31 mar. 2016

De una biblioteca y dos almas (cuento)


Por: Manuel Arias





Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor. La tregua. Mario Benedetti.


De una biblioteca y dos almas

- Si no hallo la información que preciso contenida en alguno de estos libros, me las veré negras. pensaba para sí Nicanor. Era menester que se hiciera con unos informes, para un proyecto de investigación que estaba realizando en su último año de la carrera de periodismo.

La biblioteca hallábase vacía, a excepción de un viejo energúmeno, que usaba unos quevedos antiquísimos, y refunfuñaba cada vez que volteaba las hojas del libro en el que se hallaba inmiscuido con recelo. Parecía un alma frustrada por los altibajos de la vida, y su ceño fruncido le daba un aire de hombre arrogante, dedicado y sometido a alguna angustia que lo carcomía por dentro. Se encontraba ocupando una silla en un pequeño recodo de la sala de lectura. Por momentos observaba todo cuanto sucedía a su alrededor, y a posteriori, se encomendaba nuevamente a la lectura.

- Qué tiempos aquellos, cuando jóvenes y niños venían a la biblioteca, mas no sea para molestar a los demás con sus travesuras. Ahora, sólo silencio, silencio ensordecedor para el alma. se decía a sí mismo el viejo, algo turbado. Al evocar aquellos recuerdos, sentía una gran zozobra por el tiempo pasado, queya no era más que polvo.

Nicanor no se daba tregua, examinaba sin cesar el montículo de libros que tenía a su disposición. Toda su atención se hallaba concentrada en fechas, nombres, y acontecimientos de importancia. El bibliotecario, un hombre augusto y comedido, dueño de una barba vigorosa y de una memoria implacable, se encontraba inmerso en una novela de Tolstói, autor predilecto de aquél viejo lobo de mar.

- Buenas tardes, vengo con muy buenas referencias a esta biblioteca, por lo que he decidido venir a conocerla. interrumpió al bibliotecario una joven que había aparecido de repente, como un fantasma.

El bibliotecario no parecía muy animado con la interrupción de su lectura. No obstante esto, se dispuso a servir a aquella muchacha, pues así lo demandaba su trabajo.

- ¡Qué grata visita! Venga, acérquese. ¿Cómo ha dicho que se llamaba? el rostro delicado y primaveral de aquella joven, hizo efecto en el humor del bibliotecario, predisponiéndolo a mostrarun trato afable.

- No le he dicho mi nombre aún. dijo con naturalidad la risueña muchacha.

- Oh, disculpe usted señorita, mi atención se halla dispersa por momentos. Me llamo Fausto ¿con quién tengo el placer? se dirigió con mesura el bibliotecario.

- No se preocupe, a veces me sucede lo mismo. Me llamo Cosette, y por lo que veo, el lugar se encuentra casi desolado.

- Sí, pero déjeme decirle algo señorita Cosette, ha hecho muy bien al venir a esta biblioteca. No es para cualquiera, los libros que duermen aquí, sólo se dan a conocer ante ciertas personas.

- Me gusta su manera, cómo decirlo, casi fantástica con que hace alusión a los libros.

Luego de que la joven llenara una ficha con sus datos, y de que el bibliotecario le trajera los libros solicitados, ésta se ubicó en un asiento disponible cerca de la ventana que daba a la parte trasera de la biblioteca.

Nicanor, que se encontraba a unos metros de la joven, observaba con disimulo aquella carita tan refinada y encantadora. Estaba deseoso por saber quién era aquella muchacha, conocer su carácter, dirigirle la palabra y conversar afanosamente durante horas, pero sabía muy bien que todo aquello sólo podía ocurrir en sueños, puesto que no contaba con el valor para acercarse a menos de un metro de aquella beldad. Por dentro, se odiaba a sí mismo por su actitud tan cobarde, no podía comprender cómo un ser humano pudiere ser tan hermético para con los demás, al punto de tener que resignar su felicidad al miedo.

Por un lado, se figuraba en sus pensamientos la posibilidad remota de que la muchacha consintiere en conversar de la nada con un extraño en este caso Nicanor- y que de esta conversación, resultare que ambos fueren compatibles, o cuanto menos, obrare un encuentro sincero entre sus almas, pero por otro lado;vislumbraba un escenario deprimente y patético, en el que la extraña en este caso Cosette- se limitare a desviar la mirada y hacer caso omiso a la presencia de Nicanor. Es por esta última posibilidad, que Nicanor se limitaba a permanecer inmóvil en su asiento, con la cabeza gacha, y espiando a hurtadillas a la joven. Pero su mundo giraba ahora en torno a ella, y nada ni nadie podían cambiar eso. Luego de darle varias idas y vueltas al asunto, y tras haberse apaciguado un poco el temor infundado que lo acechaba, decidió romper su coraza de hombre débil y absurdo, y entregarse por un momento a la espontaneidad de las palabras.

- A veces, pienso que es el lugar más propicio para estar. Uno se deja enredar por las palabras, y ya no hay vuelta atrás.se dirigió Nicanor a la muchacha. Su voz estaba a punto de quebrarse.

- ¿Disculpe? No le entiendo. le dijo la muchacha con cierta sorpresa en su rostro.

- Tenga a bien disculpar mi desfachatez, a veces me dejo llevar. Hacía referencia a esta biblioteca.

- ¡Oh! Sí, es un lugar muy acogedor por cierto. asintió la muchacha.

- Así es. Evidentemente, no he osado acercarme hasta aquí sólo para pronunciarle ese par de palabras, mi intromisión va más allá de todo eso.

- ¿A qué se refiere?

- Puede que le parezca exagerado, o hasta una locura, pero desde que ha entrado a la biblioteca, no he podido dejar de observarle.

- Y usted, ¿acostumbra a acechar mujeres cuando éstas se encuentran absortas en plena lectura? dijo Cosette en tono de broma.

- No me mal entienda, es la primera vez que hago esto. dijo a modo de disculpa Nicanor. Se mostraba un tanto avergonzado.

- Por lo que puedo juzgar, usted es un caso aparte.

- No me considero superior a nadie, no se trata de eso. Para serle franco, un impulso desconocido para mí, me condujo a hablarle, y aunque me encuentre aquí, parado ante usted, y me muestre tan impasible por fuera; por dentro me hallo desnudo y sin armas. Así y todo, creo que he tomado la mejor decisión de mi vida.

- ¿Esa es su manera de decirle a alguien que le gusta? se dibujó una sonrisa en la boca de la muchacha.

- Si tuviera otra manera, créame que haría uso de ella.

- No sea tan melodramático. Debo confesarle que también le he observado, y que aguardaba impaciente el momento en que se decidiere a hablarme.

- Jamás se me hubiere pasado por la cabeza, que usted me observare siquiera por un instante. Tengo que admitirlo, una mujer sabe disimular muy bien cuando se lo propone.

- Podría decirse que sí, entre otras cualidades.

- Estoy seguro de que usted cuenta con todas las cualidades que hacen única a una mujer. dijo muy seguro Nicanor.

- Es sólo cuestión de ideales, nada más que eso. Si acaso no fuere yo la mujer que usted se figurase en su mente, lo sería otra.

- No creo que eso fuere posible, al contrario, tal vez sea yo el que no se encuentre a su altura.

- A lo que yo respondo: dejémonos de posibilidades y veamos si hay algo de cierto en todo esto.

- ¿Qué sugiere?


- Agarre mi mano y salgamos de aquí.


Fuente bibliográfica
ARIAS, M., [sin fecha]. De una biblioteca y dos almas - MDZ Online. [en línea]. [Consulta: 1 abril 2016]. Disponible en: http://www.mdzol.com/nota/664665-de-una-biblioteca-y-dos-almas/. 

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