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8 mar 2018

Banalización de la cultura


PorJosé Manuel López García 



La alta cultura no va a desaparecer, aunque puede seguir siendo minoritaria.

Denomino alta cultura a la que no se basa en lo fácil y expresa contenidos de calidad. A la que no cae en la frivolidad y el espectáculo para atraer lectores, por ejemplo. Frente a la cultura ligera también es válida la que pretende ser más profunda y no se conforma con ser un puro objeto de consumo rápido y sin más repercusiones.

La filosofía, la literatura, el teatro, el periodismo, la cultura clásica, etcétera., forman parte imprescindible del bagaje cultural de la humanidad, porque manifiestan ideas, sentimientos y emociones que nos afectan a través del tiempo.

Afortunadamente, en el mundo se enseñan todavía Filosofía, Historia, Literatura, Latín, Griego y otros conocimientos que conforman lo que se entiende por cultura occidental. De este modo, las nuevas generaciones pueden saber y disfrutar de la verdadera alta cultura en todas sus dimensiones. Desde los artículos de Larra hasta la Crítica de la razón pura de Kant pasando por innumerables escritos de multitud de pensadores o escritores.

Resultado de imagen para desaparece la culturaEs entendible que Vargas Llosa realice una crítica en su libro “La civilización del espectáculo” de la creciente frivolización de las sociedades contemporáneas. Es la sociedad del entretenimiento. Parece que la cultura escrita tiene menos valor que lo que sale en los programas de televisión. Es como si lo visual y la telerrealidad fueran superiores  a los contenidos de los  libros. Y, si no lo son, lo parece para mucha gente. Es como si lo escrito fuera algo poco importante o banal. Y posee un extraordinario valor. Se puede hacer la prueba de escribir, como lo han hecho grandes escritores y articulistas a lo largo de la historia, para darse cuenta de lo que digo.

Gran parte de lo que se emite o publica es superficial y es lo que el público parece que demanda. De este modo, prima la cantidad sobre la calidad. La denominada telebasura es la que más televidentes tiene, ya que mucha gente quiere ver chismorreo en la televisión. No digo que haya que eliminar este tipo de programas, pero es preciso el reconocimiento de que existe otro público que prefiere contenidos de más calidad y profundidad.

Los índices de audiencia de los programas televisivos marcan las decisiones de las cadenas respecto al tipo de espacios que mantienen en antena. Los directivos de los canales de televisión deberían pensar en ofrecer más programas y documentales con más rigor, calidad y profundidad.

La cultura ligera no puede sustituir a la cultura de más calidad. Ambas pueden coexistir. Pero, lo que no es racional es pretender destruir la cultura escrita propia de la filosofía y la literatura universales o dejarla al margen. Las obras de Platón, Aristóteles, Descartes, Hume, Kant, Hegel, Putnam,  y otros numerosos filósofos y literatos como Dante, Bergson, etcétera., son parte esencial de la cultura occidental.



Fuente bibliográfica
LÓPEZ GARCÍA,  JOSÉ MANUEL, 16 de febrero de 2018
. Banalización. Eurasia Hoy [en línea]. [Consulta: 9 marzo 2018]. Disponible en: http://eurasiahoy.com/16022018-banalizacion/. 

31 mar 2014

Vida y muerte de las bibliotecas

Por: José Carlos Bermejo Barrera


ES LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA uno más de nuestros iconos culturales, pues aun conserva el prestigio de haber sido la más importante de la Antigüedad. En esa misma ciudad se ha construido un edificio que pretende recoger su legado, pero como suele ocurrir en la actualidad esta biblioteca será más valorada por el diseño del edificio o incluso por la originalidad de sus estanterías que por sus contenidos. 

La Biblioteca de Alejandría fue creada por los reyes griegos de Egipto en el siglo III a.C y en ella se recogieron toda clase de libros. Pero esa biblioteca fue además un centro de estudio e investigación en todos los campos. En ella nacieron las versiones de la Ilíada y la Odisea que aún leemos y en esa misma ciudad fue donde se tradujo al griego el Antiguo Testamento. ¿Quién acabó con ella? 

Hay varias versiones: según una fue un Historiaincendio provocado por la conquista de la ciudad por Julio César, según otra sería obra de los fanáticos monjes cristianos, semejantes a los que mataron a la filósofa Hipatia. Pero hoy sabemos que los libros de esa biblioteca sobrevivieron a la conquista de la ciudad por los árabes. Fue el mismo califa que quiso desmontar las pirámides por ser monumentos de la idolatría quien preguntó si los libros de la biblioteca decían lo mismo que el Corán o algo diferente. Pensó que si decían lo mismo que su libro sagrado eran inútiles, y si decían algo diferente eran falsos y por eso acabaron sirviendo de combustible para calentar los baños públicos de la ciudad.

Cualquier persona que conozca el mundo editorial y académico  se dará cuenta que en la actualidad parecen haber vuelto los califas a la academia, pues en ella se está desarrollando una auténtica cruzada contra los libros en nombre de las tecnologías de la comunicación y la investigación científica; flanqueada por otra cruzada paralela en la que la venta de libros de consumo masivo y baja calidad crea un mundo de lectores uniformes, asimiladores de tópicos e ideas banales en el mundo cultural de la aldea global. 

¿Qué significa la muerte del libro y de la librería y las biblioteca, sus nichos naturales? Pues el fin de la libertad, de la capacidad de pensar globalmente, de articular un discurso sistemático y coherente y de poder observar la realidad con una perspectiva crítica, lo que interesa a los poderes económicos que necesitan defender la idea de que no hay alternativas al orden político y económico mundial; a los gobiernos, que saben que los ciudadanos críticos poseen más capacidad de resistencia y control; y a las autoridades educativas que quieren convertir la educación en todos sus niveles en un proceso de producción en serie de trabajadores reciclables, desechables y cada vez más baratos, reservando la educación de calidad para aquellos que han de ser los herederos de quienes controlan el poder.

El odio a los libros y la lectura se encarna en la adoración acrítica de los medios digitales, neutros en sí mismos, favoreciendo en su nombre la pérdida de la capacidad de lectura y comprensión de relatos y discursos largos y complejos, y la pérdida de la capacidad de análisis global en los campos científicos y tecnológicos. Los que Lindsay Waters, directora de la editorial de la Universidad de Harvard, llama “enemigos de la esperanza” en su libro del año 2004, pretenden crear máquinas de publicación en serie de artículos de revista concebidos bajo los mismos patrones y encajonados en campos cada vez más pequeños, o de decenas de miles de monografías académicas triviales, escritas solo por la presión del “publica o muere”, casi todas ellas prescindibles, de tiradas mínimas, y que ya casi ni adquieren las bibliotecas. 


Todo lo que se salga de esos patrones no sirve en el mundo anglosajón y muchos menos en el español, en el que la alabanza del analfabetismo parece un valor en alza, pues mientras en todo el mundo se siguen utilizando, escribiendo y publicando libros de texto, grandes tratados de referencia en campos científicos,  se pretende alfabetizar a los bebés con una tablet y se recomienda no utilizar libros sino solo recursos digitales normalmente copiados y de calidad ínfima; razón por la cual se extiende el uso del plagio y el “corta y pega” tanto en estudiantes como profesores.

Se proclama solemnemente que todo lo que está en un libro está anticuado, a la vez que se predica que un artículo de más de 5 años ya es inútil, y se afirma además que no es necesario leerlos completos, sino buscar datos y mirar el resumen. Como las publicaciones se valoran por su cantidad y por índices externos, sin leer su contenido, es lógico hacer esto y así se pueden crear investigadores zombies, y alumnos robotizados. En países indutrializados se sabe que la creación del conocimiento solo en parte se refleja en las publicaciones, y que el prestigio de un científico no se mide con la cuenta de la vieja; en España, donde la ciencia se confunde con la burocracia, no. 

Por eso nuestros sistemas educativos servirán cada vez más para crear siervos y peones, que podrán cubrir sus horas de ocio, cada vez menores, leyendo subproductos de consumo masivo, viendo películas cada vez menos originales, jugando a videojuegos y siguiendo la liga de fútbol. Se trata de que no aspiren a pensar nada globalmente, a leer nada con calma, ni a sistematizar ningún conocimiento, porque ya se sabe todo lo que hay que saber; lo dicen los nuevos califas, que ni siquiera han escrito su Corán.

El autor es catedrático de Historia

Fuente:http://www.elcorreogallego.es/opinion/ecg/jose-carlos-bermejo-barrera-vida-muerte-bibliotecas/idEdicion-2014-03-30/idNoticia-860712/

11 jun 2009

El saber perdido en la era digital


Lucha por preservar la memoria colectiva en el ciberespacio


En el Centro Nacional Steinbeck se exhibe una selección de artilugios de la vida y obra de John Steinbeck: objetos familiares, un pasaporte de los años sesenta y fotogramas de la película Las uvas de la ira. En el piso de abajo, en una cámara cuyas condiciones ambientales están controladas, se encuentra el manuscrito original de La perla, la novela corta que publicó en 1947. Los seguidores de Steinbeck que deseen examinar el manuscrito de La perla tienen que desplazarse hasta Salinas, previa cita con el archivero, que trabaja a tiempo parcial. El centro preserva cuidadosamente estas reliquias de Steinbeck, galardonado con un Nobel, pero no prevé llevar la colección al siguiente nivel, es decir, adaptarla a la era digital.


Estas piezas de Steinbeck no son los únicos fragmentos históricos que corren el riesgo de desaparecer o de ser ignorados en la era digital. Eruditos y archiveros advierten que, al convertirse cada vez más museos y archivos en dominios digitales, y los recursos electrónicos en la principal herramienta para obtener información, las piezas que quedan sin digitalizar corren el riesgo de desaparecer de la memoria cultural colectiva, haciendo que nuestro tejido histórico quede plagado de agujeros.


"Se está creando la ilusión de que todo el saber humano está en la Red, pero no hemos empezado a vislumbrar siquiera lo que hay en archivos y bibliotecas locales", señala Edward L. Ayers, historiador y decano de la facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Virginia. "Corremos el riesgo de ignorar el material que no haya sido digitalizado, algo que no hubiese ocurrido en el pasado; prácticamente se perdería para la gran mayoría de usuarios potenciales".


No cabe duda de que los esfuerzos de digitalización realizados en el último decenio han sido ambiciosos. Para muchas instituciones, colgar sus colecciones en Internet es prioritario. Pero el dinero, la tecnología y las complicaciones derivadas de los derechos de autor representan enormes obstáculos.


En la Biblioteca del Congreso de EE UU, por ejemplo, a pesar de los ingentes esfuerzos de digitalización, apenas el 10% de los 132 millones de objetos que contiene estarán digitalizados en un futuro próximo, porque los costes son prohibitivos. Del mismo modo, en los Archivos Nacionales hay depositados unos 9.000 millones de documentos, de los cuales sólo una pequeña fracción van a ser digitalizados y colgados en Internet. Y la mayor parte de las miles de colecciones locales de EE UU languidece en anticuados soportes: papel, discos de vinilo, cintas magnéticas y películas.

Los archiveros del país, necesitados de fondos, recurren a socios del sector privado en busca de ayuda. Google ha donado 2,25 millones de euros para contribuir a poner en marcha un esfuerzo liderado por la Biblioteca del Congreso que permitirá digitalizar y compartir documentos de todo el planeta, y también ha aportado recursos técnicos para digitalizar diversos materiales impresos de la biblioteca. Google, por cuenta propia, está digitalizando libros de la Biblioteca del Congreso. Y toda una serie de empresas y fundaciones, como Reuters, IBM y la Fundación Andrew W. Mellon, han financiado proyectos de digitalización en todo el mundo.


Los expertos afirman que incluso con ayuda externa, hay partes enteras de la historia política y cultural que corren el riesgo de quedar olvidadas por las nuevas generaciones de investigadores aficionados y académicos serios. Tomen por ejemplo el caso del archivo de la Biblioteca del Congreso que contiene cinco millones de imágenes de la revista Look. Abarcan el periodo que va de 1937 a 1971, y Jeremy E. Adamson, director de colecciones y servicios de la biblioteca, considera que son "un fascinante retrato de Estados Unidos a través de reportajes fotográficos sobre temas sociales y políticos, personajes públicos, comida, moda y deportes". Sin embargo, sólo han sido digitalizadas 313 de esas fotografías.


"Clama al cielo", se lamenta Adamson. ¿Por qué no se han digitalizado estas colecciones? Sólo una mínima parte de la Biblioteca del Congreso ha sido digitalizada. "No hay suficiente dinero", según Adamson.

La decisión de posponer la digitalización de una colección importante no es fácil de tomar, según los archiveros de la Biblioteca del Congreso. Los planes de digitalizar The National Intelligencer, un periódico publicado en Washington durante gran parte del siglo XIX y repleto de tipografía de la época colonial que no reconocen fácilmente los aparatos utilizados para digitalizar, tuvo que ser retrasada por el alto coste que suponía. "Si los investigadores concluyen que los únicos documentos valiosos que necesitan son los que están en Internet, se van a saltar partes importantes de la Historia", advierte James J. Hastings, director de programas de acceso en los Archivos Nacionales. "Y, en algunos casos, se saltarán la Historia por completo".


La Biblioteca del Congreso y otros archivos están creando índices que hacen referencia a una colección física, con la esperanza de que animará a los investigadores a alejarse de los ordenadores. Pero sigue siendo cierto que hay nueva generación de investigadores que prefiere buscar información en Internet, una tendencia que a Hastings, de los Archivos Nacionales, le quedó clarísima el año pasado, después de que Google, en una especie de experimento, digitalizara 101 de las películas de los Archivos Nacionales -incluidos noticiarios de la II Guerra Mundial e imágenes de la NASA- y las colgara en su web, video.google.google.com/nara.html.


"Antes de eso, teníamos 2000 peticiones al año para usar la sala de investigación", cuenta Hastings. "Durante el primer mes que estuvieron las películas disponibles en Google, fueron vistas 200.000 veces, es decir, se multiplicaron por mil".


Mientras que el copyright no es un problema para aquellos que digitalizan documentos de hace cientos de años, como el proyecto de IBM de crear una versión virtual de la gran Ciudad Prohibida de Pekín, las restricciones del copyright sí pueden ser decisivas cuando se trata de material moderno.

Incluso si el Centro Steinbeck de Salinas encontrase el dinero para digitalizar, por ejemplo, el manuscrito de La perla, su copyright limitaría su distribución. "En este momento, es mejor poner en Internet el material de autores que ya no tienen copyright", explica Susan Shillinglaw, una profesora visitante del Centro Steinbeck.


En lo que se refiere a las grabaciones de audio, el copyright puede causar aún mayores compliaciones. Un estudio publicado en 2005 por la Biblioteca del Congreso y el Consejo de Fuentes de Información y de Bibliotecas, revelaba que el 84% de las grabaciones históricas, que incluyen jazz, blues, gospel, country y música clásica de Estados Unidos, y realizadas entre 1890 y 1964, son virtualmente inaccesibles debido a los derechos de propiedad intelectual.


Otro factor que determina lo que se digitaliza es la facilidad con que se puede copiar el material. Con los libros es fácil trabajar. Los esfuerzos de digitalización de Google se centran en libros y material impreso.

David Eun, vicepresidente de Google responsable de contenido, afirma que en vez de preocuparse por lo que queda atrás, prefiere ser más optimista.


"Estamos hablando de un universo francamente gigantesco de contenidos", afirma. "Si se piensa que el vaso está medio vacío se vuelve sobrecogedor".


La cultura en la era digital

Por: Sergi Soler


Los contenidos multimedia proporcionan entretenimiento y diversión casi sin límite. Solos o acompañados, parece que el tiempo pasado frente a la pantalla continúa aumentando. Conectados o desconectados, pero con material obtenido online.

Y no sólo en cuestiones de ocio, sino que realizamos la compra a través de Internet, reservamos viajes, ponemos bienes en venta, e incluso, realizamos una visita virtual a nuestro museo favorito, a través de Internet.

Pero ¿Cómo afecta esto a nuestros hábitos de consumo de cultura?

En apenas dos décadas, hemos observado como Internet ha entrado en nuestra vida hasta usarse en el día a día y de manera totalmente natural. Con tan sólo unos clicks podemos encontrar cualquier dato que deseemos entre la gran cantidad de información de la red.

Pero eso no es todo. La era digital ha llegado a absorber el escaso tiempo libre que podamos tener mediante el uso de redes sociales, correo, buscadores, streaming, etc., abandonando, aparentemente, hábitos como la lectura. Un ejemplo de nuestra creciente dependencia online lo veíamos con la caída de Gmail y las consiguientes suposiciones de un posible mundo sin Internet, que nos hacían temblar a muchos.

Sin embargo, no es tan sencillo como parece y la cultura no está reñida con el mundo digital, sino al contrario. En el artículo “La cultura ya es de masas“, Abel Grau recoge varias estadísticas, en las que observamos que el nivel de lectura y las visitas a los museos se ha incrementado. Los “best-sellers”, antaño escasamente valorados por la crítica, son ahora alabados por su calidad. Hay una mayor exigencia en el contenido y trama de las series televisivas y los grandes clásicos se cuelan y se mezclan con los libros actuales. Incluso las bibliotecas han registrado un incremento de visitas en los últimos años.

Por tanto, ¿estamos frente a una recuperación de la cultura tradicional apoyada por el ‘hambre de saber’ generado en la era digital? ¿La tele basura y las series de “risa fácil” han quedado relegadas a las generaciones pasadas con la televisión a la carta (ej. de TVE)? ¿El uso y manejo de gran cantidad de información ha aumentado nuestro nivel de exigencia en contenidos de ocio y cultura?
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