Por: Agustina Lanusse
La psicóloga Maritchu Seitún propone poner límites a los chicos en el hogar y no esperar que lo haga la escuela
El estado de permisivismo con el cual los padres hoy educan a
sus hijos, es, a los ojos de la reconocida psicóloga Maritchu Seitún, un hecho
catastrófico que acarrea consecuencias nefastas para el futuro. Y lo peor: los
adultos no terminan de tomar conciencia.
Esta
profesional que tiene su agenda atiborrada de consultas de padres (con quienes
trabaja en orientación desde hace más de 30 años, como una manera de promover
la salud emocional y evitar terapias de menores) explica que los mayores han
entendido mal lo que significa no ser autoritarios.
"Quisimos
salirnos del modelo autoritarista y hemos caído en un permisivismo aún más
dañino. Los papás hoy tenemos miedo a nuestros hijos; tememos perder su amor si
les decimos que no a ciertas cosas. Los hijos se han convertido en los pequeños
reyes de la casa, y nosotros, en sus esclavos", agrega Seitún, autora del
libro Criar hijos confiados,
motivados y seguros , que
acaba de publicar Grijalbo.
Seitún es
una optimista por naturaleza. Propone, con ejemplos prácticos, un modelo
educativo intermedio en el cual los padres habiliten a sus hijos a expresar sus
sentimientos y deseos, al mismo tiempo que encaucen lo que dicen y hacen. O
sea, máxima aceptación de lo que se siente y desea, pero firmeza adecuada.
Etapa capital
Si bien insiste en que los primeros cinco años de vida son
cruciales para instaurar hábitos sanos, o para brindar esa mirada amorosa e
incondicional que todo hijo precisa para crecer con una buena estima de sí
mismo, insiste en que siempre hay tiempo para cambiar y ser mejor padre.
"Los
chicos nos dan millones de oportunidades", dice.
Es
posible, entonces, volver a empezar y convertirse activamente sen un padre
tierno y firme a la vez, capaz de mirar y amar al hijo incondicionalmente, más
allá de sus actos.
Para no
dañar su autoestima, según explica, debemos criticar su conducta, pero no su
persona. Decirle: "«Quiero que dejes tu cuarto ordenado», y no, por
ejemplo, «Sos siempre el mismo desordenado»".
Hogar, escuela, sociedad
Ella concibe la educación como las capas de una cebolla o como
las cajitas de las muñecas rusas. El hogar es el primer lugar que debe contener
al chico y ayudarlo a crecer con límites sanos. Si éste no lo hace, el niño
tenderá a portarse mal en el colegio y buscará los límites allí. Si la escuela
no lo frena, saldrá a la calle a hacer lío con el fin de que la policía lo
pare.
"Muchas
veces, el menor que delinque una vez que llega a la cárcel siente alivio, ya
que por fin alguien lo ataja y lo cuida de sí mismo", comenta.
-¿Por qué
fallamos a la hora de poner límites?
-Primero,
porque no somos modelos válidos. Todo vale a la hora de violar reglas.
Conducimos por la banquina, pasamos la luz roja, no respetamos el lugar en la
fila. Y además, desde nuestros hogares, las escuelas y la sociedad no estamos
estableciendo un sistema claro de pautas por cumplir [que conlleven
consecuencias cumplibles], y mucho menos estamos ayudando a los menores a
desarrollar la capacidad de esfuerzo, de espera y frustración que tanto
necesitan para convertirse en personas maduras.
-¿Qué
consecuencias tiene el satisfacer sus deseos de forma inmediata?
-Al
hacerlo estamos criando chicos sin vuelo ni aspiraciones. La satisfacción
inmediata nos impide levantar vuelo y encauzar la energía hacia objetivos más
elevados. La falta de frustraciones saludables explica, en parte, por qué
muchos adolescentes de hoy pocas veces tienen sueños imposibles o ideales
comunitarios que vayan más allá de un iPod, una PlayStation o un celular. Los
neurólogos hoy están llenos de consultas de chicos que no pueden esperar, que
no se pueden frustrar. Antes, esto lo aprendíamos de la mano de nuestros
padres. Tocaba esperar dos años hasta heredar la bici del hermano. Hoy se la
compran ya. Por todo esto, pienso que los mayores tenemos una tarea muy activa
en estos temas porque los estímulos externos son muy fuertes y atractivos, y
distraen del esfuerzo que implica esperar y postergar.
-Esta
cultura de la inmediatez, del todo ya, del descarte, produce chicos ansiosos,
que quieren comprar de todo, hacer programas a cada rato. ¿Cómo manejar esta
ansiedad?
-Se la
maneja erigiéndonos en modelos y acompañando en el dolor. Los chicos no están
acostumbrados a sufrir. Si, por ejemplo, el amiguito de la esquina no quiso
jugar con mi chiquito de cuatro años, es mejor acompañar su sentimiento con
frases como: "¡Qué bronca tenés! Te morías de ganas de jugar con fulanito
y ¡qué pena que no quiso!". Es preferible eso a tener que decirle:
"Bueno, no importa. Vamos a tomar un helado", para tapar su
desilusión. Hay que trabajar su dolor para que el día que el compañero de banco
del colegio lo rechace, él tenga recursos para soportarlo. Si no aprenden a
sufrir de pequeños, nunca se animarán a alejarse de nosotros, porque al lado de
papá no se sufre, o se convertirán más tarde en esos grandulones de 35 años que
no quieren dejar la casa materna. Además, no tendrán herramientas para afrontar
los dolores que la vida indefectiblemente les presentará.
El desafío
y el esfuerzo por educar cada día con amor y paciencia es enorme y cansador,
por momentos. Pero para Seitún, los intentos que se hagan por hacerlo
suficientemente bien, con inteligencia, firmeza, buen ánimo y espíritu
redundarán en el clima hogareño y el vínculo con los hijos.
DIXIT
·
"Quisimos salir del modelo autoritarista y hemos
caído en un permisivismo aún más dañino"
·
"Al consentirlos, criamos chicos sin vuelo ni
aspiraciones. Las frustraciones son saludables"
MARITCHU SEITÚN
QUINCE MINUTOS EXCLUSIVOS PARA LOS HIJOS
·
Seitún es práctica a la hora de dar consejos de crianza.
Explica, por ejemplo, que no es necesario estar largos ratos dedicados a los
hijos. "Con 15 minutos exclusivos por día y por hijo es suficiente."
Eso sí: estando totalmente disponibles para escucharlos y mirarlos. Este tiempo
diario es para ella "una vitamina que cura" y que, con los años,
produce vínculos cercanos y amorosos en la familia. "Cuando nuestro hijo
nota que, cuando estamos dedicados a ellos, aunque suene el teléfono o el celular
nosotros no nos levantamos a atenderlo, se siente valioso y muy querido. Eso
vale oro", concluye










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