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8 mar 2018

¿Estamos perdiendo nuestro idioma?


Por: Noemí Carrizo




   Somerset Maugham sostenía que “el español es la mayor creación literaria de los españoles”. Personalmente, amo este lenguaje nuestro con sus inflexiones verbales y sus impactantes sustantivos. A la hora de escribir, encontrar en un instante un vocablo acorde con la ternura o el furor, con la pena o la decepción se vuelve un esfuerzo con buenos resultados: ¡es tan copioso su vocabulario que resulta imposible no encontrar la traducción exacta a cualquier emoción! Por supuesto, es más fácil el inglés, con sus constantes infinitivos y sus partículas para indicar el tiempo pero, según mi opinión, no repiquetea igual ni tiene la misma cantidad de inflexiones verbales.

El castellano es una lengua romance del grupo ibérico y, después del chino mandarín, la más hablada en el mundo. La hablan como primera y segunda lengua 500 millones de personas. 

Ahora bien, sin máscaras, aceptemos la realidad: ¿la estamos desdibujando? No solo la introducción de las palabras inglesas en el habla común, sino la abreviación constante de sus términos, nos inclina a pensar que su sonido espectacular y brillante, admirado por eruditos, se va diluyendo.

Al menos en nuestro país, se evita pronunciar un nombre propio completo (jamás adherí a las abreviaturas) y apelativos de sonoridad estupenda se reducen al gemido de una o dos sílabas. La gente se llama Pa, Muni, Vale, Ju. Según un informe de la Unesco, más del 50% de las 6000 lenguas del mundo corre riesgo de perderse en unas pocas generaciones, y otros miles están ausentes de los sistemas educativos y del ciberespacio. Advierte además que las nuevas tecnologías pueden acelerar la extinción de ciertos idiomas y favorecer la homogeneización en lugar de la diversidad.

Esto resulta, al menos, alarmante. Que nuestros chicos no leen es una realidad que vemos a diario, aparte de que la confirman las encuestas; y que los cuentos de hadas han perdido vigencia no es una novedad: con el celular no se habrían extraviado en peligrosas contingencias vitales nuestros héroes infantiles, que nos ayudaron a formarnos con tesón, inventiva y esperanzas. Además, a medida que los niños crecen, perdidos en la Play, el televisor o los audios, el diálogo, de esencial importancia para la potenciación mental y social se va diluyendo en una comunicación muda: basta con señalar.

La mesa familiar es tan relevante como la escolaridad: allí se expresan las experiencias del día, además de ofertarse como muro de los lamentos, momento ideal de reyertas y aclaraciones. Comer en conjunto acerca; ninguna madre o abuela consecuente lo ignora. La bandeja en cada cuarto es práctica, pero separa, amordaza, nos transporta a mundos imaginarios. Y trato de adaptarme a ese vocativo que reemplazó al che y que no transcribo por su insolencia, pero que aparece como demostración de cariño, entendimiento y complicidad. Que te lo dediquen es casi un halago.


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Por favor, respetemos este magnífico lenguaje con su sonido a canto de pájaros y repiquetear de lluvias, pero también a rumores de ríos, silencios de cordilleras y oleajes de mar. 




No soy políglota, lamentablemente, pero admiro al rey Carlos I de España cuando afirma: “Hablo en italiano con los embajadores; en francés con las mujeres; en alemán con los soldados; en inglés con los caballos, y en español con Dios”.



Fuente bibliográfica
https://www.pressreader.com/argentina/la-nueva-domingo/20170702/283485026162378

26 may 2014

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