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12 jun 2013

El clásico del autor inglés George Orwell "1984"


El clásico del autor inglés George Orwell "1984" registró un récord de ventas en los últimos días, tras el escándalo de espionaje por las filtraciones del topo Edward Snowden sobre las operaciones secretas de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA) para acceder a información personal de millones de ciudadanos.
Las ventas del libro aumentaron un 337% desde que se publicaron las revelaciones de Snowden, que dieron cuenta cómo la NSA accedió a millones de conversaciones telefónicas y datos de Internet personales.
El grupo Amazon informó que "1984" rompió todos los récords de ventas desde entonces.
La novela política de ficción introdujo los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano (Big Brother), de la notoria habitación 101, de la ubicua policía del Pensamiento y de la neolengua.
Según analistas, existen paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de 1984, y sugieren que estamos comenzando a vivir en lo que se ha conocido como sociedad orwelliana.
En tanto, el pasado 6 de junio se conmemoraron 60 años desde la publicación del libro.
(Fuente: Agencias)




Reaparece el experto en informática que reveló filtraciones del gobierno Obama

El protagonista del nuevo escándalo que sacude Washington es Edward Snowden, un joven de 29 años, criado en Carolina del Norte y Maryland. 

No tiene títulos universitarios, pero es experto en espionaje. Trabajó como guardia en la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés), después como oficial de seguridad informática de la CIA, y finalmente para una firma privada de seguridad.

Por su propia cuenta, decidió confesar que fue él quien le reveló al diario inglés The Guardian, y luego a The Washington Post, los documentos que muestran cómo el Gobierno de EE.UU. monitorea de forma secreta llamadas telefónicas e información en servidores de internet (correo electrónico, Facebook, Skype, etc.) que utilizan sus ciudadanos.

En una entrevista concedida a The Washington Post desde Hong Kong, donde permanece en busca de asilo político, dijo que no ha hecho “nada malo” y que entiende que lo “harán sufrir por sus acciones”. 

Además, confesó que “su único motivo es informar a la población de lo que se está haciendo en su nombre y lo que se está haciendo contra ellos”. Por su parte, la Casa Blanca está en silencio. 

No se sabe si Edward Snowden será tratado como un criminal, y si se diligenciará un pedido en extradición. Por ahora, oficiales que hablaron en condición de anonimato con The Washington Post aseguran que investigan cómo este individuo, que era básicamente un contratista, tuvo acceso a información tan sensible de la inteligencia estadounidense.

El paradero de Edward Snowden en Hong Kong es desconocido, y los análisis apuntan a que no eligió bien este país para pedir asilo. Hong Kong tiene un acuerdo de extradición con EE.UU. vigente desde hace más de una década, y es improbable que no se respete si llega a emitirse un pedido desde Washington.

10 oct 2011

Escribir en el trabajo

Por: Félix Romero



A continuación reproducimos un texto inédito y póstumo que Félix Romeo escribió para ABC Cultural

                                                                  Cubierta de la novela «Trabajos forzados»

Daria Galateria aborda en «Trabajos forzados» (Impedimenta) la vida laboral de algunos escritores: Orwell fue policía y marmitón; Bukowski, cartero; Kafka, agente de seguros; Giono, empleado de banca; Chatwin, experto en una casa de subastas... En este reportaje, algunosescritores hablan de la relación que han mantenido, o que todavía mantienen, con trabajos que no son la literatura.


Borges le nombraron, para humillarle, «inspector de pollos, gallinas y conejos», pero se ganó la vida como bibliotecario. Bolañofue vigilante de un camping, y en esa ocupación lo retrató en «Soldados de Salamina» Javier Cercas. Mercè Rodoreda se ganó la vida cosiendo durante su exilio en Francia: cosía todo el día, y sólo se veía con fuerzas para escribir cuentos y unos pocos poemas que enviaba a los juegos florales. Mutis trabajó para la Standard Oil, pero tuvo serios problemas de gestión que le llevaron a la cárcel, como cuenta José Ovejero en «Escritores delincuentes» (Alfaguara)García Hortelano era funcionario, Martín Santosera psiquiatra y Juan Benet, ingeniero. Agustín Fernández Mallo es físico, Guillermo Martínez, matemático, y Andrés Navarro, arquitecto.
La lista de oficios con los que los escritores se han ganado la vida es larga, pero no abundan en ella los futbolistas profesionalesNicolás Melini (Canarias, 1969), que hace unos meses publicó su nuevo libro de cuentos, «Pulsión del amigo» (KRK), lo fue y piensa que «es una de las actividades más creativas que he realizado. Ciertos momentos del juego, un pase, un quiebro inspirado, son, de lo que he vivido hasta ahora, lo más parecido a cuando escribo algo que me gusta, ese fogonazo de poesía. El futbolista lo realiza en el espacio, en conexión con otros (compañeros), a pesar de la oposición de otros tantos (rivales), inspiración y épica y representación de todo ello, teatrillo o, si se quiere, circo romano. No siempre es hermoso, también hay momentos aciagos: las cosas no salen, el rival no te deja... pero, como en el caso de los poetas, se trata de perseguir, sin descanso, ese instante pleno de lucidez en el que todo vuelve a fluir y resulta, de nuevo, mágico».
Tampoco abundan en esa lista los paseadores de perros, tarea a la que se dedicó Sergio Galarza (Lima, 1976) y que le inspiró su última novela, El paseador de perros (Candaya). Así ve su experiencia en ese y en otros empleos: «Fui paseador de perros durante más de dos años, de lunes a domingo, festivos incluidos. Escribí más que nunca, leía en el metro y en los autobuses hasta quedarme dormido, salía de fiesta a morir, amé, me hundí, la vida se acababa cada día. Luego fui chofer de unas niñas de colegio pijo y traté de cultivarles Radio 3, la vida se seguía acabando de otra manera. Ahora curro en una librería y por fin la vida parece el futuro, pero yo escribo como si mañana todo se fuera a ir a la mierda».
Vicente Gallego (Valencia, 1963), Premio Loewe de Poesía, trabaja por la noche, pesando camiones de desperdicios. Le gusta su trabajo y cree que «lo esencial de este trabajo es que me ha hecho uno con la naturaleza, ya que se cumple en el monte; y los grandes amigos que me ha regalado. No lo siento como un trabajo forzado, sino que ha sido una bendición, otra cortesía de la vida».
Vendimiador y cajero de un bingo fueron algunos de los trabajos deAntón Castro (Galicia, 1959), que acaba de publicar un libro de relatos, «El testamento de amor» de Patricio Julve (Xordica). Recuerda así los comienzos de su vida laboral: «Mi primer empleo fue en la vendimia de Cariñena. Desconocía la existencia del cierzo y al cabo de ocho días tenía lumbalgia. Trabajé cinco años en un bingo, hasta las tres de la mañana: me encantaba repartir cartones, poner premios y mientras cantaban los números escribía poemas y cuentos. Conocí a mucha gente, historias sobrecogedoras y cotidianas. Jamás he jugado al bingo».

Compatibilidad

Lola López Mondéjar (Molina de Segura, 1958), que publicó hace unos meses su nueva novela «Mi amor desgraciado» (Siruela), hace compatible su trabajo como psicoanalista y la escritura: «Cada semana paso treinta horas junto a personas que sufren. Abro en silencio mi consulta, un sitio soleado y cálido, al abrigo de la intemperie del mundo, repaso las historias clínicas de mis pacientes, y me instaló detrás del diván a la escucha de sus respectivos mundos. Cuando termino, al caer la noche, el mío, maltrecho, se repara en la ficción».
El protagonista de su última novela, «Diles que son cadáveres» (Mondadori), es ataché cultural de la embajada mexicana en Dublín, una tarea que el mismo Jordi Soler (México, 1963) desempeñó hace un tiempo. De su experiencia diplomática recuerda algunas anécdotas: «Inventé una biblioteca de autores mexicanos en Trinity College, en Dublín. Una biblioteca muy modesta que ocupa un porcentaje mínimo de una estantería. Durante meses pedí a editores y a escritores mexicanos que me enviaran libros (y que pagaran ellos los envíos) y la respuesta fue asombrosa. El día de la inauguración salí feliz del Trinity College, con la sensación de que acababa de estrechar los lazos culturales entre México e Irlanda. Me subí a un taxi rumbo a la embajada y el chófer me pregunto dónde había nacido; le dije que en México y él me respondió; "claro, y habla usted inglés porque en México se habla inglés, como en Estados Unidos, ¿no?". Y antes de que pudiera responderle nada se lanzó a elogiar a la cantante mexicana Shakira, que es colombiana».
Ismael Grasa (Huesca, 1968) ha dedicado su último libro «La flecha en el aire» (Debate) a reflexionar sobre su experiencia como profesor de filosofía, pero antes de dedicarse a ladocencia, pasó años en la hostelería: «Trabajé un verano en una terraza de la Latina y después durante dos años fui camarero de fin de semana en el Vips de Sor Ángela de la Cruz. Empecé de ayudante, llevando charolas –de ahí el apodo de uno de los personajes de mi novela De Madrid al cielo– y montando mesas, y puedo decir que prácticamente me quedé en ese rango. Fui siempre en el turno de noche. Recuerdo el olor del chaleco sucio de sirope».
Ismael Grasa recuerda ese tiempo como una etapa no muy mala de su vida, pero para muchos escritores dedicarse en exclusiva a la literatura sigue siendo un sueño, que no siempre resulta maravilloso cuando se cumple.

17 ene 2011

Wikileaks, o la muerte de McLuhan

Por: Judit Carrera 

"Estoy viviendo una situación orwelliana", afirmaba estos días Julian Assange, denunciando la campaña de vigilancia a la que él y sus seguidores están siendo sometidos por parte de Estados Unidos. La referencia a George Orwell parece pertinente en el pulso entre un Gran Hermano desnudo con ansias de venganza y el líder de un grupo de activistas fundador de Wikileaks.

"El medio es el mensaje" sintetizaba el espíritu de la era de la televisión.
 En Internet, cada vez más "el mensaje es el mensaje"



Es un recurrente clásico en la historia que la irrupción de un nuevo espacio de información pública tense la relación entre poder y ciudadanos. La necesidad de comunicación permanente entre gobernantes y gobernados es el punto de partida que explica la centralidad de los medios en los sistemas representativos. Pero su importancia va mucho más allá, porque los medios de comunicación son espacios de deliberación colectiva que ayudan a preservar los principios democráticos de la libertad de expresión y la igualdad. Conciliando intereses privados y públicos, los medios también pueden contribuir a reforzar el pluralismo social, ejercer la crítica del poder y canalizar la legitimidad de las instituciones democráticas.
En este debate, la irrupción de Wikileaks es una lanza a favor de la libertad. Contra las voces que ningunean la novedad del fenómeno, alertan de posibles riesgos para la seguridad mundial o hurgan en la vida privada de Assange, el nacimiento de un espacio tecnológico al servicio de la información y la transparencia es motivo de celebración. Si, además, este sistema no tiene límites geográficos y es de acceso libre, se entiende mejor el alcance de la irritación de los Gobiernos.
La voluntad de control de los medios forma parte de las pulsiones de todo poder y la batalla por su independencia real no debe ser abandonada. La inquietud suscitada por la aparición de un instrumento de comunicación tampoco es un debate nuevo. Ya Sócrates expresaba su temor ante la escritura, que según él iba a perjudicar la oratoria y el ejercicio de la memoria. Sin ir tan lejos, también la irrupción de la radio y, muy especialmente, de la televisión generó reticencias y todo tipo de miedos. Internet desbordó los límites del debate: por la velocidad del cambio, por la concentración en un único medio de voz, escritura e imagen y por su dimensión inequívocamente global. Wikileaks es una vuelta de tuerca más en este recorrido histórico que demuestra que muchas veces la tecnología está al servicio de la sociedad, silenciando así las voces del determinismo tecnológico.
Dos son las lecciones de Wikileaks un mes después de sus revelaciones. La primera es que su existencia es un paso adelante en la lucha contra cualquier tipo de abuso de poder. Como demuestra el reportaje Wikirebels, el blanco de la página no son sólo los Gobiernos, ni un Gobierno en particular, sino aquellos agentes que actúan con impunidad, arbitrariedad y secretismo, y muchas veces vulnerando los derechos humanos de manera deliberada. Ahí están también ejércitos, empresas privadas que vierten residuos tóxicos causando daños irreparables en sociedades ya muy frágiles o bancos que, ocultando información, se permiten el lujo de dejar a un país entero en la bancarrota, sin que nadie les exija ninguna responsabilidad. En el contexto de una crisis económica que no ha servido para cambiar ni un ápice la ética del capitalismo, al menos Wikileaks lucha por cambiar alguna regla del juego.
La segunda lección es que Wikileaks entierra ciertas tesis de Marshall McLuhan, de quien curiosamente este año se celebra el centenario de su nacimiento. "El medio es el mensaje" sintetizaba el espíritu de la era de la televisión, en la que la forma del medio influía en la manera de pensar de los ciudadanos. Internet ha introducido interactividad en esta relación y ha multiplicado la cantidad de información disponible. Ahora, en un mismo medio, el ciudadano tiene tanto para escoger que, cada vez más, "el mensaje es el mensaje". Wikileaks es un punto culminante de este mundo abierto por la red, incluida la sobredosis de información. Y si es cierto que información no es sinónimo de conocimiento, el reto es otra vez cómo jerarquizar, analizar y contextualizar el poder que han puesto en nuestras manos.
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