31 mar. 2014

Vida y muerte de las bibliotecas

Por: José Carlos Bermejo Barrera


ES LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA uno más de nuestros iconos culturales, pues aun conserva el prestigio de haber sido la más importante de la Antigüedad. En esa misma ciudad se ha construido un edificio que pretende recoger su legado, pero como suele ocurrir en la actualidad esta biblioteca será más valorada por el diseño del edificio o incluso por la originalidad de sus estanterías que por sus contenidos. 

La Biblioteca de Alejandría fue creada por los reyes griegos de Egipto en el siglo III a.C y en ella se recogieron toda clase de libros. Pero esa biblioteca fue además un centro de estudio e investigación en todos los campos. En ella nacieron las versiones de la Ilíada y la Odisea que aún leemos y en esa misma ciudad fue donde se tradujo al griego el Antiguo Testamento. ¿Quién acabó con ella? 

Hay varias versiones: según una fue un Historiaincendio provocado por la conquista de la ciudad por Julio César, según otra sería obra de los fanáticos monjes cristianos, semejantes a los que mataron a la filósofa Hipatia. Pero hoy sabemos que los libros de esa biblioteca sobrevivieron a la conquista de la ciudad por los árabes. Fue el mismo califa que quiso desmontar las pirámides por ser monumentos de la idolatría quien preguntó si los libros de la biblioteca decían lo mismo que el Corán o algo diferente. Pensó que si decían lo mismo que su libro sagrado eran inútiles, y si decían algo diferente eran falsos y por eso acabaron sirviendo de combustible para calentar los baños públicos de la ciudad.

Cualquier persona que conozca el mundo editorial y académico  se dará cuenta que en la actualidad parecen haber vuelto los califas a la academia, pues en ella se está desarrollando una auténtica cruzada contra los libros en nombre de las tecnologías de la comunicación y la investigación científica; flanqueada por otra cruzada paralela en la que la venta de libros de consumo masivo y baja calidad crea un mundo de lectores uniformes, asimiladores de tópicos e ideas banales en el mundo cultural de la aldea global. 

¿Qué significa la muerte del libro y de la librería y las biblioteca, sus nichos naturales? Pues el fin de la libertad, de la capacidad de pensar globalmente, de articular un discurso sistemático y coherente y de poder observar la realidad con una perspectiva crítica, lo que interesa a los poderes económicos que necesitan defender la idea de que no hay alternativas al orden político y económico mundial; a los gobiernos, que saben que los ciudadanos críticos poseen más capacidad de resistencia y control; y a las autoridades educativas que quieren convertir la educación en todos sus niveles en un proceso de producción en serie de trabajadores reciclables, desechables y cada vez más baratos, reservando la educación de calidad para aquellos que han de ser los herederos de quienes controlan el poder.

El odio a los libros y la lectura se encarna en la adoración acrítica de los medios digitales, neutros en sí mismos, favoreciendo en su nombre la pérdida de la capacidad de lectura y comprensión de relatos y discursos largos y complejos, y la pérdida de la capacidad de análisis global en los campos científicos y tecnológicos. Los que Lindsay Waters, directora de la editorial de la Universidad de Harvard, llama “enemigos de la esperanza” en su libro del año 2004, pretenden crear máquinas de publicación en serie de artículos de revista concebidos bajo los mismos patrones y encajonados en campos cada vez más pequeños, o de decenas de miles de monografías académicas triviales, escritas solo por la presión del “publica o muere”, casi todas ellas prescindibles, de tiradas mínimas, y que ya casi ni adquieren las bibliotecas. 


Todo lo que se salga de esos patrones no sirve en el mundo anglosajón y muchos menos en el español, en el que la alabanza del analfabetismo parece un valor en alza, pues mientras en todo el mundo se siguen utilizando, escribiendo y publicando libros de texto, grandes tratados de referencia en campos científicos,  se pretende alfabetizar a los bebés con una tablet y se recomienda no utilizar libros sino solo recursos digitales normalmente copiados y de calidad ínfima; razón por la cual se extiende el uso del plagio y el “corta y pega” tanto en estudiantes como profesores.

Se proclama solemnemente que todo lo que está en un libro está anticuado, a la vez que se predica que un artículo de más de 5 años ya es inútil, y se afirma además que no es necesario leerlos completos, sino buscar datos y mirar el resumen. Como las publicaciones se valoran por su cantidad y por índices externos, sin leer su contenido, es lógico hacer esto y así se pueden crear investigadores zombies, y alumnos robotizados. En países indutrializados se sabe que la creación del conocimiento solo en parte se refleja en las publicaciones, y que el prestigio de un científico no se mide con la cuenta de la vieja; en España, donde la ciencia se confunde con la burocracia, no. 

Por eso nuestros sistemas educativos servirán cada vez más para crear siervos y peones, que podrán cubrir sus horas de ocio, cada vez menores, leyendo subproductos de consumo masivo, viendo películas cada vez menos originales, jugando a videojuegos y siguiendo la liga de fútbol. Se trata de que no aspiren a pensar nada globalmente, a leer nada con calma, ni a sistematizar ningún conocimiento, porque ya se sabe todo lo que hay que saber; lo dicen los nuevos califas, que ni siquiera han escrito su Corán.

El autor es catedrático de Historia

Fuente:http://www.elcorreogallego.es/opinion/ecg/jose-carlos-bermejo-barrera-vida-muerte-bibliotecas/idEdicion-2014-03-30/idNoticia-860712/

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