10 oct 2011

Escribir en el trabajo

Por: Félix Romero



A continuación reproducimos un texto inédito y póstumo que Félix Romeo escribió para ABC Cultural

                                                                  Cubierta de la novela «Trabajos forzados»

Daria Galateria aborda en «Trabajos forzados» (Impedimenta) la vida laboral de algunos escritores: Orwell fue policía y marmitón; Bukowski, cartero; Kafka, agente de seguros; Giono, empleado de banca; Chatwin, experto en una casa de subastas... En este reportaje, algunosescritores hablan de la relación que han mantenido, o que todavía mantienen, con trabajos que no son la literatura.


A Borges le nombraron, para humillarle, «inspector de pollos, gallinas y conejos», pero se ganó la vida como bibliotecario. Bolañofue vigilante de un camping, y en esa ocupación lo retrató en «Soldados de Salamina» Javier Cercas. Mercè Rodoreda se ganó la vida cosiendo durante su exilio en Francia: cosía todo el día, y sólo se veía con fuerzas para escribir cuentos y unos pocos poemas que enviaba a los juegos florales. Mutis trabajó para la Standard Oil, pero tuvo serios problemas de gestión que le llevaron a la cárcel, como cuenta José Ovejero en «Escritores delincuentes» (Alfaguara). García Hortelano era funcionario, Martín Santosera psiquiatra y Juan Benet, ingeniero. Agustín Fernández Mallo es físico, Guillermo Martínez, matemático, y Andrés Navarro, arquitecto.
La lista de oficios con los que los escritores se han ganado la vida es larga, pero no abundan en ella los futbolistas profesionales. Nicolás Melini (Canarias, 1969), que hace unos meses publicó su nuevo libro de cuentos, «Pulsión del amigo» (KRK), lo fue y piensa que «es una de las actividades más creativas que he realizado. Ciertos momentos del juego, un pase, un quiebro inspirado, son, de lo que he vivido hasta ahora, lo más parecido a cuando escribo algo que me gusta, ese fogonazo de poesía. El futbolista lo realiza en el espacio, en conexión con otros (compañeros), a pesar de la oposición de otros tantos (rivales), inspiración y épica y representación de todo ello, teatrillo o, si se quiere, circo romano. No siempre es hermoso, también hay momentos aciagos: las cosas no salen, el rival no te deja... pero, como en el caso de los poetas, se trata de perseguir, sin descanso, ese instante pleno de lucidez en el que todo vuelve a fluir y resulta, de nuevo, mágico».
Tampoco abundan en esa lista los paseadores de perros, tarea a la que se dedicó Sergio Galarza (Lima, 1976) y que le inspiró su última novela, El paseador de perros (Candaya). Así ve su experiencia en ese y en otros empleos: «Fui paseador de perros durante más de dos años, de lunes a domingo, festivos incluidos. Escribí más que nunca, leía en el metro y en los autobuses hasta quedarme dormido, salía de fiesta a morir, amé, me hundí, la vida se acababa cada día. Luego fui chofer de unas niñas de colegio pijo y traté de cultivarles Radio 3, la vida se seguía acabando de otra manera. Ahora curro en una librería y por fin la vida parece el futuro, pero yo escribo como si mañana todo se fuera a ir a la mierda».
Vicente Gallego (Valencia, 1963), Premio Loewe de Poesía, trabaja por la noche, pesando camiones de desperdicios. Le gusta su trabajo y cree que «lo esencial de este trabajo es que me ha hecho uno con la naturaleza, ya que se cumple en el monte; y los grandes amigos que me ha regalado. No lo siento como un trabajo forzado, sino que ha sido una bendición, otra cortesía de la vida».
Vendimiador y cajero de un bingo fueron algunos de los trabajos deAntón Castro (Galicia, 1959), que acaba de publicar un libro de relatos, «El testamento de amor» de Patricio Julve (Xordica). Recuerda así los comienzos de su vida laboral: «Mi primer empleo fue en la vendimia de Cariñena. Desconocía la existencia del cierzo y al cabo de ocho días tenía lumbalgia. Trabajé cinco años en un bingo, hasta las tres de la mañana: me encantaba repartir cartones, poner premios y mientras cantaban los números escribía poemas y cuentos. Conocí a mucha gente, historias sobrecogedoras y cotidianas. Jamás he jugado al bingo».

Compatibilidad

Lola López Mondéjar (Molina de Segura, 1958), que publicó hace unos meses su nueva novela «Mi amor desgraciado» (Siruela), hace compatible su trabajo como psicoanalista y la escritura: «Cada semana paso treinta horas junto a personas que sufren. Abro en silencio mi consulta, un sitio soleado y cálido, al abrigo de la intemperie del mundo, repaso las historias clínicas de mis pacientes, y me instaló detrás del diván a la escucha de sus respectivos mundos. Cuando termino, al caer la noche, el mío, maltrecho, se repara en la ficción».
El protagonista de su última novela, «Diles que son cadáveres» (Mondadori), es ataché cultural de la embajada mexicana en Dublín, una tarea que el mismo Jordi Soler (México, 1963) desempeñó hace un tiempo. De su experiencia diplomática recuerda algunas anécdotas: «Inventé una biblioteca de autores mexicanos en Trinity College, en Dublín. Una biblioteca muy modesta que ocupa un porcentaje mínimo de una estantería. Durante meses pedí a editores y a escritores mexicanos que me enviaran libros (y que pagaran ellos los envíos) y la respuesta fue asombrosa. El día de la inauguración salí feliz del Trinity College, con la sensación de que acababa de estrechar los lazos culturales entre México e Irlanda. Me subí a un taxi rumbo a la embajada y el chófer me pregunto dónde había nacido; le dije que en México y él me respondió; "claro, y habla usted inglés porque en México se habla inglés, como en Estados Unidos, ¿no?". Y antes de que pudiera responderle nada se lanzó a elogiar a la cantante mexicana Shakira, que es colombiana».
Ismael Grasa (Huesca, 1968) ha dedicado su último libro «La flecha en el aire» (Debate) a reflexionar sobre su experiencia como profesor de filosofía, pero antes de dedicarse a ladocencia, pasó años en la hostelería: «Trabajé un verano en una terraza de la Latina y después durante dos años fui camarero de fin de semana en el Vips de Sor Ángela de la Cruz. Empecé de ayudante, llevando charolas –de ahí el apodo de uno de los personajes de mi novela De Madrid al cielo– y montando mesas, y puedo decir que prácticamente me quedé en ese rango. Fui siempre en el turno de noche. Recuerdo el olor del chaleco sucio de sirope».
Ismael Grasa recuerda ese tiempo como una etapa no muy mala de su vida, pero para muchos escritores dedicarse en exclusiva a la literatura sigue siendo un sueño, que no siempre resulta maravilloso cuando se cumple.

Pero, ¿qué harán las bibliotecas dentro de 15 años?

La pregunta me pilló desprevenido pero la respuesta se me apareció rápido: ofrecerán lugares 
donde estar, pagarán y guardarán.


Un lugar dónde estar. Quizá sea un misterio, pero a su vez es un hecho constatable, que bibliotecas diseñadas como espacios agradables atraen gente que entra en contacto con la información. ¿Es esto un defecto? Al contrario, creo yo. Los espacios (museos, tiendas o plazas) se llenan de gente en parte debido o gracias a su diseño, pero sobre todo a la necesidad que cubren. Si las bibliotecas atraen a gente debe ser que la gente necesita lo que las bibliotecas ofrecen y esto debería ser visto a nivel social como una solución y no como un problema. 

Casi todos los usos (incluso los espurios) de una biblioteca deberían ser favorecidos ya que implican de alguna forma el crecimiento personal. Esta es una necesidad individual y social que las bibliotecas satisfacemos: ofrecer a la gente un lugar dónde estar (con nosotros mismos, con otros y en contacto con la información), facilitar el contacto de uno con la cultura en sus diferentes formas y con la gente interesada en la cultura, un espacio dónde encontrarse con quién pueda tener intereses similares, un lugar donde estar sin consumir, sin pagar, sin tener que seguir la moda… Los servicios de las bibliotecas serán crear y mantener lugares y espacios reales, y quizá también virtuales.


Pagar. El bienestar de la mayoría de la población permite que nos paguemos los libros que leemos (al fin y al cabo, leemos poco). En el ámbito del aprendizaje, los manuales pueden incorporarse a los costes del estudio y los artículos comprados ‘just-in-time’ a los de la investigación. Pero este no es el problema. Podemos determinar (e individualmente comprar) el pequeño porcentaje de libros que satisfacen la mayoría de nuestras necesidades o uso. Pero, cómo me decía un amigo hablando de la regla del 80/20, lo interesante en la vida pasa más allá del 80%. Las bibliotecas ofrecen colecciones, pagan a los editores precios (a veces superiores al precio de un uso individual) para ofrecer usos múltiples de documentos que quizá no sean usados o lo sean de forma minoritaria. Pero su existencia forma parte de nuestra libertad. Libertad de elegir, libertad de desarrollar nuestros gustos, nuestras intuiciones y aficiones. 

Las bibliotecas ofrecen a las personas el servicio de pagar en representación de esta sociedad (una ciudad, una universidad, una empresa, una escuela) para que la persona pueda acceder, bajo régimen capitalista (retribuyendo al autor y al editor), a un bien socializado. Y esto es mejor, ya que ni los muy ricos de forma individual pueden formar colecciones tan extensas como los pobres juntos. Los servicios de las bibliotecas serán pagar para formar colecciones de documentos impresos y también electrónicos.


Guardar. La importancia de nuestro pasado, de nuestra identidad y de nuestra memoria crece con nuestro bienestar. Esto es cierto (creo yo) a nivel individual y social y para la generación de nuevo conocimiento. Me acuerdo de un dominical de El País que mostraba lo que personas de unos 100 países diferentes señalaban como su bien más preciado. Se podía comprobar allí este principio que es en cierta forma un corolario de la pirámide de Maslow. Pero guardar difícilmente genera beneficio y no tiene incentivo para ser dejado en manos de la iniciativa privada y la empresa (me ahorro las consideraciones sobre lo selectiva que puede ser la memoria si se conserva en función de que pueda generar beneficios). 

Alguien tiene que hacerlo y las bibliotecas ofrecerán este servicio a la colectividad, es decir conservaran información y la organizarán para que pueda ser encontrada y usada en un futuro. Los servicios de las bibliotecas serán guardar la información que generamos hoy sea esta material o digital.


Lo dicho puede tomar formas distintas en función de que lo apliquemos a una biblioteca municipal, a una de escolar o a una de universitaria. Espacios para ciudadanos o para estudiantes. Pagar para ofrecer libros a los lectores ociosos y bases de datos especializadas a los investigadores especializados. Guardar los carteles de la fiesta mayor, la página web del ayuntamiento o las tesis doctorales leídas en una universidad.


Cualquier futuro es un condicional. Nadie sabe con seguridad lo que va a pasar pero muchos intentan influir en el mañana desde el presente. Las bibliotecas, tal como he tratado de detallar, lo están haciendo así, sea de forma consciente o inconsciente.


En el momento actual de crisis económica, y desde el punto de vista del futuro, van a ser necesarias dos cosas. 

La primera será tener un modelo de biblioteca que aporte valor a una sociedad en tránsito. No debería ser difícil ya que la sociedad tenderá a usar la información cada vez más y en más entornos y circunstancias, y por fáciles que nos pongan las cosas las tecnologías, la biblioteca-organización siempre tendrá ocasión de mejorar la relación información persona. 

La segunda será ofrecer a la sociedad una imagen renovada de la biblioteca y mostrar el valor de la misma para una sociedad cambiante. No debemos minimizar la fuerza de las imágenes mentales construidas a lo largo del siglo pasado y la de la biblioteca es para mucha gente un almacén conservador de libros impresos. Una parte de los esfuerzos de los bibliotecarios se ha dedicado a la estadística y a los indicadores de rendimiento de los servicios bibliotecarios. Esta corriente en nuestra profesión parece recientemente está orientándose a poner en relieve el valor de las bibliotecas para la sociedad a la que sirven[1].

Y aún dos más a nivel más práctico: hacer los deberes (es decir renovar profundamente nuestros servicios para construirlos para los usuarios) y hacerlo en cooperación o colaborativamente (de nosotros con nuestro entorno, las bibliotecas de diferentes tipos entre sí, bibliotecas con archivos y museos y profesionales con usuarios.


Pero, de todas formas, al menos este es mi punto de vista, el futuro de la biblioteca no sólo dependerá de razones objetivas, el futuro de las bibliotecas está en los valores con los que se construya la sociedad del futuro.


El estudio de OCLC From awareness to funding: a study of library support in Americatiene como principal conclusión que “Significativa y sorprendentemente, el soporte financiero a las bibliotecas no se correlaciona con factores demográficos (ingresos, edad, genero, raza, afiliación política, etc.) ... El soporte a las bibliotecas tiene más que ver con una manera de pensar o una actitud mental que con los perfiles demográficos tradicionales[2].”

Pero -como dicen en Nicaragua- lo más seguro es que quién sabe.
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[1] Ver las publicaciones recientes de Gauder, Brad (editor) (2010), ‘Perceptions of Libraries: context and community. A report to the OCLC membership’ (Dublin, Ohio: OCLC. ISBN 978-1-55653-395-2),http://www.oclc.org/reports/2010perceptions/2010perceptions_all_singlepage.pdf y Megan Oakleaf (2010), ‘The value of academic libraries: A Comprehensive Research Review and Report (Chicago: Association of College and Research Libraries),

Más Internet, más ideas


Por: Ricardo Osvaldo Rufino

No dejo de sorprenderme: ¡Cómo ha cambiado el mundo! Y este cambio radical tiene un artífice exclusivo: la tecnología, la informática, la ciencia. Sus creaciones, su desarrollo, su alcance, su expansión, modificaron abruptamente la vida cotidiana de los seres humanos que habitamos este planeta.

En un artículo publicado por el diario Perfil de Buenos Aires, hoy domingo, el polémico periodista Jorge Lanata plantea un tema verdaderamente apasionante, a través de una incógnita que nos hace pensar.

Lanata se pregunta si la revolución tecnológica no terminó por postergar definitivamente a la política, a la filosofía, a la ideología. El journalista argentino piensa que, en el presente, el concepto de revolución pasa por los estupendos avances tecnológicos y no más por las armas, los cambios de gobierno o las batallas de orden ideológico. Por suerte, cree que las revoluciones ya se han alejado para siempre del concepto de violencia.

Así da forma a su pensamiento: “Extraño pero completamente cierto: desde hace ya un par de décadas la revolución tecnológica ha pasado por encima de la filosofía y la política. Unos chicos en un garaje de Sillicon Valley dejaron obsoleto a Marx. La filosofía y la política buscan, desesperadas, definiciones para realidades tecnológicas que ya suceden. Nadie hubiera pensado que el derecho de propiedad iba a ser puesto en jaque por las redes”.

Respeto y considero el razonamiento de Jorge Lanata, pero me parece que esta es una cuestión de fondo que merece ser reflexionada con sumo cuidado, sin apresuramientos, y lo que es más necesario aún, sin apuros por arribar a conclusiones que pueden resultar equivocadas.

En mi caso, siempre pensé que la política era la rectora de los movimientos y las transformaciones de las sociedades. Que la política y los políticos podían mejorar o empeorar la vida de la gente. Que las ideas convertidas en praxis (esto es, acción política concreta) determinaban que una colectividad tuviese una característica, una impronta, u otra.

También siempre pensé que la política era “la madre” de la economía. Un gobierno X, a través de sus decisiones y medidas, por ejemplo, está en condiciones de favorecer económicamente a un sector social o a otro.

Ahora, observando el notable cambio que ha producido la tecnología en los jóvenes (que son el futuro de nuestras sociedades), me pregunto si no deberé repasar estos preceptos. Estoy verdaderamente (lo reconozco) auto-cuestionando mi propia estructura de pensamiento. Porque los adelantos tecnológicos, las estupendas posibilidades que posibilita Internet, la computación, han producido semejante impacto en la población mundial que, por momentos, parece que la importancia  política ha quedado relegada a un segundo y discreto plano. Y que ya no es más la responsable de las transformaciones más poderosas que se van produciendo en el escenario internacional.

¿Será así? Reflexiono, pienso, no me considero dueño de la verdad.

Veamos el caso de Egipto (que es absolutamente actual, “made in 2011”): la eclosión social reciente que terminó con la dictadura de Hosni Mubarak comenzó con la muerte de una persona a manos de las fuerzas de seguridad del país norafricano. La noticia se extendió como reguero de pólvora gracias al poder de llegada de las redes sociales. Esto es totalmente cierto. Pero la decisión de los cientos de miles de egipcios de salir y tomar las calles fue por su hartazgo, por la carencia de libertad, por la falta de democracia. En definitiva, fue por causas políticas.

El debate puede resultar conmovedor... como son todos los debates que analizan el estado y la marcha de un país, de una comunidad.

Continúa Lanata desgranando su pensamiento con esta frase: “No ha habido, desde la aparición de la imprenta, un avance tecnológico más democratizador que Internet en la historia de la humanidad. Y recién estamos en la infancia de la Web, que irrumpió en su etapa más popular con la interfaz Windows 95: hace diez minutos”.

Es así, señalan los entendidos, que este magnífico invento recién está en sus inicios, y sus posibilidades de desarrollo y expansión son notables.

Pero al mismo tiempo, considero que el mundo de las ideas continuará en el primer escalafón de las prioridades de los seres humanos. Por eso no es válida (a mi criterio) la contraposición Política vs. Internet.

Internet con su magia, con su alcance descomunal, es un elemento incomparable para incrementar la posibilidad de que los seres humanos nos acerquemos al universo de las ideas. Más Internet bien utilizado, más contacto con las ideas. Este es el lineamiento correcto. De otro modo, estaríamos desvirtuando el sentido de este tema. Internet es solamente un medio. Un medio fenomenal, pero sólo eso. Las ideas siempre serán un fin, un objetivo. La razón máxima de un ser humano, al menos para quién esto escribe.

6 oct 2011

Muchos adultos enseñan a los niños a odiar la lectura

Por: Kepa Osoro
Tips para no cometer errores 


Cuando estamos embarcados en la ardua travesía de ayudar a nuestros hijos a descubrir       la magia de la lectura tenemos cierta tendencia a perder la perspectiva.


Es como si en medio del océano de posibles itinerarios flotara una densa niebla que oscurece nuestro horizonte. Nos empeñamos en descubrir "qué hacer" para despertar en los pequeños el amor por la letra impresa y nos olvidamos de que es importantísimo tener en cuenta "qué tenemos que evitar" para tirar piedras contra nuestro propio tejado, chinas que muchas veces desbaratan todo el trabajo hecho.

En esta línea se concibieron las preclaras reflexiones de Gianni Rodari, un periodista y escritor italiano que encabezó la llamada Pedagogía de la Fantasía. Caminando de su mano sabia e irónica, en este artículo trataremos de ir reconociendo uno a uno algunos de esos vicios en los que incurrimos al enfundarnos la chaqueta de "hacedores de lectores".

Se trata de analizar algunos "errores de bulto"-como el oponer frontalmente el libro a la televisión o a los cómics, recordar machaconamente que en nuestra infancia leíamos más, transformar el libro en un verdadero instrumento de tortura, etc.- errores que, muy a nuestro pesar pero de forma indefectible, acaban por convertirse en «nuevas maneras de enseñar a los niños a odiar la literatura».


Presentar el libro como alternativa a la TV

Ésta es, quizá, una de las estrategias más eficaces para que nuestros hijos se alejen cabezonamente de los libros. Por un lado, porque para ellos la televisión es uno de los inventos más maravillosos y útiles de la historia de la humanidad. Y, por otro, porque los chicos no son tontos y piensan: «Oye, papi, si te parece que ver la tele es perder el tiempo, ¿por qué mamá y tú os pasáis todos los días varias horas delante del televisor?»

Además, somos tan poco delicados con sus gustos y aficiones que les decimos que tienen que leer en vez de mirar la tele, que han de coger los libros de la escuela «... en lugar de perder el tiempo con esas estupideces». ¡Viva el respeto a las ideas ajenas!

Para los niños la TV no es una «estupidez» sino un entretenimiento divertido, ameno y útil. Tal vez objetivamente sea cierto que le dedican más tiempo de lo necesario, o que se refugian a veces «en aquel estado de semiinconsciencia en el cual el telespectador cae después de cierto tiempo, y del que es síntoma la total pasividad con la que acepta cualquier programa de la pequeña pantalla, sin escoger y sin reaccionar».

Pero no podemos olvidar que los méritos educativos de la TV superan a sus deméritos: enriquece el punto de vista, nutre el vocabulario, acerca una cantidad inverosímil de informaciones, enriquece el bagaje cultural de los niños… Sí, no seamos obtusos: ¡en cuántas casas el encefalograma cultural es absolutamente plano! Aunque sea discutible su calidad, la tele transmite cierta cultura.

Y no olvidemos que desde el punto de vista psicológico, negar una distracción, «una ocupación placentera (o sentida como tal, que es lo mismo), no es el modo ideal de hacer que se prefiera otra: será más bien el modo de echar sobre esta otra una sombra de fastidio y de castigo».

Enfrentando los libros a los cómics

Cuántas veces escuchamos de pequeños a algún adulto sabiondo escupirnos la frasecita: «¡Deja de leer tebeos, que son una tontería!» Nuestro maestro o nuestro padre amenazaba: «¡Te quemaré todos los tebeos si no te veo leer!». «¿Sólo un suficiente en lengua, eh? A partir de mañana se acabaron los tebeos»...

Hemos olvidado lo mal que nos sentíamos cuando nos prohibían abrir la páginas de El guerrero del antifaz, Corto Maltés, Flash Gordon, Tintín, El Capitán Trueno, Mortadelo y Filemón… Y ahora somos nosotros los que castigamos a nuestros hijos sin leer sus tebeos de Bola de Dragón, Spiderman o Sinchán.

En este caso prohibir no sirve para nada porque acabarán leyendo tebeos escondidos en el cuarto de baño como hacíamos nosotros, o en casa de un amigo.

Los cómics no pueden ser considerados en sentido estricto un subgénero de la literatura, pero su función de puente hacia lecturas más canónicas es indiscutible. En medio de las cenagosas y obligatorias lecturas escolares, las aventuras de los tebeos suponen una ventana por la que penetra un mundo fantástico e ilusionante.

Verne, Salgari, Gordon, Blyton, Agatha Christie… han sido para muchos de los adultos de hoy la lectura más estimulante, más instructiva y probablemente la más educativa de su infancia, aunque los críticos literarios podrían hablar de «subliteratura».

El cómic –nos recuerda Rodari– «posee la función de nutrir y alimentar la necesidad de aventuras, de comicidad de rápida consumición y renovación constante: es manejable, es económico, es cambiable. Los niños no tienen necesidad sólo de buenas lecturas».

No existe relación de causa-efecto entre la lectura de tebeos y el rechazo de los libros «de verdad»: todos conocemos chicas y chicos (también adultos) que leen mucho y con la mano izquierda cultivan también el huertecillo de los tebeos.

Cuando yo era joven leíamos más

A menudo tenemos la tentación los adultos (y raras veces la resistimos) de añorar nuestra infancia porque guardamos de ella un recuerdo distorsionado por el paso del tiempo y la necesidad de idealizar lo que no tenemos. La memoria es una aduladora y engaña hábilmente, pero es difícil darse cuenta de ello.

¡Cómo se leía cuando éramos pequeños! ¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Hace cien años, cuando la mayoría de los españoles eran analfabetos? ¿Hace cuarenta años, cuando varios millones ni siquiera sabían leer? Además, los que leían más eran los hijos de la burguesía, porque lo que es el resto de los mortales, trabajadores y clase miserable, no tenía dinero para comprar unos libros que no poseían ni siquiera un aspecto medianamente atractivo porque sus ediciones eran en muchos casos vulgares y cutres.

«Antes había buenos libros para los niños». No intentemos que nuestros hijos añoren un pasado que no es el suyo porque no pueden identificarse con la nada. Y, volvemos a recordar otra incoherencia adulta: «Papi, si los libros que tenías de pequeño eran tan buenos y te gustaban tanto, ¿por qué no conservas ninguno?».

Los niños de hoy tenéis demasiadas distracciones

«…Y por eso leéis tan poco». La catastrófica organización del tiempo libre de nuestros hijos no es la causa de que no lean. Unas veces el tiempo libre no es más que «tiempo vacío», tiempo desaprovechado porque los padres no enseñamos a nuestros pequeños a convertirlo en un ocio creativo y estimulante.

Otras veces su tiempo libre, el no ocupado por las tareas escolares, se barniza con una neurótica obsesión por las «clase de…»: les obligamos a aprender informática, piano, inglés, ballet, artes marciales, danzas húngaras… ¿Cuándo tienen un ratito para abrir un libro de Literatura Infantil con la garantía de no quedarse dormidos por el agotamiento?

En muchas de nuestras ciudades no hay espacios para jugar, ni espectáculos medianamente creativos y enriquecedores para niños, ni bibliotecas, ni cosas por el estilo. En nuestras casas urbanas no hay sitio para el cuarto de los niños entendido como espacio íntimo e infranqueable...

Sí, es cierto, hoy en día hay más distracciones, pero su compatibilidad con los libros puede ser factible pues no depende «del número y de la calidad de los pasatiempos (es decir, de las ocupaciones más libres y por esto más queridas, y por esto de mayor eficacia educativa) sino del lugar que el libro ocupa en la vida del país, de la sociedad, de la escuela».

Echando la culpa a los niños de que no prefieren los libros

Echar la culpa a los niños, además de fácil, es comodísimo, porque sirve para ocultar las propias culpas. Reconocemos que los niños no leen lo suficiente, pero hay demasiadas casas en las que jamás entra un libro, hay millares de licenciados sin biblioteca, hay muchos padres que no leen siquiera el periódico, y después se sorprenden si los hijos hacen como ellos, hay responsabilidades de la escuela y del Estado... En las editoriales para niños, el criterio comercial prevalece siempre sobre el criterio pedagógico.

«Acusado como el único responsable de una situación compleja y agravada aún por la crisis de los ideales educativos hasta ayer pacíficamente aceptados, el niño reacciona como puede: largándose a jugar al patio, o escondiendo bajo la almohada su querido álbum de cómics».

Transformando el libro en instrumento de tortura

Este sistema se aplica intensamente en muchas escuelas: los maestros obligan a los niños desde preescolar a copiar página por página su primer libro de lectura. Tras esta tarea, que para el niño no tiene sentido ni interés alguno, se añade la división en sílabas. ¡Si supiera cómo se divierten! Con el tiempo llega el análisis gramatical y después hace su entrada triunfal el análisis lógico, el resumir, el aprender de memoria, etc. Todos esos ejercicios multiplican las dificultades de lectura y en lugar de facilitarlas, le quitan al libro cualquier capacidad de entretener, de conmover, de interesar.

«La lectura no es ya un fin a perseguir laudablemente, sino un medio para actividades más serias, o que se presuponen como tales. El libro que entra en la escuela bajo el esquema del rendimiento escolar produce respuestas puramente escolares: no es algo hermoso y bueno de lo cual se tiene necesidad, sino algo que utiliza el maestro para expresar un juicio».

Negarse a leer al niño

Al narrar o leer un cuento al niño la intimidad, la confianza, la comunión entre padres e hijos se expresan de un modo único e irrepetible. Pero hoy en día pocos padres tienen tiempo y ganas de leer un cuento a sus niños. Compartir la lectura es «promover el libro de mero objeto de papel impreso a intermediario afectuoso, a momento de la vida».

No ofreciendo una elección suficiente

Si el abanico de materiales de lectura que ofrecemos a nuestros hijos no es variado y rico, su rechazo a los cuentos puede significar tan solo que le gustan otro tipo de lecturas: libros documentales, tebeos, prensa deportiva, revistas juveniles, lecturas digitales, etc. Favorezcamos la creación de «su» biblioteca personal, que iremos enriqueciendo consultando sus gustos y momentos lectores.

Ordenando leer

Éste es el método más eficaz si se quiere que los jóvenes aprendan a odiar los libros. Es seguro al ciento por ciento. Facilísimo de aplicar. «Se toma a un muchacho, se toma un libro, se colocan los dos en una mesa y se prohibe que el trío se divida antes de determinada hora. Para garantizar el éxito de la operación, se anuncia al muchacho que al finalizar el tiempo estipulado deberá resumir las páginas leídas».

El joven sacará una lección por su cuenta que no olvidará en lo sucesivo: hay que leer porque los mayores lo mandan.

No decimos que no sean necesarias las lecturas obligatorias. El niño las aceptará si a cambio le damos oportunidad de leer dentro del tiempo escolar lo que le dé la gana, sin pedirle nada a cambio.

«Una técnica se puede aprender con pescozones: así la técnica de la lectura. Pero el amor por la lectura no es una técnica, es algo bastante más interior y ligado a la vida y con pescozones (reales o metafóricos) no se aprende».



Fuente: http://www.infanciahoy.com/despachos.asp?cod_des=9521

Cómo será el libro de texto del futuro....

En esta infografía se hace un análisis de cómo será será el libro de texto en unos pocos años: ¿os parece que puede ser como lo cuentan?




Fuente: http://villaves56.blogspot.com/2011/09/como-sera-el-libro-de-texto-del-futuro.html

4 oct 2011

Las bibliotecas tienen futuro si pensamos que el futuro no está garantizado


Hay pocas profesiones que manifiesten una preocupación profunda y constante por el futuro como lo hacen los bibliotecarios. 

Podría decirse que es por la enorme influencia que tienen en nuestro caso los avances tecnológicos. Pero los cambios introducidos por los enormes avances técnicos de finales del siglo XX han afectado con una intensidad parecida a sectores próximos a las bibliotecas, como puedan serlo los museos o las universidades. Y a pesar de ello estas instituciones, tan venerables como las bibliotecas, no muestran una preocupación tan grande por su futuro.


Podríamos creer que esta preocupación es reciente, debida concretamente a la enorme influencia de la digitalización de la información en una institución desarrollada alrededor de la información sobre un soporte físico. Pero tampoco es así. Si repasamos la literatura profesional de al menos los últimos treinta años encontraremos ya no los lógicos artículos que detallan la aparición de novedades tecnológicas sino un importante número de advertencias sobre los cambios drásticos que nos depara el futuro.


¿A qué se debe esta preocupación? ¿Oculta, reticencia al cambio o miedo a desaparecer? A menudo se cita lo primero, pero los bibliotecarios hemos sido tradicionalmente usuarios tempranos de todas las tecnologías: la máquina de escribir a finales del siglo XIX o las microfotografías a principios del XX y también de los ordenadores en los años 50 y 60. Por lo tanto, si no es reticencia a lo nuevo, nuestra preocupación debe relacionarse con la difuminación constante que ha tenido la imagen tradicional de la biblioteca desde que se ha automatizado la información.


La biblioteca moderna nació para ser mediadora entre la información y sus usos. A lo largo de mucho tiempo, sus fortalezas se han constituido alrededor de la ventaja que le proporcionaba ser el almacenador de este recurso escaso que ha sido la información. La mecanización de la información, primero, su automatización después y la digitalización aún más recientemente han sido procesos que han disminuido el papel mediador e las bibliotecas, que han disminuido su fuerza (aquella que surgía de una información que era escasa).


La biblioteca moderna quedó simbolizada por grandes edificios llenos de estantes con volúmenes impresos. Las bases de datos de acceso remoto (teledocumentación) de los años 70 fueron precursoras de una información que quería ser libre, que quería llegar al usuario de forma directa y desintermediada. A partir de entonces, cada novedad tecnológica ha erosionado aquella imagen que se ha ido difuminando hasta parecer que desaparecería. Pero, al mismo tiempo, los bibliotecarios han sabido (re)construir una realidad nueva de la biblioteca a partir de la integración de lo nuevo y la modificación de lo antiguo.


La preocupación de los bibliotecarios por su futuro y el de las bibliotecas es pues seguramente más antigua que la que puedan tener organizaciones parecidas. Y es en la constancia y antigüedad de esta preocupación que se sustenta nuestra capacidad de adaptación y la posibilidad de tener futuro (de continuar teniéndolo).

De las bibliotecas escolares a las bibliotecas universitarias: reflexiones sobre alfabetización informacional


Por: Ana A. Chiesa


El documento de Gloria Mercedes Lozano De las bibliotecas escolares a las bibliotecas universitarias: reflexiones sobre ALFIN se sustenta en la necesidad de iniciar al alumnado en el desarrollo de habilidades en información desde el comienzo de la educación formal articulando el trabajo de la biblioteca escolar con el trabajo del aula e incluyendo al ALFIN como eje transversal de todas las áreas del conocimiento. La autora afirma “Cuando la biblioteca escolar se ponga al día con esa importante asignatura pendiente, la biblioteca universitaria se podrá dedicar a otras muchas actividades para formar eficientemente a profesionales e investigadores en las labores formativas e investigativas que requiere su grado de especialización”

Este documento presenta propuestas de trabajo para trabajar la ALFIN desde la biblioteca escolar según el nivel de enseñanza y convertir a esta en un hábito. Acompañan a la propuesta de trabajos algunas consideraciones pedagógicas a tener en cuenta en donde se prioriza “la armonía que debe existir entre el trabajo participativo de la comunidad educativa, el conocimiento de planes y programas de estudio, la utilización de todo tipo de fuentes documentales acorde con los niveles escolares y la utilización de dinámicas diferentes de aplicación de aprendizajes en los grupos participantes”


RESUMEN 



La experiencia de trabajo profesional en bibliotecas escolares durante más de 15 años me ha demostrado que dichas bibliotecas cumplen un papel vital en cuanto a la formación de usuarios hoy alfabetización informacional, que permite a los integrantes de la comunidad educativa (padres, maestros, alumnos, personal administrativo, comunidad en general),  hacer uso correcto y adecuado de los recursos bibliográficos, audiovisuales y telemáticos existentes para su formación integral dentro y fuera de las aulas, así como en su vida diaria no solo como parte de la comunidad educativa sino como miembros activos de un entorno que continua en la universidad y termina en el diario vivir. 
El trabajo de enseñanza de la utilización de todos los medios existentes para formarse, informarse y recrearse, es una misión que nace en la biblioteca escolar, que debe continuar en la biblioteca pública  y en la universitaria, para dotar a los usuarios de las habilidades necesarias para el manejo autónomo de todo tipo de recursos en cualquier situación que le presente la vida diaria. 
Además se presenta un modelo de
formación para ser aplicable paulatinamente durante todos los años de enseñanza formal
en las aulas. Finalmente hay que destacar que cuando las bibliotecas escolares cumplan
verdaderamente su misión podremos tener bibliotecas universitarias dedicadas a otras
labores complementarias de alfabetización informacional.




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