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22 sept 2017
EL bibliotecario como escucha
Por: Rubén Gonzalo Cabral
Querido amigo bibliotecario, tal vez las palabras que aquí leas te resulten
familiares, tal vez te recuerden algún momento vivido, o quizás reflejen alguna
situación de las muchas que ocurren en la biblioteca…
Los Usuarios y la
biblioteca: La misión principal del bibliotecario, como sabemos,
es atender las necesidades de nuestros usuarios. Desde búsquedas
bibliográficas, como prioridades principales, hasta el préstamo de un
bolígrafo, son cuestiones que motivan las visitas de nuestros invitados en la
biblioteca. Es quizás por este segundo
punto, menos formal (o tal vez no), que nuestro lector comienza acercarse más
informalmente. Un simple gesto amable, como una sonrisa, tal vez un simple
saludo, o un buen deseo como los que decimos siempre: “mucha suerte”, “éxitos
en tu examen” “que tengas un buen descanso” o inclusive “buen fin de semana”,
generan un impacto a veces, al que no están acostumbrado en otras instituciones
de servicio.
Es quizás en esta
convicción, donde se denotan una de las tantas habilidades que Litton(1973)
decía que todo bibliotecario debía adquirir: “el profesional necesita un temperamento que ninguna escuela es capaz
de dar, una devoción a la ciencia, una voluntad y una vocación para el trabajo
que ningún diploma puede remplazar” (p. 17).
Como profesionales, sabemos
que no nos limitamos al proceso técnico, a la atención al público, o a la
conservación del material, siempre hay algo más. Ese
algo más, podríamos decir que tiene su origen en las relaciones humanas, en esa
capacidad de saber relacionarnos con los demás, y de adquirir muchas veces
empatía por ese usuario que nos necesita, y no solo para resolver una búsqueda
de información.
Seguramente más de una
vez, nos hemos enterado sin preguntar de algunas cuestiones como:
• Los familiares del
usuario (cuándo la mamá está de viaje, cuando le cocina algo rico, o cuando
recibe regaños por el desastre en su departamento).
• Las relaciones de pareja
(cómo se conocieron, por qué se pelearon, casaron, separaron o volvieron a
junta)
• O inclusive otros
aspectos de la vida diaria del usuario (por qué se viste de esa forma, por qué
le gustan las flores rosas, los caramelos de menta o tantos otros ejemplos que
tal vez no terminaría de escribir en estos renglones).
Al leer estas líneas,
posiblemente recordaste alguna anécdota de un usuario de la biblioteca. Tal vez
son otras las situaciones, y menos alegres las que te tocó vivir: la muerte de
alguien querido, la falta de comida en la mesa de casa, los maltratos recibidos
por los compañeros en la escuela…
Es ahí que estamos de una forma distinta para el usuario, no
brindando un servicio, sino ofreciendo nuestros oídos para compartir alegrías y
tristezas con nuestros lectores, momentos, que recordamos y recordaremos
siempre, pero que también han formado parte de nuestro quehacer en la
biblioteca.
27 feb 2016
El oficio bibliotecario
A Jone Lajos
En
un época de austeridad preguntarse para
qué sirve un bibliotecario tiene inevitablemente aires de amenaza. El mero
hecho de plantear esa pregunta parece el preámbulo de algún recorte. Pienso,
por el contrario, que la mejor defensa que puede hacerse del propio oficio,
cuando la aceleración de las cosas amenaza con volverle a uno completamente inútil, consiste en
descubrir qué puede hacerlo necesario en las nuevas circunstancias.
Por
lo demás, tratándose de un oficio tan antiguo, no tiene nada de extraño que
quienes trabajan como bibliotecarios y bibliotecarias se vean asediados por una
perplejidad paralela a las transformaciones que han ido experimentando las
propias bibliotecas: han sido sacerdotes, soldados, funcionarios, almacenistas,
virtuosos de las nuevas tecnologías... Los bibliotecarios han tenido que ir reinventado su oficio en múltiples
ocasiones. El creador de la biblioteconomía como ciencia moderna en el
siglo XIX fue un trabajador reconvertido, Martin Schrettinger, un ex monje
benedictino que pasó del convento a la Bayerische
Staatsbibliothek (una biblioteca en las que, por cierto, tantas horas pasé
siendo estudiante). El problema al que tuvo que enfrentarse era algo más serio
que un cambio de hábitos y destino personal; se trataba de que el tamaño de las
bibliotecas las estaba convirtiendo en algo inútil. A él se debe la invención
del catálogo, la idea de que un
libro debía poderse encontrar en el menor tiempo posible lo que, en última
instancia, posibilitaba la transformación de un museo en una verdadera
biblioteca.
Hace
unos años Anne-Marie Chaintreau y Renée Lemaître estudiaron el modo como las
bibliotecas y sus profesionales eran reflejados en la literatura y el cine
modernos. Un repertorio estable de palabras, imágenes, juicios, comparaciones
parece surgir automáticamente en cuanto se muestra una biblioteca o se pone en
escena un bibliotecario, ciertos rasgos elementales que funcionan como signos
de identificación y reconocimiento.
Los
novelistas tienen una cierta tendencia a exagerar los defectos más que las
cualidades en figuras como los médicos, los juristas, los curas o los
funcionarios. Los bibliotecarios no son una excepción. Pues bien, la mayor
parte de los relatos agudizan el estereotipo que hace de las bibliotecas
lugares aburridos y a sus empleados personajes secundarios, con moño o calva (según el sexo), casi
siempre con gafas, solitarios y de simpatía más bien escasa. Los hay
expertos en clasificación que se transforman en obsesos del orden,
catalogadores que se hacen maníacos de la ficha, otros cuya memoria prodigiosa
les hace parecer locos cuando recitan de memoria lugares complejos, hay quien
es acusado de no hacer nada útil porque se limita a leer... El justo medio no
ha sido nunca ni pintoresco ni novelable y a las exageraciones se les saca un
mayor partido narrativo.
Los
relatos que tienen lugar en las bibliotecas han experimentado una cierta
evolución: en muchos de ellos las bibliotecas dejan de ser lugares oscuros y
cerrados, destinados únicamente a la meditación, y se convierten en lugares
propicios a la aventura y la intriga. El amor y el crimen penetran en las salas
de lectura y perturban la atmósfera rancia de la erudición; de lugares que
remiten al pasado pasan a ser puntos de partida de sueños extraordinarios y
futuristas; los bibliotecarios timoratos y pusilánimes terminan convirtiéndose
en detectives... Pero no deberíamos dejarnos engañar, porque si el cine los ha
convertido en escenarios de trepidantes acciones es porque habitualmente no lo
son y están destinados a todo lo contrario, a fomentar tan sólo la aventura de
la reflexión, que a la mayor parte de la humanidad le dice más bien poco. El
fenómeno literario de hacerlas lugares emocionantes no hace otra cosa que
subrayar su carácter habitualmente aburrido, como espacio donde no se crea sino
que se recoge la creación de otros, donde no pasa nada ni se decide nada
importante.
Pero
el rasgo que más destacaría del actual oficio bibliotecario es que sean capaces
de sobrevivir en medio de una concentración tan grande de estímulos que invitan
a leer. Si cedieran a la tentación de leer, no harían lo que deben hacer. Los
usuarios de bibliotecas miramos a los bibliotecarios como los golosos a los
pasteleros, preguntándonos cómo estos últimos pueden mantener esa indiferencia respecto
de los dulces para no sucumbir ante ellos. Si no les corresponde leer, menos
aún están obligados a opinar sobre la verdad o el error que los libros puedan
contener. Anatole
France, que fue un gran escritor y un gran bibliotecario, consideraba que el
bibliotecario sólo puede mantenerse cuerdo entre tantos libros que se
contradicen si no piensa, si es capaz de "vivre catalogalement”.
Esa
indiferencia no ha sido siempre bien entendida y a veces puede ser vista como
si en el fondo de la profesión bibliotecaria hubiera una cierta hostilidad,
hacia los libros y hacia los lectores. Probablemente este sea el origen del
tópico que considera al bibliotecario como un ser maniático que crea
voluntariamente sistemas complejos para hacer inaccesibles los volúmenes o para
acreditar su poder sobre los lectores y sobre los libros.
Cuando
yo era estudiante circulaba entre nosotros el reproche de que las bibliotecarias y los bibliotecarios estaban
ahí para dificultar el acceso a los libros y por eso resultaban casi siempre
personas gruñonas. En aquella maledicencia había un punto de verdad. Que
facilitaban el acceso era una evidencia, pero que nos lo impidieran
ocasionalmente parecía una rareza o un abuso de autoridad. Con el
paso del tiempo he ido comprendiendo que interponer esas dificultades para
hacerse con un libro formaba parte de la nobleza de su oficio; dificultaban el
robo, las pérdidas, el préstamo ilimitado o el maltrato de los libros, pero su
escasa generosidad también podía entenderse como una estrategia para
protegernos del exceso de libros.
Hay
una contradicción en el oficio bibliotecario, un equilibrio inestable que
siempre me ha parecido digno de admiración: conseguir que los libros sean
asequibles y protegerlos del daño que pueden causarles sus lectores. Pero hay
otra aparente contradición que todavía resulta más extraña, seducidos como
estamos por la posibilidad de que el mundo se organice sin mediaciones: están al servicio de la accesibilidad, pero
para hacerla real tienen que reducir su alcance. Cuando un bibliotecario o
una bibliotecaria alejan o esconden ciertos libros para que otros nos resulten
más accesibles, cuando seleccionan, destacan o recomiendan, formalmente están
haciendo algo muy parecido a lo que pretendieron los enemigos de los libros, pero
así consiguen lo contrario que aquellos fanáticos: protegen el libro de los
saquedores y nos protegen a nosotros de su excesiva cantidad.
Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/23/babelia/1445594014_418825.html
25 ene 2016
Armas ocultas de una bibliotecaria
Por: Galindob
Julie King fue bibliotecaria en el Bronx de Nueva York. Ahora trabaja en Chattanooga, pero algunas de sus armas para tender puentes entre los lectores y los libros las adquirió en la ciudad de los rascacielos, atendiendo cada día a una multitud de usuarios que hablaban los más diversos idiomas, pero que entendían el lenguaje universal del amor por los libros.
Lo primero que me llama la atención de Julie es su frescura, su energía, su serenidad y su pasión por su trabajo. A pesar de su juventud, lleva más de 10 años trabajando como bibliotecaria en diferentes centros de los Estados Unidos. Entre las claves por las que ella apuesta para dinamizar y atraer lectores a una biblioteca están: la libertad de elección y la cercanía.
¿Qué significa para ti ser bibliotecaria?
Significa ser capaz de conectar a los lectores, estudiantes, individuos adultos o niños con las ideas. A veces eso puede lograrse a través de los libros, otras veces por medio de una película, escuchando a personas que tienen algo interesante que contar, con la creatividad, la creación musical, etc. Creo que mi profesión me permite ser como un cruce de caminos, una intersección que propicia el encuentro y el intercambio entre las personas.
¿Es fácil atraer a los niños y jóvenes al espacio de la biblioteca?
La clave está en dejarles elegir. Esa es mi arma secreta y creo que funciona. Pienso que nunca es bueno obligarles a acudir a un lugar a la fuerza o dirigirles en exceso hacia un tipo u otro de lecturas. Eso no suele funcionar ni es bueno para el desarrollo de habilidades del futuro lector adulto. Te puedo hablar de una bibliotecaria que a un niño de mi entorno le negó el libro de Harry Potter porque le dijo que “no estaba preparado para su lectura”. Nunca sabemos si un lector está o no preparado para un libro.
Al contrario, deberíamos favorecer la libertad de elección y nunca cortar en seco el interés de un niño por un libro. De ese modo les alejamos de la lectura y tienen demasiado a mano otros modos de entretenimiento que acaparan fácilmente su atención. Si conseguimos que la lectura sea un tiempo de relax, algo placentero, cercano a sus gustos e intereses, entonces estamos sembrando un lector que posiblemente afianzará su gusto por los libros en la edad joven y adulta.
¿Tienes más armas secretas?
Sí, muchas: la actividad de nuestra biblioteca es multidisciplinar e intentamos acercarnos a los lectores a través de lenguajes muy variados. Por ejemplo, tenemos una sala dedicada a la creatividad y al lenguaje audiovisual donde los estudiantes pueden desde modelar con arcilla hasta grabar y editar su propio video. Pero además tenemos el foco muy orientado al lenguaje musical y organizamos conciertos donde los propios estudiantes interpretan sus canciones y tocan instrumentos musicales, con el tipo de música que les gusta, y de esa forma ellos y sus amigos disfrutan desde su propia perspectiva del espacio de la biblioteca.
Tenemos, como en otras bibliotecas, espacios para que ellos puedan trabajar e incluso descansar. Y también la biblioteca ofrece un servicio de café y aperitivo porque ese momento placentero puede estar ubicado entre libros. Se trata de hacerles sentir como en su propia casa, de alguna forma. Hacer de la biblioteca el punto de encuentro donde ellos queden tras las clases, donde se reúnan para desarrollar sus actividades de ocio y donde se sientan bien entre libros, siempre al alcance del conocimiento y de la cultura.
¿Y funciona?
Pienso que sí. Esta misma mañana en una sola hora han pasado por la biblioteca más de 130 usuarios. En definitiva, la meta es que la biblioteca sea un espacio vivo y abierto. Esto no es un museo, aunque debamos enseñar también a los usuarios y lectores a respetar y cuidar los libros, la idea no es que sea un lugar de culto o rígido. La idea es que la biblioteca sea una oportunidad y una experiencia, más allá de una colección de libros.
¿Cómo llegaste a Chattanooga, Julie?
Yo soy de aquí, nací en Tennessee y ahora estoy de vuelta a mi lugar de origen, pero previamente trabajé en bibliotecas de Washington y Carolina del Norte y antes aún estudie en la universidad en Nueva York. Eso me llevó a conocer algunos de los centros educativos de ese estado y también trabajé en algunos de ellos. Recuerdo en especial la biblioteca de Little Italy, en el Bronx, por donde cada día pasaban cientos de usuarios de todas las procedencias, sobre todo portorriqueños y dominicanos. La mayoría de los usuarios de esa biblioteca hablaban originalmente otros idiomas diferentes al inglés, sobre todo español y aún me pregunto cómo es que no aprendí a hablar ese lenguaje en ese tiempo. De cualquier modo, nos entendíamos porque el idioma de los libros termina siendo universal.
¿Qué tenía de especial aquella biblioteca del Bronx neoyorkino?
Además de la variedad cultural y de orígenes de los usuarios, te diría que a veces me sentía expuesta a una continua aventura. Su proximidad con Little Italy hacía que tuviera entre los usuarios habituales a algunos miembros de la mafia que aparecían a por un libro a la biblioteca con su revólver oculto bajo el pantalón a la altura del tobillo. Pero aquella experiencia fue muy interesante para mí porque definitivamente fue allí donde tuve conciencia de que la biblioteca es como una inmensa torre de Babel viva y cambiante. Y el bibliotecario o la bibliotecaria bien puede ser como un transmisor de intercambios, un puente entre el lenguaje de los libros y la curiosidad e interés de los lectores, siempre en movimiento, siempre palpitante.
28 sept 2015
La voz de los bibliotecarios de Santa Cruz
Los bibliotecarios profesionales de la provincia de santa cruz han realizado un encuentro donde entre otras cuestiones puntuales solicitan ser tenidos en cuenta en la asignación de los puestos de trabajo de las bibliotecas, y la adhesión de las bibliotecas provinciales a la ley nacional
Visto en: Identidad bibliotearia
30 mar 2015
La bibliotecaria, un personaje icónico pero real
El vídeo que encabeza este post dominical es el cuento El secuestro de la bibliotecaria, de Margaret Mahy, contado por la cuentacuentos Cristina Serrano Frías. Aunque es un vídeo un poco largo, recomiendo que lo veáis ya que es un cuento que aporta una visión positiva de los bibliotecarios.
Esta semana el gremio de bibliotecarios andamos revolucionados y en pie de guerra contra un periódico de tirada nacional que permitió la publicación de un insultante y degradante artículo de opinión sobre bibliotecarias y bibliotecas. Ni nombraré al periódico ni al autor de dicho escrito para no darle publicidad ni tráfico a la web, pero como bibliotecaria y redactora de este blog me siento en la obligación de hablar al respecto de esta figura: la bibliotecaria.
Y sí, digo LA, ya que es curioso cómo la figura del bibliotecario es la de un hombre sabio, respetado, que ha conseguido serenidad y paz en su vida personal, con una amplia cultura, que tiene a una dulce mujer en su casa que le recibe amorosa con la cena caliente, que le cuenta relatos heróicos a sus hijos.
Por su parte, la figura de la bibliotecaria es la de una mujer amargada, lesbiana en el sentido más despectivo con el que se ha usado este término, es decir, mujer agria que ha sido incapaz de atraer a un hombre, soltera, de maternidad frustrada, estricta, reprimida, poco atractiva, por no decir fea, que usa gafas y moños, amante de la soledad y, a pesar de estar rodeada de libros, no muestra grandes inquietudes culturales.
¿Exagero? Bueno, un poquito tal vez, pero hay que reconocer que en el cine, la televisión y la literatura, la figura de la bibliotecaria no es precisamente la de una mujer feliz, amable y realizada.
Sería injusto no mencionar el mito de la bibliotecaria sexy, también presente en el cine, la televisión y la literatura
Algunas veces hemos hablado en este blog sobre bibliotecas, ya que es el lugar donde muchos lectores se forman y se alimentan a lo largo de su vida. Pero… ¿hemos hablado de los bibliotecarios?
Ahora ya sí uso el género neutro (que me perdonen los que promueven el lenguaje no sexista, pero defiendo el género neutro en nuestro idioma), porque en una sociedad donde la cultura ocupara el pilar que le corresponde, el bibliotecario del barrio tendría la misma importancia que le damos al farmacéutico.
De un bibliotecario esperamos que sea amable, empático, que nos atienda como si fuéramos lo único que tiene que hacer en todo el día. Tal y como me dijo un gran bibliotecario durante mi período de formación, “cuando un usuario entra por la puerta, todo el sistema se paraliza“.
Podemos esperar que sepa buscar información, no sólo en el espacio físico de la biblioteca, sino también en la red; podemos pedirle que nos forme y oriente en cuestiones de búsquedas documentales y de información; es más, podemos pedirle que nos oriente en cuestiones de información local; incluso pedirle que nos recomiende literatura, cine o música ya que no es disparatado presuponer un nivel cultural aceptable a una persona que trabaja rodeado de ella.
Lo que no debemos exigir a un bibliotecario es que vigile a nuestros hijos si los dejamos en la zona infantil ya que eso no es una guardería y nosotros no tenemos título de cuidadores infantiles; tampoco se nos puede exigir que seamos un pozo de conocimientos literarios porque la misión del bibliotecario va más allá de la literatura y la literatura no forma parte de la formación en las facultades de Documentación.
Por experiencia os digo que ser bibliotecaria es la profesión más bonita del mundo, más que la de periodista como decía García Márquez.
Y si digo la verdad, me resultaba realmente bonito ser “la bibliotecaria”.
La bibliotecaria
Salvador Sostres
El viernes de la semana pasada, a la salida del colegio, llevé a mi hija a una biblioteca pública, en insensato seguidismo de otros padres de la clase de Maria que así procedían. Por lo visto a las 18h un hombre iba a contar algunos cuentos. A mi hija le encantan los cuentos y pensé que estaría bien. De hecho estuvo bien, el tipo estuvo bien, y la niña salió encantada.
Pero luego pasó algo extraordinario. En la planta baja de esta biblioteca, llamada Clarà por encontrarse en el antiguo taller del escultor Josep Clarà, y situada en la esquina de las calles Doctor Carulla y Calatrava, en la zona noble de la ciudad, hay una pequeña habitación, apartada, y hasta separada, dedicada a los niños, con libros de cuentos, mesas bajas, sofás infantiles y las paredes decoradas con muñecos de Disney.
Allí estuvimos padres y niños, con el cierto caos que siempre impera en este tipo de reuniones pero manteniendo, dentro de todo, un considerable sentido de lo civilizado. Y una bibliotecaria con ese corte de pelo entre el Ensanche izquierdo y Jarrai, entre el lesbianismo y el PSUC -si es que no fue todo lo mismo-, y con el rostro impenetrable por tantas pasiones insatisfechas, iba y venía reclamándonos silencio.
Su impertinencia a todos nos impacientó pero nadie le dijo nada.
Mi hija ya no lleva pañales y como llevaba un rato jugando y habíamos merendado, le dije que fuéramos al baño, y allí, en la pared derecha del baño, mirándolo desde la entrada, en la pared del baño de la biblioteca que reclama silencio en la zona infantil de comic books y juegos, en el baño de la biblioteca de la bibliotecaria estricta, mitad Idoia, mitad chacha, había colgada una máquina dispensadora de preservativos.
Éste es el modelo de biblioteca pública: mala leche contra los niños y condones en el lavabo. Los niños no pueden jugar en la zona infantil pero pueden follar lo que quieran en el baño.
Al regresar a la sala, y cuando la empleada municipal volvió a reclamarnos silencio, pensé para mí, sin decir nada: "¡Calla, putanga!". La izquierda siempre acaba en el burdel, y por eso cree que abortar es un derecho, y una conquista social. Educar a los hijos en el concepto y la experiencia de lo público es atroz. Les vuelve cínicos y corruptos, ingresan en el club de la queja y de la excusa, y en lugar de estimular sus capacidades las atrofias.
El resumen de la izquierda es una máquina de condones en una biblioteca pública con una zona infantil en la que no se deja jugar a los niños. Como su sistema conduce a la tristeza quieren que todos estemos tristes. Como su ética trae sólo desesperación, quieren que estemos todos desesperados. Desesperados de máquina de condón. Y luego van a por nuestros hijos, para robarnos hasta la esperanza.
Yo creo que lo que a la bibliotecaria le sabía mal era ver a un padre feliz con su hija. Hay un resentimiento de fondo y es un resentimiento terrible. No hay nada que ofenda tanto a una funcionaria resentida como el sagrado esplendor de la Familia.
Fuente bibliográfica
La bibliotecaria, un personaje icónico pero real. Actualidad Literatura [en línea] 2015. [Consulta: 30 marzo 2015]. Disponible en: http://www.actualidadliteratura.com/la-bibliotecaria-un-personaje-iconico-pero-real/.
26 jul 2014
“Las bibliotecas tienen el gran poder de igualar”
Por: Mariana Perel
Vivir entre libros
A los ocho años, Nancy Koller vivió algo tan inesperado como sorprendente: leyó un libro que la hizo llorar. Quedó estupefacta. No imaginaba que ese hecho decidiría su vocación .
Los libros hoy no son lo que eran. Y las bibliotecas y los bibliotecarios, tampoco. Es cierto que el cambio de época, en materia tecnológica, modificó también a los lectores. “Hoy, la pregunta es si el libro electrónico reemplazará al de papel. Yo no lo creo, son complementarios. La tecnología permite tener muchos textos en un solo aparato. Pero yo elijo los de papel porque los marco, y cuando compro usados busco huellas, las marcas de quienes lo leyeron, una flor o una vieja dedicatoria. El libro en papel guarda la historia del lector; en cambio en el electrónico es posible borrar todo con un botón”, dice Nancy Koller, una apasionada de ese “universo llamado Biblioteca”. En diálogo con Mujer, Nancy -jefa del Departamento Técnico de la Dirección General del Libro de la Ciudad de Buenos Aires- establece que el arquetipo de la antigua bibliotecaria de anteojos y rodete ya no existe. “Estamos marcadas por una idea conservadora porque somos como los ‘guardianes de los libros’, pero nuestro anhelo es que la gente se acerque a las bibliotecas. Si la atención no es eficiente, el usuario no vuelve y además tenemos la competencia de Internet. Nosotros, a partir de la tecnología, nos convertimos en gestores de una información que llega desde distintos soportes. Nuestras competencias van más allá del libro de papel. De hecho, hay bibliotecas enteramente digitalizadas. El bibliotecario, por ejemplo, en el CONICET, sólo se maneja con la base de datos. En realidad, nuestra función no cambió, se le sumaron herramientas. Claro, ahora hay buscadores, pero nosotros tenemos algo que no se consigue en los soportes tecnológicos: ética”.
El efecto de la lectura
Nancy advirtió su pasión por los libros, durante su infancia, en Monte Grande, cuando lloró por la muerte de Beth, el personaje de un clásico: Mujercitas . “¿Cómo? ¿Un libro puede hacerme llorar?”, se asombró. Tenía ocho años, y también la fascinaba ver cómo los libros eran clasificados. En el aula de su escuela había un armario lleno. Los alumnos tomaban un libro por mes. Detallaban el título en una ficha, el nombre del autor y dejaban un resumen del contenido. “Me encantaba hacerlo, tanto que a los 10 años ya había enumerado todos mis libros”. No sorprende que un ejemplar le haya cambiado la vida: el Manual de Química Inorgánica General , que leyó de un tirón: “Quiero ser química”, decidió. Nancy acabó el secundario y empezó a estudiar Ingeniería Química en la UBA. Pero algo pasaba. Cuando visitaba la biblioteca no podía dejar de observar al señor que hojeaba una ficha antes de alcanzarle el texto. “Más que sentarme a leer, yo quería ser la persona que entregaba los libros”.
Dejó la carrera en tercer año. Había descubierto el Instituto de Bibliotecología Nº 35 de Monte Grande, pero llegó tarde a la inscripción. Le aconsejaron estudiar Letras, lo hizo. Claro que descubrió un mundo fascinante, pero el fantasma volvía: “Yo miraba a ese señor de guardapolvos que me daba el folletín o la revista editados hacía más de 100 años. Eso me parecía mágico”.
Nancy cursó 20 materias de Letras hasta que dijo basta, y se inscribió en el Instituto de Bibliotecología. Mientras estudiaba, aprovechó la oportunidad de hacer una pasantía en la biblioteca de la Facultad de Ingeniería de Lomas de Zamora. La propuesta se la hizo su encargada, Silvia Lacorazza, desde entonces una colega y amiga. Al principio se ocupó de cargar la base de datos. Más tarde, pasó a atender al público. “Era maravilloso darle a otro lo que buscaba, lo que necesitaba. También tuve que hacer de guía, orientar y enseñar...”.
En el 2000, vio cumplido su sueño: se graduó como bibliotecaria. Al año siguiente, fue contratada por la Biblioteca Alberdi, de Remedios de Escalada. Todavía se continuaba trabajando con fichas. También había una base de datos y la atención al público era parte del trabajo. “A veces la computadora se rompía, entonces yo retiraba los ejemplares de los estantes. Una señora me preguntó: “¿Vos sabés donde están todos los libros?”. Me fascinó que creyera que era capaz de algo así. El caudal de información es enorme. Lo cierto es que el bibliotecario no sólo necesita saber lo que tiene, sino dónde podría estar lo que se necesita”. Ese trabajo le permitió insertarse en la comunidad. Recibía a investigadores que construían la historia del barrio como a sus vecinos. Personas que entraban de paso, hasta con la bolsa de los mandados. “Muchos usuarios habían cursado la secundaria de adultos. Yo los veía descubrir nuevos libros, autores. ¡Es tremendo el poder de los libros! ¡Se notaba cómo se les enriquecía la vida! Las bibliotecas tienen la capacidad de igualar: todos podemos entrar. Yo presto mis libros y los repetidos los dejo en el colectivo para que alguien los encuentre”.
El arte de catalogar
Nancy continuó atendiendo al público hasta el 2006. Ese año entró como catalogadora al Departamento Técnico de la Dirección General del Libro de la Ciudad de Buenos Aires, por unos meses, pero se fue quedando... Desde hace dos años es la jefa de esa área, gracias a que Adriana D’Onofrio, la Directora Operativa de Bibliotecas, notó su entusiasmo y confió en ella.
Dentro de la bibliotecología hay dos grandes ramas: los referencistas, dedicados a encontrar y entregar los libros, y los catalogadores, que se encargan de describir -según normas determinadas- todo lo necesario para su identificación y su localización. “En verdad, los bibliotecarios somos las dos cosas. Son las circunstancias las que te llevan a especializarte”. Nancy asegura que su oficina puede considerarse “el corazón de la red de bibliotecas” ya que por allí pasan todos los libros. “Nosotros los recibimos, después son distribuidos en las 37 bibliotecas porteñas”.
Su equipo se ocupa de describir los contenidos de cada obra y subir la información a la base de datos que está disponible en todas las bibliotecas de la ciudad o en Internet. “Es una responsabilidad, porque depende de cómo se describa al libro para que el usuario pueda hallarlo rápidamente. Algo mal catalogado o mal clasificado no se encuentra. Nuestro desafío es simplificar esas búsquedas”.
Cualquiera puede buscar la información on line, pero no faltan los que resisten a la tecnología y solicitan información por teléfono. “Es muy importante ese feedback con la gente. Si bien describimos un libro mediante cánones internacionales también nos fijamos cómo los piden, qué palabras usan porque es fundamental ese contacto con el público”.
“De chquita, a mí me encantaba ir a la biblioteca del barrio. Me me atendía una señora amable y solícita. En la escuela nos pedían muchos dibujos y ella me traía la ilustración exacta. Yo no sabía que ella era bibliotecaria, la consideraba una abuela que me ayudaba siempre. Sin saberlo, fue mi modelo a seguir”.
Fuente:http://www.clarin.com/mujer/bibliotecas-gran-poder-igualar_0_1181281880.html
24 may 2014
El peligroso oficio del bibliotecario
Por: Dixon Acosta Medellín
El oficio del bibliotecario, bien del que estudia bibliotecología o el que se consagra empíricamente en el manejo de volúmenes gordos o esmirriados folletos, distribuidos por orden alfabético o de estatura entre los estantes, resulta ser una labor peligrosa, página por página.
Hay pruebas fehacientes de ello, desde los mártires que debieron morir junto a miles de pergaminos durante las destrucciones sucesivas de la Biblioteca de Alejandría, pasando por el veneno emanado por folios prohibidos en monasterios enigmáticos, como los descritos por Umberto Eco en “El nombre de la Rosa”, para no rememorar los detalles de la pérdida de los códices mayas, incinerados por el fuego de la pecaminosa Intolerancia religiosa.
Más reciente, el manejo de los libros debe ser cuidadoso, con guantes y tapabocas especiales, una portada en tapa dura puede ser la fachada de un artefacto explosivo o el estuche de una bacteria mortal; no se descarta que los viejos textos guarden algún polvillo, esencia de tiempos idos, nicho cálido de enfermedades legendarias. Cuántos bibliotecarios habrán caído asesinados, víctimas no sólo de fanáticos, sino de coleccionistas enloquecidos de incunables?
La peligrosidad de las bibliotecas lo evidencian todas las muertes registradas bajo anaqueles pesados, luego de terremotos y otros desastres naturales. Durante los conflictos entre humanos, las bibliotecas suelen ser un objetivo militar, los libros adquieren enemigos gratuitos en todos los bandos en disputa, ni déspotas ni algunos revolucionarios suelen estimar los sitios en donde reposan los libros, saben que allí siempre reposan ideas contrarias en germen, incubando las justificaciones de su futura destrucción. El libro es materia inflamable, pues está compuesto de papel y de varios combustibles: razones, sentimientos, intereses, muchas mentiras y una que otra verdad.
No es extraño, entonces, que Ray Bradbury, ese poeta del futuro, imaginara en la novela “Fahrenheit 451” una sociedad gobernada por un régimen empeñado en quemar los libros, algo que no es novedad si recordamos episodios nefastos como la Santa Inquisición, el Ku Klux Klan, el nazismo, el estalinismo y otros perversos ismos. Uno de los más tristes efectos del pasado conflicto en Irak, fue el pillaje y destrucción de las bibliotecas de Bagdad y Basora, no puede olvidarse que la primera biblioteca se inauguró en Nínive, a orillas del río Tigris. Imagino los personajes de “Las mil y una noches”, volando en una alfombra mágica perseguidos por un misil balístico inteligente. Ahora será que los drones siguen el vuelo de los libros desplegados al viento?
Los bibliotecarios y bibliotecólogos son profesionales de alto riesgo, comparables con aquellos valientes que desactivan explosivos, equilibristas sin red de protección, taxistas nocturnos, electricistas de alta tensión, dobles de actores famosos, limpiadores de ventanas de rascacielos, bufones de tiranos y los poetas, suicidas en potencia.
Ahora bien este potencial peligro no obsta para experimentar maravillosos momentos como los que he pasado en bibliotecas como la Nacional, la Luis Ángel Arango o Virgilio Barco de Bogotá. Que las bibliotecas sigan subsistiendo con sus habitantes de papel y no como la de la caricatura del inicio que imagina una biblioteca del siglo XXI. Que ojalá los más jóvenes, deseen convertirse en vecinos del barrio de los libros. El único riesgo para los lectores, es que un día amanezcan convertidos no en cucarachas, sino en ratones…de biblioteca, por supuesto.
Fuente:http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/2014/05/23/el-peligroso-oficio-del-bibliotecario/
10 mar 2014
Tres bibliotecas rosarinas y sus experiencias con soportes digitales
Permiten buscar y consultar libros en línea. Aseguran que mejoran el servicio sin abandonar su tarea educativa. Hablan las autoridades de la UCA, la Facultad de Ingeniería y la Estrada.
La UCA Rosario ofrece un moderno equipamiento en su biblioteca, que permite identificar los libros y facilitar el autopréstamo a los usuarios. (Foto: V. Benedetto)
Con el paso del tiempo y las necesidades de sus socios, algunas bibliotecas públicas y privadas de Rosario lograron incorporar recursos tecnológicos tanto en la búsqueda de libros y el registro de sus catálogos como en la disponibilidad de publicaciones y revistas electrónicas. Sin embargo, para acceder a dispositivos de lectura para e-books, las bibliotecas todavía deberán modificar su infraestructura y ofrecer mayor conectividad.
Un informe publicado por la Asociación Americana de Bibliotecas (American Library Association) revela que aproximadamente el 67 por ciento de las bibliotecas públicas de Estados Unidos ofrecen acceso a libros electrónicos. ¿Qué tan lejos estamos de estas bibliotecas futuristas, que reemplazaron sus libros impresos en estanterías por hileras de pantallas que prestan ediciones electrónicas?
Para conocer las propuestas que ofrecen hoy algunas instituciones públicas y privadas de la ciudad, LaCapital consultó a los directores de la Bibliotecas de la Universidad Católica Argentina (UCA) y de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura (UNR); y también a la responsable de la Biblioteca Estrada (Municipal). Estas instituciones, a diferencia de otras que todavía funcionan mediante el catálogo en fichas y la anotación manual, renovaron su sistema de préstamo en la búsqueda de una gestión integrada de catálogo, socios y circulación.
En la universidad. La mayoría de las bibliotecas universitarias ofrecen a sus estudiantes el sistema de estanterías abiertas, condición que favorece el contacto del usuario con los libros. "No se trata sólo de brindar información a la comunidad universitaria sino de apoyar también a la docencia y la investigación, y llegar al resto de los ciudadanos. Ahora todo es más sencillo, los alumnos toman los libros y nos consultan sólo cuando tienen dudas", reflexiona Graciela Amato, directora de la Biblioteca Central Ingeniero Luis Laporte, de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura (Pellegrini 250 bis).
Por otro lado, la biblioteca accede on line a más de 11 mil títulos de revistas científico-técnicas y 9 mil libros, material que genera la Biblioteca del Ministerio Nacional de Ciencia y Tecnología de la Nación, para los investigadores. "Este es el único recurso electrónico disponible hoy en la facultad. Acceder a libros no impresos resultaría costoso para la biblioteca, por otro lado al alumno todavía le resulta más sencillo buscar el libro, leerlo y sacar fotocopias. Esta modalidad de investigar y estudiar, implicaría mucho tiempo de consulta frente a la computadora, algo que no sería posible de implementar debido a la escasa disponibilidad de máquinas", admite Amato.
De acuerdo con los recursos tecnológicos implementados en cada institución, sea pública o privada, difiere la modalidad de búsqueda y préstamo del material. Esta biblioteca fundada en 1921 dispone en la actualidad de un software propio para la búsqueda de material, y pronto incorporará un programa llamado Marco Polo, que le permitirá conocer entre otras cosas, el porcentaje de alumnos lectores y los libros más consultados. Este sistema ya funciona en otras bibliotecas del país.
Conectividad. La Biblioteca de la Universidad Católica Argentina (Pellegrini y Crespo), en cambio, suscribe a libros electrónicos y algunas colecciones pueden consultarse en ambos formatos. "Para desarrollar los productos que las editoriales presentan, antes hay que tener en cuenta la infraestructura, la conectividad y el plan de desarrollo de las colecciones y computadoras para el usuario. También se debe analizar si los libros se adquieren a perpetuidad o por suscripción, y si las editoriales ponen restricciones en su uso y sobre todo la cuestión de costo", especifica Pablo Murray, director de esta biblioteca que tiene automatizada la gestión de todas sus áreas.
"En el ámbito universitario, no todos los libros figuran en internet, ni todo el material se encuentra disponible, porque se trata de publicaciones pagas, restringidas o con mayores requerimientos para decodificar su lectura", agrega.
La UCA dispone de un moderno equipamiento de radiofrecuencia que permite identificar cada libro, realizar con eficiencia controles de inventario, localizar cada volumen y verificar su correcta ubicación dentro de la estantería. Con el objeto de facilitar el proceso de gestión bibliotecaria, utilizar los espacios y servicios correctamente, y a acceder al sistema de autopréstamo y autodevolución, la institución ofrece además capacitación para sus alumnos.
Con respecto al funcionamiento de esta moderna biblioteca distribuida en cinco pisos, Murray reconoce que las consultas de publicaciones periódicas, investigaciones y tesis son generalmente en formato electrónico y de acceso libre. Sin embargo, a la hora de consultar un libro, la demanda en papel continúa siendo mayor que la digital.
Biblioteca de barrio. Otra realidad atraviesa la Biblioteca Pública Municipal José Manuel Estrada (Córdoba y Servando Bayo), que acompaña la historia del barrio desde hace cincuenta años, y renovó sus instalaciones y sumó otros servicios y espacios para chicos y grandes. Esta institución funciona en la zona oeste de la ciudad, y hoy intenta adaptarse a las necesidades de los socios, a los que desde su creación conoce por su nombre.
"La gente no sólo se acerca por el libro, también encuentra un lugar en el barrio para informarse y realizar sus actividades preferidas, y como resulta sencillo asociarse lo hace toda la familia", destaca Marina Paloma, a cargo de la dirección de esta biblioteca, que en febrero asoció a más de cuarenta personas. Los talleres de ajedrez y literatura son los espacios que identifican a la biblioteca, luego están los talleres de historieta, dibujo, origami y construcción de juguetes. "También se ha convertido en un espacio para mostrar variadas producciones desde el arte, la música y el teatro", continúa.
Entre las herramientas tecnológicas disponibles en la institución, la Sala Multimedia cuenta con seis computadoras que operan con software libre y ofrecen acceso a internet, consulta de diarios y publicaciones periódicas. Este servicio, que tiene un costo mínimo y está abierto a todo público, también se utiliza para cursos y capacitaciones de otras instituciones.
En 2013, la biblioteca implementó un sistema de gestión bibliotecaria, basado en el software libre Koha, una modalidad utilizada en todo el mundo y que permite administrar los procesos bibliotecarios y gestionar diversos servicios para los usuarios. "Somos la biblioteca piloto en este proyecto gestionado a través de la Secretaría de Cultura, que en esta primera etapa incorporó el catálogo en línea con información bibliográfica de las diferentes colecciones existentes. Por ahora tenemos sólo un puesto de consulta en la biblioteca pero la idea es incorporar más computadoras". El módulo de circulación reemplazará el sistema de préstamo manual y permitirá conocer on line si el libro se encuentra prestado o se puede reservar.
Oficio de bibliotecario. Los avances tecnológicos, la informatización de catálogos y préstamo de libros, no desplazan sino que modifican la tarea del bibliotecario que enseñaba a utilizar el catálogo manual y ahora asiste al socio en el servicio on line.
"El bibliotecario ocupa el lugar de siempre, continúa en su rol de capacitador y de gestor de la información. La informática lo único que hace es ponerla a disposición del usuario de manera más simple, ágil y rápida, esto hace que su desempeño requiera cada vez de mayor profesionalización y conocimiento de las nuevas tendencias", aseguran quienes trabajan a diario en una biblioteca.
La directora de la biblioteca de Ingeniería, Graciela Amato, en su antigua tarea de bibliotecaria reflexiona sobre el tema. "Aunque ya no existe aquella máquina de escribir que ingresaba de diez a doce fichas por libro, clasificado por tema, autor y título, todavía queda mucho por hacer en la biblioteca porque alguien tiene que cargar los artículos de revistas y el material informatizado. Además investigar y ayudar al alumno a buscar material siempre será una tarea apasionante".
Dónde estudiar. En Rosario, la carrera de bibliotecología se estudia en el Instituto Superior de Educación Técnica (Iset) Nº 18. Es una formación de tres años. Se puede consultar en el segundo piso de Moreno 965.
Fuente:http://www.lacapital.com.ar/educacion/Tres-bibliotecas-rosarinas-y-sus-experencias-con-soportes-digitales--20140308-0045.html
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