25 ene. 2015

Luces y sombras de la literatura erótica femenina

La española Megan Maxwell fue uno de los fenómenos de la reciente Feria del Libro de Santiago. Junto a la antología chilena Cuentos para ir a la cama, son muestras de la vitalidad de la literatura erótica escrita por mujeres, en la estela de la trilogía Cincuenta sombras, uno de los libros más vendidos en el mundo y cuya versión en cine se estrena en febrero próximo.


De ser cierto que la historia la escriben los vencedores, es indudable el atractivo de una escrita por los vencidos. La historia del erotismo la han relatado, desde al menos cuatro siglos, los hombres. Los libros del marqués de Sade, D. H. Lawrence, Henry Miller o Georges Bataille eran estaciones en esa educación sentimental. Y no había que estar muy avanzado en el feminismo para sentir que muchas veces su visión de las mujeres era simplificadora y sexista.
¿Qué decían ellas? Poco o nada. Pero en el principio no fue Cincuenta sombras de Grey. Tras la poeta Safo, es probable que la primera obra en que una mujer hable francamente de sexualidad sea La historia de O (1954),de Pauline Réage, pseudónimo de Dominique Aury. Ella no escribía de sexo con amor, el único que la literatura y las mujeres podían encomiar, sino una estilizada fantasía sadomasoquista.
También en torno a la disciplina, la dominación y la sumisión gira el libro que ha generado una industria de literatura erótica femenina, Cincuenta sombras de Grey, sobre las proezas sexuales de un millonario dominante y una joven inocente e inexperta.
De autora desconocida Cincuenta sombras de Grey (2011), de E. L. James, se convirtió, fuera de los circuitos editoriales importantes, en un suceso: la trilogía ha vendido más de 40 millones de copias en el mundo. La joven Anastasia (Ana) Steele se enamora del libertino Christian Grey. Ella, de 21 años, no sólo es virginal, sino virgen. Él, de 27, es un aproblemado magnate, elegante y atractivo, que tiene en su departamento una “sala de juego” equipada con cadenas, grilletes y látigos. Para relacionarse, Ana debe firmar un contrato entre “el amo” y “la sumisa”. Grey la había prevenido: “Yo no hago el amor. Yo tengo sexo... duro”. Caballeroso, siempre le pregunta a ella cómo se siente y le trae cremas para aliviar el dolor después de haberla azotado.
“Tengo muchas más sombras que luces. Cincuenta sombras más”, le explica a Ana. De a poco sabremos que es hijo de una prostituta y que fue maltratado por un proxeneta, que una amiga de su madre adoptiva lo sedujo cuando él tenía 15 años. Como lo dice E. L. James: “Christian Grey tiene un lado triste”.
Grey parece ser irresistible. Es generoso: regala la tecnología más sofisticada, o autos. Puede permitírselo; en el segundo volumen, Cincuenta sombras más oscuras, reconoce que gana unos cien mil dólares... por hora. Y toca el piano, pilotea helicópteros y planeadores, navega barcos (todos suyos).
Pero lo que más le atrae a Ana es su tono dictatorial y posesivo: “Es tan erótico... Soy una auténtica marioneta y él es mi maestro titiritero”, dice. O en otro párrafo: “todas mis terminaciones nerviosas me empujan hacia él”.
En Cincuenta sombras más oscuras la sexualidad “desviada” ha desaparecido en gran parte y la más normal no parece entusiasmar a la autora. Muchas veces al acercarse las escenas sexuales, el relato, como en las películas antiguas, se funde en negro para retomarse cuando la pasión ya ha pasado.
Algo que está presente en los tres tomos son los personajes como esbozos y algunos ticsirritantes, como la guerra entre el subconsciente de la narradora y lo que ella describe como “la diosa que lleva dentro”, que aparece constantemente en las más de 1.500 páginas de la trilogía. O la inclusión de textos: el contrato entre los protagonistas o sus intercambios dee-mails.
Pero no sólo de Grey masculinos vive el erotismo. La más intelectual de las estrellas porno, Sasha Grey, ha tenido una destacadísima trayectoria (en los límites del género) como actriz de cine para adultos, hasta que en 2011 prefirió dejarlo para hacer uno más convencional. En 2013 publicó un primer libro, La Sociedad Juliette. Es una asociación secreta conformada por “los grupos más poderosos de la sociedad”. Una estudiante de cine tiene un novio que no le presta mucha atención y está enamorada de un profesor, de quien incluso las palabras que usa la entusiasman sexualmente (como “semiótica”, “urtext” o, la favorita, “hegemonía”). Ella tiene una compañera de curso quien la inicia en la Sociedad Juliette y, por tanto, en el sexo grupal y el sadomasoquismo. “Siento el hormigueo en las terminaciones nerviosas, enviando corrientes que me recorren todo el cuerpo”, dice en una de esas sesiones.
Se sabe: no hay que confundir libertad con libertinaje. Ni erotismo con pornografía: el primero es sugerente; la segunda, explícita. O eso quiere el lugar común. Pero la delgada línea rosa que divide la novela romántica de la erótica, es tan borrosa como la que existe entre la literatura erótica y la pornográfica. Y pueden coincidir en la misma línea de montaje. Como el éxito en Chile de Megan Maxwell demuestra. Maxwell ha tenido una destacadísima trayectoria (en los límites del género) como novelista rosa. Pero su editora, de seguro por el éxito de Cincuenta sombras, le pidió algo más osado.
Pídeme lo que quieras, ahora y siempre se anuncia como “la esperada continuación” dePídeme lo que quieras y Adivina quién soy esta noche, y se publica pocos meses después de Adivina quién soy, todos ellos aparecidos entre 2013 y 2014.
En la primera, la impulsiva Judith Flores quiere alejarse de su amante, el empresario alemán Eric Zimmerman, y se marcha a España. Eric la sigue. Tal vez no es tan multimillonario como Grey, pero sí un “hombre poderoso”: ambos deben ir en el jet privado de él a Alemania, su hogar, con piscina interior, autos de lujo y un sobrino. Judith no parece psicológicamente demasiado compleja. Tenemos entrada directa a sus más secretos pensamientos. Ve a Eric y piensa: “¡Oh, Diossssssssssss, está despampanantemente guapoooooo!”. Pero no se aleja totalmente del realismo: parte de la trama consiste en que Judith castiga a Eric privándolo de sexo, lo que parece terreno conocido.
La historia de Adivina quién soy esta noche no es menos sorprendente. Yanira Van Der Vall y su novio, el médico Dylan Ferrasa, deciden casarse. En cierta ocasión ella debe reemplazar a una cantante famosa y comienza una exitosa carrera musical. Aunque viven una luna de miel ininterrumpida inventan un juego: una noche él se pone un bigote de mentira y le dice “Adivina quién soy esta noche”, y cambiarán de personalidad más de una vez. Lo cual no impide que se internen por los tríos y cuartetos amorosos.
Ambos libros de Maxwell tienen portadas negras, motivos florales y unos círculos nos previenen: “No apto para menores de 18 años”. Hay una cercanía también en el estilo. Eric le dice a Judith: “Si no estuviera castigado, en este mismo instante te besaría. Pondría mi boca sobre la tuya y te devoraría los labios con auténtico deleite. Después te metería en el coche, te arrancaría la ropa y te haría el amor con verdadera devoción”. Y Dylan, a Yanira en el altar: “Si no estuviéramos donde estamos, te arrancaría el vestido. Esta noche voy a poseer con deleite cada milímetro de tu cuerpo”.
En el lanzamiento durante la Feria del Libro de la antología Cuentos para ir a la cama, alguna de las participantes denunció la sexualidad hegemónica (no sólo a Sasha Grey le interesa la palabra). Otra habló del femicidio y del público se levantó una mujer, puño en alto, que gritó: “¡Ni una muerte más, compañera!”. La sala estaba repleta y la audiencia era tan variada como las autoras: actrices, políticas, activistas, dibujantes, psicólogas, etc. La antologadora Lucía López ha tenido una destacadísima trayectoria (en los límites del género) como periodista de espectáculos. Se le ocurrió el proyecto hace años. Convocó, “por tincada”, a actrices como Ignacia Allamand, María José Bello, Lorena Bosch, Vanessa Miller o Liliana Ross; a la psicóloga Pilar Sordo, políticas como Cristina Girardi, Marcela Sabat o Maya Fernández, hasta juntar a 25 mujeres y 25 relatos.
¿Por qué el énfasis en que no fueran escritoras profesionales?
Porque no es un libro con una vocación literaria. Es un proyecto cultural de género y quería que fueran mujeres hablándoles a mujeres desde lo más íntimo.
López no piensa que Cincuenta sombras o Megan Maxwell hayan incidido mucho: “Las ideas andan en el aire y hay que agarrarlas. Yo había agarrado la mía pero no la había concretado. Quizás Cincuenta sombras me ayudó a pensar que este era el momento y probablemente las editoriales estaban más dispuestas”.
¿Cree que hay diferencias entre el erotismo femenino y el masculino?
Sí, pues. Por lo mismo ha costado tanto encontrar el punto en el que ambos queden satisfechos. Por supuesto que cada uno es un individuo con sus gustos propios pero si pudiéramos hablar en la generalidad de la sexualidad masculina, esta se vive de una manera. Y el porno probablemente es su expresión más básica. Directa, concreta, dura, sin preámbulos. La mujer siempre lista. Y pese a que la idea es poner todos nuestros sentidos a la hora de disfrutar el placer, probablemente es más visual. Por eso yo diría que así como el porno es prioritariamente de y para hombres, la literatura erótica es para mujeres. Se da más tiempo, considera las sensaciones previas y posteriores al coito. Hay preámbulo, caricias, detalles. Hay también sexo duro pero por sobre todo hay variedad y la capacidad de hacer sentir satisfecha a la mujer con aspectos más descriptivos no sólo del acto mismo, sino también del contexto.
López ve la vindicación del erotismo femenino como una afirmación política e ideológica. “Le pido prestadas las palabras a Diana Massis: es nuestro aporte en la lucha por la igualdad de género”.
En cuanto a las historias, no sería sensato hacer un “juicio literario” porque se optó por autoras que no fueran escritoras profesionales: los escritores han aprendido, si es que han hecho su aprendizaje, a ocupar bien las palabras (no siempre es así). Curiosamente, no son escritoras las que parecen más interesantes a este respecto: la naturalidad de Ignacia Allamand en una historia de una mujer que pierde su vuelo en Alemania al huir de su vida o el cuidadoso entramado de palabras de Lorena Bosch en el relato de una joven abusada cuyos sufrimientos y decepciones terminan en tragedia. Pero esas palabras sirven a relatos muchas veces previsibles o banales.
La impronta autobiográfica se hace manifiesta al leer las pequeñas biografías de las autoras, escritas por ellas mismas, al final del libro: una sobreviviente del cáncer mamario escribe sobre una mujer que descubre un tumor en su mama y fantasea con su médico; una comediante parece entregar el guión de una de sus rutinas; una lesbiana chilena que ha vivido en Estados Unidos escribe sobre una relación lésbica en Estados Unidos...
La aventura de una mujer casada, la imaginación de un encuentro en un ascensor, un regalo de aniversario que es un cuento, amores en Isla de Pascua o en La Habana,swingers, tríos, una relación que pasa de las pantallas del computador a la realidad, o los orgasmos coordinados de telefonistas en un call-center son otras de las puestas en escena.
Dice José Bergamín: “La sensualidad sin amor es pecado; el amor sin sensualidad es peor que pecado”. Es de agradecer que el dios Eros se asome entre las mujeres.
Lo extraño es que ellas, por la evidencia de estos libros, tengan fantasías tan triviales, tan parecidas a las que los hombres les han supuesto siempre. Historias pobladas por la transgresión anodina, por mujeres que no están muy disconformes de ser objetos sexuales y de usar a los hombres como un objeto, por la indiferencia ante los maridos engañados (no menos triste que ante las esposas engañadas), por mujeres que sucumben al cosquilleo de sus “terminaciones nerviosas”, como si, de haber consumado su amor, Julieta no hubiera tenido más que decirle a Romeo que dónde debía frotarle con más ahínco.
¿Es retrógado dejarse azotar de vez en cuando? Ana, de Cincuenta sombras, podría argumentar que es una práctica consentida entre adultos. Pero una trama secundaria de la trilogía aborda las aspiraciones profesionales de su heroína: lectora de novelas románticas del siglo XIX aspira a ser editora. Consigue trabajo como asistente en una editorial. Pero Christian Grey la compra y despide al superior de Ana, un torpe acosador. Al final de la serie la editorial se llama Grey y Ana, ya Ana Grey, es editora en jefe. Lo de la independencia y “realización personal” de la mujer recibe una paliza aún más despiadada que la propia Ana.

Fuente:http://diario.latercera.com/2014/11/29/01/contenido/tendencias/26-178501-9-luces-y-sombras-de-la-literatura-erotica-femenina.shtml
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