1 nov. 2016

Quemar antes de leer




En una escena famosa de Farenheit 451, la película de Truffaut basada en la novela homónima de Ray Bradbury, un bombero que vive en un futuro donde los bomberos se dedican a quemar los libros en lugar de a salvarlos, agarra un ejemplar cualquiera de la biblioteca destinada a convertirse en cenizas y suelta una perorata sobre la maldad intrínseca de ese invento diabólico que no ha traído a la humanidad más que catástrofes, anhelos imposibles y quebraderos de cabeza. Es una variación palurda de un célebre pasaje del Eclesiastés: “Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”.

El problema llega cuando el bombero enseña la portada del libro que va a arrojar al fuego, el Mein Kampf de Hitler: entonces el pequeño pirómano que todos llevamos dentro nos grita al oído, sí, arrójalo a las llamas, dale candela y que arda en el infierno. Mientras tanto, el ángel bombero que también habita en nuestro corazón, bajo los cuadernos de ortografía y los primeros palotes que dibujamos, tarda algo más en reaccionar, se lo piensa un poco pero en seguida responde que no, que quemar el Mein Kampf de Hitler es quemar también el Así habló Zaratustra de Nietzsche, y el Origen de las Especies de Darwin, y el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, y las Confesiones de San Agustín. Nos dice -y lleva toda la razón- que prohibir un libro es prohibir todos los libros, toda la literatura escrita y por escribir, es intentar poner puertas al campo y a la imaginación humana. Porque la imaginación humana ha creado la Declaración de los Derechos del Hombre, y el Don Quijote, y las Mil y una Noches, y la Quinta Sinfonía de Sibelius, y la Capilla Sixtina de Miguel Angel, pero también el Libro Rojo de Mao, los manuales de tortura de la CIA y el Índice de Libros Prohibidos de la Inquisición Española.

En España tenemos una gran tradición de quemar libros; el último de ellos, 75 consejos para sobrevivir en el colegio de María Frisa, y el penúltimo, Gora Alka Eta, la obra que le costó a unos titiriteros unas vacaciones entre rejas. Miles y miles de ayatolás de izquierdas han pedido a la editorial Alfaguara la retirada del libro de Frisa; del mismo modo que millares de ayatolás de derechas reclamaron al juez mano dura con los titiriteros. Hay bastantes puntos en común entre ambas facciones, empezando por el ardor inquisitorial, siguiendo por la consideración de que los niños son idiotas y concluyendo en el temor reverencial a la letra escrita, pero si de algo se puede estar seguro, en uno y otro caso, es que la práctica totalidad de los inquisidores de uno y otro bando ni habrán visto la obra ni habrán leído el libro entero. Y los que han leído los fragmentos que circulan por internet, lo siento, pero no se han enterado de nada.


Resultado de imagen para libros que se quemanYo tampoco he leído el libro ni conozco a su autora, pero prefiero que siga vivo en las estanterías y en las bibliotecas, aunque sea como advertencia, en el hipotético caso de que resulte tan tóxico y perjudicial como dicen sus detractores, cosa que dudo mucho. Prefiero fiarme del testimonio de una lectora, Cris, hija de mi amigo el dibujante Javier Gella, una niña de once años que sí lo ha leído y que ya tiene capacidad de sobra para distinguir entre la ficción y la realidad, entre el odio y la ironía, entre su propia vida y el diario de una cría desesperada. Supongo que los libros de Manolito Gafotas de Elvira Lindo y las Travesuras de Guillermo de Richmal Crompton le habrán servido de entrenamiento para captar esa distancia, del mismo modo que a mí no se me ocurría saltar por la ventana cuando era un crío y terminaba un tebeo de Spiderman.

“No hay libro tan malo que no tenga algo bueno” dijo el bachiller Sansón Carrasco en la segunda parte del Quijote, un gran libro que empieza con un auto de fe donde un cura hacía una criba personal contra el género de caballerías, indultaba los mejores según su gusto y el resto a la hoguera. En nuestra época, desde Lolita de Nabokov a Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, un montón de libros buenos, malos y regulares han sido prohibidos por una razón o por otra, pero la frase del bachiller sigue siendo válida incluso para el Mein Kampf y para los ridículos tochos franquistas de Pío Moa, incluso para los manuales católicos de sumisión al macho y las 50 sombras de Grey, que va de lo mismo.


Prohibir libros, quemar libros, es una tarea propia de dictaduras de mierda y de dictadores en miniatura. Ahora, critíquenme, están en su derecho. Eso es la libertad de expresión. Eso y ninguna otra cosa.

Fuente bibliográfica
TORRES, DAVID, 2016. Quemar antes de leer. Punto de Fisión [en línea]. [Consulta: 1 noviembre 2016]. Disponible en: http://blogs.publico.es/davidtorres/2016/07/28/quemar-antes-de-leer/. 


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