13 ene 2011

Los libros más caros de la Historia.



"CODEX LEICESTER" de Leonardo Da Vinci



Fue comprado en 1994 por Bill Gates por 24 millones de euros . Esta colección de 72 páginas de escritos científicos y filosóficos se encuentran en un notable estado de conservación. El libro que data de 1500 tiene la curiosidad de que se necesita un espejo para leer el texto correctamente.

LOS EVANGELIOS DE ENRIQUE EL LEÓN del Monasterio Helmarshausen

l'evangéliaire de henri le lion

Por encargo de Enrique el León, estos evangelios fueron escritos y cuidadosamente ilustrado en 1188 en el Monasterio Helmarshausen. El libro es suntuoso, fue comprado en 1983 por 9,8 millones de euros, ahora su valor se estima ahora en más de 16 millones.



CARTA MAGNA LIBERTATUM



La Carta Magna Libertatum es uno de los primeros textos legales de la civilización occidental. Escrito en 1215 por los británicos en su revuelta contra el rey Juan, la Carta establece una lista de derechos fundamentales y limita el poder de la monarquía - entre otras cosas prohíbe el encarcelamiento arbitrario. En 2007, un raro ejemplar de 1297 se vendió en Sotheby's por 16.5 millones de euros.

AVES DE AMÉRICA de John James Audubon



John James Audubon, pintor y naturalista franco-estadounidense, era aficionado a las aves. Desde la década de 1820 comenzó a viajar a los Estados Unidos y dibujartodas las especies que encontró. Su libro tiene 435 acuarelas pintadas en doble folio (98x76 cm). En diciembre de 2010, una amplia colección de originales se vendió en Sotheby's por 9 millones de euros.

Y la novela más cara de la historia es de un escritor español, es por supuesto:

DON QUIJOTE de Cervantes



"El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha" de Cervantes, publicada en 1605 sigue siendo el mayor clásico de la literatura española de todos los tiempos. También es la novela más cara de la historia. Una copia se compró por 1.150.000 euros en 1989. En la actualidad se estima su valor en más de 2,5 millones de euros.

Vía: Linternaute
Fotos: 1-3-4-5 Creative Commons
Foto: 2 Linternaute

Fuente: http://intrinsecoyespectorante.blogspot.com/2011/01/los-libros-mas-caros-de-la-historia.html

12 ene 2011

Destrucción de libros: ¿Patología de quién?

Por: TAMBOR VARGAS






Hace algunas semanas me permití algunas reflexiones –para algunos, seguramente ‘irreverentes’– frente a la tesis optimista que interpreta la alfabetización como la puerta liberadora de todos los males que pueden cebarse en ese ser que llamamos HOMBRE, como si aquéllos radicaran exclusivamente en la ignorancia. Lo que, en realidad, me separa de aquellas tesis, no es propiamente una ciega antipatía a la práctica de la lectura, sino un concepto menos ‘ideal’ de la existencia humana, por lo menos en la forma como nos la muestra la realidad histórica. O quizás todavía más en el fondo de la cuestión, una vivísima oposición a simplificar las cuestiones ambiguas, como suelen ser todas aquellas en las que tienen parte la especie (las únicas realmente ‘históricas’). Hay otro tema, hasta cierto punto relacionado con dicha cuestión: el de la destrucción de libros y de sus verdaderas causas. 

Al respecto también la prensa local (entiéndase la boliviana) nos ha permitido leer alguna toma de posición: como era de rigor, en dicho texto hay las alusiones respectivas a la obra del venezolano Báez dedicada al tema, a la destrucción reciente de la biblioteca de Bagdad, para saltar al antiquísimo incendio de la biblioteca de Alejandría y al ejercicio inquisitorial, pasando –naturalmente– por las destrucciones bibliográficas decretadas por los nazis (siquiera selectivas) y a los militares argentinos más cercanos a nosotros. Pero, ¡oh sorpresa!, parece que tamaño despliegue había sido programado para ‘situar’ el enésimo enfrentamiento –actual deporte nacional– de un empresario cruceño con una de las principales autoridades del estado a propósito de su biblioteca (no del empresario, sino de la autoridad).

Ya de entrada uno percibe el olor a manipulación; concretamente, la que funciona mediante la simplificación; y así, es natural que se imponga una tarea de ‘complicación’ o ‘complejización’; es decir, de ‘ambigüización’; que equivale, en buenas cuentas, a dejar de contar un cuento, con unos mismos predictibles ‘buenos’ (víctimas) y unos mismos predictibles ‘malos’ (malandrines) a lo largo de los siglos y aun milenios.

Y lo primero que nos sale al encuentro es el hecho de que podemos encontrar como causa de destrucción de impresos, simplemente el descuido. Y me refiero en primer lugar a quien tendría el deber de cuidar de ellos: el estado. Y hay que subrayar que este descuido estatal no tiene color ideológico; incurren en él tanto los autoproclamados progresistas como los descalificados por sus enemigos como carcas (aunque los primeros quieran hacernos creer otra cosa, para lo cual nunca dejan de contar con ‘angelicales’ intelectuales orgánicos).

Este descuido puede presentarse bajo mil y una modalidades. Y no podemos dejar de incluir entre ellas la que hace que ni siquiera lleguen a existir los libros que merecerían, y por tanto deberían, existir. ¿Causa? La tenacísima idea de que el estado es ‘pobre’… (¡naturalmente, para la cultura!). No para otros miles de menesteres que la casta política ha declarado, sin declararlo, imprescindibles (aquí, en primerísimo lugar, el pago de la inflacionada planilla burocrática; o los viajes por el planeta). Vaya, que se trata de un problema de ‘prioridades’; y estas ‘prioridades’ se basan, en último término, en un credo político-picaresco. Quiero decir que este presunto pauperismo del estado acaba traduciéndose en que centenares de títulos que sólo habrían podido existir con la ayuda pública, nunca llegarán a existir porque aquella ayuda les ha sido negada. 

Pero no creamos que el descuido estatal sólo se manifiesta en este asesinato preventivo. También lo podemos observar cada vez que algún ciudadano le ofrece en venta la biblioteca propia o de alguno de sus antepasados. El resultado neto final que podemos prever sin necesidad de poseer el don de la profecía es que el ciudadano de marras tendrá que deshacerse de mala manera de su patrimonio bibliográfico, porque el estado ha alegado su ‘falta de fondos’. Otra cosa sería si el ciudadano ofreciera los libros en donación: en tal caso el estado incluso podría estar dispuesto a sufragar el costo de una placa que ‘inmortalice’ el nombre del donante; pero vale más no escarbar demasiado sobre el ‘destino final’ de los libros donados… en las bibliotecas públicas (basta acudir a los mercados callejeros para toparse con abundante material cuyos sellos denuncian su antiguo propietario público).

Y sin seguir en este tipo de casuística, el estado maltrata y acaba destruyendo el patrimonio bibliográfico del país, sobre todo negando a los libros las condiciones de conservación que éstos exigen; y ya sabemos que los libros, en malas condiciones de conservación, acaban pereciendo. Pereciendo exactamente igual que si hubiesen perecido en una pira escandalosa y espectacular (pero pública).

* * *

Otra cara del tema de la destrucción de libros por ‘odio’ a ciertas ideas, está directamente vinculada con los fenómenos históricos de ‘homogeneización’ de las ideas de la gente; o dicho por pasiva, en la imposición de un ‘sistema único’ de ideas: el sistema defendido y promulgado por el estado (¡otra vez el estado!). ¿Cuál fue el primer estado que impuso ciertas ideas? Algunos dirían más bien: ¿cuál fue el primero que no las impuso? Es decir, que la imposición ha solido dominar en la historia humana. Pero este tipo de generalizaciones caen también en el tipo de simplificaciones ya mencionado y descartado. En efecto, por una parte pasan por alto las más o menos sutiles diferencias en el cuánto de la uniformización; por otra, están aquejados de ceguera ante la evolución a lo largo del tiempo. Y sobre todo: se les escapa los malvados contraefectos que la ‘tolerancia’ teóricamente hegemónica conlleva para otras dimensiones de la vida social.

Decir ‘tolerancia’ como situación ideal situada más allá de la fuerza coactiva ideológica de los estados, equivale a decir ‘anomia’ (ausencia de normas); en plata: equivale al ejercicio de la fuerza coactiva penal, al margen de las ‘opiniones’ del ciudadano; y no se trata solamente de la reacción del ciudadano ante las decisiones de los gobernantes: se trata de un sinfín de áreas de coincidencia/discrepancia entre los ciudadanos de que se nutre la mayor parte de la actividad típicamente ‘social’ (fuera del trabajo remunerado que ha de permitir el cumplimiento de las obligaciones fiscales). En primer lugar, una sociedad sin convicciones ‘impuestas’, liberada por tanto de las coacciones ‘ideológicas’, pone a prueba la noción más elemental de democracia, pues resulta que se agrieta en mil opciones que impiden su traducción en un sistema jurídico fundamentalmente respaldado. Cabría decir que también en este orden de realidades, hay ciertos remedios peores que ciertas enfermedades. 

En este contexto, la religión había venido funcionando tradicionalmente como la primera ‘argamasa’ social; pero tanto la individualización como la secularización ciudadanas dejan la colectividad ‘en seco’. Y para lo que venimos tratando: en tales circunstancias, ¿por dónde pasa el consenso que permita trazar la línea separadora entre lo ‘tolerable’ y lo ‘intolerable’? La respuesta entusiasta diría: no existe ya la base para tales distinciones. Luego, si no existe nada ‘intolerable’, quiere decir que todo es tolerable. ¿Puede haber mejor descripción de la anomia?

Una mirada a los programas televisivos o al mundo de la industria editorial (por ejemplo, la maquinaria que mueve los premios literarios y reflejada por la oferta impresa en los catálogos de las casas editoriales), permite hacerse una idea tangible de la práctica de ciertas teorías (por lo demás, a remolque de lo que ya venía ocurriendo en el campo de las vanguardias plásticas y de lo que ha empezado a ocurrir en el de la llamada ‘música’ llamada ‘popular’.

¿Cuál es el papel del estado en estos campos? Teóricamente, en la conquista de una fundamentalista plena ‘libertad de expresión’, laisser faire, laissser passer; es decir, mirar, pero no inmiscuirse. ¿Es realmente así, cuando se trata de libros (que es nuestro tema)? Ni los más postmodernos adalides de la ‘tolerancia’ se atreverían a defenderlo, por lo menos si se tratan de portavoces de partidos parlamentarios, y si prestamos atención a las legislaciones vigentes. Y no se atreven a defenderlo porque han de reconocer que, así como en el mercado de mercancías, tampoco en el de la circulación de ideas se puede aceptar que se ‘auto-regula’; esto además de que no todas las ideas circulantes son igualmente inocuas; y si las hay nocivas, la defensa de la sociedad obliga a intervenir. Por todo ello sigue habiendo ‘libros prohibidos’ y ‘censura de libros’ y editores o libreros condenados en tribunales por vender títulos puestos ‘fuera de la ley’ (a veces, simplemente ‘desaconsejados’ o cuya circulación queda sometida a ciertas precauciones restrictivas, como el acceso a ciertas películas).

No hay base histórica, pues, para seguir apedreando las prácticas inquisitoriales o nazis, como si hoy las democracias vivieran rigurosamente en su antípoda. Lo demás es cuestión de más y de menos; es decir, de unas dosis presuntamente virtuosas de ‘tolerancia’ y de ‘represión’. Pero cualquier dosis en cualquier lugar se topa siempre con una minoría marginal de disidentes, inconformes que a veces pueden llegar a ser mediáticamente chillones, pero que políticamente demuestran ser tan insignificantes como insignificante es su hipotética representación parlamentaria.

Resumiendo: hablando de ‘libertad’ en circulación de libros, no cabe limitarse a contraponer su prohibición (siempre mala) a su permisión (siempre buena). Simplemente porque no puede excluirse la posibilidad de que haya escritos peligrosos para la sociedad. En esto el ejemplo de las prácticas nazi y comunista deberían vacunar para siempre. Y a propósito de esto cabe preguntarse: ¿por qué en países como Alemania o Francia la militancia ideológica nazi es frecuentemente perseguida y no lo es de la misma forma la militancia ideológica comunista? Pregunta que sólo admite respuesta fuera del maniqueísmo (siempre vituperable, pero para quienes aceptan sus dogmas en nuestros días, debería bastarles su presunta incompatibilidad con la ‘tolerancia’ y el ‘relativismo’ propios de la postmodernidad).

Basten por ahora estas consideraciones para comprobar que en tal materia no caben, en general, la manipulación; y en concreto, una de sus modalidades: la simplificación de lo complejo.

7 ene 2011

El Secreto del Bibliotecario

por Lucía Isa Pagó                 

Subí con prisas las escaleras de la biblioteca, pues me acababan de comunicar que sólo quedaba un ejemplar del libro de Baroja que andaba buscando y sabía que pronto se lo llevarían.


Cuando llegué a la primera planta, abrí la puerta inundando de ruido la sala donde todos los estudiantes que se encontraban me contemplaron agradecidos por aquél segundo de distracción.
Me sumergí entre las estanterías escudriñando a fondo cada una de las baldas. Sin embargo, no fui capaz de encontrar a quien buscaba por lo que me acerqué a consultar al bibliotecario llenando de pasos el silencio.


Cuando llegué hasta él, quien se encontraba fingiendo que estaba haciendo algún asunto importante, me di cuenta de que aquél hombre con aires de intelectual y el cual podría haberse leído la biblioteca entera, no era de nuestra época. Era de un tiempo lejano en el que las bombillas eran escasas y los coches utopías. Lo supe en cuanto contemplé sus gafas minúsculas aparentemente útiles sobre su nariz aguileña y frente a sus párpados cansados. Su posible medio siglo de edad le había marcado con una calva hasta la mitad del cráneo como una prolongación de la frente que finalizaba en una cabellera larga juntada con gomina hasta la nuca. Su barba no tenía nada que envidiar a la de Marx o a la de Darwin, aunque ésta todavía conservaba algo del color castaño de la juventud que había sido devorada por las numerosas canas. Su traje con estampado a cuadros, su chaleco verde y corbata a juego, podrían ser perfectamente las piezas de colección de una exposición sobre principios del siglo XX. Como colofón a su atuendo, su sombrero, que reposaba tras él sobre un armario lleno de literatura.


Me preguntó algo molesto el motivo de mi presencia, ya que yo no había sido capaz de articular palabra. Susurré que me habían explicado que el libro que buscaba, “El Árbol de la Ciencia” de Pío Baroja, estaba en su planta. El bibliotecario, quien creía saberlo todo (o al menos eso pensaba yo, pues es lógico cuando se ha vivido más de ciento cincuenta años) me dijo que no había tenido noticias de la llegada de la obra de Baroja. Aún así, lo buscó en los archivos del ordenador, como cualquier persona del siglo XXI haría. Incluso llamó a algún superior para consultar el paradero del libro, pues parecía que nadie lo había devuelto a tiempo.



Mientras tanto, yo seguía examinando admirada a aquel curioso personaje y extrañada de que nadie más estuviera haciendo lo mismo.


Agarrado a su mano izquierda había un reloj de antes de que las horas se marcaran para el resto de los mortales. Pensé que tal vez ahí había guardado el secreto del tiempo o de la inmortalidad. Incluso de que aquello podría ser la mismísima máquina que le permitía viajar al pasado o al futuro en su caso. A lo mejor estaba en nuestra época para traer libros de antaño y en favor de la cultura de la humanidad.


Cuando terminó frustrado su conversación telefónica, me respondió de malos modos como pagando conmigo el hecho de que nadie devolviera los libros en la fecha señalada, que el libro no estaba disponible y que volviera otro día a por él.



Me pareció completamente absurdo, pues él mismo podría traerme al propio Baroja al presente o llevarme con él al momento en el que se publicó la obra que tanto necesitaba. Ante mi desesperación por conseguir “El Árbol de la Ciencia”, se me ocurrió preguntarle al más que centenario bibliotecario, si podría llevarme a su tiempo para poder hablar con el propio Baroja sobre su novela. El bibliotecario palideció, sabía de lo que le hablaba. Olvidando las normas de la biblioteca elevó la voz para sobresalto de los presentes y dijo: ¿¡Qué tonterías son esas, señorita!? No es ninguna tontería.- Respondí.-Sé que usted no es de aquí, si no de un tiempo lejano en el que los carlistas luchaban y la generación del 98 creaba un nuevo estilo. ¡Deje de decir sandeces!-Gritó enfureciéndose.- ¡Seguridad!-Y antes de que me diera cuenta, los de seguridad me conducían a la puerta prohibiéndome la entrada en el edificio.



Volví a casa con la sensación que deja la mentira, pues había desvelado el secreto del bibliotecario aunque él mismo lo negara, pero a pesar de todo, estaba orgullosa de ser la única en saberlo y la única capaz de guardárselo.

EL BIBLIOTECARIO Y EL ROBOT


El tomo que el ex bibliotecario tenía entre las manos se titulaba “Curso rápido de programación de robots”. No era una novela de ciencia-ficción, ni un poemario futurista, ni un tratado filosófico sobre cibercultura de los que tanto le gustaban. Era simplemente eso, un arduo manual para aprender a programar criaturas artificiales. 

Esa tarde había tenido el suficiente valor como para regresar a su antiguo lugar de trabajo con la idea de renovar aquel volumen. Lo había leído ya una vez, sin comprender absolutamente nada. Pero a pesar de ello necesitaba darle una segunda oportunidad.

Al otro lado del mostrador de la biblioteca había un robot de apariencia arácnida. Su cuerpo cromado estaba coronado por una miríada de ojos mecánicos que le servían para realizar múltiples tareas a la vez. El artefacto sostenía con cuatro de sus brazos otros tantos libros. Ojeaba sus páginas a toda velocidad. El ex bibliotecario se acordó de que había leído en alguna parte que una de las funciones en las que el robot superaba al profesional humano era al catalogar varias publicaciones al mismo tiempo. Un sentimiento de nostalgia invadió durante un instante el ánimo del ex bibliotecario. Se retrotrajo a los viejos tiempos, cuando su profesión aún tenía sentido. No le costó verse a sí mismo cinco años más joven, al otro lado del mostrador, atendiendo las peticiones de sus clientes, rodeado de montañas de libros. Tampoco pudo evitar trasladarse mentalmente un poco más adelante, hasta el día nefasto en que un anciano Steve Jobs presentó ante el mundo al “perfecto funcionario”. Una de aquellas arañas de cromo de Apple hizo gala de su inteligencia humana simulada y de su gran velocidad para procesar datos, leyéndose el “Romeo y Julieta” de Shakespeare en menos de diez minutos y presentando inmediatamente después un complejo análisis del clásico.

―Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? ―dijo la araña con una voz femenina suave que chocaba con su fisonomía.
―Deseaba renovar este libro.

La araña cogió el manual y lo pasó por delante de uno de sus ojos. Después lo colocó en la máquina de desmagnetizar. 

―Ya puede llevarse su libro.

El ex bibliotecario echó un último vistazo a su sustituto robótico. Pensó que en verdad era realmente eficiente. Y posiblemente muy barato de mantener. 

Enfiló el pasillo que conducía hasta el ascensor de la biblioteca, cuando una voz conocida llamó su atención:

―¡Don Julio! ¡Aquí!

Un hombre menudo vestido con un mono gris le llamaba desde la puerta del montacargas situado a unos metros. Levantaba sobre su cabeza una fregona como si de una bandera se tratase. Era Pep, el limpiador inquieto devorador de libros con el que tantas buenas conversaciones había mantenido en el pasado. 

―¡Hombre, Pep! ¿Cómo te va?

El hombrecillo dejó la fregona apoyada sobre la pared y se acercó al ex bibliotecario para darle un achuchón.

―¡Qué alegría verle por aquí! ¡No sabe cómo le echo de menos!
―Y yo a ti. Nuestras conversaciones eran siempre estimulantes.
―A ver qué ha sacado...―Pep cogió sin pedir permiso el libro que el ex bibliotecario llevaba entre las manos―. ¿“Curso rápido de programación de robots”? No pega nada con usted...
―Lo sé, Pep. Pero son tiempos difíciles. Hay que reciclarse o quedarse en el paro.
―Mire lo que llevo siempre encima ―y le acercó un viejo libro de bolsillo, con sus tapas negras arrugadas por el uso.
―“Antología poética de la Generación del 27”. Muy bueno, Pep. Muy bueno.
―Usted fue quien me pasó mis primeros libros de Federico García Lorca. Después yo investigué por mi cuenta al resto de los autores de aquel momento. Ahora disfruto especialmente con los versos de Luis Cernuda y de Emilio Prados.
―Ya sabe que mi favorito siempre fue Cernuda.
―Al principio cuesta un poco entrar en él. Pero merece la pena el esfuerzo. “Donde habite el olvido...”
―“... en los vastos jardines sin aurora...”
―¡Qué grande, don Julio! Se le echa mucho de menos por aquí. ¡Ójala nunca hubiese entrado por la puerta ese maldito cacharro! Un bibliotecario no es sólo algo que despacha libros. Un bibliotecario es alguien que sabe de libros, que ama a los libros. Ninguna máquina puede simular eso. 
―Gracias, amigo. En momentos tan malos como éste unas palabras como las tuyas se agradecen.

Y los dos viejos colegas se quedaron charlando sobre cómo había cambiado el mundo en poco tiempo, sobre cómo el invento de Apple había transformado la administración pública, mandando a la calle a miles de mujeres y hombres. 

***

El ex bibliotecario se sentó en el escritorio de su despacho y encendió la luz del flexo. Abrió el grueso volumen por el índice y buscó el capítulo que trataba sobre “software para inteligencias artificiales bibliotecarias”. Dentro de tres días tenía una entrevista de trabajo en una empresa de documentación y sabía que habría una prueba técnica. No le quedaba otra que comprender aquel galimatías como fuese. 

Pasaron las horas y el texto le parecía igual de hermético que la primera vez que lo leyó. Se preparó un cigarrillo de liar y lo encendió. Entre bocanada y bocanada de humo, se levantó de la silla y se dirigió a su pequeña biblioteca personal. Hizo un recorrido visual por sus libros favoritos, ordenados según los había ido descubriendo: “El Señor de los Anillos” de J. R. R. Tolkien; “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury; “Campos de Castilla” de Antonio Machado; “La desolación de la quimera” de Luis Cernuda; “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde; “El lobo estepario” de Hermann Hesse; “Rayuela” de Julio Cortázar; “Ficciones” de Jorge Luis Borges; “La montaña mágica” de Thomas Mann y “El mundo como voluntad y representación” de Arthur Schopenhauer. Una sensación de angustia atenazó su garganta.

Entonces cerró el manual de golpe y lo apartó de su vista. Buscó entre los cajones del escritorio la vieja libreta Moleskine que le regaló el jefe de su primer empleo. Se cercioró de que había un recambio de tinta para su pluma estilográfica. Y comenzó a escribir. Sabía qué historia quería contar: La vida de un bibliotecario en una época que no necesitaba bibliotecarios. Y también sabía que otros ex bibliotecarios la leerían gustosamente.

HOMENAJE A UNA MADRE BIBLIOTECARIA...

HOMENAJE A UNA MADRE BIBLIOTECARIA....
carta de sus hijas a

 Luz Jimènez de Malawski

 …NOSOTRAS, vivimos y crecimos dentro de la “BIBLIOTECA”, formamos parte de una gran familia…una familia de bibliotecarias con sus maridos e hijos, teníamos muchas tías y primos…era, esa hermosa época, que no se puede olvidar!!!
…Hay tantos detalles y tanta historia que recordar; que veremos si lo podemos hacer juntos!!! les parece?
…Comencemos con aquellas sillitas naranjas, sus mesitas redondas “El Rincón Infantil” con sus libritos de cuentos…
…Y cómo dejar atrás…aquella cajita de Títeres?...que estaba en el fondo y que todos los años, tratábamos de renovarles sus ropitas, para que se vieran nuevos…
…Cómo no recordar!!!...los Desfiles, que tanto nos divertían, por lo menos a los más chicos; nos vestían, nos peinaban, nos pintaban, nos hacían sentir grandes…y ustedes dirán: …todo eso en una biblioteca? …SI!!! … La Biblioteca era todo, era grandiosa!!!
...Y no podían faltar, “Los Cursos del Verano”, de Manualidades, Tapiz, Pintura sobre tela, lo que fuera…no había vacaciones para la Biblioteca…ni para los que estábamos a su alrededor…
…Y se acuerdan?... de los Ficheros, con las tarjetas de cada socio…la lapicera atada a un cordoncito arriba del mostrador, para firmar los retiros o la renovación de algún libro?...de la Dirección!!!…los Estantes y sus Libros gordos, pesados…
…Y algunos, tal vez recuerdan…para nosotros fue Importante!!! Porque en nombre de la Biblioteca…el Día del Niño, íbamos al “Hogar de niños”, con regalos, títeres, libros, juegos…y todos los años, casi a fin de año, visitábamos a los abuelos!!! ...en el “Hogar de Ancianos”, también con regalos…y obteníamos muchas anécdotas y muchas historias…allí, también se aprendía…
…Y los infaltables…BENEFICIOS, se hacían rifas, pollos, pan dulce de membrillos que toda la ciudad compraba…lo que fuera!!!...para comprar 2000 ladrillos, hoy, y la otra semana 2000 ladrillos más…pero…qué alegría y qué alivio!!! …cuando de algún lugar…llegaba “Un Subsidio”…para el NUEVO EDIFICIO…de la Biblioteca Pública Almafuerte!!!  
…Y bueno, llegó el momento de recordar las grandes Tías Bibliotecarias!!!.... Todos éramos “una Gran Familia”.
…HOY, viviendo lejos de Villa Ángela, pero muy cerca en NUESTRO corazón, UNA desde Córdoba y OTRA desde San Juan,  …QUEREMOS SALUDAR!!! …QUEREMOS  SER PARTÍCIPES DE ESTE GRAN HOMENAJE A LA  BIBLIOTECA DE NUESTRA INFANCIA…Y TAMBIÉN QUERÍAMOS ACOMPAÑAR Y SORPRENDER  A NUESTRA MAMÁ, EN UN DÍA MUY ESPECIAL PARA ELLA…VERDAD, Luz?...
… Y,  PORQUÉ NO!!!…AYUDAR A HACER UN POCO DE HISTORIA….
                           CON TODO EL CARIÑO DEL MUNDO!!!!
                Nancy y Mary Malawski Jiménez “LAS MELLIS”
 06/01/2011

«Todos somos inmigrantes digitales»

La tendencia a estar conectado a todas horas va a más. «La sobreabundancia puede ser un problema, hay que aprender a gestionarla», dice el experto


Si un ciudadano de mediados de los 90 pudiese viajar en el tiempo hasta el día de hoy, se quedaría bastante desconcertado con nuestro uso de las maquinitas: no sólo todo el mundo posee teléfonos que se pueden acarrear de aquí para allá, sino que eso que seguimos llamando teléfono sirve también para enviar mensajes escritos, escuchar música o incluso conectarse a internet. Ejem, perdón... ¿internet? Un mayúsculo misterio para nuestro visitante, que también se extrañaría de la cantidad de horas que dedicamos a nuestros amigos los aparatos, de ocurrencias como la de compartir fotos o vídeos con el resto del planeta o de la facilidad con la que conseguimos música y películas reducidas a una posesión intangible, casi espiritual. El ritmo al que las nuevas tecnologías han ido transformando nuestra vida no invita a hacer futurología sobre este asunto: nadie sabe qué podremos y qué querremos hacer dentro de cinco, de diez o de otros quince años. Lo que parece claro es que la senda que hemos emprendido no admite cambios de sentido: de momento, las tendencias actuales irán a más.
La gran novedad tecnológica que ha traído este año son los 'tablets', ordenadores que se manejan a través de una pantalla táctil, sin teclado. «Ahora mismo suponen el cambio más gordo en informática. En realidad son un concepto de hace años, pero llegó Apple, dio un puñetazo en la mesa y sacó el iPad. Han vendido todos los que son capaces de producir», explica Javier Pedreira, 'Wicho', uno de los responsables del influyente blog Microsiervos.
-A la gente que tiene miedo a la informática, le pones un 'tablet' delante y no se siente ante un ordenador. Se le esconde el funcionamiento habitual, y eso va a atraer a muchas personas que, si no, nunca se meterían en informática o en internet. Lo enciendes y no tienes que aprender nada: sólo tocar la pantalla. Todo el mundo está ahora corriendo para alcanzar a Apple.
Realidad aumentada
El otro aparato estrella de nuestros tiempos son los teléfonos inteligentes, esos que han superado las limitaciones de su nombre y valen casi para cualquier cosa. «Hay estudios que dicen que este año se van a vender más teléfonos inteligentes -iPhones, Androids y demás- que ordenadores. Esto refuerza la tendencia a estar conectado a todas horas y va a hacer que las aplicaciones especializadas para estos dispositivos den un pelotazo. La geolocalización es muy importante, porque hay aplicaciones que, vía GPS, saben dónde estás y te dicen, por ejemplo, los cines más cercanos y las pelis que ponen, o te orientan hacia donde echan la que quieres ver. Es la realidad aumentada: el teléfono sabe dónde estás y si, por ejemplo, apuntas la cámara hacia un edificio peculiar, te explica lo que es». Estos usos, cada vez más habituales, tendrán seguramente su contrapartida: «Nos comeremos la publicidad: si vas por ahí con un móvil que sabe dónde estás, el señor del restaurante de la esquina querrá anunciarse. La publicidad va a utilizar este nicho».
El móvil va camino de convertirse en una terminal omnipotente que nos servirá para organizar toda nuestra vida: «Podrá sustituir a la tarjeta del cajero, el bono del autobús, el carné de la biblioteca... Se convertirá así en una especie de billetero electrónico que sirva para todo. Cada una de esas tarjetas que nos abarrotan la cartera lleva muy poquita información: si vive en un teléfono móvil, nos puede facilitar mucho las cosas. Yo creo que los tiros van por ahí».
-No es tanto prescindir como gestionar las cosas de otra forma, hacer una microgestión del tiempo que lo divida en trozos más pequeños. Se trata de otro tipo de atención. Hay una viñeta de Mauro Entrialgo que dice eso: está un tipo delante del ordenador y dice 'tengo que acabar un trabajo, pero antes voy a ver mi correo, lo que se cuenta en Twitter, el Flickr...' y, cuando acaba, han pasado dos horas y se pregunta '¿y si me han mandado otro correo?'. Eso nos ocurre, para qué negarlo, pero hay que aprender a gestionarlo y sacar el trabajo adelante. La sobreabundancia en la que nadamos puede ser un problema, pero vas aprendiendo estrategias, ves quién te puede echar una mano para filtrar y decidir qué te interesa: es una nueva educación que todos necesitamos adquirir.
Educación es, para 'Wicho', un término clave. La velocidad a la que cambia la tecnología nos convierte a todos en perpetuos novatos, sometidos a una necesidad continua de actualización y aprendizaje. La tarea ha de empezar en los colegios, pero el experto no cree que se esté haciendo hincapié en los aspectos correctos: «La informática debería estar integrada en el aula como una herramienta más. Los niños tienen que estar acostumbrados a las nuevas herramientas, pero eso que gusta tanto a los políticos de 'me he gastado 200 millones de euros en ordenadores' no significa nada. ¿Qué contenido tiene? ¿Has dado formación a los profesores? ¿Saben cómo optimizar esa herramienta? Las máquinas, de por sí, no sirven de nada: hay que invertir mucho en formación y contenidos adecuados». Se habla mucho de nativos digitales, de la facilidad natural de las nuevas generaciones para manejar esa tecnología que ya existía cuando llegaron al mundo, pero 'Wicho' considera infundada esa confianza: «Yo me creí durante mucho tiempo la historia de los nativos digitales, pero después empecé a dar charlas en colegios y... Tratan con máquinas a todas horas, no les tienen ningún respeto y están todos en Tuenti, pero su dominio es muy reducido: les sacas del Facebook, del Messenger y de 'la mula' para descargarse cosas y un porcentaje elevado se pierde. Todos somos inmigrantes digitales: al ritmo que cambian las cosas en internet, puedes saber mucho hoy, pararte y estar totalmente perdido dentro de un año».
Sin interruptor rojo
También los gobiernos tienen mucho que aprender sobre internet, más allá de sus intentos cada vez más visibles por controlarla: «Yo creo que no van a poder, afortunadamente: la red evolucionó de forma caótica, sin que nadie pensara lo que podía suponer, y no existe en ningún sitio un gran interruptor rojo que permita apagarla». Los mayores retos atañen seguramente a la industria cultural, amenazada por la disponibilidad de sus productos de forma gratuita, que ha creado en muchos consumidores el cómodo hábito de no pagar. «Tienen un problema del carajo. Un primer requisito para solucionar el tema de lo gratuito es la sencillez: si vas al iTunes Store a descargarte una canción, haces una búsqueda, un clic y ya está. Lo mismo con los libros para el Kindle de Amazon: buscas, clic y en treinta segundos lo tienes. ¿Qué está haciendo la industria en España? Mirar para otro lado, salvo la música, que a través de iTunes funciona. Las editoriales se inventaron Libranda, y la única explicación que se me ocurre es que lo hicieron mal a propósito para decir luego que no funcionaba».
-Pero lo mismo se podrá conseguir siempre gratis...
-Sí, pero para eso suele hacer falta un mínimo de habilidad: saber cómo buscar, tener el programa necesario, descomprimir... Para mí puede ser trivial, pero para un porcentaje alto de usuarios la opción de buscar y descargar con un clic resulta muy atractiva porque es sencilla. Si a la gente se lo pones muy fácil, responde. Para mí, por ejemplo, el Kindle de Amazon está siendo una ruina: el sistema funciona de manera tan fácil y tan inmediata que ni te lo piensas.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...