25 sept. 2015

¿Me da una novela de Borges?


Por: Ricardo Bajo Herreras

Porque ya no quedan poetas, aventureros, ni niños, ni locos, los libreros están desapareciendo




Porque en cualquier momento dejaré de estar, aquí siguen los que fueron. Aquí, alineados en las estanterías” (Héctor Yánover). Los libreros están desapareciendo. En las librerías ya no quedan, ahora hay changos —con cara de culo— que se dedican a teclear en la computadora el libro y autor que quieres. Héctor Yánover, el librero más famoso de Buenos Aires, decía que “la librería no está donde está, sino dentro de uno”. 

El librero se compra y se vende a sí mismo, como el libro que comienza a serlo, cuando se lee. Un buen librero debe aparentar ser culto con un saber extendido y horizontal (e incluso pedante, algo inalcanzable para una “compu”); debe inspirar confianza; debe oler de lejos a tinta, engrudo y papel. Una vez conocí a un librero que cuando necesitaba un libro para su tienda, lo mandaba a robar a otra librería. Eso es un librero con las letras (y los huevos) bien puestos, capaz de todo para satisfacerte.


Yánover regentó la librería Norte en la avenida de Las Heras (Palermo) y escribió sus memorias publicadas por Ediciones de la Flor en 1984. El año pasado la editorial española Trama volvió a reeditar el libro, pues era casi inencontrable; ni siquiera pateando medio Buenos Aires y preguntando en sus 734 librerías podías obrar el milagro. La capital argentina es la ciudad con más librerías por habitante del mundo, por encima de Berlín, Londres, Nueva York, Madrid o Moscú. 

Yánover era un experto en cazar ladrones de libros, pero tenía piedad con los “ladrones dostoievskianos”, esos que te hurtan un libro de alto precio y con el dinero logrado tras su venta clandestina (a otra librería, por supuesto) vuelven al escenario del “crimen” para comprar otros preferidos y más baratitos. Yánover siempre imaginó montar una librería en el más allá, la más hermosa de todas las galaxias, para poner junto a la sección poesía un cartel que diga: “Aquí se pueden robar libros”. Todo ladrón de libros es (o se siente) un revolucionario. ¡Ay de aquel lector o aquella lectora que no ha robado un libro en su vida, sepa que es a la cultura lo que una virgen al sexo!


Las librerías de la antigua calle Corrientes (ahora avenida) no tienen fachada, ni puertas, ni escaparates. Así, los lectores pobres y tímidos (valga la redundancia) pasan sin rubor a fisgonear en las mesas de ofertas, buscando rescatar alguna perlita de esos cementerios de palabras. Un libro queda bien sobre cualquier mueble, por eso algunos “lectores” ricos llegan con un color preferido y los centímetros de su estantería anotados. Quizás intuyen los adinerados que los libros, si uno los trata bien, te traicionan, “como las minas”, apostilla Yánover desde otra época.

Lo más divertido de Memorias de un librero (el que no se divierte leyendo no debe leer) son las preguntas que durante decenas de años el señor birlibirloque más famoso de Buenos Aires recogió. “¿Tienen un diccionario que sea completo?”. “¿Tiene Crimen y castigo del Doctor Jekyll?”. “¿Qué tiene de Jean Cocteau? La Enciclopedia del mundo submarino”. “¿Tienen la Divina Comedia de Hipólito Yrigoyen?”. “¿Me da una novela de Borges?, preguntó una señora. Y Yánover contesta de manera didáctica, sin emputarse, cosa rara: “Borges no escribe novelas, sino cuentos, poemas y ensayos. Y la doña retruca: “¡Pero, no me va a decir que por esas cosas cortitas es tan famoso!”. Y es que los libreros de antes atendían (bien) a los que querían, a sus clientes nomás. Aunque todos creemos que los libreros (y editores) leen y saben harto, también hay los que se jactan de no leer jamás (es complejo el oficio). A estos es fácil cacharlos, basta echar un ojo a sus librerías (o editoriales); por el aire que se dan, te das cuenta.

Así, porque se lee poco, el libro es ya un objeto sagrado. Las librerías atraen tanto a poetas y aventureros como a niños y locos. Y porque ya no quedan poetas, aventureros, ni niños ni locos, los libreros están desapareciendo. 

Fuente:http://www.la-razon.com/opinion/columnistas/da-novela-Borges_0_2337366258.html

2 comentarios :

Toñi dijo...

Yo trabajé seis años en una librería y las peticiones eran tan curiosas o más que las que indicáis: Un estudiante me pidió una vez un Quijote que fuera moderno y que se entendiera, también estaba la de los "Miserables" de Hugo Boss. Una mamá quiso comprar "El Carnaval" de un autor que se llamaba Quebec y yo le dije que en realidad el título era "El carnaval de Quebec" de Dorion pero ella insistía en tener razón y dijo que se iba a otra librería dónde supieran más y se lo buscasen. Cuando los libros eróticos aún no estaban de moda alguien me pidió "Las mujeres que se corren con los lobos" (el título original era "Mujeres que corren con lobos" y no era erótico). Y hubo alguno que buscó como autor a Miguel de Livis (por Miguel Delibes)o la última novela que hubiese publicado Tolkien porque la persona a la que iba el libro las tenía casi todas (Tolkien llevaba muerto 30 años así que mucha novedad no nos traían. También vinieron los que querían libros de un determinado color para hacer juego con la habitación, los que buscaban libros falsos para decorar y libros de "ambiente" (lo de ambiente significaba simplemente libros editoriales para gays o lesbiana.). Yo, totalmente ignorante a tales descripciones.

Biblioteca Popular Sarmiento dijo...

También quedamos algunos bibliotecarios que cumplimos es función; y es que es la más linda de todas.
Abrazo
Nélida

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