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23 feb 2019
Un amor surgido entre las páginas de los libros
Por: Karla Marie-Rose Derus
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Durante
seis años de soltería a mis veintitantos, me convertí en alguien que no
conocía. Antes, siempre había sido una lectora. De niña caminaba a la
biblioteca varias veces a la semana y de noche me quedaba despierta leyendo
bajo las sábanas con una linterna. Sacaba tantos libros y los regresaba tan
pronto que en una ocasión la bibliotecaria explotó: "No te lleves tantos
libros a casa, si no vas a leerlos todos".
"Pero
sí los leí todos", le respondí, dejándole la carga en los brazos.
Fui
estudiante de Letras Inglesas en la universidad y después obtuve la maestría en
Literatura, pero poco después de que la tesis engargolada ocupó su lugar en la
repisa junto a mi título, dejé de leer. Sucedió gradualmente, como cuando sanas
o mueres.
Cuando
creé mi perfil en OkCupid (usuario: missbibliophile52598), llené la sección de
"Libros favoritos", y dejé que mi gusto literario hablara por mí:
Cien años de soledad, París era una fiesta, Colmillo blanco, El buen nombre, El
mundo conocido, El dios de las pequeñas cosas, El lugar del aire. No obstante,
sentí un pánico repentino cuando me di cuenta de que habían pasado más de dos
años desde que leí la mayoría de estos títulos y, en algunos casos, más de
cinco años.
A pesar
de mis antecedentes, traté de mantener mi personaje de ratón de biblioteca. Me
uní a clubes de lectura en Meetup.com a los que nunca asistí. Saqué de la
biblioteca un ejemplar de Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, porque todos
lo estaban leyendo, solo para entregarlo con retraso de una semana, sin leer y
con multas por pagar.
Seguía
amando la idea de leer. Atesoraba los libros y las librerías. Siempre que
encontraba una, me quedaba durante horas entre los estantes como si estuviera
poniéndome al corriente con viejos amigos, elegía ejemplares que ya había leído
y compraba libros nuevos que no había leído.
Cuando
la novia de mi padre me regaló un libro de Joel Osteen en Navidad, lo devolví
para intercambiarlo por Una bendición de Toni Morrison. También compré la
colección de cuentos de Dostoievski, pero no leí ninguno.
David
fue mi primera cita en OkCupid —mi primera cita en línea en la vida—. Era alto
y agradable, aunque tímido. Le hice una pregunta tras otra para mantenerlo a
gusto y hacer que fluyera la conversación, pero también para desviar su
atención (un truco clásico de los introvertidos).
En su
perfil decía que le gustaba leer, así que le pregunté por el libro más reciente
que había leído. Su rostro se iluminó y sus dedos comenzaron a bailar. Las
primeras semanas me di cuenta de que David leía mucho más que yo, uno o dos
libros a la semana, aproximadamente. Parecíamos una pareja improbable: yo soy
una mujer negra de 1,61 metros, de madre caribeña; él es un hombre blanco que
mide 1,90 metros y es originario de Ohio. No obstante, a medida que nos
conocíamos, nuestra fe compartida y amor por los libros zanjaba las brechas.
La
primera vez que David fue a mi casa, comparamos nuestras bibliotecas. Solo
teníamos cuatro libros en común; dos de ellos eran colecciones de C. S. Lewis.
David prefería la historia y la no ficción, mientras que a mí me atraían los
escritores negros de ficción y las historias de inmigrantes.
Meses
más tarde, cuando comenzamos a hablar de la posibilidad de casarnos algún día,
no mencioné el tema de fusionar nuestras bibliotecas, no porque temiera tener
que separarlas algún día, sino porque me gustaba tener mis propias historias
para compartir.
En
nuestra séptima cita, David y yo visitamos la biblioteca central.
"Te
propongo un juego", dijo, mientras sacaba dos bolígrafos y pequeñas hojas
autoadhesivas de su bolsa. "Busquemos libros que hayamos leído y dejemos
reseñas para el siguiente lector".
Vagamos
entre los pasillos durante más de una hora. Al final, nos sentamos en el piso,
en la sección de poesía, y le leí un verso de Linda Pastan. Él escuchó, con la
cabeza inclinada hacia abajo, la barbilla contra el pecho, y luego preguntó:
"¿Qué es lo que te gusta de ese verso?".
Aquella
primavera, mientras hacíamos un pícnic al aire libre, le pregunté: "Si te
digo algo, ¿prometes no juzgarme?".
David
dejó de escribir la lista de los libros que planeaba leer durante el verano y
levantó las cejas.
"Este
año, solo he leído un libro", confesé. "Empecé otros tres, pero no
los he terminado".
"Pero
estamos en junio", respondió.
"Lo
sé".
"¿Un
libro?".
"Lo
sé".
"Pero
te gustan los libros", dijo. "Te gustan las librerías. Te gustan las
bibliotecas".
"¿Acaso
este asunto termina con la relación?".
"No,
pero, aun así. ¡Ponte a leer!".
Estaba
dolorosamente consciente de la flagrante hipocresía de mi vida. Defendía las
virtudes de las librerías en la era de las ventas en línea y compraba libros
siempre que tenía oportunidad, pero a duras penas los leía. Se quedaban por
todos lados, hasta que mi casa parecía vestir libros tal como uno viste ropa.
Se acumularon en las sillas y rodearon los brazos del sofá.
En
japonés hay una palabra para esto: tsundoku, el acto de comprar libros que
nunca lees.
Los
estantes de mi biblioteca se pandean en el centro, y no solo porque están
hechos de triplay barato, sino porque tienen dos hileras de libros, la del
frente y la de atrás.
Si
quiero encontrar un libro de mi época universitaria, o de antes de esta, sé que
debo buscar en la fila de atrás. Si estoy buscando una adquisición reciente,
reviso la del frente. Alrededor del librero hay pilas con diferentes categorías
de libros. Entre ellas: libros que he leído; libros que quiero leer; libros que
empecé, pero no terminé porque no me gustaron; libros que comencé y me
gustaron, pero cuya lectura no podía justificar debido a su contenido sexual
gráfico o violento. En esa categoría hay dos libros de Philip Roth.
La
última vez que visité una librería de todo por un dólar, compré cinco títulos
para mí y dos para David. Su orden de "Ponte a leer" resonaba en mi
cabeza. Una tarde, tomé uno de los libros de pasta dura que había comprado en
esa librería solo porque el título me pareció poético.
Me costó
mucho trabajo engancharme con el libro. Se suponía que el narrador era un
hombre de edad avanzada, pero me pareció que sonaba más a cómo se imagina una
mujer joven que se escucha un hombre viejo. Cada vez que me sentía tentada a
abandonarlo, pensaba en David. Él acababa de empezar La broma infinita.
Me
obligué a leer los dos primeros capítulos y cuando llegué al tercero descubrí
un narrador nuevo. Me encantó la alternancia de voces. Me llevé el libro al
trabajo y lo leí en el almuerzo. Lo leí de vuelta a casa, levantando de vez en
cuando la mirada mientras caminaba para asegurarme de evitar a los extraños y
el concreto disparejo.
Me
vanaglorié de que, mientras mis pares milénials también caminaban con la cabeza
gacha, y los ojos mirando apenas por encima de las palmas de las manos, yo no
estaba solo recorriendo las publicaciones de Instagram. Estaba leyendo. Leyendo
un libro.
"¿Qué
tal tu día?", preguntó en un mensaje de texto.
"Bien,
estoy un poco cansada", respondí. "Me quedé despierta hasta tarde y
terminé mi libro". Yo había tratado de sacar el tema de forma casual, pero
estaba orgullosa de mí misma. La última vez que me quedé despierta toda la
noche leyendo fue cuando tenía 12 años y el libro era Mujercitas.
No era
una competencia, pero había cierta presión. Sentí que David me impulsaba a ser
de nuevo la persona que solía ser y la que quería ser. Siempre que comenzaba a
hablar del libro de no ficción que estaba leyendo acerca del surgimiento de
Silicon Valley o de filósofos del medioambiente, yo le hablaba de ficción, de
hombres que abandonaron su país escondiéndose en cajas solo para salir trepando
y convertirse en pájaros. Le recordaba que en ocasiones la única manera de
explicar el mundo en que vivimos es inventándolo.
Una vez
le pregunté a David qué le gustaba de mí.
Hizo una
pausa y dijo: "Haces que sea menos cínico. Contigo veo el mundo como un
lugar lleno de maravillas".
Al cabo
de poco más de un año de nuestra cita en la biblioteca, David sugirió que la
visitáramos de nuevo. Mientras caminábamos entre los estantes, me preguntó si
recordaba el juego de nuestra primera visita, cuando pusimos reseñas escritas
en hojas autoadhesivas sobre nuestros libros favoritos.
"Sí
lo recuerdo".
Sacó un
libro del estante, se hincó en una rodilla y lo abrió. Dentro, su nota decía:
"Karla, siempre has sido tú. ¿Te quieres casar conmigo?".
Su
propuesta había permanecido entre las páginas de The Rebel Princess durante más
de un año.
"Sí",
respondí. "Me quiero casar contigo".
Nos
abrazamos en medio del pasillo de ficción, rodeados de las historias de otras
personas y a punto de iniciar la nuestra.
Karla
Marie-Rose Derus es una escritora que vive en Los Ángeles.
*Copyright: c.2019 New York Times News
Service
Fuente bibliográfica
ROSE DERUS, -KARLA MARIE, 23 De Febrero, [sin fecha]. Un amor surgido entre las páginas de los libros. Infobae [en línea]. [Consulta: 23 febrero 2019]. Disponible en: https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2019/02/23/un-amor-surgido-entre-las-paginas-de-los-libros/.
12 dic 2017
La Nochebuena del bibliotecario (otro cuento de Navidad a la manera de Dickens)
Por: Carlitos Dikeno
Cuando
el Bibliotecario levantó los ojos del libro se dio cuenta de que no quedaba
nadie. Todos se habían ido y el Ayudante, ese vago que siempre está buscando
excusas para escurrir el bulto, había apagado las luces y cerrado los
ordenadores. “Bien, es Nochebuena”, pensó, “y supongo que sería inútil intentar
que cumpla con el horario debido. En fin, yo también me iré a casa, hace rato
que siento mucho frío”. Un frío extraño, además. Parecía que le saliera desde
dentro.
No le
resultó difícil atravesar la sala, a pesar de la oscuridad. Conocía bien “su”
biblioteca, aquel rincón en el que llevaba más de 20 años. Sabía dónde estaba
cada mesa, cada silla, cada estante. Mientras buscaba las llaves y conectaba
las alarmas volvió a pensar en el Ayudante. “Cada día está más enloquecido” se
dijo. “No hace más que proponer proyectos descabellados. ¿Pensará que nos pagan
para divertir a la gente? No faltaba más…”. Recordó que, esa misma mañana, le
había sugerido felicitar a sus lectores con reproducciones de los villancicos
renacentistas que guardaban en los depósitos. “¡Un material sagrado, sólo para
sabios!”. También le había insinuado que arreglaran una sala casi vacía para
acoger a los estudiantes. “Los pobres no tienen una biblioteca en el Instituto,
y aquí hay una buena sección de referencia”. ¡Pobres! ¡Llamar pobres a esta
panda de gamberros que sólo sirven para montar botellones! Por no hablar de la
absurda idea de bajar de Internet crucigramas para los ancianos. Así
utilizarían la colección de diccionarios y eso les ayudará a ejercitar la
cabeza, decía el insensato. “Esos ya no tienen ni cabeza, están gagás. Los
diccionarios son muy valiosos y, gracias a mis desvelos, se conservan
impolutos. No tardarían en babear encima”. ¿Y qué pensar del club de lectura
para “marujillas”?. Así las llamó: “marujillas”. “¿Vamos a perder el tiempo
charlando de La Regenta con semejante hatajo de incultas?”. El desgraciado
estaba tan loco como su sobrino, que quería abrir en la Biblioteca un chat, un
blog, una lista de distribución, qué sé yo cuántas tonterías más. Una vez pidió
un servicio de alertas, ¡alertas! “Vaya tontería… que se espabile cada cual y
busque la información por su cuenta”. La biblioteca no estaba para atender a
ignorantes.
Notó que
al final de la sala se reflejaba una luz. “¿Se habrá dejado abierto algún OPAC
el inútil ese? No sería raro, hoy estaba trastornado”. Fue a oscuras hasta la
pantalla que brillaba en la penumbra, para apagarla. Y entonces vio que algo se
movía allá dentro, como si estuvieran proyectando una película. No podía ser:
aquello era un terminal y no daba acceso más que al catálogo. ¿Qué se movía,
entonces?
Se
acercó más y, de pronto, el frío que toda la tarde había sentido se hizo más
profundo. Desde la pantalla del ordenador le hacía señas un rostro macilento,
enjuto, triste. ¡Era el anterior Bibliotecario! Había sido su maestro, su
mentor, incluso “su padrino”. Le enseñó cuanto sabía y desde entonces veneraba
su memoria. Pero… hacía más de 10 años que estaba muerto.
Se
asustó. Medio paralizado por el miedo, pero empujado por la curiosidad, se
acercó más, dispuesto a averiguar qué era aquello. Y entonces, la figura del
Viejo Bibliotecario señaló a una esquina de la pantalla y desde allí empezaron
a surgir imágenes… imágenes familiares. El Bibliotecario se vio a sí mismo, un
niño todavía, allí, en esa misma biblioteca. Habían montado un belén y el Viejo
Bibliotecario había sacado cuentos de Navidad y los había dispuesto encima de
las mesas. También había golosinas en el mostrador y todo el mundo se
felicitaba las fiestas. Parecían contentos. Mientras miraba la escena, el
Bibliotecario notó que el frío había desaparecido… hasta tenía ganas de unirse
a aquel alegre grupo de gente.
Pero la
imagen comenzó lentamente a desvanecerse y otra vez apareció la figura del
Viejo Bibliotecario. Ahora señalaba a otra esquina de la pantalla. Y allí, como
a través de una cámara web, el Bibliotecario vio a su Ayudante, cantando con un
coro de adolescentes… los villancicos de la biblioteca. También vio a un grupo
de mujeres de mediana edad, que hablaban animadamente y se intercambiaban
libros… de la biblioteca. “¡Este granuja me la ha jugado!”, pensó. “A pesar de
mis instrucciones, ha sacado los villancicos, ha organizado su club…. Me va a
oír cuando regrese”.
Estaba
indignado. Y volvía a sentir el mismo frío. Mientras rumiaba cómo poner freno a
los atrevimientos del Ayudante, la imagen volvió a desvanecerse y una vez más
el Viejo Bibliotecario apareció y señaló otra esquina de la pantalla. Pero esta
vez no se vio nada. Todo quedó negro, oscuro, no hubo ruidos ni movimiento.
Todo era silencio. Desconcertado, pulsó el ratón varias veces sin resultado
alguno. No sabía qué hacer. Y entonces oyó detrás de él un susurro muy leve.
“Sssss. No haga ruido. Nos pueden descubrir”. Miró a todos lados sin ver a
nadie. “No haga ruido, es peligroso. Los ordenadores están prohibidos”.
“¿Prohibidos? ¿Qué tonterías está diciendo? Hay más de treinta ordenadores en
mi biblioteca”. “Chssss, no pronuncie esa palabra. Todas están cerradas. Y los
cines, y las salas de conciertos. No se pueden leer más libros que los
oficiales”. “¿Cómo dice? Hace un momento he visto a un grupo de mujeres
intercambiando novelas, a un coro cantando villancicos… ¿me está tomando el
pelo?”. “Lo que usted vio pasó hace muchos años. Las mujeres no pueden salir de
sus casas. La música está vedada. Nadie canta, nadie lee, nadie tiene Internet.
Es muy peligroso. La gente dejó de venir a las bibliotecas porque no servían
para nada y, poco a poco, el fanatismo y la ignorancia se apoderó de
nosotros.”. Y, dicho esto, el murmullo cesó y todo quedó completamente en
silencio y a oscuras. El Bibliotecario notó cómo el frío, más terrible que
nunca, le recorría las venas y lo paralizaba.
Y en ese
momento cayó en la cuenta: era una broma. Una broma de mal
gusto,
claro. Una broma del Ayudante, sin duda en colaboración con el idiota de su
sobrino. Le habían gastado la broma del “Cuento de Navidad”. Muy bien montada
por cierto, pero un hombre de su cultura ¿cómo había podido ser tan ingenuo?.
Bastante
molesto, abrió la puerta para salir y tropezó con el Ayudante que volvía a toda
prisa. “Muy divertida su broma, muy
divertida”, casi rugió. “¿Divertida? ¿Qué broma? No sé de que me habla”,
dijo el Ayudante, sin resuello. “Vengo del Ayuntamiento. Por culpa de la
iluminación de Navidad que han colgado en la fachada hubo un cortocircuito y
nos quedamos sin luz. Llevamos toda la tarde completamente a oscuras, y tuve
que desalojar la biblioteca. Se lo dije cuando aún era de día, ¿no se enteró?”.
“¿No se enteró, señor Bibliotecario?”
Fuente bibliográfica
DIKENO, CARLITOS, B., 2016. La Nochebuena del Bibliotecario (Otro cuento de Navidad a la manera de Dickens). Boletín DIB: De interés para el bibliotecario. [en línea]. [Consulta: 12 diciembre 2017]. Disponible en: https://deinteresparaelbibliotecario.wordpress.com/2016/12/19/la-nochebuena-del-bibliotecario-otro-cuento-de-navidad-a-la-manera-de-dickens/.
29 may 2017
En la librería (cuento)
Por: Patricio
Rago
Porque
el hombre sabe. Y a uno que sabe no sólo se lo reconoce por los autores que
elige sino también por la manera en que sostiene el libro.
Hace ya
más de un año que viene a la librería. Es un hombre mayor, tendrá unos setenta
años. No sé nada de él, ni su nombre ni a qué se dedica; y aunque el saco
sport, los anteojos de marco negro, y la agenda y el libro bajo el brazo me
hacen suponer que es psicoanalista, bien podría ser cualquier otra cosa:
profesor, economista o abogado.
La
escena se repite sin variaciones: el hombre se detiene, mira unos segundos la
vidriera y entra.
—Buenas
—dice con una seriedad de piedra. Jamás una sonrisa en sus labios, ni una sola
vez. Y además, hace un tiempo noté que tampoco me mira a los ojos, nunca.
Cuando
le contesto y le pregunto cómo le va, me sentencia con un:
—Bien.
Entonces
se inclina sobre la vidriera desde el lado de adentro y agarra el libro que le
interesa. Lo examina y pregunta:
—¿Cuánto
cuesta?
A veces
se queja del precio, aunque por lo general se lo termina llevando.
Porque el
hombre sabe. Y a uno que sabe no sólo se lo reconoce por los autores que elige
—Bernhard, Wittgenstein, Kordon, Nabokov, Céline— sino también por la manera en
que sostiene el libro. Hay algo en la forma de tomarlo con las dos manos —la
derecha abajo, dejando que el libro descanse sobre la palma, y la izquierda
arriba, abriendo las hojas con el pulgar y sosteniendo las páginas abiertas
entre el índice y el mayor—, algo en la precisión y en la seguridad pero también
en la sutileza y hasta en un cierto y certero amor, que lo delata de inmediato.
Así es.
El
hombre, siempre con la misma seriedad y sin mirarme a los ojos, repite el mismo
proceder. A veces resopla, algo fastidiado, como si lo indignara que yo haya
puesto ese libro en la vidriera y él, por alguna razón, al verlo, no pudiera
hacer otra cosa más que comprarlo. Me divierte la exageración de imaginarlo
desviar el camino para evitar la cuadra, o caminando rápido con la mirada al
frente; y las veces en que se deja vencer por la tentación, lo veo llegar a su
casa de mal humor para contarle a la mujer:
—Otra
vez el pibe de la librería con esa vidriera. Parece mentira. ¡La puta madre!
Durante
mucho tiempo me pregunté qué será, qué le pasará por la cabeza, por qué tanta
seriedad, tanto fastidio.
Hasta
que el otro día pasó algo.
Justo
levanté la vista de la computadora y lo vi pasar. Iba con un muchacho que debía
tener unos treinta años y que de inmediato supuse que era su hijo. Tenía el
pelo algo largo, con rulos, y una remera azul, gastada, con la imagen de una
persona que no llegué a reconocer.
El
muchacho giró la cabeza hacia la vidriera y se detuvo, el hombre reaccionó dos
pasos después. De pronto estaban los dos parados uno al lado del otro con la
mirada fija en los libros. En un momento el hijo le señaló Eisejuaz, de Sara
Gallardo, y el hombre asintió, satisfecho.
Se
comentaron algo que no pude oír y el muchacho entró. Ahí es cuando lo pude ver
bien. Tenía una gran dificultad para moverse. Llevaba los brazos encogidos
contra el pecho, las muñecas quebradas y las manos como muertas, y arrastraba
con dificultad la pierna derecha. La piel pálida y los ojos negros, diminutos,
me hicieron pensar en esas fotos de asesinos seriales que aparecen en los noticieros,
pero su aspecto no inspiraba terror, sino tristeza.
Se
acercó al escritorio y me preguntó con voz gutural cuánto costaba el libro.
El
hombre entró justo detrás. Tomó el libro entre los dedos pulgar, índice y mayor
y se lo alcanzó a su hijo. Durante todo ese tiempo seguía sin mirarme pero yo
sentía que de alguna manera la distancia entre él y yo se atenuaba. Ahora yo
sabía algo de su vida, que tal vez él no habría querido que yo supiera. El
hombre no parecía incómodo pero tampoco enojado como de costumbre. Llevaba más
bien el momento con esa dignidad que admiro profundamente y que considero una
de las virtudes del ser humano: aceptar lo inevitable, resistir al remolino de
la desesperación.
Avergonzado
de mis lamentos cotidianos, traté de ponerme en su lugar. Pensé en su vida, en
su destino, en la bronca, en la decepción, en la impotencia, en las veces que
debe haber encarado a Dios o a la vida por haber sido tan ingrata. Me acordé de
Job, de ese libro hermoso de Joseph Roth. Pero todo esto son palabras, el
hombre estaba ahí y yo acá.
Le dije
el precio y el muchacho dijo:
—Sí, lo
quiero —y miró a su padre.
El
hombre metió la mano en su pantalón y sacó los billetes. En ese momento fue
cuando me miró por primera vez desde que viene a la librería.
Entonces
le di el vuelto y se fueron.
Fuente bibliográfica
RAGO, PATRICIO, [sin fecha]. En la librería. La Capital [en línea]. [Consulta: 29 mayo 2017]. Disponible en: http://www.lacapital.com.ar/cultura-y-libros/en-la-libreria-n1403565.html
2 feb 2017
El cosedor de archivos (cuento)
Por: El Mendolotudo
Fuma
recio en la oscuridad, como estando ajeno a todo. La tenue luz de la lamparita
emite un cono de brillo que ilumina las hojas amarillentas y húmedas por el
apile del tiempo. Posiblemente un café se enfría sobre la parte oscura del
escritorio que explota de carpetas, folios y máquinas de escribir en desorden
claro oscuro.
La
figura recortada del hombre hincado sobre una foja, el cordel montado sobre el
ojo de una larga aguja. Los dedos marcados por el oficio y las manos que
muestran su habilidad de mil noches igual. Gruesos anteojos de verdes cristales
y amplio marco negro brillante como alquitrán. Cobriza la tez, el rostro
surcado por profundas arrugas con expresión de desinterés por todo. Azabache
pelo grasiento con raya al costado, algún mechón que de tanto en tanto debe ser
acomodado. Oscura la ropa también, como si saliera de la misma noche para una
infernal tarea. El Cosedor de archivos une a fuerza de lino las hojas de
borroso texto en las noches del juzgado provincial número ocho. Heredero de una
larga tradición de cosedores. Condenado a una faena monótona y carente de
futuro, pasa las nocturnas horas entre el hilo, las hojas y los crímenes sin
resolver.
Ariadna.
El
nombre llama su atención desde el centro de un párrafo escrito a máquina. No
muy común en su provincia encontrar un nombre así, la curiosidad le lleva al
resto del texto. Homicidio. Lee en lo profundo de la oscuridad con apenas algo
de brillo sobre las hojas escritas a máquina.
Mendoza
tres de agosto de mil novecientos sesenta y cuatro.
Todo
había empezado como comienzan estas cosas. Yo solo buscaba alguien con quien
salir y de repente ya no podía vivir sin ella. No es que fuese perfecta, solo
que de repente me vi dependiendo de ella para todo. Su pelo, su piel. El brillo
de sus ojos en los que me veía reflejado cuando amanecíamos luego de hacer el
amor toda la noche. La forma en cómo tomaba la taza al desayunar, todo me
envolvía y me hacia necesitarla hasta el extremo de no sentirme vivo si no era
a su lado. Creo que por todo esto cuando ella decidió dejarme, es que no pude
concebir una existencia sin ella.
Pensé
que éramos una sola alma. Evidentemente ella no sentía igual.
Siempre
imagine una vida de a dos mientras la besaba, mientras le tomaba de la mano.
Mientras la amaba.
Y un
buen día, solo la maté.
El
Cosedor continúa la lectura al amparo de la agonizante luz. Se estira para
extraer de la noche la taza del frio café. Un largo sorbo. Comprueba que algo
le sobra en la taza y la remata forzando el trago hasta concluir. Se acomoda
los anteojos mientras pita lentamente lo que le queda de un cigarro. Mira a su
alrededor como buscando a alguien que se lo pueda impedir y vuelve a la
lectura.
Tengo
el alma hecha pedazos, nunca pensé en dañarla. Nunca hubiera sido capaz de
lastimarla de haberme quedado otra opción. La vida corre en una sola dirección,
sabe. Y ella de pronto se salía de lo prefijado. Se intentaba escapar del
destino. Ese destino decía que debía estar a mi lado, que me pertenecía desde
el día en que me juró amor eterno. Se iba de mi lado y tal vez no sabía que
estaba obligada a quedarse junto a mí por ese juramento. O tal vez su vida no
era lo que ella deseaba. De cualquier forma la liberé, la liberé de sus
errores. De equivocarse. De una equivocación de la que se hubiera arrepentido
por siempre.
Un
amigo me dijo: "Conozco a la chica ideal para vos". Le dije que del
amor ya estaba asqueado, acababa de terminar una tortuosa relación y no deseaba
apurarme por iniciar otra. Pero al verla, le juro sobre la tumba de Ariadna,
que no pude más que derretirme a sus pies.
Derretido
también me quedé cuando ella le tomaba la mano a ese imbécil en el paseo de las
rosas. Me había dejado por Esteban Gargona. Un tipo de lo más insulso. Vacio de
corazón y escrúpulos, negociante de sombrías intenciones, un abogado que en
definitiva era por lo que me había cambiado. No conocía al tipo más allá de su
nombre, pero presumo que esas eran sus características.
¿Se
había olvidado de mí?
No
parecía recordarme cuando le propinaba los besos más escandalosos en ese paseo
público. O cuando él le prometía cosas al oído que le encendían las mejillas.
No, en definitiva parecía ya no recordarme para nada. Ahora que lo pienso,
vuelve a mí la forma en cómo tanto amor se transformo en un odio infinito. Un
rencor que me colmaba el pecho, me hacia apretar los puños con tanta fuerza que
dolían. Puteaba a cada fibra de su ser y le deseaba mil maldiciones. Pero no
podía negar lo fascinado que me tenía. Por odio o por amor, por cariño o
rencor, fuera lo que fuera la necesitaba en mi vida. No podía simplemente
seguir y volver a las rutinas ásperas de siempre, no se puede salir señor juez
después del paraíso al mundo de nuevo.
El
cosedor hace una pausa. Respira hondo y vuelve a observar a su alrededor.
Apenas se distinguen las formas más allá de lo que ilumina el cono de luz de la
pequeña lámpara. Regresa al carpetón que estaba cosiendo. Hojas y hojas de
peritajes, declaraciones y acciones, como los eslabones de pesadas cadenas en
sus manos, se acumulan ante él. Alguna palabra de lo leído aún rumea entre
dientes cuando se detiene ante otra que parece salir del texto:
Buñuelos.
Había
decidido el día en el preciso momento en que me enteré que ella habría de
casarse con ese tarado. Habían pasado tres años desde nuestra separación, más
yo no podía dejarla en mi pasado. Unos días antes, sin ir más lejos, había
soñado con ella. Hacíamos un largo viaje hacia Punta de los Saltos. Todo era
tan nítido. El auto descapotable rojo, la capellina sostenida por su mano de
cisne. Sus grandes anteojos oscuros y esa esplendorosa sonrisa de actriz de
cine de la década del cuarenta. Recuerdo haber despertado aún con el sabor de
los buñuelos que llevábamos para la media tarde. El día había comenzado de
manera especial, había tomado ese sueño como una premonición de que al fin ella
podría volver a mí. Pero esa misma tarde un amigo comentó la noticia. Las
invitaciones habían comenzado a circular. Todos menos yo estaban convidados al
gran evento. Tal vez mis asedios constantes, mis llamadas sin hablar o mis
mensajes anónimos fueran la causa de tal excepción. De todas formas no podía
perderme el evento que definiría mis días de ahí en más.
El
enorme salón de la calle Suipacha estaba listo para la ocasión. Yo fumaba en mi
viejo Fiat estacionado del otro lado de la plaza. Desde ahí los pude ver
llegar, malditos traidores hijos de puta, al rebaño de mis antiguos amigos y a
ellos dos. Ella estaba hermosa, brillante como una blanca estrella delicada y
llena de gracia. Él era solo un imbécil.
En
el salón Suipacha era sabido que uno se podía colar por el sector de los baños.
Una pared baja que comunicaba la calle con un pequeño patío justo detrás de la
cocina me permitió meterme sin invitación. Caí como atado de leña, me sacudí la
tierra del saco y me apresure a ganar los sanitarios. Frente a uno de los
espejos me ordené para no llamar la atención. Tenía puesto un viejo traje de
color azul y un corbatín que a ella le encantaba. Me emprolijé el pelo
ordenando mi mechón oscuro engominado hacia un costado. Estaba listo.
El
cosedor de archivos hace otra pausa, se acabo el café y el cigarro, huérfano de
vicios se encuentra a solas en medio de la noche. La lectura le ha insumido
casi toda la jornada y el alba amenaza con arribar. No sabe por qué ha
comenzado a brotar una rara sensación en lo profundo de su pecho, no pudiendo
dejar de leer la transcripción de la declaración a pesar del cansancio. Se
acomoda los anteojos gruesos y vuelve a sus hojas, a una palabra en especial:
Vals.
Alguno
me debe haber reconocido, pero era tanta la gente que aproveché y pasé casi sin
ser visto. Me agazapé detrás de un gordo gigantesco, mi porte me permite a
veces esas licencias. Los miré bailar el vals de los novios. Ella seguía
brillando y él seguía siendo un imbécil. Por un momento dudé. Me di cuenta que
en realidad la amaba demasiado. Pero luego recordé todo lo que me había
lastimado en estos tres años. Tanta espera en vano, tanto llanto reprimido,
tanta furia y putear a mi destino y mala suerte. Todo mientras me veía
estancado en tanto que ella había decidido continuar con su vida. Su vida sin
mí.
Respiré
hondo y encaré.
El
Cosedor siente crecer la sensación de conocer esta historia de alguna manera
lejana, incluso ya es hasta incómodo leerla.
Había
comenzado la parte en la que bailan con los padrinos y luego el resto de los
familiares. Uno a uno los conocidos se turnaban para bailar con ella. Encaré
con aplomo y en un descuido me filtré entre dos muchachos, uno la dejaba y el
otro la iba a tomar. Estreche su mano mientras ella sonreía a su izquierda
atrapada por un flash. Aún algo deslumbrada tardó en reconocerme, tanto que me
alcanzo a regalar su esplendida sonrisa. Su última sonrisa fue mía. Apoye el
caño sobre su pecho apuntando al corazón y se lo rompí en un estruendo, tal y
como ella me lo rompió a mí.
Me
hubiese gustado pegarme el tiro que planeaba en la sien, pero todos saltaron a
mi impidiéndomelo. Mientras me golpeaban primero los familiares y luego los
agentes de policía no podían dejar de sonreír por alguna extraña razón. Si
supiera señor juez lo aliviado que me sentí...
El
relato continúa, pero el Cosedor no necesita más, ha leído lo suficiente. Sus
ojos se iluminan de pronto y al retirarse los gruesos anteojos se reconoce a sí
mismo en el espejo de aquel baño, emprolijando su negro mechón.
Fuente bibliográfica:
MENDOLOTUDO, E., [sin fecha]. El cosedor de archivos - MDZ Online. [en línea]. [Consulta: 3 febrero 2017]. Disponible en: http://www.mdzol.com/nota/717158-el-cosedor-de-archivos/.
8 sept 2016
Las veces que mi madre me apoyó (cuento bibliotecario)
Tengo nueve años.
Estoy en la biblioteca del barrio. La mujer de detrás
del mostrador me mira por encima de sus gafas. He elegido 20.000 leguas de
viaje submarino, de Julio Verne. Me gustan los dibujos de la cubierta y me
gusta la idea de unas personas viviendo bajo el océano. No he mirado si las
palabras son complicadas, ni si la letra es pequeña. La bibliotecaria me observa. Llevo la camisa por fuera y un zapato
desatado.
—Esto es demasiado difícil para ti —dice. Veo que
coloca el libro en una estantería que tiene a sus espaldas. Era como si lo
hubiese encerrado en una cámara acorazada. Regreso a la sección infantil y opto
por un libro ilustrado sobre un mono. Me dirijo de nuevo al mostrador. La mujer
sella ese libro sin hacer ningún comentario.
Cuando mi madre pasa a recogerme con el coche, subo
apresuradamente al asiento delantero. Mi madre ve el libro que he elegido.
—¿No has leído ya este libro? —pregunta.
—La señora no me dejó llevarme el que yo quería.
—¿Qué señora?
—La señora de la
biblioteca.
Mi madre apaga el motor.
—¿Por qué no dejó que te lo llevaras?
—Dijo que era demasiado difícil
—¿Qué era demasiado difícil?
—El libro
Mi madre me saca del coche de un tirón. Me hace entrar
por la puerta de la biblioteca y me conduce hasta el mostrador.
—Soy la señora Benetto. Éste es mi hijo, Charley. ¿Le
dijo usted que un libro era demasiado
difícil para que lo leyera?
La bibliotecaria
se pone tensa. Es mucho mayor que mi madre, cuyo tono me ha sorprendido
dada la manera con que normalmente le habla a la gente mayor.
—Quería llevarse 20.000 leguas de viaje submarino, de
Julio Verne —dice, tocándose las gafas—.
Es demasiado pequeño. Mírelo.
Yo agacho la cabeza. Mírame.
—¿Dónde está ese libro? —dice mi madre.
—¿Cómo dice?
—¿Dónde está ese
libro? La mujer se vuelve para cogerlo. Lo deja caer sobre el mostrador, como
si quisiera decir algo mostrándonos su peso.
Mi madre agarra
el libro y me lo pone entre los brazos.
—Nunca le diga a un niño que algo es
demasiado difícil —le dice bruscamente—. Y nunca, NUNCA, a este niño.
Cuando me quiero dar cuenta ya estoy saliendo por la
puerta, agarrando firmemente a Julio Verne mientras tiran de mí. Me siento como
si acabáramos de robar un banco, mi madre y yo, y me pregunto si vamos a
meternos en un lío.
Extracto del libro… Un día más: Una esperanzadora historia sobre la familia, el perdón y las oportunidades de la vida.
Fuente bibliográfica
ALBOM, M., 2012. Un día más: Una esperanzadora
historia sobre la familia, el perdón y las oportunidades de la vida. S.l.:
Maeva. ISBN 978-84-15532-16-3.
19 jun 2015
La biblioteca de Mabel - cuento bibliotecario
Aquejado de cierta manía clasificatoria, desde adolescente me di a catalogar
los libros de mi biblioteca.
En el momento de cursar el quinto año del secundario, ya contaba con una
razonable —para mi edad— cantidad de volúmenes: me estaba acercando a
los seiscientos.
Poseía un sello de goma con la siguiente leyenda:
BIBLIOTECA DE FERNANDO SORRENTINOVOLUMEN N. º ______
FECHA DE ALTA: ______
Apenas entraba un nuevo libro, le aplicaba el sello —con tinta siempre negra— en la primera página, lo numeraba correlativamente y consignaba —con tinta siempre azul— la fecha de adquisición. Luego, a imitación del antiguo catálogo de la Biblioteca Nacional, asentaba sus datos en una ficha de cartulina, que archivaba en orden alfabético.
Mis fuentes para adquirir información literaria eran los catálogos editoriales y el Pequeño Larousse Ilustrado. Un ejemplo cualquiera: en unas cuantas colecciones de diversas editoriales se hallaba Atala. René. El último abencerraje. Instigado por esa profusión y porque Chateaubriand parecía, en las páginas del Larousse, revestir mucha importancia, adquirí el libro en la edición de la Colección Austral, de Espasa-Calpe. A pesar de estas precauciones, esas tres historias me resultaron tan insoportables como evanescentes.
Como contrapartes de estos fracasos hubo rotundos éxitos: en la colección Robin Hood fui fascinado por David Copperfield y, en la Biblioteca Mundial Sopena, por Crimen y castigo.
En la acera de los números pares de la avenida Santa Fe, y poco antes de llegar a la calle Emilio Ravignani, se arrinconaba la Librería Muñoz: oscura, profunda, húmeda y mohosa, con pisos de listones de madera que crujían un poco. Su dueño era un español de unos sesenta años, muy serio y algo macilento..... leer más
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