El propósito de las bibliotecas públicas es el mismo que el efecto que tiene el uso compartido de archivos. No se puede defender uno y atacar el otro.
Mostrando entradas con la etiqueta archivos digitales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta archivos digitales. Mostrar todas las entradas
22 may 2015
La delgada línea entre bibliotecas públicas y el uso compartido de archivos
Por: Rick Falkvinge
El propósito de las bibliotecas públicas es el mismo que el efecto que tiene el uso compartido de archivos. No se puede defender uno y atacar el otro.
El propósito de las bibliotecas públicas es el mismo que el efecto que tiene el uso compartido de archivos. No se puede defender uno y atacar el otro.
Las bibliotecas públicas comenzaron a aparecer a mediados de 1800. En ese momento, las editoriales enfurecieron, pues llevaban un tiempo haciendo lobby para que el préstamo de libros fuera ilegal porque, en su opinión, leer un libro sin haber pagado antes era “robar”. Como consecuencia, consideraban que las bibliotecas públicas del momento eran un hervidero de criminales y robos (aquellas instituciones eran llamadas “bibliotecas por suscripción”, así que se les tildaba como organizaciones con ánimo de lucro, además).
En ese momento, el Parlamento británico, a diferencia de los políticos de hoy, estuvo en sabio desacuerdo con el lobby de la industria editorial. Los legisladores vieron el valor económico de tener un público educado y culto e introdujeron una ley que permitía la existencia de bibliotecas públicas gratuitas en 1850.
En otras palabras, hicieron excepciones explícitas al monopolio del derecho de autor para beneficiar el acceso a la cultura y el conocimiento. En buena parte de la legislación sobre derecho de autor actual dice explícitamente que los dueños de los derechos no pueden objetar la lectura y préstamo de sus trabajos en el contexto de las bibliotecas públicas. Este hecho puede ser rastreado hasta las discusiones de 1850.
¿Esto como difiere de la práctica de compartir archivos de hoy, de la manufactura de una copia propia del conocimiento y la cultura derivada de otras fuentes? ¿Hay alguna diferencia?
Sí, son diferentes. Son diferentes en cuanto a la eficiencia. Allí en donde las bibliotecas públicas pueden educar a un ciudadano a la vez por cada libro original, el uso compartido de archivos tiene el potencial de hacerlo con millones a la vez, todo con el mismo esfuerzo que ya se invierte.
Las bibliotecas y el uso compartido de archivos no son diferentes en términos de pagos ante los titulares de derechos de autor (ante los dueños del monopolio). Es muy común escuchar que los autores reciben regalías cuando sus libros son prestados en una biblioteca. Esto no es cierto. Los autores reciben una porción de dinero muy diluida en la mayoría de países europeos, que está basada en las estadísticas de lectura de estas instituciones, pero no es una forma de compensación por la actividad en esa biblioteca en particular. La diferencia es crucial.
En cambio, ese dinero “proveniente de las bibliotecas” es una especie de subvención que se otorga de forma unilateral cuando se utilizan los datos estadísticos de las bibliotecas. No es cierto que los autores reciban dinero cuando sus libros son prestados. En algunos casos sí sucede, pero esto es apenas una coincidencia. Cuando un libro de Harry Potter es pedido en préstamo en una biblioteca pública en Suecia, por ejemplo, J.K. Rowling (la autora) no recibe un solo centavo por esto. Cosa que sí pasa con el traductor, como parte de un apoyo para promover la disponibilidad de la cultura en el idioma local, no para compensar al autor. La conexión entre préstamos y compensaciones puede ser derrotada con ejemplos triviales.
Las bibliotecas y el uso compartido de archivos no son diferentes en el fin que persiguen. El propósito de estas instituciones es poner la cultura y el conocimiento gratuitamente a disposición de tantas personas como sea posible, tan sólo por los grandes beneficios socioeconómicos de tener una población educada y culta. ¿En qué difiere esto de lo que sucede cuando se comparten archivos?
Uno simplemente no puede defender las bibliotecas públicas y oponerse al uso compartido de archivos. Ambas cosas hacen parte del mismo fenómeno, sólo que uno es vastamente más eficiente que el otro.
Durante la discusión de 1850, un editor argumentaba que, parafraseándolo, “no se puede permitir que la gente simplemente lea libros gratuitamente. Si hay una ley que avale esto, entonces ningún autor va a volver a recibir un centavo por sus libros de nuevo. No se van a escribir más libros si esta legislación es aprobada”. Tristemente, he perdido la fuente original de esta cita, que llegó a mí en febrero de 2009.
En efecto, ningún libro ha sido escrito desde 1850. Y ninguna película o pieza musical ha sido creada desde que, alrededor de 1999, se comenzaron a compartir archivos a gran escala a través de internet. La cosa ha sido así o, más bien, estos argumentos son falaces.
Hemos construido la biblioteca pública más grande de todos los tiempos. Toda la humanidad puede acceder al conocimiento colectivo de la especie 24 horas al día, siete días a la semana, y además contribuir a este repositorio comunitario. Todas las herramientas y la infraestructura necesarias están listas. No hay que invertir un solo centavo en dinero de los contribuyentes para lograrlo. Lo único que se necesita es remover las restricciones que hay para acceder a estos servicios.
¿Por qué permitimos que una industria se interponga en el camino?
FALKVINGE, RICK 2015. La delgada línea entre bibliotecas públicas y el uso compartido de archivos. ElEspectador [en línea]. [Consulta: 22 mayo 2015]. Disponible en: http://www.elespectador.com/tecnologia/delgada-linea-entre-bibliotecas-publicas-y-el-uso-compa-articulo-560194.
Etiquetas:
archivos
,
archivos digitales
,
bibliotecas
,
Bibliotecas públicas
,
datos
,
prestamo
20 may 2013
El futuro del patrimonio cultural
Por: Jomar Díaz Delbert
Mucha de la documentación histórica que actualmente se considera patrimonio cultural surgió con otros propósitos muy diferentes a rol patrimonial que cumplen actualmente, por ejemplo, archivar la información oficial de los gobiernos en determinadas regiones de la antigüedad, servir de registros poblacionales, ensalzar la figura de un político o líder religioso. Estos son solo unos reducidos ejemplos de los objetivos iniciales de las diferentes tipologías de documentos y, que sin embargo, al paso del tiempo y el lógico cambio de mentalidades se reconceptualizan. Lo que ayer pudo ser un documento pagano, perseguido, ocultado hoy puede formar parte del patrimonio y orgullo cultural de una nación. Esto demuestra que las creaciones humanas son entendidas y valoradas de formas muy diversas y diferentes de como lo fue en sus inicios lo que permite una recreación y reflexión del pasado y presente, respectivamente.
La era digital ha permitido, junto con la creación de muchos tipos y cantidades de contenidos que componen el acervo cultural digital presente, el desafío de preservar ese acervo cultural y que solo las futuras generaciones determinarán si lo consideran su patrimonio cultural con sus diferentes taxonomías o no. La UNESCO en el año 2003 redactó la “Carta para la Preservación del Patrimonio Digital” donde se proponen las bases de lo que se percibe como el patrimonio digital y la validez de su preservación.
Si en el pasado la información tenía una relación inherente con el soporte, por lo que conservar éste implicaba también hacerlo con la información, con la era digital esta relación se diluye y surge el reto de preservar una información que puede estar en varios soportes al mismo tiempo y a su vez no estar ligada a ninguno. Entonces, ¿cómo preservar en los entornos digitales una información que puede ser parte del patrimonio cultural y que se heredará al futuro? ¿Cómo mantener esos objetos digitales auténticos, fiables, íntegros y accesibles? ¿Puede un repositorio digital desarrollarse para preservar información con carácter patrimonial a futuro?
Los objetos digitales y sus atributos: Autenticidad, Fiabilidad, Integridad y Accesibilidad del patrimonio digital
Con el advenimiento y rápido desarrollo de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, la producción de información ha crecido exponencialmente, lo cual implica que las instituciones de información además de recoger, almacenar y difundir la información digital, se pretende que la misma esté disponible, sea recuperable y perdure a lo largo del tiempo sin que se vea afectada por los inevitables cambios tecnológicos producidos a velocidad vertiginosa.
En términos generales los documentos digitales son considerados como objetos o sea unidades significativas de información que haya sido registrada en un soporte que permita su almacenamiento y posterior recuperación, es necesario precisar que los objetos digitales (OD) son según Thibodeau (2002) son unidades de información que puedan ser representadas a través de una secuencia de dígitos binarios.
Se concuerda con Ferreira (2009) en que esta definición es lo suficientemente abarcadora como para aceptar la información nacida digitalmente así como la información digital obtenida a partir de soportes analógicos (objetos digitalizados).
Para Rocha (2009) los objetos digitales son cadenas de bits registrados a partir de una información de representación que es visible y comprensible a través de una combinación de hardware, software, soporte y personal.
Según López (2007) los objetos digitales tienen una naturaleza compleja y dinámica, son objetos ″vivos″ que tienen diferentes ubicaciones en la red, se agregan y mantienen relaciones entre sí, y cuyas necesidades de almacenamiento, gestión, acceso, difusión y reutilización, en un entorno de trabajo en colaboración, requieren un sistema escalable y flexible, capaz de tratar y representar esa complejidad y adaptarse a los más que previsibles cambios tecnológico. Se clasifican según la siguiente tipología:
- OD heterogéneo: puede representar muchos tipos de unidades de información al unísono (objetos textuales, imágenes, libros electrónicos, objetos multimedia, datasets, metadatos, etc.).
- OD complejo: soporta la agregación en un único OD más de un componente con cualquiera de los tipos especificados anteriormente. Esos componentes pueden estar incluidos en el objeto o bien estar referenciados mediante Uniform Resource Locator (URL).
- OD dinámico: disponen de métodos asociados (otro tipo de OD) capaces de actuar sobre él. Por ejemplo, ofrecer la vista ampliada de una imagen o la tabla de contenidos del documento libro obtenido mediante su generación en tiempo de ejecución. Estos OD suelen llamarse también jerárquicos.
El soporte es el objeto físico susceptible sobre el cual se pueden grabar y recuperar los datos. Pueden ser magnéticos, electrónicos u ópticos:
- Discos duros y Disquetes como magnéticos,
- Memorias flash como electrónicos y
- CD, DVD como ópticos.
En los soportes magnéticos varía su capacidad de almacenamiento, son más estables y el contenido puede ser fácilmente modificable. Los soportes ópticos tienen una capacidad de almacenamiento fija y el contenido no es modificable salvo en algunos casos como los CD/DVD rescribible aunque son más endeble e inseguro que los solamente escribible.
Los formatos de archivo son el conjunto de reglas o especificaciones mediante las cuales se pueden organizar datos de diversa naturaleza, para poder acceder posteriormente a estos a través de los intérpretes (programas) adecuados, o sea un formato es la estructura usada para grabar datos en un fichero. Existen muchos formatos de objetos digitales según Lara P, G, Castro T, A, López G y otros (2008), por ejemplo: para almacenar texto sin formato (TXT), imagen vectorial, mapa de bits y texto (PDF), imágenes (JPG, PNG, etc.) y audio y/o video (MP4, WMV, etc.) entre otros.
Extracto del eBook Entorno Digital y Futuro de la Cultura.
1 nov 2012
La memoria ya es digital
POR: Horacio Tarcus
Un experto en documentación y archivos explica cómo es el
tránsito inexorable del documento encarpetado al formato virtual e intangible.
Sin embargo, el fetichismo del papel no debe ser reemplazado por el del chip,
advierte Tarcus.
Archivos,
documentos, carpetas, ficheros, almacenamientos, permisos de acceso, solo
lectura, copias de seguridad… Buena parte de la jerga propia de la
archivística, utilizada hasta hace poco tiempo por celosos archiveros o
atribulados empleados de un despacho judicial, se ha extendido en los tiempos
de la digitalización al habla cotidiana de la mayor parte de la población.
Hasta hace unos
pocos años nuestra percepción de los “archivos” remitía a interminables
pasillos poblados de anaqueles atiborrados de empolvados papeles, debidamente
clasificados y encintados en viejas carpetas, con su correspondiente etiqueta
manuscrita.
Hoy la palabra
“archivo” nos remite a un uso mucho más cotidiano: el “archivo digital” de
nuestro procesador de texto.
Se parecen en
mucho, pero no son lo mismo. Nuestro archivo tiene hoy páginas pero no hojas,
tiene tamaño y color, e incluso peso, pero de él no emanan olores ni se acumula
polvillo: es apenas un gélido conjunto de bits almacenados en un dispositivo.
Sin
embargo, la noción de “archivo digital” nace por analogía con el mueble
archivero de una oficina o institución: una unidad constituida por cajones, que
a su vez contiene carpetas, dentro de las cuales se guardan documentos. Lo que
hoy llamamos “archivo digital” equivale en verdad al documento considerado en
su unidad, mientras que el conjunto de archivos y carpetas que se organiza de
modo jerárquico y arborescente constituye lo que se denomina un “sistema de
archivos”.
Lo curioso es que
hay una asimetría en esta duplicación virtual: en el archivo real, el de los
anaqueles, los biblioratos y el polvillo, la unidad es el documento,
reservándose la designación de archivo, o mejor, de fondo de archivo, a la
totalidad de la documentación reunida por una institución o una persona. O se
llama coloquialmente archivo a la institución que lo resguarda. En cambio, en
la era digital, “archivo” es la unidad.
Pero la
archivística no sólo se ha conmovido por esta apropiación de su jerga en la era
de la información: es que la sola posibilidad de la digitalización de los
fondos de archivo abre un horizonte extraordinario en lo que hace a la
preservación, la administración, la visibilidad, la accesibilidad y la
reproducción de un patrimonio cultural hasta hace poco, difícilmente accesible.
No sólo se ha revolucionado la labor de los archivistas, sino también nuestra
propia experiencia como lectores, eventuales o profesionales, de papeles de
archivo. ¿Quién no ha experimentado emoción y alegría al encontrar colgada en la Web la copia digital de un
antiguo o remoto documento histórico que de otro modo acaso nunca hubiera visto
jamás, o al abrirse con apenas un clic la imagen de la carta manuscrita o el
borrador de un escritor querido?
Pero aquí
justamente comienza el problema. Es que un documento encontrado en la Web luego de afanosa búsqueda,
por emocionante que sea el proceso y sobre todo el hallazgo, y por más
elocuente que nos parezca en sí mismo, es siempre una pieza dentro de una
totalidad.
La moderna archivística se fundó, precisamente, sobre el principio
de que el documento dice sobre todo en relación al conjunto de los documentos
que componen un fondo. Entonces, no se trata sólo de descifrar el texto o las
imágenes del documento que tenemos a la vista, sino también y sobre todo de
saber cuál es su procedencia: de qué fondo proviene, qué persona o institución
conformó ese fondo, qué lugar ocupa dentro de su estructura / jerarquía y,
además, cuál es la institución que hoy nos garantiza la autenticidad del
documento, que nos informa de su organización, que recupera la historia
archivística de ese fondo, que nos autoriza o no a leerlo, o a reproducirlo,
completo o en parte. Aquello que Derrida ha designado como “el poder arcóntico
del archivo”, recordándonos que archivo proviene de arkhé , el comienzo, y se vincula al arkheîon , la casa, la residencia de los arcontes, bajo cuya tutela
se guardaban los documentos oficiales. El documento de archivo remite pues al arkhé , al comienzo, al olvido y la
conservación de la memoria; y también a la institución que lo guarda, esto es,
al poder. El documento aislado es la prenda del fetichismo del coleccionista;
el investigador, en cambio, trabaja con el documento integrado en un fondo,
resguardado y catalogado por una institución.
Desde luego, el
problema del documento aislado se nos presenta tanto de modo real como virtual.
El librero de viejo o el rematador de bienes culturales nos ofrecen
habitualmente piezas sueltas valorizadas no sólo por el prestigio del autor
(una carta de Borges, un dibujo de Rafael Alberti, un poema manuscrito de
Neruda) sino por el aura de la pieza única y original. Normalmente son piezas
desgajadas de un fondo y destinadas al fetichismo coleccionista. Pero en el
mundo virtual de la Web
el problema se acentúa, pues nuestra pantalla nos ofrece a menudo sólo la
imagen de un documento, una pieza suelta y sin el contexto que le da sentido.
Pero al fetichismo
de la pieza suelta se ha sumado el fetichismo de la digitalización. Hay quienes
creen muy seriamente, por ejemplo, que al caos de nuestro Archivo General de la Nación debemos enfrentarlo
meramente con un programa de digitalización total. Ignoran que la
digitalización no hace milagros: se limita a reproducir de modo virtual el
orden o el desorden del original. Sea en papeles, carpetas y anaqueles, o sea
en bits y en discos rígidos, la identificación y catalogación de los fondos es
ineludible.
En conclusión: aunque me gustan los estrechos pasillos amenazados por
empinados estantes, biblioratos que amenazan caerse sobre nuestra cabeza, los
pisos de parquet que crujen bajo mis pasos y me emociona desatar el moño de la
cinta para abrir una carpeta que atesora viejos papeles, no quiero ignorar que
no ya el futuro, sino el presente avanza hacia la digitalización y
virtualización de los archivos. Nuestras viejas prácticas de manos llenas de
polvo quedarán en unas pocas decenas de años para la memoria, el cine y la
literatura.
Los centros
mundiales más avanzados en archivística vienen desarrollando sistemas
integrales de catalogación, descripción y digitalización de fondos de archivo
que apuntan a resolver los problemas arriba señalados. En Buenos Aires, desde
el CeDInCI venimos experimentando en uno de ellos: ICA-Atom (acrónimo de
International Council on Archives-Access to Memory).
Entre tanto, y
hasta que la digitalización integral de los archivos se normalice y se expanda
por el mundo, la Web
se nos aparece hoy como una versión gratuita de esas subastas de libros
firmados, manuscritos y fotos autografiadas: una caótica oferta de infinitas y
maravillosas piezas sueltas.
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)



