17 sept 2018
¿A dónde van los libros que no venden?: entre la guillotina, el saldo y los regalos
Por: Silvina Premat
¿A dónde van los libros que no venden?:
entre la guillotina, el saldo y los regalos
"Recibí
un mail de la editorial informándome que tenían 1500 ejemplares en un estado en
el que no se podían vender. Me comunicaban que iban a destruirlos y me ofrecían
que, si quería algunos, podía retirarlos del depósito. Fue un shock porque
creía que el libro se vendía muy bien". La anécdota es de Laura
Ramos en referencia a Corazones en llamas, la reedición de
su libro en coautoría con Cynthia Lejbowicz, pero evoca una situación por la que
atraviesan muchos autores en virtud de un hecho poco difundido y sobre lo que
algunos prefieren no hablar: la guillotina como destino final de los libros.
Una
práctica común en las grandes editoriales del mundo, y también en nuestro país,
la destrucción de libros es impulsada no
ya por razones ideológicas como en los regímenes autoritarios, sino por la
dinámica del mercado editorial. La necesidad de hacer lugar en los
depósitos, propios o alquilados, en los que se almacenan los ejemplares no
vendidos y reducir los costos pone en marcha todos los años para esta fecha, en
previsión del cierre de los balances, un procedimiento similar en las
diferentes empresas.
"Antes de llegar a esa instancia se evalúan
donaciones, venta interna en la editorial y venta al autor", cuenta
a LA NACION la gerenta de Marketing y Comunicación de Penguin Random
House, Valeria Fernández Naya, quien para hablar de la eliminación de libros
recurre a un eufemismo. "No se
destruyen, se reciclan y se utilizan para otros libros", afirma e
insiste en que la destrucción "es
el último recurso" y en que en siete años de trabajo supo solo de tres
libros que fueron al picadero de papel. Agrega que "es un tema muy
delicado porque según cómo se aborde" puede generar conflictos "por
lo que representa en la Argentina la destrucción de libros". Tal
precaución lleva a la multinacional con la que PRH comparte la representación
de la mitad del mercado editorial argentino, el Grupo Planeta, a no atender a
la prensa. "No se podrán brindar los datos requeridos ya que es
información confidencial de la empresa a nivel global", fue la respuesta
de ese grupo editorial a la solicitud de LA NACION. No obstante, se sabe
que también Planeta destina a la guillotina buena parte de los ejemplares que
tienen al menos dos años de publicación y son devueltos por las librerías por
falta de venta o por estar fallados.
La
eliminación de libros llegó al país con el crecimiento de la industria y de la
mano de los grupos empresariales que hoy tienen una treintena de sellos y que
publican un promedio de 40 nuevos títulos cada mes -entre 500 y 700 por año-
con tiradas de entre 2000 y 50.000 ejemplares o más. Errores en los cálculos de
ventas al decidir la tirada o imponderables del mercado se traducen en cientos
de miles, y hasta millones, de ejemplares que se van acumulando en los
depósitos.
La falta
de información precisa alimenta mitos que no llegan a desmentirse.
"Cuando
fui a buscar algunos ejemplares estaba compungido por lo que percibía como un
cierto fracaso. Un empleado de la editorial que me ayudó a llevarlos hasta el
auto intentó consolarme; me dijo que estaba contactando a otros escritores por
lo mismo y que me quedara tranquilo que
no serían como los nazis que destruían libros, sino que ellos los reciclaban y
con eso hacían maples para huevos...", comenta otro autor
que, por la seriedad de su interlocutor, se fue convencido de haber salvado al
menos dos centenares de libros de esa suerte.
Fernando
Fagnani, editor de Edhasa que, por política editorial, no destruye ni salda
libros, llama a "desacralizar la
cuestión". Considera que "es
importante dejar de ver al que destruye un libro como un delincuente porque eso
es un disparate”. Publicar 500 novedades en un año es muy meritorio y tener
que destruir algunos es un efecto colateral y una práctica legítima. Me parece
que hay un purismo con los libros que lo entiendo como lector, pero desde el
lado de la editorial es totalmente lógico. “Hacer un culto por el libro en sí no tiene mucho sentido".
Como
otras editoriales medianas o pequeñas, Edhasa publica un promedio anual de
treinta títulos y con tiradas de entre 1500 y 3000 ejemplares. "Son
apuestas editoriales diferentes. Los más grandes apuestan por el público y si
el lector no está tienen que hacer algo porque no pueden tener en el balance y
en los depósitos cientos de miles de ejemplares, que son un costo importante,
en honor a nada porque se sabe que la ruleta no vuelve a pasar por ahí",
explica Fagnani al referirse a libros que "difícilmente tengan una sobrevida" porque, por ejemplo, tratan
temas coyunturales. "Cuando la apuesta es más a la literatura o los
ensayos no se acumula tanto stock y los riesgos son menores. Puede pasar que
apostás por autores que a lo mejor no venden mucho en el primer libro, sino con
el segundo o tercero unos años después", continúa Fagnani, para quien
"las gestiones chicas son más intensivas, con pocos libros publicados;
aunque esto no quiere decir que salga bien".
María
Teresa Carbano, directora de la editorial Imaginador, agrega otro factor.
"Hay una flexibilidad que tiene la pequeña que no la tiene la grande.
Hasta ahora, no sé qué pasará con los cambios del dólar, muchas editoriales
chicas venían imprimiendo bajo demanda tiradas, por ejemplo, de 300 ejemplares.
No tendemos a destruir; nos cuesta tomar
esa decisión y hacemos una oferta especial, buscamos exportar o saldar".
En este contexto, la opción de abaratar los precios y ofrecerlos a los
"salderos" o librerías "de viejo" es elegida por algunos
sellos y escritores y rechazada por otros que incluyen en los contratos la
prohibición de "saldar" los ejemplares no vendidos para no poner en
evidencia lo que entienden como un fracaso personal.
"No
hay nada vergonzoso en que los ejemplares de una tirada común vayan a una
librería de saldos. El comprador de saldos no necesariamente lleva novedades, y
viceversa. Son segmentos distintos. Yo me crié leyendo libros de saldos de la
calle Corrientes", dice Daniel Guebel, otro de los escritores que
"salvó" de la guillotina dos de sus libros, La carne de
Evita y Ella. "Con la publicación de nuevos libros la vida útil
de un título se agota mas rápido; si se venden poco, no significa que mis
libros son peores que otros. Es una cuestión de mercado", dice el escritor
y cuenta que se hizo cargo de los ejemplares que le dio la editorial, donó
algunos a Filba, que a su vez los dieron a bibliotecas y al resto lo está
obsequiando a los clientes de Tanizaki, su restaurante de sushi en Palermo.
"Con la cuenta, el mozo les lleva
un ejemplar de regalo. Tenemos la idea de hacer lo mismo con libros de
otros autores que estén en la misma situación".
Laura
Ramos también encontró una forma de regalar los ejemplares de Corazones en
llamas, cuya primera edición en los años 80 había vendido 50.000 ejemplares. Los ofreció a través de su muro de Facebook
y a las pocas horas tenía más de mil pedidos. Había pensado responder uno a
uno, pero fueron tantos que directamente puso la dirección donde debían
retirarse, la del periódico Mundo Villa, cuyos directivos habían
aceptado su propuesta de distribuirlos gratis en las barriadas donde circula
esa publicación. "Se repartieron unos 600 ejemplares. Me quedé con la idea
de que la gente interesada en Corazones en llamas no se había
enterado de la reedición, porque los mensajes eran de sorpresa en
general", admite la escritora. Y suma: "El shock que provoca en un autor el hecho de que se destruyan sus
libros es tan poderoso que no se suele quedar con energía para convertir esa
tristeza en acción. Es demoledor y vergonzante, pero a mí me dio mucho
entusiasmo poder obsequiarlos".
También
a las redes sociales recurrió Germán Beder para ofrecer La vez que casi me
muero y otros relatos y en una hora y media "volaron" doscientos
libros. "Lo hice creyendo que no iba a tener ningún tipo de repercusión.
Lo que pasó marca que la gente sigue leyendo, pero que los libros son muy caros
y supongo también que, en este escenario del país, lo gratuito llama más la
atención. De otra forma es inexplicable tanto interés", bromea Beder, para
quien la destrucción "es una situación un poco traumática". Al momento
de recibir la comunicación de la editorial se sintió disgustado y dolido.
"Después recapacité y valoré que me hayan regalado los libros antes de
tirarlos", recuerda.
Donar no siempre es fácil
¿Por qué
no los regalan las mismas editoriales? Las donaciones a instituciones no están
incluidas como política permanente de los grandes grupos aunque hagan algunas
en ocasiones especiales. Planeta, por ejemplo, donó ejemplares para el último
Festival BAN y en una acción conjunta con Disney, por los 90 años de Mickey, al
Hospital Durand. PRH suele regalar libros al Hospital Garrahan y a la Fundación
Leer. "Hay libros que no te queda otra porque no se pueden rescatar,
pueden estar deteriorados, rotos, con humedad, amarillos o picados por
insectos. Y otros que, por la temática que tratan, tampoco se pueden donar como
los de contenido erótico, por ejemplo", dijo Fernández Haya.
Edhasa
acostumbra enviar a bibliotecas y cárceles ejemplares con la tapa rota u hoja
doblada, e Imaginador, como otros sellos pequeños, dona a la Fundación El Libro
y a las cámaras del Libro y de Publicaciones y estas los distribuyen.
¿Y las
bibliotecas? "La Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) no
acepta donaciones de las editoriales, salvo alguna que otra excepción, porque las
bibliotecas son asociaciones civiles independientes que manejan su dinámica
bibliográfica como se les da la gana. No podemos aceptar una donación y
mandársela a una biblioteca porque esta puede quererla o no y porque tampoco
tenemos recursos para enviarlas al interior", dijo a LA
NACION Leandro De Sagastizábal, titular de la Conabip. Para evidenciar la
diversidad de intereses de las bibliotecas recordó que en la última edición de
la Feria del Libro, 1054 bibliotecas populares de todo el país compraron 37.000
títulos distintos. Y agregó: "Por otro lado, no queremos llenar las
bibliotecas de los rezagos buenos o malos de gente que decide mudarse y le
sobró la mitad de libros, o las editoriales que en vez de destruir lo quieren
mandar a la biblioteca; queremos la biblioteca llena de los mejores libros, los
nuevos, los que atraen lectores". No obstante, De Sagastizábal aclaró que
la destrucción, con la que él personalmente no está de acuerdo
"nunca", muchas veces "no tiene que ver con la calidad del
material sino con un error en la tirada inicial" o con ciclos económicos
complejos, y que las editoriales o los autores se contactan directamente con
las bibliotecas.
Donde
reciben gustosos algunas donaciones es en la Fundación Leer, a la que llegan
pedidos de libros desde escuelas y bibliotecas del interior.
"Tenemos
una fluida relación con las editoriales porque saben que las donaciones que
hacen llegan a destinatarios que los necesitan, pero somos muy cuidadosos del
tipo de libros que aceptamos", comparte Patricia Mejalelaty, su
presidenta. En cada reunión que ella mantiene con editores repite un mismo
pedido: que la posibilidad de donar a instituciones los ejemplares que no
logran un canal de venta efectivo sea establecida por una cláusula de los
contratos con los autores. "Esto facilitaría las cosas y evitaría que las
donaciones sean acciones esporádicas", augura.
PREMAT, SILVINA, 2018. ¿A dónde van los libros que no venden?: entre la guillotina, el saldo y los regalos. [en línea]. [Consulta: 18 septiembre 2018]. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/2172443-a-donde-van-libros-no-venden-entre.
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