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7 ago 2018

Tsundoku, el arte de acumular libros por placer


Tsundoku, el arte de acumular libros por placer

Para todos aquellos que disfrutan husmeando en librerías y bibliotecas y terminan comprando nuevos volúmenes, existen varias técnicas de orden

Disfrutar husmeando en bibliotecas y librerías tiene un riesgo que, para muchos, es un auténtico placer: terminar acumulando libros apilados o en las estanterías por encima de nuestras posibilidades. Este acopio de tomos tiene un nombre concreto en japonés: tsundoku . Un término que ya se ha comenzado a utilizar en los cinco continentes.

El tsundoku se puede traducir popularmente como “bibliomanía”. Este concepto describe la sensación de tener un hogar con libros apilados por el simple placer de verlos. La palabra viene de los términos de la jerga popular japonesa tsunde-oku, que quiere decirapilar cosas para luego y marcharse, y dokusho, que significa leer libros.

El tsundoku
Un concepto japonés que describe la sensación de tener un hogar con libros apilados por el simple placer de verlos.

A primera vista, puede parecer que el tsundoku lo ‘practican’ personas sombrías que acuden a las librerías con ese afán de seguir alimentando la pila. Sin embargo, es más que probable que todos los amantes de la lectura dispongan de ejemplares en sus bibliotecas que no han terminado de leer, ya sea porque no les convence el argumento, porque buscan sin éxito esos 15 minutos que permita darles una oportunidad, o bien porque esperan a que llegue ese momento de relax que permita devorarlos.

Y es que, para muchos, estar rodeados de libros aporta una sensación reconfortante y la tranquilidad de tener más conocimientos y entretenimientos a mano.

La visión de Marie Kondo
Su objetivo y recomendación pasa por tener una colección de libros lo más pequeña posible.

El día a día y las rutinas ajetreadas pueden ser algunos de los motivos que llevan a esta situación y no por eso faltan a sus costumbres de adquirir por placer. Para todos aquellos que disfrutan husmeando en librerías y bibliotecas y terminan comprando nuevos volúmenes, existen varios métodos de orden. Algunos a favor del tsundoku y otros en contra.

En el grupo de estos últimos se encuentra la precisamente japonesaMarie Kondo, autora, empresaria y consultora que ha escrito cuatro libros sobre el arte de organizar. La gurú del orden nipona defiende que para tener una librería bien estructurada es importante contar sólo con esos ejemplares a leer. Es por eso que su objetivo y recomendación pasa por tener una colección de libros lo más pequeña posible.

Para ello, es necesario sacar todos los volúmenes y ponerlos en el suelo. A continuación, hay que organizarlos en dos montones diferenciando entre los que se van a leer de los que se van a donar. Para hacer dicha distinción, Kondo defiende el poder de la energía. De esta manera se consigue hacer una limpieza importante con una librería llena de obras que aportan energía.

Disfrutar husmeando en bibliotecas y librerías tiene un riesgo que, para muchos, es un auténtico placer: terminar acumulando libros apilados o en las estanterías por encima de nuestras posibilidades. Este acopio de tomos tiene un nombre concreto en japonés: tsundoku . Un término que ya se ha comenzado a utilizar en los cinco continentes.

El tsundoku se puede traducir popularmente como “bibliomanía”. Este concepto describe la sensación de tener un hogar con libros apilados por el simple placer de verlos. La palabra viene de los términos de la jerga popular japonesa tsunde-oku, que quiere decirapilar cosas para luego y marcharse, y dokusho, que significa leer libros.

El tsundoku
Un concepto japonés que describe la sensación de tener un hogar con libros apilados por el simple placer de verlos
A primera vista, puede parecer que el tsundoku lo ‘practican’ personas sombrías que acuden a las librerías con ese afán de seguir alimentando la pila. Sin embargo, es más que probable que todos los amantes de la lectura dispongan de ejemplares en sus bibliotecas que no han terminado de leer, ya sea porque no les convence el argumento, porque buscan sin éxito esos 15 minutos que permita darles una oportunidad, o bien porque esperan a que llegue ese momento de relax que permita devorarlos.

Y es que, para muchos, estar rodeados de libros aporta una sensación reconfortante y la tranquilidad de tener más conocimientos y entretenimientos a mano.
La visión de Marie Kondo
Su objetivo y recomendación pasa por tener una colección de libros lo más pequeña posible

El día a día y las rutinas ajetreadas pueden ser algunos de los motivos que llevan a esta situación y no por eso faltan a sus costumbres de adquirir por placer. Para todos aquellos que disfrutan husmeando en librerías y bibliotecas y terminan comprando nuevos volúmenes, existen varios métodos de orden. Algunos a favor del tsundoku y otros en contra.

En el grupo de estos últimos se encuentra la precisamente japonesaMarie Kondo, autora, empresaria y consultora que ha escrito cuatro libros sobre el arte de organizar. La gurú del orden nipona defiende que para tener una librería bien estructurada es importante contar sólo con esos ejemplares a leer. Es por eso que su objetivo y recomendación pasa por tener una colección de libros lo más pequeña posible.

Para ello, es necesario sacar todos los volúmenes y ponerlos en el suelo. A continuación, hay que organizarlos en dos montones diferenciando entre los que se van a leer de los que se van a donar. Para hacer dicha distinción, Kondo defiende el poder de la energía. De esta manera se consigue hacer una limpieza importante con una librería llena de obras que aportan energía.



Por el contrario, para todos aquellos amantes del tsundoku existen otros métodos de organización que permiten seguir acumulando ejemplares. Los libros se pueden ordenar según criterios diferentes: temas, autores, colecciones o títulos siguiendo un orden alfabético.

De todos estos parámetros, dependen también los distintos formatos y tamaños de los volúmenes. Conviene combinar criterios para evitar que queden huecos en las estanterías y se desaproveche el espacio disponible. Además, es recomendable reservar para las obras grandes la parte superior de las estanterías, ya que tienen tipografías de dimensiones destacadas que resultan más fáciles de diferenciar desde una distancia mayor mientras que los pequeños quedarán a la altura de los ojos.

Otros métodos de organización
Los libros se pueden ordenar según criterios diferentes: temas, autores, colecciones o títulos siguiendo un orden alfabético.

No hay que olvidar que, al final, la estantería de los libros es un espacio dinámico que puede estar siempre en movimiento. Si lo habitual es que se sumen libros, se puede dejar un estante destinado a las incorporaciones, o bien a las obras de próxima lectura, en un lugar a mano antes de ubicarlas en el que será su sitio definitivo en la biblioteca.

Con respecto al préstamo de libros, si alguien cede muchos ejemplares de su propiedad existe una variante decorativa que funciona como recordatorio: siluetas que se ubican entre los ejemplares en el lugar del libro faltante. Con ellas, es fácil reconocer a simple vista cuántos se han prestado. Claro que, quizás el no obtenerlos de vuelta también ayuda a evitar la acumulación de tomos que no tienes intención de volver a leer.

Librería doméstica

Fuente bibliogràfica
Tsundoku, el arte de acumular libros por placer. La Vanguardia06/08/2018. [Consulta: 7 agosto 2018]. Disponible en: https://www.lavanguardia.com/libros/20180806/451198229871/tsundoku-acumular-libros.html

20 jul 2017

«Tsundoku», la irresistible pasión de acumular libros

Por: María Luisa Funes

El uso de este vocablo japonés comienza a hacerse habitual. En la era digital la «bibliomanía» se extiende: atesorar más volúmenes de los que se pueden leer.



Para los que imaginamos, como Borges, que el paraíso debe ser algún tipo de biblioteca, la Feria del Libro es un peligro y un placer a partes iguales. Encubre el llamado tsundoku, una manía que nos impulsa a acumular libros.

Cual ludópatas a las puertas de un casino, al acercarnos a las casetas de la Feria del Libro sentimos una extraña emoción, un «yo-que-sé», una especie de hormigueo de curiosidad y una cierta disposición a aflojar la billetera. Se agolpan los visitantes frente al puesto de una librería de nombre extraño y nos acercamos para ver qué se está cociendo. Un escritor de novelas románticas en los «cincuentaymuchos» atesora una larga cola de fans. Sus lectoras esperan ávidas el turno de saludar al novelista, quizás con el afán de hacerse un selfie para saciar la sed de mostrar todo en las redes sociales.

El caso es que para aquellos que disfrutan husmeando en librerías y bibliotecas para acabar comprando nuevos volúmenes, es casi inevitable terminar acumulando más libros de los que lleguen a leer. Ya sea porque al final el libro no era tan bueno como imaginaban, porque el tema dejó de interesarles, porque el autor les aburrió en la página 14 o porque un nuevo tomo se llevó toda la atención, los aficionados a la lectura suelen tener libros sin acabar de leer. O incluso algunos sin empezar a leer. Y el que no lo reconozca, miente.

Ahora, esta especie de síndrome de querer poseer más libros de los que se han leído –o se van a poder leer nunca–, tiene un nombre concreto en japonés. Es un término que ya se ha comenzado a utilizar en los cinco continentes: tsundoku. Se podría traducir precariamente como «bibliomanía» y se describe como el síndrome por el cual se adquiere material de lectura que luego queda apilado en casa sin leer. La palabra viene de los términos de la jerga casual japonesa: tsunde-oku, que quiere decir «apilar cosas para luego y marcharse», y dokusho, que significa leer libros. La conjunción de ambos resulta en tsundoku.


Y es que, para muchos, estar rodeados de libros aporta una sensación placentera y reconfortante, da la tranquilidad de tener más conocimientos y entretenimientos a mano. Y quizás, comprar libros sin fin no sea otra cosa que seguir buscándose a sí mismo en cada uno de ellos. En el caso de los que sufren tsundoku, lo curioso es que el coleccionista/lector en realidad no desea dejar su vicio; es más, se gasta una fortuna que va in crescendo en libros y suele atiborrar de arriba a abajo cualquier espacio disponible en sus estanterías, acudiendo a apilar volúmenes en el suelo si es necesario. Dado que ninguna palabra en español se refiere a este hábito de comprar libros compulsivamente para terminar dejándolos apilados sin leer, aceptaremos tsundoku –o sundoku– como libro de compañía.



Fuente bibliográfica
FUNES, MARÍA LUISA, 2017. «Tsundoku», la irresistible pasión de acumular libros. abc [en línea]. [Consulta: 20 julio 2017]. Disponible en: http://www.abc.es/sociedad/abci-tsundoku-irresistible-pasion-acumular-libros-201706020830_noticia.html. 

13 mar 2017

El hombre que murió aplastado por una avalancha de libros (y otros objetos)

Por: Alejandro Gamero 



Langley CollyerQuisiera detenerme en la cara menos amable de ese acaparamiento obsesivo compulsivo centrándome en la historia de Langley Collyer, un hombre que murió en 1947 aplastado por una avalancha de libros. Quienes conozcan a Collyer ?y no es extraño que así sea porque cualquiera no tiene un síndrome con su nombre? me dirán que estoy haciendo trampas. Me dirán que Collyer no era lo que se dice un coleccionista empedernido de libros. Que no padecía esa enfermedad conocida como bibliomanía, que en japonés se describe con una palabra tan poética como tsundoku, y que en sus fases más avanzadas puede recibir el nombre de bibliotafia, cuando el que la padece llega al extremo de enterrarse con sus libros. Me dirán que Collyer era acaparador de todo, que también coleccionaba camas plegables, chatarra, pianos de cola o máquinas de coser. Me dirán que la avalancha que aplastó a Collyer tenía, además de libros, varias toneladas de periódicos. Con todo, la historia de Langley Collyer es la historia de lo que la obsesión por acumular libros -o mucho de cualquier cosa- puede hacer.

Langley Collyer pertenecía a una familia neoyorkina de clase acomodada. Tras la muerte de sus padres él y su hermano Homer se quedaron en la vivienda que los haría célebres, una casa de cuatro pisos en el cruce entre la Quinta Avenida y la calle 128 en Harlem, Manhattan. En principio el comportamiento de ambos hermanos no era demasiado excéntrico ?solo lo suficiente?, pero todo cambió en 1933 cuando Homer perdió la vista debido a una hemorragia interna en los ojos. Langley renunció a todo, incluyendo a su trabajo, para cuidar a su hermano y a partir de ese momento ambos se fueron retirando del mundo y, a medida que pasaba el tiempo y la Gran Depresión hacía estragos en Manhattan, los Collyer fueron evitando salir al mundo y se enclaustraron cada vez más.

Parte de la biblioteca de los hermanos Collyer

La falta de actividad física y el reumatismo hicieron que Homer quedara impedido, así que los cuidados de Langley tuvieron que intensificarse. Las excentricidades de la pareja de hermanos fueron aumentando con los años. Langley, que se negaba a recurrir a profesionales médicos, estaba convencido de que podía conseguir que su hermano recuperara la vista y para ello le suministraba una dieta basada en la ingesta de cien naranjas semanales, supuestamente por los beneficios de la vitamina C. Pensaba además que cuando Homer recuperara la vista querría ponerse al día, así que empezó a almacenar libros y periódicos de forma compulsiva. Se estima que Langley llegó a acumular decenas de miles de libros y más de doscientos mil periódicos.

Pero la obsesión por acumular de Langley no se detenía en libros y periódicos. Comenzó a aventurarse fuera de la casa después de la medianoche para caminar kilómetros por toda la ciudad en busca de comida, que casi siempre conseguía rebuscando en las basuras. También empezó a recoger y a llevar a casa todo tipo de artilugios y materiales de deshecho, que con el tiempo llegaron a cubrirlo todo.

Aspecto de una de las habitaciones de la casa

En 1938 apareció un artículo sobre ellos en The New York Times en el que se especulaba que el aislamiento de los hermanos podía deberse a que ocultaban ingentes cantidades de dinero y que temían depositarlo en un banco o que les robaran. Un rumor, por cierto, más infundado que verdadero, porque aunque disponían de rentas familiares, con el tiempo se fueron empobreciendo, hasta el punto en que dejaron de pegar electricidad, agua y gas ?y por tanto se les cortó?. Sin embargo, como consecuencia del rumor se produjeron varios intentos de robo en la casa de los Collyer, así que Langley echó mano de sus conocimientos de ingeniería y construyó con la basura que había en la casa, sobre todo con cajas y con chatarra, una serie de trampas y un laberíntico sistema de túneles. A partir de ese momento los hermanos pasaron a vivir en nidos que se habían fabricado entre los escombros.

Uno de los túneles de basura

Solo en una ocasión pudo comprobarse el estado en que se encontraba el interior de la vivienda. Fue en 1942, cuando la Caja de Ahorros Bowery puso en marcha los trámites para desalojar a los Collyers por no pagar la hipoteca durante tres años. La policía consiguió abrirse paso rompiendo la puerta principal y lo primero que se encontró fue una pared de basura apilada hasta el techo. Langley, que se encontraba en un claro entre los escombros, emitió un cheque por el importe total de los tres años de hipoteca y los trabajadores se retiraron.

La policía examina uno de los relojesLa siguiente ocasión en la que alguien entró en la casa de los Collyers fue en 1947, debido a la muerte de ambos hermanos. El 21 de marzo de ese año alguno de los vecinos alertó a la policía de que los hermanos no daban señales de vida desde hacía bastante tiempo y que el olor a descomposición que salía de la casa era insoportable. Como la entrada estaba taponada por enormes bloques de periódicos y toda clase de basura, el equipo de bomberos tuvo que hacer un agujero en la azotea de la vivienda para entrar por el techo. Después de seis horas de atravesar angostísimos pasadizos a través de objetos de todo tipo, se encontró el cuerpo sin vida de Homer, sentado en una silla. El cuerpo de Langley, que estaba a escasos metros del de Homer, no se pudo localizar hasta dieciocho días después, bajo una montaña de libros y periódicos. Supuestamente Langley habría muerto aplastado por un derrumbe -accionado quizá por una de sus trampas- mientras trataba de acceder al lugar donde se encontraba su hermano para darle de comer. Homer, sin poder hacer nada, había muerto de inanición.

Operarios limpiando la casa

  La policía y los trabajadores quitaron aproximadamente unas 120 toneladas de escombros y de basura en general. Entre los objetos retirados de la casa se incluían coches de bebé, un cochecito de muñecas, bicicletas oxidadas, comida en mal estado, una colección de armas de fuego, lámparas de araña de cristal, la capota de un coche de caballos, bustos de yeso, órganos humanos en tarros con vinagre, máquinas de rayos X, ocho gatos vivos, el chasis de un coche, tapices, relojes, catorce pianos de cola, un clavicordio, dos órganos, violines, trompetas, acordeones, un gramófono o un esqueleto humano. Y libros, muchos libros, más de 25.000. Durante una semana miles de personas se agolparon alrededor de la casa para asistir al espectáculo en que se convirtió la limpieza de la vivienda.

Limpieza de la vivienda convertida en espectáculo

 Tan extrema se consideró la obsesión acaparadora de Langley que el «síndrome de los hermanos Collyers» se ha pasado a considerar como un caso extremo y exagerado del síndrome de Diógenes

homer y langley-edgar lawrence doctorow-9788493722876Entre los muchos libros que hablan de la historia de los hermanos Collyers destaca una novelita titulada Homer y Langley escrita por el norteamericano Edgar Lawrence Doctorow en 2009 y traducida al español por Miscelánea Editorial.
Un libro muy recomendable que conviene tener en esa amenazante biblioteca que poco a poco va creciendo hasta convertirse en algo monstruoso y nos va robando el espacio vital.








Fuente bibliográfico
GAMERO, ALEJANDRO, 2015. El hombre que murió aplastado por una avalancha de libros (y otros objetos). La piedra de Sísifo [en línea]. [Consulta: 13 marzo 2017]. Disponible en: http://lapiedradesisifo.com/2015/04/23/el-hombre-que-murio-aplastado-por-una-avalancha-de-libros-y-otros-objetos/. 




22 feb 2017

Thomas Phillipps, el hombre que intentó tener todos los libros del mundo

Por: Alejandro Gamero


A diferencia de un lector cualquiera, incluso de los más vehementes, el bibliófilo ¿que a veces puede no ser lector? idolatra los libros más que por su contenido, sino también, por su materialidad física. Sin embargo, incluso en esta bibliopatología existen grados. La bibliofilia alcanza su nivel más extremo cuando la obsesión por los libros se convierte en una locura capaz de condicionar o de devorar la vida de una persona y la de aquellos que lo rodean ¿y sino que se lo digan a Langley Collyer, que murió aplastado por una avalancha de libros sin ser bibliófilo?. Entonces, más que de bibliofilia habría que hablar de bibliomanía. No es que haya habido muchos chiflados que encajen en el perfil del bibliómano, pero haberlos los hay, y entre ellos destaca, muy por encima del resto, Thomas Phillipps, de quien podría decirse que más que bibliómano es bibliomaníaco de manual, si es que hubiera manuales de bibliomanía.

   Nacido en 1792, Phillipps era hijo ilegítimo de un fabricante textil del que heredó una mansión que le serviría para albergar el que sería el proyecto de su vida, la mayor colección de libros y manuscritos que una sola persona haya conseguido reunir en el siglo XIX. Phillipps entró en el mundo de la bibliofilia pisando fuerte: con seis años ya tenía una colección que superaba el centenar de libros. Aunque fue a partir de su época de estudiante cuando decidió iniciarse en serio en el coleccionismo de libros.

 Residencia cerca de Broadway, en Worcestershire

Con los años el desdichado Phillipps comenzó a adoptar unos hábitos capaces de echar a temblar a cuantos libreros lo veían aparecer por la puerta. Y es que no era extraño que entrara en una librería y comprara todos sus libros, así, directamente, por kilos. También compraba catálogos enteros ?de esos que te llegan a casa? y lotes completos de libros en las subastas. En una ocasión se atrevió a pujar contra la Biblioteca Británica y les arrebató un preciado lote de libros.

Se calcula que la biblioteca de Phillipps llegó a contener unos 40.000 libros impresos y unos 60.000 manuscritos, la colección individual más grande de todo el siglo XIX. Según el escritor Alan Noel Latimer Munby el redomado bibliómano llegó a gastar entre doscientas mil libras y un cuarto de millón, con una media de cuatro o cinco mil libras al año, llevando a su familia a la más absoluta ruina. «Quiero tener todos los libros del mundo», le escribió a un amigo, y siendo francos, aunque no lo consiguió empeñó no le faltó.

De las veinte habitaciones que había en su residencia, cerca de Broadway, en Worcestershire, dieciséis estaban destinadas a albergar libros. En 1850 decidió mover su biblioteca, temeroso de que el día de mañana sus herederos pudieran quedársela, y la trasladó a una mansión en Cheltenham. 250 hombres y 125 carros tuvo que contratar el amante de los libros para poder moverlos y hacerlo le llevó dos años.

Nueva residencia en Cheltenham

En 1872 Phillipps moría y sucedió un episodio que demuestra la futilidad de cualquier empresa humana. Contra la última voluntad del difunto su espectacular colección se diseminó por todo el mundo. En sus últimos años Phillipps había estado en negociaciones con la Biblioteca Británica para cedérsela pero estas no prosperaron.

Además, el bibliómano no solo no consiguió leer ni una mínima parte de lo que había reunido sino que ni siquiera logró clasificarlo, lo que facilitó su dispersión. Después de la muerte de Phillipps, durante cinco décadas, su nieto se dedicó a vender lotes de libros a innumerables coleccionistas, bibliotecas, archivos y toda clase de instituciones. Y así los libros de Phillipps han ido circulando por el mundo hasta nuestros días. De hecho, la parte final de la colección fue vendida por Christie’s en junio de 2006.

   Dedicas por completo tu vida a reunir libros y te quedas en la quiebra y de paso arruinas a tus seres queridos para nada. Para que llegue un nieto y te venda el proyecto de tu vida. Si es que ya lo decía al principio: hay que estar muy loco para ser bibliómano.



Fuente bibliográfica
GAMERO, ALEJANDRO, 2017. Thomas Phillipps, el hombre que intentó tener todos los libros del mundo. La piedra de Sísifo [en línea]. [Consulta: 23 febrero 2017]. Disponible en: http://lapiedradesisifo.com/2017/02/15/thomas-phillipps-el-hombre-que-intento-tener-todos-los-libros-del-mundo/. 


http://lapiedradesisifo.com/2017/02/15/thomas-phillipps-el-hombre-que-intento-tener-todos-los-libros-del-mundo/
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