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2 nov 2017

8 sencillos consejos para concentrarse en la lectura

Por: Luis M. Mazón


Seguramente te habrá pasado en alguna ocasión: te encuentras leyendo un libro, o un artículo o una página web, y descubres que no estás prestando atención y que no estás comprendiendo lo que estás leyendo.

A nuestros alumnos puede pasarles algo parecido, y para evitarlo podemos ayudarles si les enseñamos 8 sencillos consejos:

1. Enséñales a visualizar o imaginar qué es lo que están leyendo. Si es una historia, tienen que imaginar a los personajes, el paisaje. Convertir las palabras en imágenes es una manera muy efectiva de disfrutar y de profundizar en la lectura.

2. Leer en voz alta. El refuerzo de la palabra hablada es de gran ayuda para lograr la concentración necesaria para comprender lo que se está leyendo.

3. Aislarse del mundo. Enseña a tus alumnos a buscar un lugar adecuado y a aislarse del mundo cuando estén leyendo. Sencillamente, trata de lograr que durante el tiempo de lectura no presten atención a lo que pueda pasar a su alrededor.

4. Seguir la lectura con el dedo, o con un marcador, o con algún objeto que les permita indicar las palabras que está leyendo. Este refuerzo les ayudará a introducirse más en la lectura y a prestar más atención a los contenidos que está le está trasladando.

5. Enséñales a reflexionar sobre lo que están leyendo y las repercusiones que tiene para su vida.

6. Enséñales también a tomar notas, con sus propias palabras, en el margen de los libros, en tarjetas, etc.

7. Ayúdales a encontrar motivación por la lectura. La motivación puede ser sencillamente porque es un medio para pasarlo bien, pero también puede ser porque les ayuda a aprender, a ser más críticos…


8. Enséñales también a leer en períodos que les permitan concentrarse y a descansar, teniendo esos tiempos de descanso que les permitan refrescarse y volver a focalizarse con éxito cuando vuelvan a la lectura.



Fuente bibliográfica
MAZÓN, LUIS M., 2017. 8 sencillos consejos para concentrarse en la lectura| SMConectados. Blog de educación | SMConectados [en línea]. [Consulta: 2 noviembre 2017]. Disponible en: http://blog.smconectados.com/2017/10/19/8-sencillos-consejos-para-concentrarse-en-la-lectura/. 

12 oct 2017

Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia

Por: Cristian Vázquez



Hay ocasiones en las que determinados libros irrumpen en la vida de alguien y le crean el “compromiso” de leerlos. En algunos casos, dan lugar a historias que merecen ser contadas.


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Todo lector se ha encontrado alguna vez en esa situación bastante incómoda en la que otra persona —un amigo, un familiar, incluso alguien de menos confianza— lo conmina a leer un determinado libro. Una suerte de exigencia establecida a partir de un gesto concreto: el que recomienda presta (y a veces hasta regala) el libro en cuestión. Lo da sin que el otro se lo haya pedido. Por cortesía, por educación, o quién sabe por qué otro motivo, el otro no lo rechaza, y se ve de pronto en el compromiso de leer un libro que de otro modo ni se le habría ocurrido leer, al menos no en ese momento.

Ante tal coyuntura, el lector afronta dos posibilidades: leer el libro o no leerlo. Si decide leerlo, puede que le guste y lo disfrute, y luego le agradezca al prestador por habérselo hecho conocer. Si, en cambio, el libro lo aburre o le desagrada, vuelven a abrirse dos opciones: que, pese a todo, lo lea hasta el final, o bien que lo abandone sin terminarlo. Si lo lee hasta el final, no tendrá mayores problemas para comentarlo, aunque luego tendrá que elegir si ser sincero con el prestador o no. Si lo abandona a medio camino, o si directamente ni siquiera empieza a leerlo, también tiene dos opciones: ser franco y admitir la verdad, aceptando el riesgo de que tal vez el prestador se ofenda, o recurrir a algunas de las enseñanzas de Pierre Bayard y su magnífico Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En cualquier caso, la situación siempre incluye una cierta dosis de violencia. Y es que, de improviso, como un bandolero que intercepta un convoy en mitad de la noche, el libro ha salido al cruce del lector. Es cierto que al final el lector puede enamorarse del bandido y decidir quedarse para siempre con él. Pero eso no quita a la situación su cuota de brusquedad.

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Hay otras situaciones en que los libros también salen al cruce, con cierta violencia, en el camino de quien no los espera. Hace un par de años, la revista National Geographic publicó un reportaje fotográfico sobre personas indigentes que buscan cobijo en bibliotecas públicas de California. En ese estado —según el último informe del Departamento de Desarrollo de Vivienda y Urbanismo de Estados Unidos— viven casi 120 mil homeless, el 22 % del total del país. Dos de cada tres no acceden a refugios, ni a viviendas temporales, ni a ningún otro sitio donde alojarse.

Las bibliotecas públicas los reciben y “llenan el vacío, protegiendo durante el día a los desamparados”, escribió Fritz Hoffmann, autor del reportaje. La biblioteca de San Francisco, de hecho, fue la primera que contrató a tiempo completo a una trabajadora social, la cual afirmó, con mucho tino, que “las bibliotecas son el último bastión de la democracia”.
Parece lógico imaginar que en lo que menos pensaban esos hombres y mujeres la primera vez que entraron en las bibliotecas era en leer libros. Seguramente buscaban evitar el frío, escapar de situaciones de violencia y maltrato, acceder a un poco de calma y silencio. “A veces hay mucho drama allí fuera, en las calles, y es bueno contar con algo de paz y tranquilidad”, dice Jeffrey Matulich, uno de los sin techo retratados por Hoffman. Ya que estaban allí dentro, tenían que hacer algo; y ya que el lugar estaba lleno de libros, por qué no leer alguno…

Buscando libros de Henry Miller, Matulich descubrió la obra de Kurt Vonnegut. “Vengo casi todos los días”, revela por su parte Rebecca Rorrer, una lectora voraz: recorrió las 324 páginas de If I Can’t Have You, de Gregg Olsen y Rebecca Morris —un libro que cuenta el caso real de la desaparición de una mujer y el destino trágico de su marido y sus hijos— en las cinco horas de la tarde de un viernes.

A su manera, los libros también irrumpieron de forma inesperada en los caminos de esa gente. Vivir en la calle suele hacer de la lectura un lujo inaccesible; en este caso, sin embargo, resultó un factor decisivo para que estas personas se convirtieran en lectoras.

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Diego, un amigo, contó días atrás una historia preciosa. Hace años, cuando cursaba en la universidad un seminario de literatura latinoamericana, un amigo suyo le prestó una edición vieja y gastada de El libro de arena, de Borges. Diego había leído a Borges, pero muy poco: era casi como si no lo hubiera hecho. Muchos años después se encontró con su amigo y le dijo que gracias a él, y concretamente a ese libro, había descubierto a Borges. El otro le contó entonces la historia de aquel libro: pertenecía a su madre, quien trabajó durante muchos años limpiando casas en el centro de la ciudad. Viajaba todas las semanas en tren, rodeada de gente que leía. Ella se dijo que no iba a ser menos y se compró El libro de arena para leer en el tren.

“El libro de arena”, el cuento que da título al libro, narra la historia de un hombre que experimenta uno de los modos más violentos en que un libro puede salirnos al cruce, irrumpir en nuestro camino: recibe la visita de un desconocido que se presenta como vendedor de biblias. “No solo vendo biblias —dice el hombre después—. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese”. Se trata de un libro infinito, con infinitas páginas que parecen brotar del volumen: el libro de arena, “porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin”. El desconocido lo había comprado “a cambio de unas rupias y de la Biblia” a un hombre que no sabía leer y que, según su sospecha, “en el Libro de los Libros vio un amuleto”.

El cuento, publicado en 1975, había sido anticipado más de tres décadas atrás, en la nota al pie final de “La Biblioteca de Babel”, el cuento en el que describe una biblioteca infinita. Borges escribió allí que tal biblioteca es inútil, pues “bastaría un solo volumen […] que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas”.

La historia del amigo de Diego termina con una explicación: su mamá, la que había comprado El libro de arena para leer en el tren, no sabe leer. Igual que el anterior propietario del libro de arena, vio en el libro un amuleto. Un amuleto para conjurar la violencia de los libros que le salían al cruce: los que leían los demás viajeros en el transporte público. Del mismo modo que un único libro de arena compendia la biblioteca interminable, se me ocurre que la imagen de esa mujer en el tren condensa la de todas las bibliotecas en las que tantos indigentes californianos hallaron su destino de lectores.

“La imagen no deja de resultarme hermosa —escribió mi amigo Diego en el final de la historia—: la de una mujer analfabeta que lee, aunque no sepa leer, a un escritor ciego y brillante allá lejos, en aquellos trenes del sur”.



VÁZQUEZ, CRISTIAN, 12 octubre 2017. Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Letras Libres [en línea]. [Consulta: 12 octubre 2017]. Disponible en: http://www.letraslibres.com/mexico/cultura/cuando-los-libros-nos-salen-al-cruce-cierta-violencia. 

5 oct 2017

Larga vida al libro impreso

Por: Jesús Hernández



Todo cambio supone una pequeña revolución. La llegada de los formatos digitales de las diferentes manifestaciones culturales (música, cine, literatura, arte…) fue recibida hace unos años con escepticismo y temor.  Del mismo modo, los más agoreros aseguraban que el libro impreso estaba herido de muerte y que las ediciones digitales terminarían con las impresas en cuestión de un par de años. Nada más lejos de la realidad. Hoy podemos afirmar que la revolución digital no hace sino abrir otra ventana, ofrecer otra manera de consumir literatura, que no excluye al producto impreso.

Si bien es verdad que el libro digital ha ganado adeptos, esto no significa que el libro impreso los haya perdido. Más bien ambos conviven en un mundo editorial que tras unos años de decadencia, vuelve a ver cómo sus perspectivas remontan. De hecho, los últimos datos publicados por el Observatorio de la Lectura y el Libro, dependiente del Ministerio de Educación, señalan que tras la fuerte caída de 2013 y el estancamiento de 2014 y 2015, durante el 2016 la producción de libros impresos creció un 6,4%. Estos mismos datos reflejan que los libros en papel representaron el 70,7% del total, mientras que la edición electrónica abarca el 29,3%.

Una primera lectura de estos datos nos hace comprender que el formato digital no sólo no ha sustituido al impreso sino que éste continúa manteniendo su hegemonía.  Otro marcador que demuestra la buena salud del sector editorial español es que, en la actualidad, España es el segundo país europeo con mayor número de librerías, sólo superado por Alemania. Este estudio realizado por la Federación de Editores Europeos avala la tesis de los que pensamos que, pese a la omnipresente digitalización, el valor del libro impreso y sus características diferenciales continúan siendo apreciadas por los lectores.

La industria del libro impreso cuenta, además, con nuevas herramientas para su desarrollo. Por ejemplo, las que ofrecen los nuevos sistemas de impresión bajo demanda, que permite tiradas mucho más pequeñas basadas en las demandas directas de cada consumidor, eliminando así los costosos stocks y el gasto que éstos suponen tanto para editoriales como para librerías y puntos de venta.

Además, este tipo de impresión más flexible permite que las editoriales más pequeñas o incluso los editores particulares puedan realizar tiradas de manera más asequible. Así, con la impresión bajo demanda los editores pueden actualizar y modificar las obras con un coste muy bajo, lo que permite que las editoriales sean mucho más ágiles y flexibles de lo que eran anteriormente.

Por otro lado, estas tiradas cortas bajo demanda facilitan la recuperación de algunos títulos previamente descatalogados, y encuentran su aplicación ideal en el sector de la educación, pues ahora se pueden actualizar fácilmente los contenidos en reediciones “a medida”.

El libro impreso aún tiene mucho que ofrecer, y un público amplio que no está dispuesto a dejar que la experiencia táctil de la lectura sea reemplazada por la frialdad de la pantalla. Porque más allá de las palabras, el libro físico ofrece algo que el digital no podrá: una experiencia sensorial mucho más completa.

De hecho hay estudios que aseguran que recordamos mejor los textos leídos en un formato impreso porque el contexto (los márgenes, las arrugas de la página, el olor, el hecho de pasar las páginas…) nos ayuda a formarnos una imagen mental más acertada de aquello que leemos. Los expertos plantean, además, que la lectura en formatos electrónicos suele ser más superficial, y por tanto la concentración es menor.


El libro electrónico da respuesta al cambio de hábitos de algunos lectores, y hoy podemos elegir bien el formato digital o el impreso según nuestros diferentes momentos de lectura y necesidades concretas. No dejemos que la llegada de una nueva tecnología nos haga olvidar todas las ventajas del formato impreso y el largo recorrido que aún tiene por delante.

Fuente bibliográfica
HERNÁNDEZ, JESÚS, 2017. Larga vida al libro impreso. La lectora futura [en línea]. [Consulta: 5 octubre 2017]. Disponible en: https://lalectorafutura.comlarga-vida-al-libro-impreso/. 

11 jun 2017

¿Leer en la escuela? ¿Para qué?

Por: Fernando Avendaño



La lectura, una actividad importante en la vida de las personas, pero también fuente de experiencias.



Relata Daniel Pennac en su libro "Como una novela": "Aquel profesor no inculcaba un saber, ofrecía lo que sabía... Hacía abrir los ojos... Animaba a seguir la ruta de los libros, peregrinaje sin fin ni certeza, marcha del hombre hacia el hombre" .

¿Cómo marchamos del hombre hacia el hombre? ¿Cómo procuramos ese itinerario en la escuela? ¿Cómo construimos lectores auténticos? La idea de partida es bastante simple: las prácticas y usos escolares de lo escrito no tienen que diferir sustancialmente de las prácticas y usos sociales no escolares, ya sea que pertenezcan al ámbito familiar o a otros contextos.

Un lector auténtico es alguien que lee por voluntad propia, porque sabe que leyendo puede encontrar respuestas a sus necesidades de informarse, de aumentar sus conocimientos, de hacer cosas, de resolver problemas, de formarse juicios en torno de la conducta propia y de la ajena, pero también lo hace por gusto, por el puro placer de leer. En otros términos, significa que ha descubierto que la lectura es una actividad importante de su vida, que es una fuente de experiencias y emociones.

No leemos de la misma manera cuando queremos saber el significado de una palabra que cuando queremos informarnos del contenido de una noticia, tampoco cuando queremos realizar o confeccionar algo que cuando buscamos responder interrogantes o inquietudes. No leemos de comienzo a fin la guía telefónica, el diccionario o una agenda, pero sí un texto de estudio. No nos disponemos a leer del mismo modo un texto polémico que coincide con nuestras creencias que otro que las interpela. No a todos nos resultan más difíciles de entender o más significativas las mismas partes de los textos porque no todos compartimos los mismos puntos de vista y las mismas experiencias. No todos realizamos las mismas inferencias cuando leemos.

Además, en la actualidad, nos encontramos ante un proceso de recomposición cultural a nivel global en el que ya no es posible concebir la palabra y la imagen, lo impreso y lo digital, como ámbitos separados. La lectura ha dejado de ser un proceso lineal y completo para convertirse en otro breve, fragmentado e inconcluso. Los lectores actuales realizan múltiples tareas a la vez: chatean, escuchan música en Youtube y tienen abiertas varias ventanas y libros, todo vía Internet, lo que implica necesariamente la adquisición de nuevas competencias lectoras para seleccionar e interpretar la información haciendo uso de íconos, barras de menús y búsquedas por navegadores.

Sin embargo, no siempre las escuelas proveen a los alumnos las herramientas necesarias para que se conviertan en lectores genuinos. Por el contrario, egresan como "huérfanos de la lectura". A marcha forzada tendrán que incorporar las prácticas lectoras que no heredaron, si son conscientes de sus limitaciones, para insertarse en el mundo académico, laboral o para experimentar el placer de incursionar en otros mundos posibles.

Estos huérfanos de la lectura han tenido a su alcance sólo fotocopias de portadores de textos auténticos, han debido leer ciertos textos con el fin de responder preguntas formuladas por el docente o por el propio texto para evaluar si han comprendido, han estado obligados a resolver ejercicios de gramática en fragmentos del texto con posterioridad a la lectura... todavía en algunas escuelas se producen estas situaciones de lectura "ficticias" o artificiales, que atienden más a exigencias curriculares que a necesidades que los alumnos tienen fuera de ella. Para que estos "quehaceres del lector" sucedan, para que los alumnos no egresen aborreciendo la lectura después de verse obligados durante años a medir la adecuación de su comprensión del texto en cuestionarios y resúmenes hay que pensar en cambiar las condiciones didácticas con el propósito de acercar la práctica escolar a la práctica social: leer con distintos y genuinos propósitos, leer con distintas modalidades, leer distintas clases de textos, leer en distintos soportes, respetando la complejidad de la lectura como práctica social.

La "ruta de los libros" exige lectores activos que procesen en varios sentidos la información presente en el texto, aportándole sus conocimientos y experiencias previos, sus hipótesis y su capacidad de inferencia, lectores alertas, enfrentándose a obstáculos y superándolos de diversas formas, construyendo una interpretación para lo que leen y que, si se lo proponen, son capaces de recapitular, resumir y ampliar la información obtenida.

No muy distintos son los resultados cuando para leer literatura imponemos una lectura monológica, un determinado modo de acceder al texto mediante fórmulas y ejercicios estereotipados. ¿Por qué no abrir espacios de democratización lectora, en el sentido de rescatar aquellas apreciaciones generalmente descalificadas en el ámbito escolar porque son personales, intuitivas o no canónicas de los niños y jóvenes? ¿Por qué levantar muros a la lectura literaria silenciando las lecturas invisibles, inaudibles, que son las que construyen los lectores en su experiencia subjetiva con los textos, no consideradas legítimas?. Son esas lecturas rebeldes, heterodoxas e insólitas, las de quienes leen "a contrapelo" de las interpretaciones oficiales, las que necesitan ser socializadas para que los alumnos se reconozcan a sí mismos como lectores y a los otros lectores como sus semejantes.

Nos advierte Vargas Llosa"La literatura...,  a diferencia de la ciencia y la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinan su horizonte. Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia".

Como afirma Italo Calvino, abramos "... espacios de interrogación y de meditación y de examen crítico, en suma, de libertad; la lectura es una relación con nosotros mismos y no únicamente con el libro, con nuestro mundo interior a través del mundo que el libro nos abre".

Fuente bibliográfica
 AVENDAÑO,FERNANDO, 11 de junio de 2017. ¿Leer en la escuela? ¿Para qué? La Capital [en línea]. [Consulta: 11 junio 2017]. Disponible en: http://www.lacapital.com.ar/educacion/leer-la-escuela-para-que-n1413363.html. 

12 dic 2016

Para qué sirven las fajas de los libros

Por: Guillermo Piro





Las fajas son tiras de papel de color que envuelven algunos libros. Por lo general tienen colores chillones y contienen frases cuyo objetivo es despertar el deseo de comprar un libro. En España y en Italia se usan mucho, y, como los textos de contratapa y las solapas, pertenecen a un género globalizado: usan superlativos absolutos, hacen comparaciones improbables, emiten juicios entusiastas y tiran números de ventas astronómicos, irreales e incomprobables. 

Si tantos editores siguen usándolas es porque evidentemente las fajas funcionan, y muchos lectores se sienten atraídos por ellas y creen en lo que prometen.

Las fajas en realidad desarrollan distintas funciones. 
La primera es atraer a los posibles clientes que según el editor son los candidatos ideales para determinado libro; la segunda es enmarcar el tipo de libro en base a quién aconseja leerlo, acercándolo a otros libros o autores o dando cuenta de las emociones que puede suscitar; la tercera es intentar generar un efecto viral o una moda, usando la palabra best-seller o citando la cantidad de ejemplares vendidos. 

En todos los casos el objetivo principal de una faja es hacer que un libro resalte de los que lo rodean, porque la primera batalla a ganar es la de la visibilidad en las mesas de las librerías.

En Francia, en el Reino Unido y en los Estados Unidos las fajas se usan mucho menos. En inglés ni siquiera tienen un nombre: las llaman advertising paper book band with blurb on it. En Francia las usan para agregar información a un libro que ya está en librerías sin tener que reeditarlo, por ejemplo cuando gana un premio. La difusión de las fajas en España y en la Argentina representa en todos los casos una costumbre que puede considerarse vulgar, pero que trae consigo la indudable ventaja de no afectar al libro: después de haber cumplido su cometido, la faja puede tirarse a la basura sin dejar rastros. Cuando las frases promocionales están impresas en la tapa, acompañan al libro durante toda su historia.

El uso de frases promocionales para impulsar la venta de libros probablemente comenzó en los Estados Unidos. La NPR, o sea la radio pública estadounidense, sostiene que el primer escritor que utilizó una frase de otro escritor para vender su libro fue Walt Whitman en 1856. Un año antes Whitman –entonces joven y desconocido– había enviado la primera edición de Hojas de hierba a Ralph Waldo Emerson, filósofo y escritor muy famoso entonces. Emerson le respondió con una carta. Cuando en 1856 el libro se reeditó, el editor de Whitman decidió agregar a la contratapa del libro una frase extraída de la carta de Emerson, muy similar a la que podríamos encontrar hoy en una faja: “Te veo al comienzo de una gran carrera”.


La editorial española Drácena publicó hace unas semanas la novela

Reencuentro de personajes, de la mexicana Elena Garro, con una faja que decía: “Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges”.



A pesar de que casi todo lo que dice es cierto, recibió cientos de críticas, acusando a la faja de machista y misógina. La editorial ofreció disculpas y pidió a todas las librerías donde se vendía retirar del libro “la desafortunada faja”. 

De modo que, como toda buena faja, decía estupideces, terminó en la basura y contribuyó a que el libro se vendiera. Misión cumplida.

17 sept 2014

Recordamos mejor lo que leemos en papel que lo que leemos online


Aunque el proceso pueda parecernos exactamente el mismo, leer en papel y leer online no parece ser lo mismo, al igual que escuchar un mensaje y leerlo tampoco activa las mismas regiones de nuestro cerebro.
Al menos es lo que sugiere una investigación de la Universidad de Houston que señala las diferencias cualitativas entre leer una noticia a través de Internet y hacerlo en los periódicos convencionales, sin entrar a juzgar qué método es tecnológicamente más interesante.

La memoria en el mundo online

El descenso en picado de las ventas de periódicos físicos a favor de los periódicos digitales o los agregadores de noticias personalizados pudiera no ser la panacea de la nueva era de la información, al menos en cuanto a número de noticias leídas, comprensión y memorización de las noticias por parte del lector medio.
Para detectar las diferencias entre la prensa online y offlineArthur D. Santana y sus colegas de la Universidad de Houston formaron dos grupos de estudiantes universitarios. Un grupo tenía que leer la versión impresa del The New York Times, y el otro debía leer la misma edición online. A ningún participante se le reveló que se le estaba poniendo a prueba su capacidad para recordar noticias.
Después de veinte minutos de lectura, se le solicitó a los participantes que recordaran la mayor cantidad de titulares, temas generales y puntos principales de las noticias leídas. Los lectores offline recordaron un promedio de 4,24 noticias, mientras que los lectores online recordaron un promedio ligeramente inferior: 3,35.
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La razón de esta discrepancia aducida por Santana estriba en la propia naturaleza de la Web, que permite escanear las noticias más que resultar metódico en su lectura. Además, en el medio donde leemos suelen producirse toda clase de interrupciones o llamadas de atención en forma de enlaces a otras noticias o juegos.
A ello se suma que la naturaleza de las noticias online resulta efímera, puede aparecer y desaparecer sin previo aviso, incrementando la sensación de que quizá no vale tanto la pena recordar lo leído. También confiamos en que la noticia se encontrará al mismo tiempo en otros lugares de Internet, almacenada electrónicamente, y por tanto resultará fácilmente recuperable, lo que evita sintamos que necesitamos recordarla.
Finalmente, la configuración online no ofrece las noticias con una jerarquía estable que señale las historias más importantes frente a las menos importantes. Las jerarquías online son cambiantes, y además es el propio lector quien las puede establecer, así que el lector medio es menos apto para recordar las noticias más relevantes frente a las más irrelevantes.

Experiencia lectora y vocabulario

Todo ello, pues, no significa necesariamente que debamos conservar esos enormes papales sin grapar en los que vienen impresas las noticias, sino que tal vez debería buscarse una plataforma de lectura que recoja las ventajas de la lectura online unidas a las ventajas de la lectura offline (o que el modelo de negocio de la prensa offline cambie radicalmente para competir en igualdad de condiciones con la prensa online).
Y, si bien el experimento de Santana dista de ser concluyente, y quienes confiamos en la revolución que supone administrar la información online podamos detectar cierto tufillo ludita en sus plantamientos, lo cierto es que la lectura online no parece ser exactamente igual que la lectura offline En 2005, Diana DeStefano y Jo-Anne LeFevre, psicólogas del Centro de Investigación Cognitiva Aplicada de la Universidad de Carleton (Canadá), sometieron a revisión exhaustiva nada menos que 38 experimentos ya realizados en relación con la lectura de hipertextos, tal y como explica Nicholas Carr en su libro Superficiales:
La mayoría de las pruebas indicaba que “las crecientes demandas de toma de decisiones y procesamiento de la lectura”, especialmente en contraste con “la presentación lineal tradicional.” Concluyeron que “muchas prestaciones del hipertexto aumentaban la carga cognitiva, pudiendo exigir mayor memoria de trabajo de la que tenían los lectores.”
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Estas diferencias no son tan sorprendentes si comparamos, por ejemplo, el acto de leer con el acto de escuchar. Cuando leemos una frase con palabras que no acabamos de comprender, detenemos un poco la velocidad de la lectura o incluso retrocedemos, porque la lectura no consiste en hacer fotografías del texto, sino que se parece más a buscar el sentido de los grafismos que fotografía el ojo. Tal y como explica Alain Lieury en su libro ¿A qué juega mi cerebro?:
Pero si el ojo lee una frase como “el tiranosaurio surgió de entre los pteridofitos arborescentes para devorar a un triceratops”, varias de las palabras requerirán un tiempo de identificación y de búsqueda de sentido más largo. Por ejemplo, si la duración de la mirada es de alrededor de un cuarto de segundo para una palabra familiar (animal), puede ser el doble (medio segundo) para una palabra compleja o poco conocida como "tiranosaurio". Si la palabra no se conoce, como "pteridofitos" (helechos), ¡hay que hacer un alto para buscar su sentido en el diccionario o para preguntar a papá o mamá!
Esta forma de detenernos, leer más despacio o incluso volver a leer no se produce en la audición, en una clase oral o cuando se escucha una emisión radiofónica, lo cual explica por qué la lectura es un medio extraordinario para entender una explicación porque permite la autoregulación en función de la dificultad del texto.
Estas diferencias entre audición y lectura también pueden producirse de otro modo entre lectura y lectura online. No ya por la propia manera de procesar la información de nuestro cerebro, sino por la forma en que los textos online se suelen presentar para adecuarse a ese procesamiento: es decir, evitar en el medio online los términos complejos o las frases demasiado complejas, habida cuenta de que online hay más distracciones que offline. Ello redunda en un texto más básico, en quizá ideas más simples, tal y como ha puesto en evidencia Mark Bauerlein, profesor de lengua inglesa de la Universidad de Emory, en su estudio al respecto publicado en The Dumbest Generation: How the Digital Age Stupefies Young Americans and Jeopardizes Our Future. Abunda también en ello Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática:
Por ejemplo, un periódico contiene 68,3 palabras de uso poco frecuente por cada mil palabras; los libros para adultos, 52,7 palabras por cada mil. Por el contrario, los programas televisivos para adultos más vistos únicamente contienen 22,7 palabras raras. Internet, debido al énfasis puesto en la velocidad, la navegación, la multitarea y la necesidad de establecer referencias rápidas, favorece las construcciones con palabras sencillas y una estructura de frases simples.

http://www.xatakaciencia.com/tecnologia/recordamos-mejor-lo-que-leemos-en-papel-que-lo-que-leemos-online?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+xatakaciencia+%28Xataciencia%29&utm_content=Netvibes

21 ago 2014

Qué es un lector (y otros enigmas sin solución aparente)

Por:Maximiliano Tomas
Creo que lo escribí acá mismo, hace algunos meses: yo estaba seguro de que la mayoría de los jóvenes no leía ficción hasta que en la última Feria del Libro me topé con una fila de cinco mil adolescentes que esperaban que un tipo llamado James Dashner, de quien no sabía absolutamente nada, les dedicara ejemplares de sus novelas. Para amenizar el tiempo, que resultaron ser unas cuantas horas, esos chicos leían. Parados, sentados en rondas en el piso, apoyados en los stands, leían, un libro tras otro. Todavía no sé bien por qué, pero la revelación me sorprendió y hasta me puso, por un rato, de buen humor. Quizá porque la imagen vino a demostrarme que esa entelequia que llamamos lector se resiste a adaptarse a nuestros prejuicios, no se deja apresar por nuestras teorías al paso y, sobre todo, exhibe una particular impermeabilidad a los estudios de mercado y las estrategias de los especialistas en marketing. Porque si se pueden crear y financiar grupos de música y programas de televisión en laboratorios de diseño de consumo, nadie hasta ahora, en unos cuantos siglos de existencia de ese objeto llamado libro, ha encontrado la manera de fabricar un bestseller.
Si no existen recetas debe ser, entre otras cosas, porque nadie sabe exactamente qué es un lector, ni muchos menos cuál sería el lector ideal. Y también porque los hábitos de lectura cambian más rápido de lo que podemos percibir, mucho más que la propia literatura. Tal vez por eso, al mismo tiempo que dan cuenta de las novedades editoriales, cada vez más las publicaciones y las páginas literarias suelen interrogarse sobre las antiguas y las nuevas formas de leer. Y por las diferencias y los vasos comunicantes entre lo que suele denominarse literatura comercial y literatura a secas, cuyas fronteras (si bien nadie dudaría en dónde ubicar a un Thomas Bernhard y a un Dan Brown) tienden a ser cada vez más borrosas.
Si se pueden crear y financiar grupos de música y programas de televisión en laboratorios de diseño de consumo, nadie hasta ahora, en unos cuantos siglos de existencia de ese objeto llamado libro, ha encontrado la manera de fabricar un bestseller
En una de estas aproximaciones siempre parciales hacia la definición de un lector (que Alberto Manguel intenta responder en parte en su libro Una historia de la lectura) Rebecca Mead se pregunta, para el New Yorker, por qué se sigue creyendo que solo los libros livianos pueden proporcionar placer y entretenimiento (a diferencia de los clásicos, que se supone que uno debe leer). En pocas palabras, la oposición entre una lectura hedónica y otra obligada. "Esa distinción nace de un puritanismo cultural que insiste en que la única diversión que se puede obtener con un libro es de carácter pasajero, o de que leer algo fácil o accesible será necesariamente agradable", escribe. "¿Pero qué pasa con otro tipo de placeres, como el que genera una lectura que nos desafía, o el que provoca que nuestros sentidos se expandan, o el que se experimenta al sumergirse en mundos desconocidos? ¿Acaso no se puede disfrutar de leer de una manera ambiciosa?", se pregunta Mead.
Tim Parks, que suele ocuparse de estos asuntos en el New York Review of Books, inquiere por su parte si existe realmente una suerte de lectura evolutiva a través de los años. Si es cierto que alguien que empieza leyendo sagas de fantasía o de misterio en su juventud, o se inicia en la literatura con Harry Potter, derivará alguna vez en autores considerados serios o de calidad: "¿Cuántas veces escuchamos la frase de que lo importante es que alguien lea, aunque sea este tipo de libros, porque así al menos existe la posibilidad de que un día pase a otra cosa mejor?". Para Parks, eso sería como imaginar que hay "una escalera neoplatónica que lleva de lo bajo a lo alto, en una suerte de inversión optimista de la leyenda que dice que fumar marihuana conduce irremediablemente a drogas duras como la cocaína o la heroína". Parks descree de la relación de continuidad entre las lecturas pasatistas (de bestsellers o novelas de género) y las otras (la literatura de autor), y está convencido de que detrás de aquella afirmación solo hay menosprecio hacia el lector común y paternalismo intelectual por parte de los críticos y los académicos. "Lo que ninguno de nosotros quiere admitir es que hay muchas maneras de vivir una vida plena y responsable, y de convertirse en alguien inteligente, sin la necesidad de leer literatura".
Un lector nunca es una entidad unívoca e inmutable, porque el propio ser humano no lo es
Uno podría pedirle precisiones a Parks sobre quiénes son los que afirman lo contrario, pero convengamos en que se trata de un prejuicio difundido: todavía debe haber quien crea que el mero hecho de leer ficción construye hombres más sabios o mejores. Pero lo que olvida, más allá de su saludable afán polémico, es que un lector nunca es una entidad unívoca e inmutable, porque el propio ser humano no lo es. Con los años, todos cambiamos de hábitos, de gustos y de ideas, y por lo tanto también de lecturas. No se trata tanto de que exista una escalera que conduzca progresivamente del sótano a la terraza de la literatura, sino de momentos para leer ciertos libros y de los diversos efectos generados por esas lecturas. Puede haber, en un comienzo, autores que funcionen (como los primeros viajes, trabajos o amores) como iniciadores de lectura. Nombres que dibujen, más que una escalera ascendente, una serie de caminos múltiples, sinuosos y sugerentes como las calles de una ciudad medieval. Esos iniciadores de lectura y su valoración literaria también cambian con las generaciones. La de mis padres estaba relacionada con autores como Verne y Salgari. La mía con Quiroga, Arlt o Cortázar. Quizá los de Dashner, Rowling o Collins sean los nombres con los que hoy miles de lectores se abren a la literatura.
Fuente:http://www.lanacion.com.ar/1720363-que-es-un-lector-y-otros-enigmas-sin-solucion-aparente

14 mar 2014

La perturbadora forma de los libros

Por: Ana María Shua

Una extraordinaria revolución sacudió las bases mismas de la cultura

cuando se creó el primer mundo virtual: la escritura, una tecnología muy reciente en nuestra historia. Por primera vez la humanidad tuvo acceso a un conocimiento que iba más allá de la memoria individual y que prescindía del intercambio directo entre las personas. Como lo señala Walter Ong, en su libro Oralidad y escritura, la imprenta y la informática son apenas la continuación de esa transformación enorme y, en su momento, muy objetada.
En el Fedro y en la Séptima Carta, Platón dirige contra la escritura las mismas críticas que se usan hoy para impugnar el universo digital, y que también se dirigieron contra la imprenta.
1) La escritura es inhumana: establece fuera del pensamiento lo que sólo puede existir dentro de él. Es un objeto, un producto manufacturado. Es artificial.
2) La escritura destruye la memoria y debilita la mente. Como ya no es necesario recordarlo todo, el pensamiento se atrofia por falta de ejercicio.
3) Un texto escrito no produce respuestas, no es posible interrogarlo ni pedirle explicaciones, como se hace con un maestro.
La imprenta recibe acusaciones parecidas. “La abundancia de libros hace menos estudiosos a los hombres”, dicen algunos. El exceso de información, piensan otros, no permite profundizar y lleva a un conocimiento superficial.
Por otra parte, cualquiera de estas tecnologías ingresa, al principio, en sectores restringidos de la sociedad. La escritura, y en particular la alfabética, necesita herramientas que, en su momento, no eran accesibles para cualquiera: estilos, pinceles, plumas, papiros, pergaminos.
Podemos imaginar el rechazo que habrá originado entre muchos lectores la aparición del códice, el formato de libro que conocemos hoy, con el consiguiente desplazamiento del papiro enrollado. Quien desenrolla un papiro puede decidir la cantidad de superficie escrita que tendrá ante sus ojos, sólo limitada por la posibilidad de estirar los brazos. Debe haber sido duro para muchos lectores encontrarse constreñidos a la extensión de la página.
Hoy, con Internet, estamos asistiendo a una revolución comparable a la invención de la imprenta: la posibilidad de que más conocimiento sea accesible a más personas. ¿Significó la imprenta el fin de la cultura? Por supuesto: si la escritura terminó con las culturas orales, la imprenta fue el fin de la cultura medieval, considerada como recopilación. Podemos imaginar la reacción de un monje copista frente a semejante engendro demoníaco.
Como siempre hay un error o un pecado en la raíz de la cultura, los nuevos cambios tecnológicos nos traen la vieja sensación de catástrofe universal. La industria editorial tiembla ante la amenaza del e-book, que ya es parte del presente y quizá sea el futuro. Hay que evitar el pensamiento milenarista. Ni la televisión hizo desaparecer a la radio, ni el cine hizo desaparecer al teatro, ni las tarjetas de crédito hicieron desaparecer a los billetes. Es posible imaginar una larga convivencia entre el libro en papel y el e-book, en la que quizás el libro en papel se convierta poco a poco en un objeto de lujo.
El mercado del libro digital llega al 25 por ciento de las ventas totales de libros en Estados Unidos. En Japón están de moda otra vez los folletines, que los autores van escribiendo a medida que se lee: cada capítulo semanal llega directamente al teléfono de los lectores. En el mercado en español, solamente un 2,5 por ciento de los libros se vende en formato digital. Pero, ¿los libros que se venden son los libros que se leen? Conozco personalmente a mucha gente que lee e-books en español. No conozco a nadie que los compre. ¿Somos los latinos más proclives a la piratería que los anglosajones? A riesgo de ser políticamente incorrecta, tengo que admitir que es muy posible. Pero, los e-books en español, ¿no son acaso absurdamente caros?
El e-book tiene algunas cualidades maravillosas. Se puede modificar el tamaño de la letra, no ocupa lugar, es perfecto para llevar en un viaje. El libro en papel no necesita recarga, huele bien y se puede hojear. Mientras los lectores electrónicos no permitan hojear un libro, el placer y la utilidad de los e-books estará limitado.
Entretanto, el libro, su esencia, sigue allí. Más allá de su soporte, la escritura sigue produciendo sus extraños efectos. El que lee está profundamente solo. El que lee no es fácil de manipular. Mientras lee no puede recibir mensajes publicitarios, es inmune a los discursos políticos, no forma parte de su familia ni de ninguna otra. Es un ser asocial, un mal consumidor. Lee, abstraído y feroz. Se incorpora al torrente de las letras, se deja llevar sin hundirse, feliz de participar en la corriente del más humano de los ríos, ese conjunto limitado de signos capaz de contener todos los universos posibles: el infinito, incorpóreo acontecer de la palabra escrita.
Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-9199-2013-10-13.html

10 mar 2014

Qué pueden hacer los padres para crear el hábito de lectura en sus hijos

Por: Rocío Brescia


No obligar a leer, visitar las librerías y compartir lecturas, son algunos de los consejos posibles de prestar atención.

Hoy más que nunca, la lectura corre el riesgo de ser vista por los niños como una imposición más de padres y profesores.
El niño puede crecer sin el hábito de dedicar parte de su tiempo a sumergirse en las letras y a enfrentarse con fascinantes aventuras en los mares del sur. Es precisamente en la primera década de la vida cuando las personas pueden adquirir este hábito; en esos diez años se tiene la oportunidad de asimilar para siempre el placer de leer como una necesidad consentida y deseada. Los pedagogos afirman que se aprende a disfrutar de la lectura y, por lo tanto, hay que ser conscientes de que se trata de algo que se puede enseñar. Para ello, es básico el núcleo familiar. Enseñar a leer es la asignatura que los padres deben transmitir a sus hijos, teniendo en cuenta siempre su carácter, motivación, gustos e intereses. En definitiva, el reto es estimular la curiosidad por los libros.
¿Qué puedo hacer para que mis hijos lean?
• No obligar a leer. Como toda actividad, la lectura requiere constancia para convertirse en hábito. Nunca se debe obligar a leer, pero sí se puede (y debe) convertir en un hecho cotidiano. La clave radica en que acabe formando parte del tiempo de ocio, igual que ver la televisión o jugar. En edades muy tempranas serán el padre y la madre los que directamente ejerzan esta función. Con el tiempo, el espacio dedicado a la lectura se irá ampliando, y serán los propios niños quienes decidan cuánto, cuándo y dónde van a leer.
• Accesibilidad de los libros. Aunque no se trata de juguetes, los libros deben ser accesibles, tanto los propios como los ajenos. Es necesario quitarles ese estatus de objeto importante que sólo adorna las librerías. Es más, se han de potenciar las bibliotecas propias desde que nacen, porque un libro después de ser leído, traspasa el umbral de lo meramente material.
• Visitar librerías. Las ferias o exposiciones pueden convertirse en un entretenimiento que acerque la literatura a los hijos. La idea de verse rodeado de tantas posibilidades familiariza al niño con este tipo de comercio y le añade atractivo. Además, si se le da una cantidad de dinero con el objeto de elegir el título que le guste, comenzará a desarrollar criterios de compra y aprenderá a distinguir qué obra merece la pena adquirir.
• Costumbre diaria. Leer todas las noches un cuento a los más pequeños se convertirá con el tiempo en un hábito de lectura diaria.
• Resolver dudas. Se deben buscar juntos en el diccionario los términos que no se entiendan. Con ello se inculca la buena práctica de ampliar vocabulario.
• No prohibir libros. Hay que prestar mucha atención en la edad crítica de la adolescencia, porque grandes lectores infantiles se pierden en esa etapa. En ese sentido, la libertad de elección será determinante. Nunca se deben prohibir títulos. En vez de eso, es importante explicar por qué no se va a entender lo que se lee, y cuál es el motivo para que no merezca perder el tiempo. De esta forma, se logrará despertar su espíritu crítico.
• Ser socio de una biblioteca. Una costumbre fácil y asequible es acompañar desde muy pequeños a los hijos a las bibliotecas. Posibilitan acceder a los libros sin necesidad de gastar grandes cantidades de dinero. Además, sirven para enseñar cómo escoger los títulos, e introducen a los pequeños lectores en el valor de la responsabilidad, ya que son ellos los que deben devolver el ejemplar prestado.
• Adaptarse a los gustos. Todo es susceptible de convertirse en la excusa que acerque a la lectura: un tema de actualidad, efemérides de personas o hechos que les llamen la atención o una película que les haya entusiasmado son ocasiones inmejorables para suscitar la pasión por los libros.
• Compartir la lectura. Cuando los niños crecen, se les puede ofrecer libros que estén leyendo los padres. Es muy motivador y divertido comentar en familia sobre los personajes o cualquier capítulo que les haya resultado interesante. La lectura es un atractivo tema de conversación entre padres e hijos.
Es fundamental transmitirles a los niños que leer libros también tiene otras ventajas además de potenciar la atención y estimular la curiosidad por diferentes temas: ayuda a expresar de mejor forma los pensamientos, así como a mejorar las relaciones humanas.
(*) Más sobre Fundación Leer en www.leer.org.ar
Fuente:http://www.lacapital.com.ar/ed_educacion/2013/9/edicion_219/contenidos/noticia_5060.html
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