
24 nov 2008
Hombres y libros

LUIS MANUEL RUIZ
Gracias a la ciencia ficción, todos conocemos la temperatura a que arde el papel de los libros. Si reseño que esa cifra incivilizada es la de 233 grados centígrados, el detalle no resultará familiar; si la traduzco a los 451 grados Fahrenheit, quien más y quien menos regresará a la parábola de Ray Bradbury o al filme en que la trasladó Truffaut, y será catapultado a ese futuro donde leer estaba (estará) prohibido porque fomenta la independencia y la asociación de ideas, y existirán bomberos encargados de la labor que habitualmente se reserva al tiempo o la indiferencia, la de convertir las bibliotecas en ceniza. Por cuanto parece, nos hemos asomado a la orilla de aquel panorama que anunciaba la novela sin necesidad de intervenciones administrativas: el acto de leer, de coleccionar libros, de emplearlos con un objetivo distinto al de prestar lustre a la estantería, se ha convertido en una excentricidad.
Entre compañeros de oficina o padres que mecen a sus hijos sobre los columpios, el fútbol y la comunidad de vecinos constituyen temas de conversación tan forzosos como tranquilizadores; mencionar que uno lee, ponderar la última novela que guarda en la mesilla de noche o, peor, retirarse a una esquina para abrir ese objeto obsceno desatendiendo la importancia del córner o el peinado de la divorciada del quinto caen dentro del fango lamentable de la mala educación. Por eso los personajes de Bradbury tenían que reaparecer. Y no me refiero a los bomberos incendiarios, sino a otros más amables y meritorios: a esas sombras que recorrían los páramos de la novela repitiendo en la memoria los párrafos de sus obras favoritas. En cierto recodo de la trama, el protagonista, Montag, se topa con los hombres libro: individuos que conservan en sus cerebros congestionados volúmenes enteros y que los ofrecen a quienes tengan a bien oírlos para preservarlos del invierno del olvido.
En algo se asemejará nuestro presente al futuro que temía el autor norteamericano cuando los hombres libro ya se encuentran entre nosotros y son recibidos con los brazos abiertos. Es posible que tú o yo, o el compañero de oficina o el vecino con que balanceamos al niño en el columpio nos crucemos con ellos, en cualquier esquina de una de nuestras capitales.
De momento, yo sólo los he visto en los noticiarios: gentes anónimas, sin un relieve especial, de las que uno esperaría encontrarse en la pescadería o la cola de la ventanilla de turno, quizá amas de casa o profesores jubilados, que de repente, como el poeta ciego, se convierten en envases de la musa y ponen su voz perecedera al servicio de una historia que viene repitiéndose desde mucho antes de que nacieran. Igual que músicos de la legua o esos mimos que exigen monedas por estarse quietos, tratan de despertar la atención de los transeúntes por un leve instante y de salpicarles con líneas, metáforas, pensamientos que se mueren en el interior de las librerías. Se trata de una reciente iniciativa de nuestra Consejería de Cultura, que así pretende sacar la literatura a la calle y salvarla del gueto polvoriento en que vive recluida, y que ha recibido una acogida entusiasta de parte de muchos amantes de la voz alta.
El libro, nos señalan Platón y Borges, fue ideado para remediar la desmemoria de los hombres, para conservar en un recipiente adecuado todo el acervo de lo que podía desaparecer con la muerte de quien alumbró una idea brillante o tropezó con un verso que no debía apagarse. En nuestros tiempos se lucha angustiosamente contra el mal de Alzheimer, se defiende la necesidad de la Memoria Histórica y las computadoras acumulan circuitos que les permiten almacenar universidades enteras, a la vez que los libros y su aviso se desvanecen en el aire. Quizá nos acerquemos a la era en que, definitivamente, el saber no ocupe lugar.
LA FORMACIÓN DE USUARIOS EN LA BIBLIOTECA PÚBLICA VIRTUAL.
RECURSOS Y PROCEDIMIENTOS EN LAS BIBLIOTECAS PÚBLICAS ESPAÑOLAS

Fco. Javier García Gómez
Biblioteca Pública Municipal. Ayuntamiento de San Javier (Murcia)
Resumen: Las bibliotecas públicas españolas cuentan con sedes Web en un nuevo entorno de trabajo digital. Estas bibliotecas están prestando ya sus servicios en sus sucursales virtuales. Nos interesa analizar la formación de usuarios en sus sedes Web. Revisamos y examinamos los recursos y servicios para la formación de usua-rios en estas bibliotecas públicas a través de la World Wide Web. En las conclusio-nes mostramos el nivel de desarrollo alcanzado por las mismas. Asimismo, aporta-mos algunas recomendaciones sobre el diseño de sedes Web de bibliotecas públicas enfocadas hacia la formación de usuarios.
Texto completo en: http://eprints.rclis.org/14245/1/ad0707.pdf
Los recuerdos pueden llegar a ser perpetuos en la era digital

El papel se quema, la cinta de video se hecha a perder y los discos se rayan. Solo la era cibernética nos da una oportunidad.
A veces, y durante varias décadas desde que regresó a casa tras la Segunda Guerra Mundial, parecía como si la cámara de cine fuese parte de la mano de Christoffel Teeuwissen.
La llevaba a todas partes, todo lo filmaba. Cuando ampliaron la calle frente a su casa en Florida, ahí estaba él. Cuando instalaron un tanque séptico en Virginia Occidental, ahí estaba. Juegos de fútbol americano en escuelas secundarias, sitios de construcción, una nueva piscina. Ahí estaba, cámara en mano.
La película dio paso al video, y Teeuwissen siguió grabando. Cuando llegó la máquina de video a la escena, programas de historia se sumaron a la colección, al igual que episodios de "The Lawrence Welk Show" y biografías televisivas, como la de Glenn Miller.
Entonces, en el 2005, Christoffel Teeuwissen murió a los 88 años. Y cuando Jon Teeuwissen y sus dos hermanas comenzaron a revisar la casa de sus padres, otra historia salió a la luz.Por toda la casa, detrás de la puerta de cada closet, había cajas llenas de recuerdos, decenas de carretes de película, Super 8, grabaciones de audio, casettes de VHS.Así que los hijos de Christoffel Teeuwissen prepararon un inventario.
Colocaron etiquetas. Armaron el historial grabado del tiempo de su padre en la Tierra para darle coherencia. Y entonces lo colocaron todo en cajas y lo enviaron a una dirección en Arizona.Allí, gracias a la compañía iMemories, los polvorientos archivos personales de la familia Teeuwissen han dejado de ser objetos materiales.
De a poco, se están convirtiendo en DVD y JPEG y videos accesibles con un click.Y con ello, para Jon Teeuwissen, al igual que para tantas personas en un nuevo milenio lleno de maravillas computarizadas, comienza la marcha hacia los recuerdos digitales, y el alejamiento de los recuerdos táctiles que mantuvimos en el siglo XX.
Los objetos se destruyen.
El papel se quema. la cinta de video se hecha a perder. Las diapositivas se desvanecen en una niebla de amarillos y naranjas. Los LP se rayan. Los negativos se pudren. Los casettes se vuelven demasiado tensos. E incluso si usted es fanático del rock de los 70, las cintas de ocho pistas (8-tracks) son completamente inútiles.
La formas en que hemos registrado nuestras huellas personales -en papel y celuloide y plástico, cosas que podemos sostener en las manos- no resisten el paso del tiempo. Esa erosión es aún más conmovedora si se tiene en cuenta que, hoy, no tenemos todo lo que podríamos haber salvado. Tuvimos que escoger qué íbamos a preservar, basado en lo que nuestras finanzas y nuestros espacios personales permitiesen.
Pero la era cibernética lo está cambiando todo. En todas partes hay aparatos que transfieren detalles de la existencia personal a bits de datos que son portátiles, reproducibles y más duraderos.
A veces, los momentos culturales llegan furtivamente. Este es uno de esos momentos. Los recuerdos, en todas sus formas, se están desprendiendo de sus envolturas e irrumpiendo en una nueva fase, y con ellos, nuestras imágenes de nosotros mismos. Es el crepúsculo del mundo análogo.
"Recibimos comida rápida y obtenemos nuestra información instantáneamente en la internet. Todo está al alcance de nuestros dedos", dice Jennafer Martin, directora de la revista Digital Scrapbooking. "Tiene sentido que nuestros recuerdos también lo estén".
Esta historia no es solamente acerca de tecnología. Es la historia de cómo nos relacionamos con los objetos que nos rodean, y lo que sucede cuando éstos cambian. Es también acerca de nuestra esperanza de que, sobreviviendo incendios, inundaciones y robos, las cosas que valoramos van a permanecer aquí, no solamente durante nuestras vidas, sino también las de nuestros hijos y nietos.
El papel, por supuesto, no va a desaparecer en el futuro previsible. Hay demasiado papel en todas partes. Pero el último decenio ha alterado fundamentalmente la forma en que capturamos momentos y los preservamos.
Las cámaras fotográficas de película son producidas ahora para un nicho, y uno puede comprar una cámara digital por apenas 19.95 dólares. Scanmyphotos.com puede convertir todas tus fotos en JPEG. ITunes está tan arraigado que muchos de olvidan de que solían ir a tiendas a comprar su música. Gran parte del correo se recibe ahora por la internet.
¿Las cámaras instantáneas Polaroid? Adiós. ¿Libros? Google digitaliza más de 3.000 al día. Y entre el 2001 y el 2006, las ventas de casettes vacíos cayeron más del 60%, mientras subían las ventas de memoria flash, dice la Consumer Electronics Association, que predice "una lenta muerte para los casettes de audio y video".
El catálogo SkyMall, disponible en aviones de pasajeros, ofrece aparatos que pueden pasar tus LPs a CDs, tus CDs a MP3, tus videocassettes a DVD y tus fotos y diapositivas a JPEG.
Junte todo eso lo que tiene en su computadora y tiene un espejo digital de lo que es su vida. Y como en el mundo cibernético el "espacio" de almacenamiento es un término virtual, y porque el acceso es instantáneo, nuestros recuerdos digitales son mucho más completos que lo que jamás fueron nuestros archivos físicos.
En la vida digital, almacenar recuerdos no le va a atestar la casa. Dieciséis versiones de la misma foto no son un problema, porque no hay que imprimirlas todas. Las películas descargadas de Amazon.com no requieren estantes llenos de VHS. Uno puede darse el lujo de preservar papeles que de otra forma hubiera botado.
Por supuesto, existe algo melancólico cuando se deja detrás el pasado físico -incluso el presente físico- y lo tiene todo en tecnologías menos sólidas, menos táctiles.
¿Qué pasa con el alma de algo cuando su manifestación física no existe más? ¿Es la amarillenta foto de 1897 que estuvo en las manos de tu padre, tu abuelo y tu bisabuelo lo mismo que su reproducción en un montón de pixeles?
No es que éste haya sido el primer cambio de ese tipo en nuestras vidas. Cada invento que rediseñó nuestras relaciones con información, desde el telégrafo hasta la televisión hasta Facebook, fue recibido con sospechas de que algo de nuestra humanidad quedaría perdido.
El atrevimiento de la música grabada irritó tanto a John Philip Soussa que el conductor fustigó su existencia. "La música enseña todo lo que es hermoso en este mundo", escribió en 1906. "No la obstaculicemos con una máquina que narra la historia ... sin variación, sin alma, despojada del gozo y la pasión".
"Existe un sentido de incomodidad", dijo Edward Tenner, autor de "Our Own Devices: How Technology Remakes Humanity". Pero "siempre estamos en transición. Existe la ilusión de que hay un futuro estable hacia el que nos encaminamos. Y pienso que la norma es que siempre tenemos esta mezcla de lo nuevo y lo viejo".
23 nov 2008
La biblioteca de Babel, de la ficción a la pantalla

Por: Beatriz Sarlo
Distributed Proofreaders es uno de los sitios de internet donde están organizado y ofrecen trabajo voluntario las personas que tipean, escanean o corrigen los libros en versión digital que luego aparecen en Proyecto Gutenberg, de donde se bajan más de tres millones de libros por mes. Según informa Distributed Proofreaders la organización fue fundada en el año 2000 para apoyar la digitalización de libros cuyos derechos de autor hubieran pasado a dominio público. Desde su creación, Distributed Proofreaders ha digitalizado más de 14.000 libros, lo que equivale a casi dos mil por año. Como usuaria de Proyecto Gutenberg, leo estas cifras y experimento dos sensaciones al mismo tiempo: la satisfacción de que esos libros estén allí, a dos clicks de mi computadora, y la insatisfacción suscitada por la idea de que esos miles de libros son apenas un surco en el mar que va creciendo con cada minuto que pasa.
Desde hace un tiempo Google se ha propuesto la borgeana empresa de digitaliza ar todos los libros. La frase "todos los libros" suscita una idea de desmesura y optimismo a la que ya vamos acostumbrándonos los usuarios de internet. En la famosa e imaginaria Biblioteca de Babel, inventada por Borges como una de las formas de lo ilimitado, los incansables pero angustiados bibliotecarios recorren hexágonos del mismo tamaño sobre cuyas paredes idénticas se alinean los estantes también idénticos donde estarían todos los libros posibles, todas las combinaciones de letras y de signos. De esa Biblioteca, afirma Borges, nadie ha encontrado todavía el catálogo, pero como ella encierra toda combinación posible de signos, el catálogo debe lógicamente existir en alguna parte. Sin embargo, sólo el azar lo pondrá entre las manos de algún bibliotecario.
A diferencia de la Biblioteca de Babel, Proyecto Gutenberg, Google Books y otras bibliotecas virtuales tienen un buscador de nombres, de modo que no nos martiriza la pesadilla de saber que algo existe necesariamente pero que jamás será encontrado. Se trata, básicamente, de una mayoría de libros en inglés.
Distributed Proofreaders es uno de los sitios de internet donde están organizado y ofrecen trabajo voluntario las personas que tipean, escanean o corrigen los libros en versión digital que luego aparecen en Proyecto Gutenberg, de donde se bajan más de tres millones de libros por mes. Según informa Distributed Proofreaders la organización fue fundada en el año 2000 para apoyar la digitalización de libros cuyos derechos de autor hubieran pasado a dominio público. Desde su creación, Distributed Proofreaders ha digitalizado más de 14.000 libros, lo que equivale a casi dos mil por año. Como usuaria de Proyecto Gutenberg, leo estas cifras y experimento dos sensaciones al mismo tiempo: la satisfacción de que esos libros estén allí, a dos clicks de mi computadora, y la insatisfacción suscitada por la idea de que esos miles de libros son apenas un surco en el mar que va creciendo con cada minuto que pasa.
Desde hace un tiempo Google se ha propuesto la borgeana empresa de digitaliza ar todos los libros. La frase "todos los libros" suscita una idea de desmesura y optimismo a la que ya vamos acostumbrándonos los usuarios de internet. En la famosa e imaginaria Biblioteca de Babel, inventada por Borges como una de las formas de lo ilimitado, los incansables pero angustiados bibliotecarios recorren hexágonos del mismo tamaño sobre cuyas paredes idénticas se alinean los estantes también idénticos donde estarían todos los libros posibles, todas las combinaciones de letras y de signos. De esa Biblioteca, afirma Borges, nadie ha encontrado todavía el catálogo, pero como ella encierra toda combinación posible de signos, el catálogo debe lógicamente existir en alguna parte. Sin embargo, sólo el azar lo pondrá entre las manos de algún bibliotecario.
A diferencia de la Biblioteca de Babel, Proyecto Gutenberg, Google Books y otras bibliotecas virtuales tienen un buscador de nombres, de modo que no nos martiriza la pesadilla de saber que algo existe necesariamente pero que jamás será encontrado. Se trata, básicamente, de una mayoría de libros en inglés.
Los que quieran libros en castellano podrán buscar en la biblioteca virtual del Instituto Cervantes, por ejemplo. Pero la cuestión de internet y las lenguas extranjeras es otro tema. La existencia de decenas de miles de libros en internet implica un proceso significativamente más complicado que el de subir un tema musical de tres minutos para que otros puedan bajarlo (ésa fue la forma de distribución gratuita de música, que se considera ilegal, iniciada por Napster con el nombre, en inglés, de peer to peer: de par a par, de igual a igual, o ¿por qué no? de amigo a amigo). Un libro impreso sobre papel no puede subir de inmediato a la red, después de una operación que el programa de computación hace relativamente sencilla. Si el libro se escanea, saltan centenares de errores que deben ser corregidos en una lectura de pruebas; i el libro se tipea, la antidad de errores puede ser ambién muy alta.
De allí la necesidad e los lectores de pruebas proofreaders) que ofrecen u tiempo gratuitamente para controlar la versión que se subirá la Red.Pese al trabajo de los lectores e pruebas, subsisten problemas, a que, en el caso de libros que han asado por muchas ediciones, es una cuestión complicada decidir cuál es la que será considerada como base para el libro digital. No voy a entrar en pormenores, pero baste decir que la mayoría de los libros llamados clásicos tienen ediciones establecidas por especialistas que han trabajado mucho para llegar a la conclusión de cuál es la versión definitiva y, por lo general, acompañan esta versión con informaciones sobre todos los cambios que ese texto en particular sufrió en manos de su autor o en ediciones posteriores a su muerte.
Pero dejemos de lado, por un momento, estos detalles para registrar simple e inocentemente la millonada de horas de trabajo que implica que los libros colgados en la Red vayan dando vueltas por los servidores de donde los bajamos para tenerlos en nuestra pantalla. Y pese a esa millonada de horas, todavía subsisten usuarios a la antigua de dos tipos. Por un lado, los que prefieren tomarse el colectivo e ir hasta la biblioteca más próxima o gastarse unos pesos en la librería del shopping, si es que allí encuentran lo que buscan. Estos usuarios, por razones de edad, seguramente están en vías de desaparición. Por otro lado están los usuarios a los que no les tiembla el pulso cuando clickean para bajarse un libro y cargarlo en cualquiera de los aparatos posibles de lectura, comenzando por la humilde computadora hogareña.
Son usuarios creados por la Red, que se han habituado a que los libros virtuales les solucionen los problemas, tanto como se han acostumbrado a prescindir de los libros de cocina y tipear, simplemente, "ensalada", "rabanitos", "alcauciles" para descubrir que en algún lugar del planeta a alguien se le ocurrió la combinación. Lo único que queda claro es que, dentro de unos años, cuando un lector se mude de departamento, las cosas van a ser mucho más sencillas. Mudar una biblioteca siempre fue de las peores tareas imaginables.
De allí la necesidad e los lectores de pruebas proofreaders) que ofrecen u tiempo gratuitamente para controlar la versión que se subirá la Red.Pese al trabajo de los lectores e pruebas, subsisten problemas, a que, en el caso de libros que han asado por muchas ediciones, es una cuestión complicada decidir cuál es la que será considerada como base para el libro digital. No voy a entrar en pormenores, pero baste decir que la mayoría de los libros llamados clásicos tienen ediciones establecidas por especialistas que han trabajado mucho para llegar a la conclusión de cuál es la versión definitiva y, por lo general, acompañan esta versión con informaciones sobre todos los cambios que ese texto en particular sufrió en manos de su autor o en ediciones posteriores a su muerte.
Pero dejemos de lado, por un momento, estos detalles para registrar simple e inocentemente la millonada de horas de trabajo que implica que los libros colgados en la Red vayan dando vueltas por los servidores de donde los bajamos para tenerlos en nuestra pantalla. Y pese a esa millonada de horas, todavía subsisten usuarios a la antigua de dos tipos. Por un lado, los que prefieren tomarse el colectivo e ir hasta la biblioteca más próxima o gastarse unos pesos en la librería del shopping, si es que allí encuentran lo que buscan. Estos usuarios, por razones de edad, seguramente están en vías de desaparición. Por otro lado están los usuarios a los que no les tiembla el pulso cuando clickean para bajarse un libro y cargarlo en cualquiera de los aparatos posibles de lectura, comenzando por la humilde computadora hogareña.
Son usuarios creados por la Red, que se han habituado a que los libros virtuales les solucionen los problemas, tanto como se han acostumbrado a prescindir de los libros de cocina y tipear, simplemente, "ensalada", "rabanitos", "alcauciles" para descubrir que en algún lugar del planeta a alguien se le ocurrió la combinación. Lo único que queda claro es que, dentro de unos años, cuando un lector se mude de departamento, las cosas van a ser mucho más sencillas. Mudar una biblioteca siempre fue de las peores tareas imaginables.
Nace Europeana

La gran Biblioteca Europea, que colgará en Internet dos millones de documentos.
Consultar el primer libro impreso -la Biblia de Gutenberg- disfrutar de las voces de María Callas o Jacques Brel, o contemplar las más geniales obras de arte, como la Mona Lisa, Las Meninas o el Guernica. Tener ese impagable patrimonio cultural a un sólo golpe ratón y en una única dirección electrónica está cada vez más cerca. Será posible cuando Europeana, la Biblioteca Digital Europea, sea una realidad. Y no tardará. Este mes estará en marcha un prototipo de esta biblioteca en línea y sin límite que se construye con aportaciones de un centenar de las grandes instituciones culturales europeas, como el Louvre, El Prado, el Institut National de l'audiovisuel francés o la Biblioteca Británica.
El sueño de tener todo el conocimiento y la creación europea accesible desde cualquier ordenador y en cualquier instante empieza a ser realidad este otoño. Se pone en marcha con dos millones e documento digitales -libros, música, pinturas, fotografías, películas, mapas, manuscritos y todo tipo de publicaciones-, pero sus promotores quieren más entusiasmo y más inversiones de los países de la UE para hacer plenamente accesible por vía digital este rico patrimonio. Se lanzará en inglés, francés y alemán, para ampliarse después a todas las lenguas de la UE. Se pretende que en dos años la base documental haya crecido hasta los seis millones de documentos digitales. 2.500 millones de libros.
Se calcula que las bibliotecas europeas atesoran más de 2.500 millones libros, pero apenas un 1% de este material está digitalizado. La Comisión Europea insta así a los Estados miembros de la UE a hacer más para que las obras digitalizadas puedan ser consultadas en línea, para que los europeos hojeen, estudien, se diviertan o trabajen con los materiales que se custodian en museos, bibliotecas y archivos a través de Europeana. «La Biblioteca Digital Europea brindará un modo rápido y fácil para que la gente acceda a los libros y al arte europeos, tanto en su país como en el extranjero.
Permitirá, por ejemplo que un estudiante checo busque en la Biblioteca Británica sin tener que ir a Londres o un amante del arte irlandés pueda ver de cerca la Mona Lisa sin tener que hacer una larga cola para entrar en el Louvre» ha declarado Viviane Reding, Comisaria comunitaria de Sociedad de la Información.
Fuente: http://www.diariodeleon.es/se_cultura/noticia.jsp?CAT=114&TEXTO=7322560
Consultar el primer libro impreso -la Biblia de Gutenberg- disfrutar de las voces de María Callas o Jacques Brel, o contemplar las más geniales obras de arte, como la Mona Lisa, Las Meninas o el Guernica. Tener ese impagable patrimonio cultural a un sólo golpe ratón y en una única dirección electrónica está cada vez más cerca. Será posible cuando Europeana, la Biblioteca Digital Europea, sea una realidad. Y no tardará. Este mes estará en marcha un prototipo de esta biblioteca en línea y sin límite que se construye con aportaciones de un centenar de las grandes instituciones culturales europeas, como el Louvre, El Prado, el Institut National de l'audiovisuel francés o la Biblioteca Británica.
El sueño de tener todo el conocimiento y la creación europea accesible desde cualquier ordenador y en cualquier instante empieza a ser realidad este otoño. Se pone en marcha con dos millones e documento digitales -libros, música, pinturas, fotografías, películas, mapas, manuscritos y todo tipo de publicaciones-, pero sus promotores quieren más entusiasmo y más inversiones de los países de la UE para hacer plenamente accesible por vía digital este rico patrimonio. Se lanzará en inglés, francés y alemán, para ampliarse después a todas las lenguas de la UE. Se pretende que en dos años la base documental haya crecido hasta los seis millones de documentos digitales. 2.500 millones de libros.
Se calcula que las bibliotecas europeas atesoran más de 2.500 millones libros, pero apenas un 1% de este material está digitalizado. La Comisión Europea insta así a los Estados miembros de la UE a hacer más para que las obras digitalizadas puedan ser consultadas en línea, para que los europeos hojeen, estudien, se diviertan o trabajen con los materiales que se custodian en museos, bibliotecas y archivos a través de Europeana. «La Biblioteca Digital Europea brindará un modo rápido y fácil para que la gente acceda a los libros y al arte europeos, tanto en su país como en el extranjero.
Permitirá, por ejemplo que un estudiante checo busque en la Biblioteca Británica sin tener que ir a Londres o un amante del arte irlandés pueda ver de cerca la Mona Lisa sin tener que hacer una larga cola para entrar en el Louvre» ha declarado Viviane Reding, Comisaria comunitaria de Sociedad de la Información.
Fuente: http://www.diariodeleon.es/se_cultura/noticia.jsp?CAT=114&TEXTO=7322560
22 nov 2008
Galería de objetos encontrados en los libros

Galería de objetos encontrados en los libros es un blog porteño que se dedica a recopilar documentos aparecidos entre las páginas. Los libros son escondrijos ideales para objetos planos, de modo que llevan siglos cumpliendo esa función.
El ámbito sagrado de las bibliotecas

La alquimia adecuada se produce en las bibliotecas solamente cuando un alma elegida entra al lugar, y su conciencia se desplaza hacia los libros, transita por el ámbito sagrado que los contiene, y reconoce su hermandad, su mensaje, la sutil pertenencia a una Patria poco numerosa, pero sin la cual el hombre se convertiría en esclavo de su propia oscuridad.
JUAN PABLO VITALI
“La palabra pertenece al hombre en general. La escritura pertenece sólo al hombre culto.”
“La escritura es el primer síntoma de la vocación histórica. Por eso nada hay tan característico en una cultura como su relación con la palabra escrita.”
Oswald Spengler
Las bibliotecas mueren en silencio. Los hombres que atesoraron sus libros pacientemente durante años, ya no están. Presumiblemente hayan muerto, o quizá se encuentren hospedados en esos pequeños campos de concentración, que en este país se denominan “geriátricos”.
No importa quienes hayan sido ellos. No importa a nadie la dimensión de sus obras ni de su espíritu. Un escritor que ganó el premio Cervantes, Augusto Roa Bastos, murió internado de ese modo.
Una vez me tocó desarmar una importante biblioteca. Era de un amigo que había fallecido (siempre tuve amigos más grandes que yo). Fuimos varias veces a cumplir con ese menester, junto con una persona que había sido nuestro amigo en común. Brindamos por el muerto con su espíritu presente todavía. Era fácil percibirlo en la penumbra de la tarde, entre los libros.
La biblioteca, en su mayoría sobre temas de política y de historia, se desarmaba lentamente. Aquella casa estaba cerca del Río de la Plata, y eso entristecía aún más nuestra labor, de por sí bastante triste.
Nuestro amigo fallecido era un patriota. Su biblioteca, que destilaba patriotismo, no era nada sin él. Y no significaba consuelo para ella el hecho de que nosotros también nos consideráramos patriotas.
Quien me acompañaba en aquel momento –nuestro amigo en común– también murió hace poco (ya dije que siempre tuve amigos bastante más grandes que yo), pero afortunadamente, su riquísima biblioteca se mantiene entera, porque su viuda y sus hijos son gente como él.
A veces paso frente a las pocas viejas casas que quedan en pie, y me pregunto si en ellas habrá una biblioteca, respirando recuerdos en la oscuridad de la noche. Percibo entonces la presencia de las almas elevadas que atesoraron los libros uno a uno, y me detengo frente a las puertas, como un Ulises que los vientos arrastraron lejos de las playas de Itaca.
Recuerdo palabras de Borges sobre las bibliotecas, sobre la presencia tutelar de los libros. Pero Borges tampoco está, y el antiguo edificio de la biblioteca nacional se ha convertido en una escuela de música, según creo. Como si a su muerte alguien hubiera ido también a desarmarla.
Recuerdo la biblioteca de la Universidad de La Plata, ciudad capital de la provincia de Buenos Aires, donde se vivía la fuerza del pensamiento fundacional. Esa fuerza que en la lejanía del Sur debió de haber sido casi un esfuerzo místico. Ahora sólo existe soledad en el inmenso salón, entre las maderas nobles y los sillones de cuero.
Las bibliotecas, son como los templos de una raza perdida. Esos lugares de culto incomprensibles para los hombres contemporáneos, que los observan de reojo, con desinterés o desprecio de turistas cuando pasan junto a ellos, o les dan un sentido muy distinto al que tuvieron.
La conformación intelectual y espiritual de un gran hombre, está en su biblioteca, y hasta que ésta no se desarma, el pensamiento opera su magia en el ambiente. Acaso por eso, los ámbitos reservados a las bibliotecas, tienen tanto de sagrado, y atraen a las personas de espíritu elevado, así como atemorizan y rechazan a la gente baja, ruin o materialista.
Cabe aclarar, aunque resulte obvio, que no hay que pensar aquí en un número de libros, ni en lomos de volúmenes homogéneos, o en otro tipo de característica prefijada. Precisamente ése es uno de los encantos de las bibliotecas, tan variados como los encantos de los hombres que las poseyeron.
La alquimia adecuada se produce en las bibliotecas solamente cuando un alma elegida entra al lugar, y su conciencia se desplaza hacia los libros, transita por el ámbito sagrado que los contiene, y reconoce su hermandad, su mensaje, la sutil pertenencia a una Patria poco numerosa, pero sin la cual el hombre se convertiría en esclavo de su propia oscuridad.
Oswald Spengler
Las bibliotecas mueren en silencio. Los hombres que atesoraron sus libros pacientemente durante años, ya no están. Presumiblemente hayan muerto, o quizá se encuentren hospedados en esos pequeños campos de concentración, que en este país se denominan “geriátricos”.
No importa quienes hayan sido ellos. No importa a nadie la dimensión de sus obras ni de su espíritu. Un escritor que ganó el premio Cervantes, Augusto Roa Bastos, murió internado de ese modo.
Una vez me tocó desarmar una importante biblioteca. Era de un amigo que había fallecido (siempre tuve amigos más grandes que yo). Fuimos varias veces a cumplir con ese menester, junto con una persona que había sido nuestro amigo en común. Brindamos por el muerto con su espíritu presente todavía. Era fácil percibirlo en la penumbra de la tarde, entre los libros.
La biblioteca, en su mayoría sobre temas de política y de historia, se desarmaba lentamente. Aquella casa estaba cerca del Río de la Plata, y eso entristecía aún más nuestra labor, de por sí bastante triste.
Nuestro amigo fallecido era un patriota. Su biblioteca, que destilaba patriotismo, no era nada sin él. Y no significaba consuelo para ella el hecho de que nosotros también nos consideráramos patriotas.
Quien me acompañaba en aquel momento –nuestro amigo en común– también murió hace poco (ya dije que siempre tuve amigos bastante más grandes que yo), pero afortunadamente, su riquísima biblioteca se mantiene entera, porque su viuda y sus hijos son gente como él.
A veces paso frente a las pocas viejas casas que quedan en pie, y me pregunto si en ellas habrá una biblioteca, respirando recuerdos en la oscuridad de la noche. Percibo entonces la presencia de las almas elevadas que atesoraron los libros uno a uno, y me detengo frente a las puertas, como un Ulises que los vientos arrastraron lejos de las playas de Itaca.
Recuerdo palabras de Borges sobre las bibliotecas, sobre la presencia tutelar de los libros. Pero Borges tampoco está, y el antiguo edificio de la biblioteca nacional se ha convertido en una escuela de música, según creo. Como si a su muerte alguien hubiera ido también a desarmarla.
Recuerdo la biblioteca de la Universidad de La Plata, ciudad capital de la provincia de Buenos Aires, donde se vivía la fuerza del pensamiento fundacional. Esa fuerza que en la lejanía del Sur debió de haber sido casi un esfuerzo místico. Ahora sólo existe soledad en el inmenso salón, entre las maderas nobles y los sillones de cuero.
Las bibliotecas, son como los templos de una raza perdida. Esos lugares de culto incomprensibles para los hombres contemporáneos, que los observan de reojo, con desinterés o desprecio de turistas cuando pasan junto a ellos, o les dan un sentido muy distinto al que tuvieron.
La conformación intelectual y espiritual de un gran hombre, está en su biblioteca, y hasta que ésta no se desarma, el pensamiento opera su magia en el ambiente. Acaso por eso, los ámbitos reservados a las bibliotecas, tienen tanto de sagrado, y atraen a las personas de espíritu elevado, así como atemorizan y rechazan a la gente baja, ruin o materialista.
Cabe aclarar, aunque resulte obvio, que no hay que pensar aquí en un número de libros, ni en lomos de volúmenes homogéneos, o en otro tipo de característica prefijada. Precisamente ése es uno de los encantos de las bibliotecas, tan variados como los encantos de los hombres que las poseyeron.
La alquimia adecuada se produce en las bibliotecas solamente cuando un alma elegida entra al lugar, y su conciencia se desplaza hacia los libros, transita por el ámbito sagrado que los contiene, y reconoce su hermandad, su mensaje, la sutil pertenencia a una Patria poco numerosa, pero sin la cual el hombre se convertiría en esclavo de su propia oscuridad.
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