17 oct 2011

El arte de la cita falsa


Por: Piergiorgio M. Sandri


Citar autores está de moda y los libros de aforismos venden más que nunca. Pero en el imaginario popular proliferan frases inexactas o erróneas

Humphrey Bogart en la película Casablanca. En la película nunca se dice "'¡Tócala otra vez Sam!

Pekín, año 1972. El presidente de EE.UU. Richard Nixon visita China, un hito en la historia de la diplomacia y de las relaciones internacionales. En la cena oficial entre las dos delegaciones, alguien le pregunta al líder chino Zhou Enlai qué opina de la Revolución Francesa. Tras un enigmático silencio, la respuesta de Zhou es la siguiente: “Es demasiado pronto para valorarla”. La frase ha entrado a formar parte de la mitología popular, como símbolo de la sabiduría (o de la rigidez, según se mire) oriental: mejor no opinar sobre asuntos políticamente espinosos… ¡aunque hayan transcurrido 200 años!
Sin embargo, todo es fruto de un malentendido. En realidad, el político chino creyó que se le estaba preguntando sobre el Mayo del 68, de cuatro años antes, con lo que su comentario evasivo resulta más comprensible. La revelación, difundida recientemente por un funcionario del Departamento de Estado de EE.UU., ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de las citas falsas. 
Y si no, vean este caso. Volvamos al mes de mayo de este año: después de la muerte de Osama Bin Laden, más de un comentario periodístico reportó esta frase de Martin Luther King: “Lloro la muerte de miles de preciadas vidas y no voy a alegrarme de la muerte de una, ni siquiera de un enemigo”. Una buena cita para argumentar el fin del líder talibán. Lástima que sea totalmente falsa. La influyente revista The Atlantic, que la usó para uno de sus análisis,  tuvo que hacer un mea culpa porque la autora de la frase es… ¡una maestra de inglés de 24 años, Jessica Dovey, que reside en Kobe, Japón! ¿Cómo es posible?  Pues bien, Dovey se enteró de la muerte de Bin Laden por la tele y escribió el citado comentario en su página de Facebook. Después de escribir la frase incriminada, añadió a continuación unacita de Martin Luther King (“responder al odio con el odio no hace nada más que multiplicarlo, añadiendo oscuridad a la noche…”). El problema es que alguien no hizo caso de  las comillas y atribuyó las dos frases al líder negro. Poco importa y demasiado tarde para enmendar: el párrafo entero empezó a circular en las redes sociales y se transformó en pocas horas en un fenómeno viral. Estamos ante un caso extremo. Pero la difusión de las nuevas tecnologías parece haber intensificado el fenómeno. Sin ir más lejos, el formato de 140 caracteres de Twitter es muy  tentador  para la difusión de bulos.  
No obstante, hay que reconocer que las citas falsas siempre han existido. “Seamos sinceros: la mayoría de las citas que corren por ahí son falsas. Se ha llegado hasta el abuso. Incluso un autor de la talla de Oscar Wilde no dijo tantas cosas: era ingenioso, inteligente sí, pero no a tal punto. Y la verdad es que hemos caído todos”, dice Robert Saladrigas, crítico literario. “Con las citas falsas ocurre lo mismo que con las mentiras: a fuerza de repetirlas se convierten en verdad, en tradición y nadie se toma la molestia de comprobar si son ciertas”, subraya. 
A veces estas frases tuneadas mejoran el original, en otros casos se atribuyen a autores equivocados, o bien se traducen mal o se sacan fuera de contexto… La cuestión es que funcionan. Según el escritor y ensayista  Ralph Keyes, “las citas tienen vida propia y con el tiempo mutan y adquieren una mayor consistencia”.  Para Megan Mc Ardle, del The Atlantic, las citas falsas son “más dramáticas, más pertinentes que las frases que la gente suele usar en el día a día. No debemos sorprendernos de su supervivencia en la memoria colectiva. Todos somos sensibles a estas citas, porque nos dejan compartir emociones con grandes personajes de la historia. De forma natural, buscamos las razones que llevaron sus autores a decir aquello, en lugar de buscar razones para no creer aquello que supuestamente dijeron”. También la revista The New Yorker dedicó un número sobre las citas falsas que están presentes en el mundo de la política, de la literatura o del cine. En este último caso, el hecho de que la memoria colectiva haya asumido como real un diálogo que no se produjo en el celuloide es aún más difícil de justificar , porque bastaría volver a mirar el DVD para comprobar que tal personaje no dijo tal cosa. Según señala el premio Pullitzer Louis Menand,  “el problema es que al mirar la película uno no cree que su memoria está equivocada, sino que la película lo está. Las citas viven en una batalla perpetua para sobrevivir. Quieren que la gente siga usándolas. No quieren morir, exactamente igual que nosotros. Y así, cada vez que pueden, se enganchan, para perdurar, a gente famosa o personas llamativas”. 
Existe, por supuesto, una explicación neurológica, que se basa en la conocida tesis de los falsos recuerdos. En la novela  Luz de Agosto William Faulkner escribe: “La memoria cree antes que el conocimiento recuerde”. La cita (al parecer, verdadera…) resume, de forma literaria, un proceso cerebral conocido, según el cual acabamos creyendo que los acontecimientos siguieron un determinado curso, cuando en realidad no fue así. Y esto porque la memoria acaba fabricando sus propios recuerdos. 
En todo caso, el asunto de las citas falsas no suscitaría tanta polémica y no sería tan de actualidad si no fuera por una realidad cada vez más evidente: nunca como ahora se habían publicado, en el mercado editorial, tantos libros de citas y aforismos. Es un género en auge porque, en el fondo citar, queda bien (poco importa si sea cierto o no). “Las citas funcionan en el mercado actual porque requieren poco esfuerzo de lectura y poco contenido. Es el reflejo de los tiempos en que vivimos: ahora buscamos información de inmediato”, explica Carme Font, traductora y profesora de filología inglesa en la Universitat Autònoma de Barcelona. 
La cita no sólo gusta a quien la escucha, sino a quien la emplea. Felipe Benítez Reyes, premio Nacional de Poesía y premio Nadal, cree que “la cita es muy cómoda porque descarga la autoría sobre otra persona. Quien la usa está diciendo: no lo opino yo. Lo dice otro”, subraya. En su opinión, el hecho de que se recurra a las citas también esconde algo de soberbia. “Al adornar un discurso, quien la usa puede alardear de ella. En el fondo, detrás de cada cita siempre hay una pizca de vanidad”. Reyes cree que la cita funciona porque “proporciona una cultura sintética. En el fondo, gracias a una buena cita no hace falta leerse la obra. Ocurre sobre todo con la literatura clásica como Aristóteles, Platón... ¡Y encima quedas bien!”
Robert Saladrigas cuenta un anécdota significativa. “Conocí el caso de un artista que se vanagloriaba de citar de memoria una página de Thomas Mann, de su libro La montaña mágica… ¡hasta que descubrí que era la única que se había leído!”. En su opinión, es muy tentador citar, incluso a despropósito, porque, salvo alguna excepción, los autores no se pueden defender. “Dicen que es una forma de darse lustre, porque existe la creencia de que si el autor es importante, quien lo cita lo es también. En cambio, cuando veo a alguien que emplea muchas citas desconfío. Porque si citas mucho significa que no has leído al autor.  Pregunten a alguien si ha leído El Quijote: todos lo citarán, pero…”.
No sólo en la literatura. En muchos ámbitos se emplea este recurso. “Las citas se usan mucho en la comunicación. Porque contextualizas, sitúas, atrapas al auditorio y  porque quien te escucha tiene inmediatamente un punto de referencia; además tienen capacidad de ser memorizadas. Por eso es frecuente su uso en las presentaciones:  se suele empezar con una frase graciosa ya que eso aumenta las expectativas de tu discurso”, reconoce el publicista Luis Cuesta, presidente de la agencia SCPF y ex director del festival publicitario El Sol. “Si buscas rigor, usas una científica; si quieres insistir en el aspecto  más emocional, filósofos o escritores. Y siempre funciona: no tenemos tiempo, y tenemos la necesidad de concentrar información en el momento presente. Los eslóganes publicitarios en el fondo desempeñan la misma función”, explica. 
Otro fenómeno curioso es que hay autores que se suelen citar más que otros: son los campeones de las citas. Según el Yale book of quotations, los autores más citados son William Shakespeare, Mark Twain, Oscar Wilde, Ambrose Bierce y Woody Allen. En cambio, hay vacas sagradas de la literatura que suelen citarse raramente, como Proust o Joyce. “Hay autores a los que les gustaba provocar al público con frases cortas y practicaban el arte de la cita. Pero una cosa ha de quedar clara: el hecho de ser citado con frecuencia no tiene nada a que ver con la calidad de su autor”, precisa Carme Font. Felipe Reyes coincide: “Hay citas que funcionan más que otras y esto depende de la contundencia de la frase. Por ejemplo, Proust con sus digresiones era un autor más de contexto que de aforismos. Ches-terton, en cambio, era más brillante, y sus obras están llenas de  paradojas y sorpresas. 
¿Y las citas falsas? ¿Cómo detectarlas? Para Saladrigas, “las únicas  que valen son las que aparecen con la referencia de la obra y de la página de donde están sacadas, como en algunos ensayos”. Luis Cuesta invita a tomar con prudencia los autores más antiguos. “Un  fenómeno común es el reciclaje de la cita. Ocurre a menudo con los filósofos griegos: dijeron algo en un contexto, pero luego se aplica su  análisis a otro periodo histórico completamente distinto, como el presente. Digamos que con el tiempo ciertas citas... se afinan”, señala. Pero tal vez exista  hay algo más peligroso que una cita falsa: la cita deshonesta. “Con las citas se puede hacer un uso manipulador,  porque no hay que olvidar que siempre puedes encontrar una cita que te demuestre el argumento contrario”, alerta la profesora Carme Font. Así que para evitar caer en errores, lo mejor sería ampliar el repertorio. “Hay autores que se citan hasta la saciedad. Y que se repiten. Yo creo que deberíamos leer más y encontrar algunas citas nuevas”. Y, a ser posibles, verdaderas. 
Fuente:  http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20111014/54229801953/el-arte-de-la-cita-falsa.html

Malentendidos de traducción

La reina de Francia María Antonieta pasó a la historia como una cínica, cuando en realidad quiso ser solidaria. Keynes tampoco fue tan ingenioso: el idioma traiciona

John Maynard Keynes “Cuando cambian los hechos, cambian mis opiniones”
La frase exacta  es “Cuando cambio de idea, yo lo digo. ¿Y ustedes?”

María Antonieta “Si no tienen pan, ¡que coman tartas”
Dijo “déjenles [a los pobres] cada una de mis tartas”. ¡Pura compasión!

14 oct 2011

El papel formador del bibliotecario

Por: Rafael Ibañez

La reciente difusión en los medios de comunicación del Plan Estratégico de la Biblioteca de la Universidade de Santiago de Compostela ha desempolvado un viejo debate que, sinceramente, a estas alturas creía superado en su totalidad. Es cierto que los titulares informativos estaban redactados en forma tal —“Los bibliotecarios de la Universidade tendrán función de formadores”— que parecían sumarse a sus tareas habituales nuevas responsabilidades docentes, lo que en estos tiempos de crisis que padecemos suena a reducción de recursos humanos o aumento de la presión laboral. 

El desacierto de los titulares, sin embargo, quedaba paliado en el cuerpo de la noticia, que explicaba el verdadero significado y alcance de la función formadora de los bibliotecarios de la BUSC. En la práctica, el mencionado Plan Estratégico vendría a reconocer el papel formador que le es propio al bibliotecario universitario, siquiera porque el Espacio Europeo de Educación Superior así lo exige.


Lamentablemente, en algún debate entre profesionales se oyó alguna voz discordante entre las casi unánimes felicitaciones que suscitaba este reconocimiento de los bibliotecarios como formadores. Quien discrepaba de la mayoría parecía hallarse conforme con el viejo cliché anquilosado del bibliotecario “guardián de los libros”, erudito de un conocimiento profesional imprescindible para acceder al conocimiento bibliográfico, y defendía su postura con peregrinos argumentos que confundían la formación con la docencia o exigiendo retribuciones extraordinarias por tareas que entendía exógenas a la responsabilidad del bibliotecario.
A nadie se nos escapa que vivimos en un mundo en vertiginosa evolución, en el las nuevas tecnologías de la comunicación y la información parecen reducir distancias y tiempos. Pero si nos detenemos a tomar un poco de aire y reflexionar sobre lo que estamos viviendo observaremos que, al margen de los deslumbrantes cambios tecnológicos, al menos en la profesión bibliotecaria la mutación no es tan radical como pudieran creer los profanos.
Básicamente, dos son los rasgos que tradicionalmente han diferenciado centros de documentación y bibliotecas: mientras los primeros carecían de colección documental física y el usuario dependía plenamente de las habilidades del documentalista para localizar la información deseada y/o necesitada, las segundas se caracterizaban precisamente por su colección, que debía estar organizada de tal manera que el usuario pudiese acceder de manera autónoma a los documentos y la información requerida. Esa autonomía se reforzaba con la llamada formación de usuarios, destinada a orientar al ciudadano en el laberinto bibliotecario y el elemental manejo de las herramientas informacionales entonces disponibles (desde el catálogo a una enciclopedia, pongo por caso). Los avances en materia de TIC han difuminado los límites entre ambos servicios, inicial y especialmente en las entidades e instituciones dedicadas a la investigación (entre las que se encuentran las Universidades). Por eso, las bibliotecas van siendo menos depósitos y más servicios de selección de referencias de documentos accesibles desde otros centros. 
Esta mutación no exime a los bibliotecarios de sus tareas formativas sino que, antes al contrario, las convierte en más necesarias aún si se quiere mantener la autonomía del usuario en los nuevos centros de recursos informacionales en que se están convirtiendo las bibliotecas. De esta manera, lo que antes era meraformación de usuarios se ha convertido en alfabetización informacional, una tarea empeñada en desarrollar las habilidades informacionales en los usuarios.

Bibliotecas universitarias

La modificación del panorama universitario en Europa parece coherente con esta realidad en lo que a los servicios bibliotecarios se refiere. Ya en el Plan Estratégico 2003-2006 de Rebiunse decía:
Del concepto de biblioteca como centro de soporte a la docencia se ha pasado al concepto de biblioteca como Centro de Recursos para el Aprendizaje (CRA). Es necesario, pues, pasar del papel tradicional de la biblioteca universitaria española, pasivo, reactivo, no participativo, a un papel de participación en el aprendizaje, la docencia y la investigación; un papel activo y participativo.
Los bibliotecarios deben ser consejeros indispensables en el nuevo entorno electrónico. Deben ayudar al profesorado a identificar y a evaluar las fuentes de información, siendo más asesores que guardianes de colecciones. La Biblioteca universitaria y los bibliotecarios deben ser considerados como socios imprescindibles en las tareas de la innovación educativa.
La transformación de las Bibliotecas Universitarias en Centros de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación [CRAI] supone, en definitiva, el reconocimiento práctico de los bibliotecarios como personal formador, algo que de alguna manera debería quedar plasmado en su estatus profesional. Esto no quiere decir en absoluto que debamos considerar el término “bibliotecario formador” como sinónimo de “bibliotecario docente”, sino que el personal bibliotecario debe no sólo participar muy activamente en el desarrollo de las competencias informacionales del alumnado en estrecha colaboración con el claustro docente sino también procurar el desarrollo de estas habilidades en el profesorado mismo, de manera que su participación en la investigación y la formación de los estudiantes llegue a ser una tarea conjunta y armónica, cada uno desde su propia responsabilidad.

Bibliotecas en otros Centros Educativos

Lo dicho es igualmente válido para las bibliotecas de los centros educativos en otros niveles. Siquiera por emulación, parece cada vez más evidente que la formación profesional de calidad requiere cada vez un mayor grado de competencias en gestión de la información, lo que exige la creación en estos centros educativos de auténticos CRA que participen en la necesaria transformación pedagógica y el rediseño curricular, como ya han señalado algunos autores. Y otro tanto cabe decir de las bibliotecas escolares, que deberían seguir los pasos que ya están dando las bibliotecas universitarias, actitud que ya se defendió en el V Congreso Internacional Virtual de Educación (2005):
El CRA parece llamado no sólo a ser la unidad para el control, identificación, búsqueda y recuperación de recursos informativos para Educación, sino, además, un centro de edición de materiales educativos, un soporte de comunidades virtuales de aprendizaje, plataforma de la inoculación de la pizarra electrónica en el aula y gestor de los objetos de aprendizaje adecuados […].
Obviamente, los objetivos de los CRA en los centros escolares no serán idénticos a los propios de los CRAI universitarios, pero no por ello serán menos importantes, pues deberán participar en el desarrollo del espíritu crítico y de las competencias lingüísticas y comunicativas de los menores, proporcionando a los escolares las estrategias de aprendizaje habilidades documentales y tecnológicas necesarias, como ha explicado Gloria Durban.

Bibliotecas Públicas

Pero estas responsabilidades no son exclusivas de los bibliotecarios vinculados a entidades educativas o de investigación, sino que también son propias de quienes desempeñan su trabajo en bibliotecas públicas, en las que deberían fomentarse aún más los programas de alfabetización informacional. Con el sano propósito de mantener la ya mencionada autonomía del usuario en bibliotecas en las que cada vez están más presentes las nuevas TIC, las bibliotecas públicas deben esforzarse en la formación en competencias que doten al usuario de las herramientas y habilidades necesarias para localizar, evaluar y utilizar de manera eficaz la información que necesita, definir las necesidades de información, identificar fuentes y recursos, y realizar estrategias de búsqueda adecuadas. Se trata de una necesidad imperiosa que las bibliotecas públicas deben atender como centro que son de autoformación continuada, dado que el mercado de trabajo exige cada vez más trabajadores que tengan habilidades en búsqueda y gestión de información; más aún: porque la carencia de competencias informacionales recorta la libertad de decisión de los ciudadanos.

12 oct 2011

El bibliotecario

Por: Rafael Ibañez 

Como profesionales, nos puede resultar más o menos simpática la figura del bibliotecario erudito, repleto de conocimientos y aún de buenas intenciones, como el que retrata Wenceslao Scyzoryk este cortometraje:

 

 Pero el bibliotecario no puede permanecer por más tiempo parapetado tras su muralla de libros. No debe deslumbrar por sus conocimientos, sino participar activamente en la adquisición de conocimientos por parte de los demás; debe guardar y preservar, pero también difundir y entregar. Ése ha sido y debe ser el verdadero papel del bibliotecario.

CADA VEZ QUE LO HACEMOS MUERE UN BURRO.


Humor...!!!

Según estudios recientes  


CADA VEZ QUE LO HACEMOS 
MUERE UN BURRO.
 
hacerlo parado fortalece la columna;boca abajo estimula la circulación de la sangre;boca arriba es más placentero;hacerlo solo es rico, pero egoísta;en grupo puede ser divertido;en el baño es muy digestivo; en el auto puede ser peligroso...Hacerlo con frecuencia
desarrolla la imaginación;entre dos, enriquece el conocimiento;de rodillas, resulta doloroso...

En fín, 
sobre la mesa o sobre el escritorio,antes de comer o de sobremesa, sobre la cama o en la hamaca,desnudosovestidos,sobre el césped o en la alfombra,con música o en silencio,entre sábanas o en el closet
hacerlo, siempre es un acto de amor y de enriquecimiento.   No importa la edad, ni la raza, ni el credo, ni el sexo, ni la posición económica...  

 
  
 ... Leer es un placer!!!

DEFINITIVAMENTE, LO MEJOR ES LEER Y DISFRUTAR DE LA IMAGINACIÓN, Y TÚ LO
ACABAS DE EXPERIMENTAR.
 
 ¡¡ENRIQUECE TU HÁBITO POR LA LECTURA!!

Y RECUERDA QUE CADA VEZ
QUE LEEMOS UN LIBRO,
MUERE UN BURRO.
JA,JA,JA, ...
 

10 oct 2011

Escribir en el trabajo

Por: Félix Romero



A continuación reproducimos un texto inédito y póstumo que Félix Romeo escribió para ABC Cultural

                                                                  Cubierta de la novela «Trabajos forzados»

Daria Galateria aborda en «Trabajos forzados» (Impedimenta) la vida laboral de algunos escritores: Orwell fue policía y marmitón; Bukowski, cartero; Kafka, agente de seguros; Giono, empleado de banca; Chatwin, experto en una casa de subastas... En este reportaje, algunosescritores hablan de la relación que han mantenido, o que todavía mantienen, con trabajos que no son la literatura.


A Borges le nombraron, para humillarle, «inspector de pollos, gallinas y conejos», pero se ganó la vida como bibliotecario. Bolañofue vigilante de un camping, y en esa ocupación lo retrató en «Soldados de Salamina» Javier Cercas. Mercè Rodoreda se ganó la vida cosiendo durante su exilio en Francia: cosía todo el día, y sólo se veía con fuerzas para escribir cuentos y unos pocos poemas que enviaba a los juegos florales. Mutis trabajó para la Standard Oil, pero tuvo serios problemas de gestión que le llevaron a la cárcel, como cuenta José Ovejero en «Escritores delincuentes» (Alfaguara). García Hortelano era funcionario, Martín Santosera psiquiatra y Juan Benet, ingeniero. Agustín Fernández Mallo es físico, Guillermo Martínez, matemático, y Andrés Navarro, arquitecto.
La lista de oficios con los que los escritores se han ganado la vida es larga, pero no abundan en ella los futbolistas profesionales. Nicolás Melini (Canarias, 1969), que hace unos meses publicó su nuevo libro de cuentos, «Pulsión del amigo» (KRK), lo fue y piensa que «es una de las actividades más creativas que he realizado. Ciertos momentos del juego, un pase, un quiebro inspirado, son, de lo que he vivido hasta ahora, lo más parecido a cuando escribo algo que me gusta, ese fogonazo de poesía. El futbolista lo realiza en el espacio, en conexión con otros (compañeros), a pesar de la oposición de otros tantos (rivales), inspiración y épica y representación de todo ello, teatrillo o, si se quiere, circo romano. No siempre es hermoso, también hay momentos aciagos: las cosas no salen, el rival no te deja... pero, como en el caso de los poetas, se trata de perseguir, sin descanso, ese instante pleno de lucidez en el que todo vuelve a fluir y resulta, de nuevo, mágico».
Tampoco abundan en esa lista los paseadores de perros, tarea a la que se dedicó Sergio Galarza (Lima, 1976) y que le inspiró su última novela, El paseador de perros (Candaya). Así ve su experiencia en ese y en otros empleos: «Fui paseador de perros durante más de dos años, de lunes a domingo, festivos incluidos. Escribí más que nunca, leía en el metro y en los autobuses hasta quedarme dormido, salía de fiesta a morir, amé, me hundí, la vida se acababa cada día. Luego fui chofer de unas niñas de colegio pijo y traté de cultivarles Radio 3, la vida se seguía acabando de otra manera. Ahora curro en una librería y por fin la vida parece el futuro, pero yo escribo como si mañana todo se fuera a ir a la mierda».
Vicente Gallego (Valencia, 1963), Premio Loewe de Poesía, trabaja por la noche, pesando camiones de desperdicios. Le gusta su trabajo y cree que «lo esencial de este trabajo es que me ha hecho uno con la naturaleza, ya que se cumple en el monte; y los grandes amigos que me ha regalado. No lo siento como un trabajo forzado, sino que ha sido una bendición, otra cortesía de la vida».
Vendimiador y cajero de un bingo fueron algunos de los trabajos deAntón Castro (Galicia, 1959), que acaba de publicar un libro de relatos, «El testamento de amor» de Patricio Julve (Xordica). Recuerda así los comienzos de su vida laboral: «Mi primer empleo fue en la vendimia de Cariñena. Desconocía la existencia del cierzo y al cabo de ocho días tenía lumbalgia. Trabajé cinco años en un bingo, hasta las tres de la mañana: me encantaba repartir cartones, poner premios y mientras cantaban los números escribía poemas y cuentos. Conocí a mucha gente, historias sobrecogedoras y cotidianas. Jamás he jugado al bingo».

Compatibilidad

Lola López Mondéjar (Molina de Segura, 1958), que publicó hace unos meses su nueva novela «Mi amor desgraciado» (Siruela), hace compatible su trabajo como psicoanalista y la escritura: «Cada semana paso treinta horas junto a personas que sufren. Abro en silencio mi consulta, un sitio soleado y cálido, al abrigo de la intemperie del mundo, repaso las historias clínicas de mis pacientes, y me instaló detrás del diván a la escucha de sus respectivos mundos. Cuando termino, al caer la noche, el mío, maltrecho, se repara en la ficción».
El protagonista de su última novela, «Diles que son cadáveres» (Mondadori), es ataché cultural de la embajada mexicana en Dublín, una tarea que el mismo Jordi Soler (México, 1963) desempeñó hace un tiempo. De su experiencia diplomática recuerda algunas anécdotas: «Inventé una biblioteca de autores mexicanos en Trinity College, en Dublín. Una biblioteca muy modesta que ocupa un porcentaje mínimo de una estantería. Durante meses pedí a editores y a escritores mexicanos que me enviaran libros (y que pagaran ellos los envíos) y la respuesta fue asombrosa. El día de la inauguración salí feliz del Trinity College, con la sensación de que acababa de estrechar los lazos culturales entre México e Irlanda. Me subí a un taxi rumbo a la embajada y el chófer me pregunto dónde había nacido; le dije que en México y él me respondió; "claro, y habla usted inglés porque en México se habla inglés, como en Estados Unidos, ¿no?". Y antes de que pudiera responderle nada se lanzó a elogiar a la cantante mexicana Shakira, que es colombiana».
Ismael Grasa (Huesca, 1968) ha dedicado su último libro «La flecha en el aire» (Debate) a reflexionar sobre su experiencia como profesor de filosofía, pero antes de dedicarse a ladocencia, pasó años en la hostelería: «Trabajé un verano en una terraza de la Latina y después durante dos años fui camarero de fin de semana en el Vips de Sor Ángela de la Cruz. Empecé de ayudante, llevando charolas –de ahí el apodo de uno de los personajes de mi novela De Madrid al cielo– y montando mesas, y puedo decir que prácticamente me quedé en ese rango. Fui siempre en el turno de noche. Recuerdo el olor del chaleco sucio de sirope».
Ismael Grasa recuerda ese tiempo como una etapa no muy mala de su vida, pero para muchos escritores dedicarse en exclusiva a la literatura sigue siendo un sueño, que no siempre resulta maravilloso cuando se cumple.
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