11 feb. 2011

La revolución del clic

La convulsión en el mundo árabe no viene de magnicidios ni intentos de golpes de estado, sino de Facebook y Twitter. Aquí, el periodista puertorriqueño Héctor Héreter, de La Nueva Voz de Puerto Rico, analiza el fenómeno con particular hondura y lo comparte con los lectores de MDZ .




“Señoras y señores, por favor amárrense bien los cinturones porque la sacudida va a ser grande”, diría el piloto de la máquina del tiempo que nos llevará a través de los meses y años siguientes por los cambios sociales y políticos que se avecinan.


El año 2011 comenzó con eventos políticos que dejaron perplejos a muchos, pero que confirman lo que sociólogos y antropólogos vienen pronosticando sobre las metamorfosis que sucederán por el advenimiento de Internet y las redes sociales.

Vemos hoy con asombro el derrumbe de regímenes que eran considerados inamovibles. Tal como señala el editor de la revista digital Wired, Kevin Kelly, esta nueva composición de los medios e Internet “nos ha enseñado a pensar que es posible lo que hasta hace muy poco creíamos era totalmente imposible”.

El gobierno de Túnez, dominado con mano de hierro por un solo hombre, Zine al Abedine Ben Ali, por los pasados 28 años, cayó en menos de una semana. La caída no fue a la manera clásica de un golpe de estado o el asesinato del mandatario, sino a través de miles de mensajes enviados por las redes sociales a millones de receptores con tan solo hacer clic en la tecla de “enviar”. El efecto multiplicador fue inmediato, tanto en Túnez como en otros países del área incluido Egipto, donde la gente respondió al llamado de salir a la calle para gritar ¡basta!.

La semilla de la revolución del clic estaba plantada en el ciberespacio por aquellos que se sentían oprimidos por un gobierno dictatorial.

Internet y las redes sociales como Facebook y Twitter han cambiado las reglas del juego en maneras que todavía muchos políticos no llegan a descifrar. Están acostumbrados al control de la información, al subyugar los medios de comunicación tradicionales como la prensa, radio y televisión, reduciéndolos a meros instrumentos de propaganda.

El fenómeno mediático que vivimos en la actualidad comenzó en 1459 cuando el alemán Johannes Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles. Cincuenta y siete años después, en 1516, Martín Lutero logró que sus 95 tesis en contra del Vaticano fueran distribuidas en dos semanas en Alemania y seis semanas en toda Europa; una velocidad de propagación casi impensable en esos tiempos.

La imprenta inició una gran transformación social a nivel mundial, primero con la Reforma de Lutero, seguida por la Revolución independentista de Estados Unidos y la francesa de 1789; la era Industrial; las guerras emancipadoras de América Latina y la revolución bolchevique en Rusia.

Pero aún faltaba algo en el panorama mediático: la capacidad de réplica por parte del público receptor de los mensajes. Los lectores, primero, y luego los radioyentes y televidentes, eran meros espectadores de los acontecimientos que se les presentaban a través de los medios de comunicación.

Con la aparición de Internet y la capacidad interactiva de las redes sociales el público pasó de ser mero espectador a protagonista y activo participante del flujo informático.

“A nivel mundial se ha gestado un nuevo tipo de consumidor y ciudadano que tiene una mayor disposición a plantear su opinión. Esto se ha tipificado como los ‘prosumers’, o consumidores proactivos que buscan información y postean sus inquietudes”, afirma Paul Venturino, periodista chileno y Vicepresidente de la agencia de relaciones públicas Newlink Group, con sede en Miami.

Si el mundo quedó conmocionado en 1516 con la Reforma de Lutero, que logró en menos de mes y medio encender el clamor de cambio en toda Europa, ¿qué podemos esperar en esta nueva era digital, cuando somos capaces de transmitir 2 millones de e-mails por segundo a una velocidad cercana a la de la luz?
Ante esta nueva realidad mediática, muchos políticos en el poder verán limitadas sus capacidades de controlar las masas.
Los mentirosos o los que “convocan a la movilización basada en el odio al otro, más que en la promesa de un futuro mejor, tienen sus días contados”, dice el sociólogo y periodista argentino Carlos Salvador La Rosa. Cuando las condiciones sociales están ya maduras -incluyendo factores tales como una inflación rampante, los precios de los alimentos por las nubes, un desempleo desbordante e ingresos que no sobrepasan los $2 al día, como fue el caso de Egipto- los nuevos medios de comunicación se convierten en la mejor plataforma para convocar a la protesta y rebelión.

Lo interesante de estos movimientos, a diferencia del pasado cuando los dictadores eran destronados por organizaciones o partidos políticos, es que ahora son las masas -compuestas principalmente por los jóvenes usuarios de las nuevas tecnologías, sin ninguna filiación partidista en particular- las que logran dar al traste con el estado político del momento. Lo único que los une es su rechazo al régimen imperante y el teclado de sus teléfonos móviles.

Otro elemento interesante es que estos movimientos protestatarios no tienen una verdadera inclinación hacia una postura política. Pueden ir en contra de gobiernos de derecha, como en el caso de Egipto, o inclinados a la izquierda, como Jordania. Hasta que no surjan estudios más concluyentes sobre el tema, su común denominador se podría definir como el hastío ante un gobierno que se ha entronizado en el poder.
Egipto se ha convertido en un verdadero “case study” del fenómeno mediático y de lo que podemos esperar en el futuro. Si analizamos las cifras demográficas de ese país observamos que un 43% de su población no llega a los 30 años y era uno de los países en el mundo árabe con mayor participación en las redes sociales, previo a la censura cibernética impuesta por Hosni Mubarak. Por tanto, la revolución del clic emergió de la juventud.

Mubarak, por su parte, asumió una posición con mentalidad del medioevo para enfrentar la crisis que se le venía encima; cortó toda conexión de Egipto con Internet y suspendió el servicio de telefonía celular, mientras ordenaba a los tanques patrullar las calles de las principales ciudades. A manera de símil podemos decir que Mubarak intentó enviar un correo electrónico (e-mail) a través de una vieja máquina de escribir. Pero su suerte estaba echada.

Este monstruo con millones de cabezas que son los usuarios con sus teléfonos portátiles, le pone los pelos de punta a muchos centros de poder alrededor del mundo. China -con más de una quinta parte de la población mundial, donde los celulares, Internet y las redes sociales se han convertido en algo tan común como el arroz frito- no tardó en levantar murallas para limitar el acceso de sus ciudadanos al ciberespacio al ver lo que sucedía en Egipto.

Otro fenómeno asociado a Internet es lo que muchos llaman la “urticaria cibernética” que se propaga de país a país, sin consideración de fronteras, idiomas o creencias religiosas. En uno de los mensajes más distribuidos a través de Twitter al inicio de las revueltas en El Cairo y Alejandría se leía: “Ayer todos éramos tunecinos, hoy todos somos egipcios y mañana todos seremos libres”. Las últimas cuatro palabras reverberaron a través del mundo, sobre todo en aquellos países de corte dictatorial.

Todos los estudiosos del comportamiento social concuerdan en decir que Internet ha transformado nuestra forma de socializar e intercambiar información. Estamos en un punto donde lo que precedía ya no es válido, y lo que se creía inamovible demuestra su gran vulnerabilidad ante el clamor popular por justicia y un gobierno que en realidad defienda los intereses de sus constituyentes, sin mentiras ni manipulaciones propagandísticas.

Clay Shirky, sociólogo y profesor en el programa graduado de la Universidad de Nueva York sobre Telecomunicaciones Interactivas, afirma que “vivimos en la actualidad una de la mayores transformaciones que jamás la humanidad haya presenciado”.


Aquellos líderes del mundo que se creen inamovibles de sus puestos en la cumbre del poder mejor que se bajen de esa nube, ya que sus gobiernos están a merced de miles de golpes de clic.

Fuente: http://www.mdzol.com/mdz/nota/272492-la-revolucion-del-clic/
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