darles voz propia. Por caso, Sarlo -personaje bisagra de toda historia, hacia la mitad del proyecto opinó: tenés que hacer una muestra en la Biblioteca, y sin saberlo formateó la experiencia- le acercó un ejemplar de El arte de narrar, de Juan José Saer, con la dedicatoria tachada con perseverancia y vuelto a dedicar para ella. Y Miguel Brascó, primer editor del Esteban Feune de Colombi periodista, le dio otra perlita: The Devil's Dictionary, de Ambrose Bierce, en cuya tapa se lee en cursiva: Ojo: Este libro es propiedad de R. Walsh. Devolver.
Que el subrayado es para muchos autores la primera instancia de intervención lo supo pronto. Señaladores caseros, muy personales, encontró a montones: una orquídea seca, un boarding passBuenos Aires-París, un insecto con una pata chueca. Y empezó a ver otras marcas involuntarias que los escritores (en definitiva, curadores de su propio aporte) consideraban parte del asunto: obras inundadas, mordidas, con manchas de humedad. Aunque lo más valioso del recorrido está en el aspecto personal de los casi cien casos, Feune de Colombi podría ya enunciar algunas máximas del tema. Como que los libros de trabajo se ven diferentes de los de lectura placentera: profesores, traductores, correctores de estilo llegaban a la toma con libros cascados, destartalados de tanto uso tanto tiempo. Otra máxima: cuanto mayor es la edad de su dueño más "tocable" resulta el ejemplar, mientras que para los que hoy leen repartidamente con las pantallas, no.
A propósito de intocables, tal vez el único pesar al final del camino sea no haber sumado alguna pieza impoluta. "No concibo la idea de leer con un lápiz en la mano", dice que contestó Leila Guerriero a la convocatoria. Mientras que César Aira le aseguró que nadie sospecharía que leyó los ejemplares de su biblioteca porque están como en una librería.
Dispuestos en la sala en catorce paneles en forma de doble página, quien visite la muestra no sabrá de quién es cada una de las obras-libro intervenidas. El catálogo (de entrega gratuita e indispensable para jugar el juego completo) devela la correspondencia y, además, entrega una breve crónica al pie de cada foto que pone la nota de emotividad que subyace a todo esto. "Frente a sus bibliotecas, conmigo, su único espectador, los escritores se convertían en histriones. Contaban historias de libros perdidos y recuperados. La imagen de ellos hurgando entre los anaqueles es muy poética, muy fuerte. En cinco libros te contaban sus vidas", describe Feune de Colombi una experiencia que ya piensa capitalizar como trama dramatúrgica para su próxima experiencia teatral.

EJEMPLOS DE UNA RELACIÓN PARTICULAR

Tras el paso de un lector "activo" la obra literaria se convierte en una pieza muy visual
 
Autobiografía II. El imperio insular, de Victoria Ocampo, propiedad de Beatriz Sarlo, quien además ofrendó El arte de narrar. 
 
de Juan José Saer. 
 
La lista del súper que Oliverio Coelho hizo en un blanco de La novela luminosa, de Mario Levrero. 
 
Daniel Link sostiene las páginas de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, con bandas elásticas multicolores. 
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