22 jul. 2016

¿Hacia una sociedad hipervigilada?

Por: Miguel Ormaetxea



La irrupción de un terrorismo psicópata e indiscriminado en sociedades avanzadas está creando el caldo de cultivo propicio para desplegar la tecnología que ya está disponible para una vigilancia que se acerca a lo absoluto y que supone, lisa y llanamente, el final de la privacidad. No es solo un peligro emergente, es una realidad muy presente en China, pero también en Rusia, en EEUU y Gran Bretaña, por poner algunos ejemplos.

Un estudio publicado por tres profesores de Harvard, Gary King, Jennifer Pan y Margaret Roberts, explica que en China se publican en torno a 480 millones de entradas y actualizaciones en redes sociales que son totalmente falsas, que las realizan empleados del Gobierno dedicados a todo tipo de tareas, a los que pagan unos 50 céntimos de dólar la pieza. Su finalidad es mantener un estado de opinión favorable a las actuaciones del Gobierno chino.

Solo para vigilar la red más importante de mensajería instantánea, Weibo, hay más de 4.000 censores del Gobierno trabajando a turno. También se ha publicado que en China hay más personas dedicadas a censurar Internet que los que están asignados al Ejército Rojo, uno de los mayores del mundo. La opinión pública del país más poblado del planeta está monitorizada y vigilada por un ejército de “community managers”. Los chinos viven en una burbuja virtual y parecen aceptar sin excesiva rebeldía esta vigilancia. Pero la tecnología tiene una doble dirección y es bastante probable que este estado de cosas no pueda ser mantenido indefinidamente.

En Rusia, el Ayuntamiento de Moscú, que tiene desplegadas 150.000 cámaras por toda la ciudad, está negociando con los creadores de FindFace para que el poderoso algoritmo de reconocimiento de caras que ha puesto en marcha esta aplicación esté al servicio de la máxima seguridad en la capital de Rusia. FindFace se ha presentado hace pocos meses y está teniendo un éxito descomunal. Cualquier persona y gratuitamente puede buscar la identidad de un individuo a través de 1.000 millones de fotografías en menos de un segundo desde un ordenador normal. FindFace utiliza también imágenes de una red social muy popular en Rusia, llamada Vkontakte, que tiene más de 200 millones de cuentas activas. Esta aplicación hará sin duda las delicias de los regímenes autoritarios de todo el mundo.

En EEUU está bastante avanzada la instalación sistemática de dispositivos de grabación de audio en espacios públicos y medios de transporte colectivos, con la finalidad de lograr evidencias de actividades terroristas o delictivas. En la actualidad, el 65% de los autobuses y el 82% de los vagones de metro poseen la infraestructura para llevar a cabo estas grabaciones, según datos publicados por Enrique Dans. Recientemente hemos sabido que EEUU se plantea exigir a los millones de visitantes que cada año entran en el país que proporcionen información sobre sus identidades en redes sociales, cuentas y páginas webs de las que sean autores. Los periodistas o estudiosos del islamismo vamos a resultar bastante sospechosos.

Éste es el “capitalismo de vigilancia” que recientemente ha denunciado Julian Assange desde su refugio en la embajada de Ecuador en Londres. Facebook y Google tienen ya más datos sobre personas que todo el aparato de inteligencia de EEUU, dijo Assange. “Los derechos de propiedad intelectual se usan para restringir y detener el periodismo de investigación”, añadió.

Pero la tecnología tiene varias caras: al mismo tiempo que se crea un Big Brother hay también un Little Brother, como dice Pablo F. Iglesias. La policía de California, por ejemplo, lleva sistemáticamente cámaras corporales y su eficacia ha sido extraordinaria: han descendido el 88% de las denuncias por brutalidad policial y un 60% el uso de la fuerza por parte de las autoridades. El inconveniente es que el control depende exclusivamente de una de las partes.

En EEUU se estudia también cómo utilizar el Internet de las Cosas como una inmensa red de espionaje gubernamental. También en dicho país se están empezando a generalizar el uso de unos dispositivos llamados “lifelogging”, un aparatito de apenas un par de centímetros que se lleva en la chaqueta y que realiza grabaciones de las personas con las cuales nos encontramos o charlamos. Se vende como un sistema para proteger la seguridad propia.

La existencia cada vez más numerosa de dispositivos de grabación personal y los servicios de streaming móvil nos permite cada vez más “vigilar al vigilante”. Como hemos visto recientemente en varios casos de brutalidad policial en EEUU, las grabaciones de testigos presenciales han permitido que la realidad fuera conocida de manera universal.


Nos debemos plantear la posibilidad de que cualquiera de nosotros esté vigilado casi en todo momento y lo que esto supone para la privacidad. Nos enfrentamos a un quebradero de cabeza y una tensión creciente entre privacidad y seguridad.

Fuente biblioráfica
ORMAETXEA, MIGUEL, [sin fecha]. ¿Hacia una sociedad hipervigilada? media-tics.com [en línea]. [Consulta: 22 julio 2016]. Disponible en: http://www.media-tics.com/noticia/6708/tecnologias-emergentes/hacia-una-sociedad-hipervigilada.html. 

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