Las bibliotecas son
el paraíso de los escritores, y por ello Ángel Esteban dedica su último libro a
30 grandes literatos que fueron bibliotecarios con el objeto de "luchar
contra el derrotismo" frente a los que dicen que desaparecerán y a los que
advierte: "Nunca acabarán con el libro de papel".
El escritor en su paraíso de Ángel Esteban:
Un recorrido fascinante de
Lewis Carroll a Borges, de Goethe a Gloria Fuertes. La seducción es un arte, lo sabemos los que acostumbramos a tener siempre un libro entre las manos, los que amamos las bibliotecas y nos dejamos llevar hasta lo que otros nos descubren. Pero no se limita al entorno de las artes amatorias: una obra literaria puede seducir con la misma intensidad. En el caso de Casanova, uno de los protagonistas de este libro, el hombre-conquistador y el escritor-conquistador son la misma persona: más de cien mujeres seducidas, más de 40 obras literarias escritas… y un empleo como bibliotecario en Bohemia. Para Proust las bibliotecas fueron un refugio, y el caso es que su única ocupación laboral fue la de bibliotecario. Y Stephen King, con gran humor, recuerda que lo mejor de su trabajo como bibliotecario fue que allí conoció a su futura mujer, que trabajaba también como bibliotecaria en la misma sala. Treinta grandes historias: un libro para disfrutar capítulo a capítulo.
"El escritor en
su paraíso" es el título del libro de Esteban (Zaragoza, 1963),
catedrático de Literatura en universidades españolas y norteamericanas, que,
editado por Periférica, está prologado por el premio nobel de literatura Mario
Vargas Llosa, uno de los grandes autores que, en algún momento de su carrera,
fruto del azar o no, fue bibliotecario.
Vargas Llosa recuerda
el "inmenso placer" que le han deparado las bibliotecas y piensa con
tristeza que quizá sea la suya la última generación que conozca una experiencia
semejante "si, como no es imposible ya pensar, las nuevas generaciones de
escritores trabajarán rodeadas de pantallas en vez de estantes".
Así, advierte,
"la materia de los libros no será el papel sino el cristal líquido de las
computadoras".
En una entrevista con
Efe, Ángel Esteban se muestra convencido de que nunca se podrá comparar la
lectura digital con la de un libro real, "con su portada, sus páginas, su
olor, su textura, su presencia física".
A pesar de lo natural
de la relación entre escritor y biblioteca, alguno de los casos que relata
Esteban fueron fruto del destino y, entre ellos, subraya el del cubano Reinaldo
Arenas, un "guajiro" del campo, sin educación y sin cultura, que
llega a la capital y entra casi por casualidad a trabajar en la Biblioteca
Nacional "y se hace escritor en ese entorno, por puro instinto
literario".
Otro de los que llegó
casualmente al mundo de las bibliotecas fue Giacomo Casanova: exiliado con 60 años
conoció al conde de Waldstein, que le ofreció dirigir una biblioteca en
Bohemia. Ese retiro permitió al famoso seductor escribir una obra maestra: sus
memorias.
En cambio, dice, hay
escritores que necesitan el contacto casi físico con los libros y las bibliotecas
y, por tanto, "sin ellos y sin ellas, son poco menos que parias".
Jorge Luis Borges
"siempre tuvo una obsesión" con las bibliotecas. Fueron para él
"un paraíso absoluto, algo que calmaba de modo perfecto su sed de
conocimiento y de placer intelectual", pero también "un laberinto, y
el laberinto peligroso era una de sus más recurrentes pesadillas nocturnas.
Algo más que una obsesión", señala.
No obstante, ha
habido genios de la literatura que no necesitan el contacto tan directo con
estos "lugares sagrados".
Por ejemplo, Benito
Arias Montano, el español que puso en marcha la Biblioteca de El Escorial y fue
feliz recorriendo Europa en busca de los mejores tesoros. "Pero, cuando
tuvo que volver a España y encerrarse en aquellos palacios como un ermitaño,
sufrió una tremenda depresión".
O el austríaco Robert
Musil, que alegó problemas de salud para no tener que acudir diariamente a la
biblioteca donde trabajaba.
Pero el caso más
"radicalmente opuesto" al de Borges fue el de Marcel Proust. El único
trabajo remunerado que tuvo en su corta vida fue el de bibliotecario, pero
apenas acudía a trabajar, "mucho más preocupado por lucir su vestimenta y
sus poses en los salones de París", dice.
Ángel Esteban cuenta
también cómo la literatura hizo un poco más llevadera la prisión para los rusos
Dostoievski o Solzhenitsyn.
Destaca por su labor
como gestores, además de a Borges, a Eugenio d'Ors, que se inventó las
bibliotecas populares de Cataluña, que llegaban a todos los rincones de la
sociedad catalana de principio del siglo XX; a Vasconcelos, que revolucionó el
concepto de biblioteca en México; o a Menéndez Pelayo, "que dio su vida
por los libros y las bibliotecas".
Pero el mejor fue
quizá, Goethe, al que considera "un prodigio que lo fue todo: escritor,
científico, animador cultural en Weimar (reunió allí a los mejores escritores y
filósofos de la historia de Alemania) y magnífico gestor".
Fuente:http://www.lavanguardia.com/cultura/20140527/54409357335/trabajar-en-el-paraiso-treinta-escritores-que-fueron-bibliotecarios.html
1 comentario :
Qué buena conjunción la de escritor y bibliotecario! Lo digo por leerlos y también por vivencia de esa conjunción. Muy bueno traernos este libro
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